Yo sé que a ustedes no les interesa, que ya ni la serie ven, pero el cómic de The Walking Dead terminó este mes, después de 16 años y 193 números. Y creo que es importante hablar de ese final. Ahí les va una madeja.
TWD nació en la ola de resurrección del género de zombis, en los dosmiles. En ese entonces estaban a tope las horribles pelis de Resident Evil, pero también había muy buenos replanteamientos, como Exterminio. TWD era una historia distinta.
Lo que lo distinguía era que su método narrativo era serializado. Los cómics gringos en particular tienen un modelo de negocios de crecimiento al infinito: creas “propiedad intelectual” y la exprimes hasta que te mueras o te la robe la editorial y alguien más tome el relevo.
Eso era inaudito en el género, porque con un apocalipsis mundial sólo hay de dos sopas: o los zombis se comen a todo mundo o los protagonistas logran estar seguros por fin (exterminándolos o huyendo a un lugar inalcanzable). TWD prometía seguir para siempre.
Y eso suena a que autor, dibujante y lectores se van a cansar tarde o temprano. ¿Cuántas veces puedes meter a tus personajes en el mismo embrollo una y otra y otra y otra vez? A fin de cuentas, los zombis son bastante monótonos, por eso de que no piensan.
Y la solución de Kirkman (después de como 25 números) fue que los villanos más terribles fueran los vivos. Una banda de sobrevivientes se topaba con otra y el conflicto era inevitable, con consecuencias muy, muy crueles.
Así convirtió un género que desde Romero había sido de crítica social metafórica en crítica de la condición humana abierta. ¿Qué estaríamos dispuestos a hacer para sobrevivir? ¿A qué estarían dispuestos los demás? Ya no hay leyes, ¿quiénes somos en realidad?
Y fíjense cómo no sólo pasó de ser metafórica (los zombis como el horror de la sociedad de masas) a ser abierta, sino que pasó de ser sobre la sociedad a ser sobre la condición humana. Porque la sociedad ya no existía.
Cuando la historia avanzó y los héroes se asentaron en un lugar, decididos a defenderlo, la filosofía política dio otro vuelco: fue como si Kirkman hubiera dejado de leer a Hobbes y empezado a leer a Rousseau.
Durante los primeros dos tercios, con todas las traiciones, esclavitudes, asesinatos, violaciones y canibalismo, el cómic nos dejaba claro que sin un Estado que nos controle, los humanos nos vamos a destrozar entre nosotros.
Después, era como si el apocalipsis hubiera sido una bendición, una tábula rasa para empezar la civilización desde cero y evitar todos los errores del pasado. Vimos a los sobrevivientes construir su nuevo mundo.
Ese cambio de perspectiva fue de lo más evidente en el último arco del cómic, el de la Mancomunidad. Nuestros héroes encuentran una sociedad mucho más grande que la de ellos, que emula el mundo prezombi a la perfección. Y no les gusta.
Los llena de nostalgia y alivio: ¡Un lugar seguro! ¡Con helado! Pero también es bastante obvio que todo lo que tienen es a costa de la gente de a pie, que trabaja para los de arriba. Una de ellas comenta: “¿Te imaginas sobrevivir el apocalipsis y acabar trabajando de mesera?”.
Ellos, en cambio, viven en una suerte de federación de comunas: todo mundo trabaja en lo que mejor le salga; hacen trueque entre comunidades... Vamos, de no ser por los millones de zombis a punto de comérselos todo el tiempo, sería casi una utopía.
El conflicto es inevitable, como siempre en este cómic. El héroe busca como loco alguna manera de preservar la Mancomunidad y a la vez acabar con las injusticias que la mantienen. Otros (incluidos varios de la Mancomunidad misma) lo tienen más claro: revolución. Y la ganan.
Aquí viene el final. Pero antes, un mensaje de nuestro patrocinador, Slavoj Žižek. A Žižek le fascina la moda de las historias (post)apocalípticas porque dice que son muestra de que nos es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.
A mí me fascinaba TWD porque, sí, se requirió un apocalipsis zombi, pero los sobrevivientes estaban abiertamente en contra de una sociedad de clases y contraponían a ella algo así como un anarquismo primitivista. Y cuando encontraron clases, las abolieron de nuevo.
¿O no? Les cuento el final. En el no. 192, la revolución triunfa. En el no. 193, hay un salto de como quince años. ¡Por fin vamos a ver la nueva sociedad que crearon! ¡Y ya bien establecida! ¿Y qué vemos? LA MISMA PINCHE SOCIEDAD CONTRA LA QUE SE REBELARON.
El héroe murió. Su hijo se encuentra un zombi en su patio. Lo mata. Pero resulta que era un zombi de exhibición de un espectáculo ambulante. Así que lo demandan. El poli que lo arresta le explica: “Sé que era peligroso, pero era propiedad privada y lo destruiste”.
Todo se resuelve porque su suegra es la presidenta y una amiga de su papá la jefa de la Suprema Corte. Deciden prohibir los espectáculos de zombis y ya.
Nuestro nuevo héroe viaja por el país, así que vemos cómo están construyendo un tren a lo largo de EUA para conectarse con la costa oeste. El héroe vuelve a casa y le cuenta a su hija la historia de cómo su abuelito salvó la civilización. Fin.
Puff... hay mucho que decir. En primer lugar, la cuestión de la propiedad privada. Siempre que la mencionan a ella o al “valor de mercado”, el protagonista se escandaliza, pero no ante el concepto mismo, sino porque se la quieran aplicar a un zombi.
Y la solución tiene una gran carga política: el problema no es el sistema económico en general, sólo hay que adaptarlo. Con una reformita se arregla. Kirkman da por hecho que si una sociedad se desarrolla, va a ser capitalista, en automático. Y que eso está bien.
Luego está lo del tren. Les están ganando terreno a los zombis, la civilización marcha triunfal. Se haya dado cuenta o no, el autor está identificando a los millones de indígenas masacrados por el gobierno gringo en su expansión hacia el oeste con zombis descerebrados.
También está el grave problema de que el sistema de gobierno de la Mancomunidad se haya mantenido idéntico, con todo y sus corruptelas y nepotismos, pero como ahora son personajes conocidos quienes ejercen el poder, está chido.
Žižek ha de estar entre sonriendo satisfecho y bastante preocupado. La historia postapocalíptica mainstream que llegó más cerca a proponernos una opción viable al capitalismo acabó en… EUA en el siglo XIX. Verga.
Lo peor de todo es que sospecho que Kirkman cree que hizo una dura crítica a la sociedad de nuestros días. Nos mostró su utopía, el mito de la frontera que le enseñaron en la escuela. Así es la ideología, ni siquiera la pensamos y la acabamos vomitando en lo que hacemos.
En conclusión: gente de izquierda, nos urge crear historias en las que otros mundos sean posibles, porque si no lo hacemos, sólo acabamos reforzando la idea de que es inevitable seguir estando como estamos.
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