Todo el mundo siempre cuenta dónde estaba en tal o cual acontecimiento histórico. Yo tengo un recuerdo muy claro del 11S, de dónde estaba yo cuando pasó lo de las Torres Gemelas. Y creo que es una buena historia sobre el contraste que a veces nos trae la vida. Dentro hilo.
Como muchos saben yo soy medio mallorquín, y paso temporadas allí. Ese año en concreto yo estaba en Mallorca en Septiembre. No tenía hijas aún. La familia de mi mujer es más del norte de la isla. Pero yo de pequeño iba mucho al sur. Total, que para mí ir al sur de Mallorca…
… tiene algo de ritual. Son las playas donde aprendí a nadar. Lugares llenos de recuerdos. Cada año, siempre intento encontrar un momento para bajarme al sur y revisitar esos lugares. Algunos siguen igual. Otros, han sucumbido al desastre turístico.
Aquel año cogimos el coche mi mujer y yo, y nos fuimos al sur el 11 de Septiembre. Mis veranos siempre están llenos de gente, así que cuando vamos al sur intentamos alejarnos de todo y de todos. Es como una vuelta a los orígenes.
La playa en concreto a la que nos fuimos me la quedo para mí. Si conocen Mallorca, saben cuál es. Se aparca el coche en un faro y, caminando hacia la derecha mirando al mar, se llega a una playa en forma de media luna, totalmente virgen. Una bahía en la que no hay…
… ni un edificio, y como mucho hay 10 personas, habitualmente en pelotas. Cuando yo era pequeño iba allí con mi padre a bañar un perro que teníamos, un pastor alemán enorme más bueno que un trozo de pan. Total, que 30 años más tarde, aparcamos el coche en el mismo sitio.
Y caminamos unos 20 minutos. Efectivamente, la playa estaba vacía, y era como la recordaba. Y allí estábamos, tan tranquilos, a eso de la media tarde. Es difícil imaginar un momento y un lugar más tranquilo. Solos, en una playa, escuchando las olas.
En estas, que recibimos un mensaje: “Donde estáis?”, del hermano de mi mujer. Esto es era pre-Whatsapp. Vamos, que recibimos un SMS de toda la vida. Y mi mujer y yo pensando “qué pesaos”. “En la playa”. Segundo mensaje: “Poned la tele. Es importante”.
No recuerdo si llamamos nosotros, o nos llamaron. Sí recuerdo la voz con ese tono que está a medio camino entre el terror, la sorpresa y una risa nerviosa: “Torres Gemelas”, “Avión”, "guerra", “volved”. Nuestra primera reacción, como es lógico, fue pensar:
Ya están gastándonos una broma pesada. Saben que nos hemos cogido el día para estar tranquilos, y se están burlando. Mi mujer que le dice a su hermano “Va, déjate de coñas”. Y el hermano que le dice: “volved cagando leches, esto va en serio”.
Desde la playa al coche había 20 minutos. Desde el coche al pueblo más cercano otros 20. De ahí a nuestra casa, en el norte de la isla, una hora quizás. Mientras caminábamos por el sendero de piedras, hacia el coche, llovían los mensajes y las llamadas.
Recuerdo hablar con mi mujer (en aquella época aún mi novia) por el camino: hostia, esto puede ser el comienzo de la tercera guerra mundial. A ver, sinceramente, la cosa pintaba apocalíptica. Y tened en cuenta que ni siquiera habíamos visto una imagen:
Sólo sabíamos por un par de llamadas y mensajes que algún chalado había estampado un avión de línea contra las Torres Gemelas. Recuerdo que llamé a mi madre, que estaba en Barcelona. Parte para confirmar la noticia, parte para decirle dónde estaba.
Yo sinceramente pensé que aquello podía ser el comienzo de un ataque a escala mundial o yo que sé. Francamente, era lo clásico de cómo te imaginas que empieza el fin del mundo. Íbamos caminando hacia el coche, hablando de eso, de qué haríamos. Cagados de miedo.
No vi nada "en vivo": todo sucedió en las dos horas desde el primer aviso hasta llegar a casa fueron. Los dos jets. La caída de las torres. El tercer avión estrellado se supone que por el forcejeo con la tripulación. El bombazo al Pentágono. Yo todo lo vi al llegar.
Recuerdo aparcar el coche y correr hacia casa. Nosotros compartimos cada con la madre de mi mujer. Tenía la puerta abierta. Mi suegra nació en el 39. Es de esa gente que ya ha visto de todo, y no es fácil verla impresionada ni afectada por nada.
Estaba en el sofá, de espaldas, congelada. Absorta mirando la tele. Y en la tele repetían, justo en ese momento, esa secuencia de vídeo imborrable del primer avión estrellándose contra la torre. Parecía una película, efectos especiales.
Pero aquello no tenía nada de película. Acto seguido vimos imágenes de la pobre gente pidiendo ayuda desde las ventanas. Y de algunos saltando al vacío. Y del colapso de las torres. Durante un par de horas no fuimos capaces de decir palabra.
Y así recuerdo yo el 11 de Septiembre: con el contraste inconcebible entre estar en una de las playas de mi niñez, y la brutalidad desgarradora del ataque. Y el miedo, los días posteriores, a que aquello fuese sólo el comienzo de algo mucho peor.
Porque ahora es fácil verlo con la perspectiva de los años. Pero los que sabemos de historia recordamos que guerras tremendas han empezado con episodios similares, ya sea Pearl Harbor, el asesinato del Archiduque en Sarajevo o el hundimiento del Maine.
Durante unos días, el mundo se debatió entre espera de una previsible y lógica venganza, y el miedo a que desembocase en una escalada de difícil control. Yo viajo mucho, pero francamente Nueva York tiene poco negocio para mí, con lo cual voy poco.
30 años más tarde, estas navidades pasadas, fui a Nueva York por primera vez desde los ataques. La última vez había sido en los 90. Fuimos a ver el monumento al 11S, es un lugar sobrecogedor: un boquete en el suelo monumental, ciclópeo, donde una vez estuvo la torre.
Veníamos de la Estatua de la Libertad, habíamos comprado regalos y chucherías. Era tarde, ya de noche, y hacía frío. Yo insistí en ir a ver el Memorial. Si tienen hijos, ya saben cómo son: los guiamos por la vida, y se lo intentamos explicar todo lo mejor que sabemos.
Mi hija me preguntó: “Papi, qué es esto?”. Y en ese instante me vino a la mente la playa. La carretera. Las torres. La gente saltando. Le dije: “Una escultura, cuando seas más mayor, te lo cuento”. Y pensé en el contraste, otra vez, que a veces nos sirve la vida a cucharadas.
“Es muy fea”, me dijo. Y es que el mundo de los mayores a veces es feo. Negro negrísimo. Me sequé una lágrima, y nos fuimos de allí.
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