Como era previsible, la paralización del país, su economía, los servicios, el transporte, los insumos básicos para la sobrevivencia, la hiperinflación, el hambre; agravados todos por la pandemia y la indolencia de un gobierno que perdió toda conexión con la realidad, (sigue)
que es incapaz de resolver ni siquiera los problemas más pequeños, que no da la cara ante la población, que no disimula la grotesca corrupción de sus funcionarios, que sale repartiendo mortadela en los barrios, insultando la dignidad de los más vulnerables, que solo sabe reprimir
amenazar y humillar al ciudadano; como era previsible, repito, se está encendiendo la protesta del pueblo en todo el país, de los venezolanos más golpeados, en el interior, en los sectores más desposeídos y desprotegidos, en los barrios de las grandes ciudades y en los pequeños
pueblos. Las protestas no responden a una agenda política, ni de ningún tipo. Son espontáneas, desesperadas y por eso mismo, impredecibles. Exigen sobrevivir. Miraflores no los oye, ni el gobernador del estado, ni el alcalde, ni autoridad alguna; no los asiste ningún liderazgo,
ningún partido, ninguna organización. Nadie conecta con ellos... todavía. Pero ya todo empezó a moverse y no creo que puedan detener ese movimiento. Y de él y en él, irán naciendo los lazos de comunicación, las redes de información, los primeros vestigios de organización y
los nuevos liderazgos. ¿Será posible? Espero que sí; la historia enseña que sí; la experiencia nos dice que sí.
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