El 8 de enero de 1823 nació Alfred Rusel Wallace, el hombre que, simultáneamente con Charles Darwin, postuló la teoría de la evolución de las especies. Vamos con un hilo de aventuras que lo traerán hasta Colombia —él nunca se dará cuenta de ello— y algunas posturas polémicas.
Mucho se dirá de Wallace con motivo del bicentenario. Con seguridad rodará mucha tinta con toques victimizantes o grandilocuentes: que Darwin le hizo sombra, que es un héroe olvidado, que sin Wallace no habría Darwin. A mi juicio, exageraciones efectistas pero imprecisas.
Los méritos de Wallace siguen presentes. Particularmente su ensayo «Sobre la tendencia de las variedades para alejarse indefinidamente del tipo original» (1858), donde plantea que en la naturaleza hay una progresión en distintas direcciones que va modificando a los seres vivos.
Eso era exactamente lo que Darwin planteaba desde hacía dos décadas, ¡pero no lo había publicado! Apenas había enviado escritos sobre el tema a sus amigos.
En síntesis, gracias a sus observaciones en el archipiélago malayo (1854-1862), Wallace advirtió lo mismo que Darwin en su viaje por el mundo (1831-1836). Darwin tenía la teoría en 1838, pero Wallace, independientemente, la escribió primero. El crédito debía compartirse.
Tremendo reconocimiento tuvo mucho kilometraje detrás. Wallace nació en Usk (Gales, Reino Unido), en una familia de recursos limitados. Tenía talante de nómada. Desde temprano se apasionó por la historia natural y se dedicó a viajar, leer libros de viajes y a coleccionar plantas.
Un «ardiente deseo de visitar un país tropical» y de contemplar las maravillas descritas por viajeros lo pusieron rumbo a Suramérica en 1848. El viaje sería costeado con la venta de colecciones de ejemplares obtenidos. Ya entonces lo inquietaba el tema del origen de las especies.
Y acá viene un episodio poco conocido —quizás anecdótico— que publiqué hace 13 años, pero que hoy retoma su vigencia: Wallace estuvo en Colombia en tres ocasiones, y nunca se enteró.
eltiempo.com/archivo/docume…
Desde Pará (hoy Belem, Brasil) ascendió por los ríos Amazonas, Negro y Vaupés. Aunque él afirma haber estado exclusivamente en Brasil y Venezuela, su viaje incluyó poblaciones colombianas: Tomo, Yavaraté, Mucura (hoy Mitú)… Los mapas de la época no eran claros, como consta acá.
La primera vez que vio tierra colombiana fue el 1 de febrero de 1851. Ascendía por el Río Negro. A la derecha (lado venezolano) se elevaba la piedra del Cocuy. El margen izquierdo ya entonces era reclamado como propio por Colombia.
Sin embargo, el 10 de febrero, Tomo fue el primer caserío colombiano donde puso el pie. Lo habitaban solo indígenas, salvo un portugués con varias esposas llamado Antonio Días. Una escena de celos entre ellas es ampliamente descrita por el naturalista.
De Tomo, Wallace se queda con la imagen de la sorprendente habilidad de los indígenas para construir barcos enormes pese a no tener la menor idea de arquitectura naval.
También le llamó la atención que los indígenas, cuando hacían limpieza del caserío, supersticiosamente evitaban tocar excrementos o cuerpos de animales muertos. Simplemente cavaban un círculo a su alrededor para señalar que ahí había una impureza.
En Tomo ve por primera vez la «piassaba», palmera utilizada en la región para fabricar cuerdas, escobas y cepillos.
Luego, Wallace hizo dos incursiones por el río Vaupés. «No recuerdo una sola circunstancia que me resultara tan sorprendente y tan nueva como la primera vez que vi a auténticos habitantes salvajes del río Vaupés. Sentí como si hubiera sido transportado a un país desconocido».
La primera expedición lo llevó hasta el caserío de Yavaraté —donde fue recibido en una maloca de grandes proporciones y asistió a una fiesta algo pesada para su gusto—, y la segunda, hasta Mucura (hoy Mitú), punto más al occidente del planeta que alcanzó en su vida.
Nunca dejará de mencionar su asombro ante la desnudez de los pobladores, llevada de manera tan natural. A su paso, aparte de dibujar las nuevas especies que encuentra, dibuja los adornos usados por los indígenas y las figuras que observa en las rocas.
La disentería y el afán de volver a casa le impidieron llegar hasta las cataratas de Yuruparí, que eran su obsesión. Volvió frustrado por las pocas especies que recolectó en el Vaupés y la deserción de los indios que lo ayudaban a navegar.
Sin embargo, tenía la satisfacción de haber sido el primer europeo en ese lugar del mundo. De hecho, a Wallace se le reconoce como el primer geógrafo que dibujó un croquis del Vaupés. Además, sus planteamientos sobre las causas de los distintos colores de los ríos sigue vigente.
Partió hacia Inglaterra el 10 de junio de 1852 en un barco que se incendiaría y naufragaría. Aunque todos se salvaron, allí perdió los especímenes que llevaba a bordo. El diario de viaje fue publicado al año siguiente.
Sería necesario el posterior viaje al archipiélago malayo para que cristalizara la teoría de la evolución. El Amazonas no fue para Wallace lo que fueron las Galápagos para Darwin. La equivalencia hay que hacerla con las islas del sudeste asiático.
Personaje curioso, Wallace también comulgó con el espiritismo. Creía en los milagros y en una inteligencia más allá de la humana que actuaba sobre las cosas materiales. También fue opositor de la vacunación contra la viruela, sin duda su mayor yerro.
Los 200 años lo tendrán vigente en 2023. Se cumplirá lo que Darwin le escribió alguna vez: «Es usted el único hombre que conozco que constantemente se ha hecho una injusticia y que nunca demanda justicia. Pero no podrá ahogarse a sí mismo, por mucho que lo intente».
¡Feliz cumpleaños, señor Wallace! #Wallace200
FIN
Fe de erratas:
Alfred Russel Wallace (y no Rusel, como anoté arriba).
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