La guerra afgano-soviética, que empezó oficialmente el 25 de diciembre de 1979, es bien conocida. Sin embargo, no fue la primera vez que la Unión Soviética intervino militarmente en Afganistán.
Hoy trataremos brevemente la primera intervención soviética en el país: la de 1928-1929. Os recordamos que el tema del hilo ha sido escogido en nuestro grupo de Telegram, en el que os recomendamos seguirnos y, como siempre, os recomendamos también algunas lecturas sobre el tema:
La intervención soviética en Afganistán de 1929 requiere contexto, pues está íntimamente vinculada con la llegada del poder soviético en Asia Central. La región de Asia Central, como el Cáucaso, fue conquistada por el Imperio Ruso a lo largo del s. XIX.
El dominio ruso sobre la región puede ser tildado de colonial, y la conquista de sus últimos territorios había sucedido tan recientemente como en 1894. Las sociedades centroasiáticas no tenían mucho que ver con el resto del Imperio.
Convivían en la zona clanes nómadas, ciudades-estado y pequeños sultanatos feudales. La esclavitud doméstica era todavía común a la llegada del Imperio, y los colonos rusos se establecieron alrededor de las líneas ferroviarias que construían.
La religión mayoritaria en la región era el islam. Siendo reduccionistas, la resistencia al dominio ruso se puede agrupar en dos grandes grupos: la urbana, intelectual y minoritaria; y la agraria, de carácter reaccionario.
El grupo que nos interesa hoy se inscribe en la segunda: el Movimiento Basmachí –del uzbeko «bandido»–, aunque éstos se autodenominaban «Beklar Hareketi» –«El movimiento de los beks (señores)»–. El nombre es indicativo de sus objetivos:
restaurar el poder feudal, establecer un kanato pan-túrquico –con diferentes perspectivas– y mantener las variantes locales del islam tradicional. Como os podréis imaginar, la revolución soviética en Asia central quedó muy restringida a las urbes.
El primer sóviet se formó en Taskent en 1917 por obra de los obreros ferroviarios –mayoritariamente rusos y armenios–. Aunque aislados del resto del poder soviético por las fuerzas del general Dútov, el soviet de Taskent inició una serie de campañas militares en la zona,
culminando éstas en 1920, con la Operación Bujará, dirigida por Mikhail Frunze. Esta batalla puso fin al Emirato de Bujará, uno de los protectorados rusos en la zona. Pero los Basmachí,
que ya se habían alzado contra el Imperio Ruso en 1916, siguieron con su insurgencia hasta 1926. Esta proeza fue posible en parte por su capacidad de repliegue a Afganistán, donde se reponían y rearmaban lejos de los ataques soviéticos.
Los Basmachí estaban compuestos mayoritariamente por uzbekos, tayikos y turcomanos, y poseían vínculos tribales y familiares con sus homólogos del norte de Afganistán. Y es que, aunque la mayoría de habitantes de Afganistán son pastún
–es decir, un pueblo iranio, como los tayikos, y no túrquico, como los turcomanos o los kirguizos–, las fronteras nacionales no eran muy relevantes en este crisol étnico. Entra aquí nuestro segundo protagonista: Afganistán.
Afganistán había sido tutelado por Gran Bretaña desde 1879. Aunque los británicos fueron incapaces de conquistar el país sí consiguieron someter su política exterior e incorporarlo en su esfera de influencia.
El país, además, servía de colchón entre la esfera británica –el Raj y Persia– y la rusa –el centro de Asia–. En 1919, Amanullah Khan, emir de Afganistán de etnia pastún, libró una breve guerra contra el Reino Unido librándose de su influencia.
El emir era un monarca reformista: instauró la educación secular, modernizó la administración del país, incrementó sustancialmente los derechos de la mujer y promovió una visión moderada del islam.
Aunque toleró a los Basmachí –en parte para no engendrar una revuelta propia al norte del país–, Afganistán se acercó a la Unión Soviética, viendo en ella una firme defensora de la causa anticolonial; y la URSS, a su vez, veía en Afganistán
un digno combatiente contra el yugo colonial, una nación progresista –aunque fuera un emirato–. Ambos países firmaron el Tratado de Amistad Afgano-Soviético en 1921.
Ocurre que las reformas de Amanullah Khan, que se intensificaron a partir de 1926, acabaron por erosionar su apoyo popular, mayoritariamente agrícola y reaccionario. En 1928, Habibulá Kalakani, un carismático líder tayiko de origen humilde,
encabezó una coalición de fuerzas reaccionarias contra el emir, entre las que se contaban antiguos combatientes Basmachí, En enero de 1929, el gobierno de Amanullah Khan perdió Kabul contra las fuerzas rebeldes, y el emir se exilió.
La URSS decidió intervenir de forma discreta, en parte para evitar la expansión del Movimiento Basmachí liderado por el experimentado Ibrahim Bek, cuyas fuerzas se habían retirado a Afganistán en 1925.
La intervención fue limitada: apenas duró ocho semanas –del 15 de abril al 28 de mayo de 1929– y actuó de forma encubierta. El contingente, a las órdenes de Vitaly Primakov y Aleksandr Cherepanov, estuvo formado por un pico de 2.000 hombres.
En su breve incursión al norte del país restablecieron –brevemente– el poder gubernamental. Sin embargo, tras la huida de Amanullah Khan del país, el contingente se encontró en una difícil situación.
No se trataba ya de apoyo militar a un país amigo, sino que legalmente la estancia soviética se había convertido en una invasión. Esto desató una crisis diplomática que el Reino Unido aprovechó para amenazar con una guerra directa con la URSS.
Las tropas soviéticas se retiraron de Afganistán, pero la amenaza de la guerra y de una quinta-columna zarista en la Unión –que la historiografía actual reconoce como plausible– son algunas de las causas que motivaron la agudización de la colectivización.
La intervención fue breve, pero logró desarticular definitivamente al Movimiento Basmachí –Bek entraría clandestinamente a la URSS y sería delatado por unos campesinos tayikos en 1931, siendo ejecutado en el acto por el OGPU–.
En relación a Afganistán, Kalakani establecería una monarquía, pero sería depuesto y ejecutado en noviembre de 1929 traicionado por sus tropas. Lo sucedería Mohammad Nadir Shah, de la realeza afgana, que contaba con apoyo británico.
Aprovechamos la ocasión para recomendaros «Sol Blanco en el Desierto», un Eastern soviético sobre la llegada del comunismo a Asia Central, así como las pinturas de Vasili Vereshchaguin, que hemos usado extensivamente a lo largo del hilo. ¡Saludos comunistas!
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