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Feb 19, 21 tweets

Esta es la enésima vez que la izquierda burguesa se «reinventa». Solo que, ahora, esta reinvención pasa por escorar a la derecha en absolutamente todas las problemáticas sociales reales o inventadas que están de moda; empezando por el caso del burka.

Huelga decir que nosotros somos comunistas y que por ello no solo aspiramos a la erradicación más rápida posible del burka, sino también del velo, del islam y de absolutamente todas las religiones. Quede esto por delante.

A partir de aquí ocurren una serie de cosas. La primera, tal vez la más evidente, es que el tema del «burka» es, en realidad, un tema de machismo y/o de religión. Estas dos cuestiones están vinculadas, a su vez, con una distribución sexual del trabajo firme motivada

por una amplísima variedad de factores históricos. El mayor sometimiento de la mujer en los países de mayoría musulmana no se debe ni única ni principalmente a la religión, sino al desarrollo de las fuerzas productivas.

Lo que queremos decir con esto es que atacar la manifestación de un fenómeno mucho más complejo es, por lo general, profundamente contraproducente, porque, dicho mal y pronto, al no erradicar las causas lo único que se consigue es que, bueno, la gente se rebote.

Aquí se señala perfectamente. No nos atreveríamos a decir que la política soviética del hujum fuera contraproducente; porque solo fracasaron sus aspectos más superficiales –la prohibición del velo y la quema de indumentaria religiosa–.

Lo que funcionó magníficamente para reducir drásticamente tanto la influencia del islam como del machismo fue, en orden de utilidad: 1) educar a las mujeres y obligarlas a trabajar, 2) expropiar las mezquitas y acosar constantemente a las autoridades religiosas,

3) detener, deportar y ejecutar de forma sistemática a los elementos más reaccionarios y a los principales propagandistas.

Pero no vivimos en la Unión Soviética, y la propuesta de Rufián, que hace seguidismo a la derecha –moderada o extrema–, no tiene como objetivo «erradicar el islam», sino recabar votos.

Decimos que no vivimos en la Unión Soviética porque, primero, el islam no es aquí una religión tan extendida como lo era allí; y segundo, porque el capitalismo es imparable a la hora de barrer con las relaciones sociales que no le son útiles.

Dicho de otro modo: las «viejas costumbres», especialmente aquellas relacionadas con la férrea división sexual del trabajo, desaparecen a medida que la mujer se iguala legal y laboralmente al hombre. Esta es la principal razón por la que cae la tasa de natalidad,

algo que los fascistas más despechados reconocen ya abiertamente; y la caída de la tasa de natalidad afecta por igual a todas las nacionalidades residentes en España.

Pero podríamos citar otras tendencias, como la clara caída del uso del velo entre la población más joven, el decrecimiento de los practicantes entre los núcleos urbanos menos guetificados, etc.

Cosa muy distinta es que el proletariado inmigrante no sea inmune a la tendencia reaccionaria que está afectando a todo el mundo en general, y que la manifestación concreta de este reaccionarismo se exprese bajo una forma cultural distinta, propia,

una en la que también juegan un papel importante la marginalidad y la historia mundial reciente, en la que España se ha beneficiado del reparto colonial e imperial del mundo.

¿De qué serviría dar al Estado la capacidad de prohibir el burka? De entrada, como veréis en el hilo siguiente, la aplicación de una legislación dudosa que genera un marco legal capaz de prohibir cubrirse la cara, sea de la forma que sea.

De continuada, el ensanchamiento de las tensiones existentes entre el proletariado «nacional» y el extranjero, puesto que esta política será percibida como un castigo, y no como una liberación; un castigo que empujará a las masas inmigrantes todavía más

a los brazos de su reacción. Luego, como se señala muy bien aquí, sin una transformación verdaderamente profunda y sin los medios ni la voluntad reales para acabar con el problema de raíz, las principales perjudicadas serán las mujeres musulmanas.

¿Qué hay que hacer? Por lo pronto no tenemos el poder político en este país, así que tal vez una buena forma de empezar sería trabajar políticamente con el proletariado inmigrante allí donde se encuentre, tratando de reconocer sus reivindicaciones inmediatas, sí,

pero también sus vicios, filias y fobias. Organizarlo sería el segundo paso. Y organizarlo no significa agruparlo en calidad asistencial, como se suele hacer hoy; organizar también significa elevar políticamente.

Organizar al proletariado inmigrante es esencial para acabar con la reacción religiosa. Lo que no es esencial es darle más poder al Estado para que prohíba sin arreglar, y menos todavía si lo solicita un cretino de la talla de Rufián.

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