Cada cierto tiempo resurge el debate sobre la «Ley de la oferta y demanda» entre keynesianos y neoclásicos. Contra la disputa entre las dos formas de gestionar el capital, los comunistas tenemos el método materialista como forma de entender este fenómeno:
La susodicha ley viene a decir que el precio viene determinado en función de la cantidad de oferta –productores– y demanda –consumidores– para un producto concreto, dando lugar a la perogrullada del “precio de mercado” en la intersección entre las dos variables.
Pero ni este gráfico ni todas sus derivaciones en función del tiempo que se les ocurran a los economistas burgueses escapan al problema fundamental de la Economía Política ya criticada por Marx y Engels: el monetarismo.
En vez de entender el dinero como equivalente universal fruto de una derivación lógica a partir del valor, el monetarismo se centra en las apariencias, otorgándole un carácter meramente cuantitativo al problema e invierte el orden lógico de la formación de precios.
Si no se entiende el precio como una forma concreta en la que aparece el valor de una mercancía se sigue sin responder al problema principal: ¿Qué determina el valor de una mercancía cuando se dan las condiciones normales de oferta y demanda?
Marx, e incluso los economistas clásicos antes que él ya respondieron a esta cuestión: el valor no surge en la circulación, no surge de la voluntad de los compradores o los vendedores individuales, surge de la cantidad de trabajo cristalizado en la mercancía.
A diferencia de lo que creen los monetaristas, la Crítica de la Economía Política no niega la existencia de las fluctuaciones por oferta y demanda en la formación de precios, estas están presentes en el despliegue de categorías desarrollado en «El Capital».
Ocurre que esta no explica por si sola el valor y solo gira en torno a un fenómeno superficial de la relación social entre capital y trabajo.
Bajo el capitalismo, millones pueden morir de hambre, pero si el pan no puede realizarse con un beneficio que supere el coste de producción, darán igual los gráficos que se quieran creer los economistas.
En cuanto a los keynesianos no tenemos mucho más que decir, sus ilusiones sobre la gestión estatal del capital siempre terminan estampadas allá donde comienza la propiedad privada.
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