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Guillem Clua @guillemclua
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El otro día os prometí que os explicaría el misterio que se esconde tras esta lápida en la que reposan dos soldados del Imperio Austrohúngaro que lucharon y murieron en la I Guerra Mundial… y que fueron enterrados juntos. Hilo va.
En el punto más alto de Sighisoara (Rumanía) se alza la Iglesia de la Colina. A ella se llega por unas empinadas escaleras cubiertas, una de las atracciones del lugar que podéis ver aquí en una foto que tomé.
En esta maqueta de la ciudad se aprecia mejor el túnel de madera que da acceso al templo y al pequeño edificio anexo, una escuela de secundaria que aún hoy funciona como tal (y que será importante en la historia).
Al lado de la iglesia hay un cementerio alemán (esta zona de Transilvania fue repoblada por alemanes desde el S.XII y sus descendientes fueron enterrados allí). Y es en ese lugar donde encuentro el memorial de las víctimas de la I Guerra Mundial.
No son más que 30 tumbas dispuestas de manera simétrica. Una tumba para cada soldado, como esta, que llama mi atención por el bello nombre del mosquetero fallecido.
Pero una de las tumbas es distinta. En ella hay dos cuerpos: los de Emil Muler y Xaver Sumer. Aquí la podéis ver con detalle.
Cuando veo la lápida, lo primero que hago es pensar mal (como todas vosotras), así que me dirijo de vuelta a la iglesia en busca de más información.
El único ser vivo cercano es la señora que vende las entradas del templo (8 LEI rumanos/1,72 euros). No habla casi inglés, pero entiende a qué me refiero cuando le enseño las fotos de mi móvil.
Se ve que no soy el primero al que ha llamado la atención la tumba doble. Le pregunto por qué fueron enterados juntos y ella se encoje de hombros y se limita a decir “prieteni”.
“Prieteni” significa “amigos”.
¿Qué clase de amigos?, pregunta la marica romántica que hay en mí. Pero la señora no está por la labor. Coge un mapa y señala un punto concreto: la famosa Torre del Reloj del centro de la ciudad.
Está claro que si quiero más respuestas tengo que dirigirme allí. Y enseguida entiendo por qué. La Torre medieval no es solo el principal atractivo turístico del lugar. También alberga el museo de historia de la ciudad.
A medida que asciendo por laberíntico entramado de escaleras de la torre, me voy encontrando con salas dedicadas a diferentes períodos históricos. Una de ellas está dedicada a la I Guerra Mundial.
En esa sala encuentro armas originales de la contienda, mapas del frente oriental y fotos de personajes de la época.
Destacan las de los Muler, una adinerada familia de origen alemán que se instaló en Sighisoara proveniente de Sibiu a finales del S.XIX. Los señores Muler tuvieron dos hijos: Adolf y Emil.
¡EMIL MULER, maricón!
Los Muler se enriquecieron con la siderurgia e impulsaron la reconversión industrial de la zona. De ahí que existan tantas fotos de su familia. Pero a mí me interesaba solo Emil, que ya de pequeño parecía olerse que su vida iba a ser muy chunga.
Lo único que averiguo de él es que fue a la escuela de la colina con su hermano mayor. Aquí salen los dos con un amigo. Emil es el de la derecha.
Lo primero que compruebo es el nombre del "amigo", pero parece ser un tal Hermann nosequé, que no pinta nada en esta historia. Thank you, next.
Lo que sí llama mi atención es que no deja de ser escalofriante que la escuela de Emil estuviera a pocos metros del cementerio donde sus restos reposarían para siempre. ¿Quién se lo podía imaginar?
De hecho, ¿quién se podía imaginar que en verano de 1914 estallaría la peor guerra imanigable? A las pocas semanas, padre e hijos fueron llamados a filas.
A Emil no se le ve muy feliz. Tuvo que interrumpir sus estudios en la Universidad de Múnich a la que había sido enviado. Y claro, a nadie le gusta que se le acabe el Erasmus porque los Imperios europeos han decidido aniquilarse entre sí.
¿Y qué le pasó en la guerra? No lo sabemos. Lo único que dice la ficha de su foto es que fue herido en 1915 y trasladado al hospital militar de Sighisoara, donde murió unos meses después.
Y nada más. En la sala no encuentro más información de Emil Muler. Y lo peor: tampoco de su amigo Xaver Sumer. De él no hay ni rastro.
Las preguntas sin respuesta se acumulan. ¿Quién era Xaver Sumer? ¿Se conocieron en la guerra o a su vuelta? ¿Por qué Emil no descansa con su familia en el mismo cementerio? ¿Por qué están enterrados juntos si no murieron a la vez?
Salgo del museo temiendo que nunca averiguaré la verdad de lo ocurrido, pero algo inesperado ocurre. Algo que arrojará luz sobre toda esta historia… pero eso mejor ya os lo cuento mañana, que me caigo de sueño.
Por fin tengo algo de tiempo y puedo retomar el hilo sobre el misterio que esconde la tumba de Emil Muler y Xaver Sumer, enterrados juntos en el cementerio alemán de Sighisoara (Rumanía) durante la I Guerra Mundial. Perdonad el retraso.
Previously on #EmilyXaver: tras descubir que esa era la única tumba con dos cuerpos, me dirijo al Museo de la Ciudad, donde encuentro alguna información sobre la familia de Emil Muler, sus estudios en el instituto de la ciudad y su muerte en la Gran Guerra.
Recorro todas las salas de la Torre del Reloj en la que se encuentra el museo buscando algo más. Mucha vitrina, mucha vasija y mucho cartelito, pero ningún rastro del compañero de tumba de Emil.
Me encuentro en un callejón sin salida y con la cabeza llena de preguntas. ¿Quién era Xaver y qué conexión tenía con Emil? ¿Por qué Emil no descansa con su familia, que tiene un panteón en el mismo cementerio? ¿Por qué descansan juntos si sus muertes están separadas por un año?
Afortunadamente, la casualidad tenía que cruzarse en mi camino para abrirme la puerta que me llevaría a desvelar todas estas incógnitas.
Mi última oportunidad es el señor que vende las entradas del museo. Cuando empiezo a hablar con él, se me abre el cielo: ¡habla un inglés perfecto! Le enseño la foto de la tumba y lo que he descubierto sobre Emil.
El señor no tiene ni idea de qué le estoy hablando. Me dice que él trabaja allí pero que en realidad es ingeniero aeronáutico, lo que me parece fascinante. Charlamos un rato y no tarda en preguntarme de dónde soy.
“De Barcelona, pero vivo en Madrid”, respondo. Y él sonríe: “you’re Catalan”. Yo le digo que sí, claro, y él me recomienda que visite el Restaurante Bastión. Resulta que el edificio en el que está fue conocido durante mucho tiempo como “la casa del catalán”.
La coincidencia me hace gracia y además ya es hora de comer, así que me dirijo hacia el Bastión de los Carniceros. No tardo en encontrar el restaurante justo al lado (de ahí su nombre).
Como viene siendo habitual desde que puse los pies en Rumanía, pido demasiada comida. Pruebo una sopa de remolacha, un goulash transilvano que casi me hace perder el sentido (foto), postre, vino y café.
Os preguntaréis por qué os estoy contando todo esto y qué coño tiene que ver con #EmilyXaver. Ahora lo entenderéis.
Tras pedir la cuenta (todo por 6 euros, maricón), hablo con el camarero sobre el motivo que me ha llevado al restaurante. Me cuenta que efectivamente allí solía vivir una familia que, al parecer, tenía origen catalán.
No sabe decirme nada más. Cuando sus padres compraron la casa, ya en los años 90, el edificio estaba casi en ruinas, aunque conservaba algunos objetos de los antiguos propietarios.
Entre ellos, algunos muebles, enseres de cocina y cuadros y tapices que están repartidos por las dos plantas del edificio. Me pregunta si quiero verlos y me lleva al piso de arriba.
En la escalera y la sala superior hay algunos cuadros. La mayoría son óleos sin firmar. Estampas amateurs de Sighisoara pintadas por autores anónimos. Uno de ellos llama poderosamente mi atención.
Es una calle cualquiera de Sighisoara, con la torre del reloj al fondo, algo lúgubre, con un arbol medio muerto. Examino sus detalles y de repente, se me para el corazón.
En la esquina inferior izquierda, el pintor ha firmado con su nombre. Primero pienso que me engañan los ojos, pero ahí dice claramente “X. Sunyer”.
Y de repente la tumba de #EmilyXaver vuelve a mi mente. Y visualizo el nombre de Xaver. Sumer. Sumer con un palito encima, algo que ya me pareció raro la primera vez que lo vi.
Y me pregunto si esa M originalmente era una N. ¿Y si Sumer era en realidad Suñer? ¿Y si Xaver Sumer era una germanización de un nombre catalán como Xavier Sunyer? ¿Era posible o se me estaba yendo la olla pero bien?
No tardo en salir de dudas. Bajo el cuadro está toda la información que necesito. El nombre del autor... y el título de su obra.
Emil’s room. La habitación de Emil. La casa que Xaver Sumer pintó era el hogar de Emil Muler. Y en el centro del lienzo, su ventana. Una ventana que significó tantas cosas, que tuvo que inmortalizarla en un lienzo.
No puedo evitar emocionarme. Ese cuadro es la prueba de que #EmilyXaver se conocieron antes de la guerra. Xaver lo pintó es de 1913, cuando Emil ya se había ido a la universidad de Múnich.
Estaba claro que si quería más respuestas tenía que buscar esa casa. Y por mis huevos que iba a encontrarla.
¡Buenas tardes! Aprovecho el domingo para retomar el hilo sobre #EmilyXaver, ya que empezáis a ser muchos los que estáis deseando conocer el desenlace de la historia. ¡Allá vamos!
Nos habíamos quedado ante este cuadro pintado por Xaver Sumer (¿o Xavier Sunyer?) en 1913 titulado “La habitación de Emil”. Mi objetivo inmediato era encontrar esa casa.
Le pregunto al camarero si reconoce la calle. El chico examina el cuadro un buen rato y acaba diciendo algo muy útil: “podría ser cualquiera”. ¿En serio?
Para que os hagáis una idea, aquí tenéis un mapa del centro de Sighisoara (¡gracias, Google Maps!). He marcado en negro los lugares que ya conocemos.
Lo único que está claro es que la casa está dentro de la ciudadela medieval de Sighisoara a juzgar por la proximidad de la Torre del Reloj que se ve al fondo.
La torre es de planta rectangular y en el cuadro se ve una de las dos fachadas anchas. Por consiguiente deduzco que la casa tiene que estar al norte o al sur de la misma, más o menos en estas áreas.
Os tengo que confesar que en ese momento mi esperanza de encontrar la casa es CERO. La ciudadela no es grande, pero habrá cambiado mucho en un siglo. ¿Seré capaz de reconocerla si la veo?
Además está empezando a atardecer y en unas horas tengo que pillar el bus de vuelta a Târgu Mures (os recuerdo que lo de Sighisoara era una escapada de un día, ¡que yo he venido a Rumanía a currar!).
Recorro todo el area norte sin éxito. Mucha calle mona, pero ninguna sola, casas de colores, lo pasaré bien (ay no, que esto es de Mecano, me lío).
Empiezo a desesperarme. Y entonces me asalta una idea terrible. ¿Y si la casa ni siquiera existe? La mitad de la ciudad estuvo medio en ruinas durante décadas. ¿Qué posibilidades reales hay de que el hogar de Emil Muler se mantenga en pie?
Con esa duda en la cabeza opto por rastrear la parte sur. Me pilla de camino a la estación de autobuses y si no la encuentro, me voy de Sighisoara con el misterio por resolver.
Y nada, amigas. Ni rastro de la puta casa.
Por el camino voy preguntando a la gente. Me miran como un bicho raro. Eso cuando me entienden. Uno de ellos cree que le quiero vender el móvil. Claro, cariño, ahora mismo te hago un precio.
Finalmente, ya dándolo todo por perdido, bajo hasta la Plaza Hermann Oberth por unas escaleras y le pregunto a un chaval que sirve mesas en una terraza. ¿Reconoces esta calle? Él mira la foto, me mira a mí, mira detrás de mí y señala con el dedo. “Allí.”
Me giro, y efectivamente, ¡allí está! ¡Había pasado por delante y ni siquiera me había dado cuenta! (Los que me conocéis sabréis que eso no es NADA RARO en mí, como para ir de Carmen Sandiego por la vida, sabes?).
Os pongo el cuadro y la foto juntos para que comprobéis que sí, ¡esa es la casa de Emil! ¡Aún existe!
También os pongo su punto exacto en el mapa, por si algún día queréis visitarla.
Las piernas me tiemblan a medida que me acerco al portal. ¿Estará habitada la casa? ¿Vivirá alguien de la familia aún allí? Y de ser así, ¿podrá alguien contarme por fin qué relación tenían #EmilyXaver?
Me planto delante de un gran portón de madera. En él, una gran placa reza TASCHLER HAUS BOUTIQUE HOTEL. Un hotel no es buena noticia... pero al menos el edificio no está abandonado... Por cierto, aquí podéis visitar su web: taschlerhaus.com
La puerta está cerrada. Llamo al timbre y espero un buen rato hasta que la puerta se abre. Una mujer de unos 50 años asoma la cabeza y me hace pasar. “¿Quiere una habitación?”, me pregunta.
“No, quiero respuestas. Y quizás usted es la única que puede dármelas.”
OK, vale, os confieso que no le dije eso, pero me ha parecido una frase estupenda para un cliffhanger. ¿O no?
(Espero poder seguir mañana, pero tengo mucho curro y quizás la cosa se retrasa, pero no desesperéis: el desenlace está muy cerca...)
#EmilyXaver
Cuando le digo que no estoy buscando alojamiento, la señora del hotel me mira con desconfianza. En ese momento me doy cuenta de que no puedo contar la verdad. ¿Qué le digo? ¿Qué soy un romántico empedernido que se ha obsesionado con dos muertos de hace un siglo?
Decido adoptar mi personalidad de Carmen Sandiego: “Estoy haciendo un trabajo de investigación sobre la I Guerra Mundial en la zona.” Hala, y si cuela, cuela. “Me han dicho que aquí solía vivir la familia Muler, ¿es así?”.
La mujer me dice que sí. Que el edificio ha pertenecido a su familia desde hace generaciones. WAIT. ¿Su familia? ¿Me está diciendo que ella es descendiente de los Muler?
Pues sí, amigas. La señora se llama Dorothea Taschler, hija de Helmut Taschler y Maria Muler, que a su vez fue hija de Adolf Muler, el hermano mayor de Emil en esta foto que recordaréis.
En ese momento le cuento lo de la tumba intentando que no me tiemble la voz. Se supone que soy una investigadora fría como el hielo, no te salgas de personaje, Guillem. Y ella asiente con la cabeza: “sí, los enterraron juntos, pero no sé por qué.”
“Me han dicho que Emil y Xaver eran amigos,” aventuro yo. Ella asiente de nuevo: “sí, iban juntos al instituto, como la mayoría que están enterrados allí.” Otro escalofrío. Me viene a la cabeza el instituto al lado del cementerio.
Está claro que #EmilyXaver se conocieron cuando eran adolescentes. O quizás antes. Y que su amistad se forjó en los pasillos de ese edificio, una amistad que se truncó cuando Emil se fue a la universidad de Munich hacia 1912 y Xaver se quedó en Sighisoara.
Por eso Xaver pintaba la ventana de Emil. Porque le echaba de menos. Incluso un año después de su separación él aún le dedicaba sus cuadros.
¡Solo ellos dos están enterrados juntos, señora! Dorothea piensa un poco y acaba diciendo que desconoce el motivo. “¿Quizás la familia de Xaver Sumer no tenía dinero para una tumba propia?” La explicación no me convence nada.
Seguimos hablando de los Muler un buen rato, de cómo Emil y su padre murieron pero Adolf sobrevivió, quedándose con la casa. También lamenta que Emil muriera soltero y sin descendencia.
En ese momento señalo la ventana que está justo encima de nosotros: “esa era su habitación, ¿verdad?”. Ella abre los ojos como platos. “¿Cómo lo sabes?”. Le enseño la foto del cuadro y me lanzo: “¿me la podría enseñar?”.
Ella asiente y me hace pasar. Entro en la antigua casa de Emil casi de manera reverencial, pero se me pasa de golpe al ver que la han reformado por completo y por dentro es TERRIBLEMENTE FEA. Los frescos de las paredes son para arrancarse los ojos (perdón, Dorothea).
Camino de la habitación, uno de los frescos en la pared llama mi atención. Es una representación de un molinero (Müller, en alemán, el símbolo de la familia de Emil). Decididamente estoy en el lugar correcto.
La habitación no está ocupada, así que puedo visitarla sin problema. Dorothea me abre la puerta y se me corta la respiración. Delante de mí está la habitación de Emil.
Me dirijo a la ventana y desde allí adivino el lugar en la calle desde el que Xaver pintó su cuadro. Y levanto la mano, como si yo mismo fuera Emil, despidiéndome de Xaver, que acaba de salir de mi casa con una sonrisa en sus labios y se gira para saludarme con una sonrisa.
En ese momento siento que no me puedo ir. A la mierda el bus a Târgu Mures que sale en un rato. A la mierda todo. Me giro y le suelto a Dorothea: creo que me voy a quedar a dormir aquí esta noche.
La mujer sonríe, como si ya sospechara que iba a decir eso: “me alegro, porque tengo algo que enseñarte. Y vas a necesitar tiempo para examinarlo.”
Sigo a Dorothea hasta una puerta cerrada con llave. Tras ella hay una habitación más austera que las demás. Deduzco que no está destinada a los huéspedes del hotel. Hay varios armarios, arcones y muebles de diferentes estilos.
Dorothea abre uno de los armarios y saca una maleta, que coloca encima de un arcón. “Si quieres, puedes examinar su contenido,” me dice. Enseguida entiendo por qué. La maleta está en bastante mal estado, pero al lado de la empuñadura se adivinan dos iniciales.
EM. Emil Muler.
Dorothea me observa con atención. No sé si le divierte o le incomoda que hurgue en el pasado de su familia de esta manera. Le pregunto si puedo hacerle una foto a ella también, pero se niega rotundamente.
Le doy la espalda y contemplo la maleta como si fuera un tesoro, el resto de un naufragio que las olas han hecho llegar a mis pies en una playa remota. ¿Qué encontraría dentro? ¿Estarían allí las respuestas que buscaba o habría aún más preguntas?
Finalmente la abro... y esto es lo que me encuentro. Carpetas, papeles y un pequeño maletín.
Dorothea me dice que no preste atención a las carpetas, ya que no tienen ningún interés para mí. En el maletín está todo lo que necesito. Y cuando lo abro...
¡Fotos! Docenas de fotos de todos los tamaños, temas y épocas. Un montón de instantes inmortalizados en celuloide, caras anónimas, paisajes exóticos, instantáneas familiares… ¡Hay de todo!
Al parecer hace años que las fotos están ahí guardadas. La mayoría las encontraron cuando reformaron el hotel. Las metieron en el trastero para organizarlas un día, pero como suele pasar, ese día nunca llegó.
Dorothea está segura de que alguna foto de principios de siglo habrá y me invita a buscarla. Yo miro el interior del maletín abrumado. ¡Ahí puede haber tranquilamente 200 o 300 fotos! Me puedo pasar horas examinándolas…
Dorothea sonríe: “cuando te canses, puedes bajar a cenar al restaurante.” Y dicho esto, se va. Una vez solo, saco todas las fotos del maletín y me pongo a clasificarlas como buenamente puedo.
Y así es como se hace de noche, con un pringado encerrado en un trastero en medio de Transilvania empeñado en contar una historia de amor.
La tarea me toma más tiempo del esperado y bajo al restaurante sin haber terminado. Vuelvo a cenar demasiado (vaya novedad) y decido continuar al día siguiente.
Esa noche me cuesta conciliar el sueño. Me quedo un buen rato mirando la ventana desde la cama y preguntándome cuántas veces habría hecho Emil Muler lo mismo, hace más de cien años en esa misma habitación.
Y no puedo evitar preguntarme qué coño hago yo aquí. ¿He dejado que esto se me vaya de las manos? ¿He desatendido mi curro en Târgu Mures persiguiendo un espejismo? ¿Por qué necesito saber la verdad de esta historia que ni me viene ni me va?
¿Tanto necesito creer en el amor?
La luz del alba me despierta bien temprano y vuelvo al trastero sin desayunar. Tengo que aprovechar el tiempo: no me puedo quedar más días en Sighisoara. Hay que resolver el misterio hoy o me iré sin respuestas.
Y nada más empezar encuentro la primera foto. Es un pelotón del ejército austrohúngaro: un grupo de jóvenes soldados posando orgullosos con sus uniformes impecables. Seguramente ahí ni siquiera habían disparado una sola bala todavía.
Y entre ellos, con su habitual cara de “en vaya jardín me he metido”, reconozco a Emil Muler (es el segundo soldado de pie desde la derecha). Me pregunto si alguno de los otros es Xaver Sumer…
Hasta que encuentro la segunda foto. Dos oficiales y un soldado.
Y el nombre del soldado no deja lugar a dudas.
Xaver Sumer. 1914.
Las piezas del puzzle empiezan a encajar por fin.
Por fin he puesto cara a los dos soldados. Coloco sus fotografías una al lado de la otra. La mirada de ambos se clava en la mía. Y a través del espacio y el tiempo, me parece ver en ellos una súplica común: “cuenta nuestra historia o jamás existiremos.”
Lamentablemente no encuentro más fotos suyas. Hay algunas instantáneas más del frente, soldados anónimos hundidos en el barro de las trincheras, momentos de descanso sin rastro alguno de felicidad, oficiales de grandes bigotes y uniformes impolutos…
Y es gracias a ellas y a las anotaciones en sus reversos que me doy cuenta de que Emil y Xaver lucharon en destinos diferentes. Xaver fue mandado al norte, al frente de Varsovia, mientras Emil defendía las posiciones transilvanas contra Serbia.
Entre 1914 y 1915, año en el que Emil vuelve herido a Sighisoara, los dos chicos no coincidieron jamás. Y cada vez entiendo menos lo que ocurrió. Si ni siquiera lucharon juntos, ¿por qué los enterraron juntos?
Tengo la sensación de que vuelvo a estar en otro callejón sin salida. Creía que las fotos me darían más respuestas, pero no ha sido así.
Me dispongo a guardar las fotos en su sitio y cruzo una última mirada con los dos soldados: “lo siento, chicos, os he fallado.”
Agarro todos los montones de imágenes para meterlas en el maletín, pero me detengo. Una frase retumba en mi cerebro: “cuenta nuestra historia o no existiremos.” ¿Realmente es ese el destino que quiero para Emil y Xaver?
¿No se borró su historia ya una vez, como les ocurrió a millones de otros soldados que descansan bajo el suelo de todo el continente? No era justo que yo les abandonara de nuevo en esa tumba de olvido.
Por eso me pongo a repasar las fotos una a una de nuevo. Las antiguas y las modernas. Todas. Analizo cada cara, cada detalle, cada momento… hasta que doy con esta imagen de los años 50. Dos hombres frente a un retrato.
No tengo ni idea de quiénes son, pero lo que me llama la atención no son ellos, ni el hombre del cuadro, sino algo que hay al fondo. ¿Os suena?
Aquí tenéis un plano más cercano.
Reconozco el cuadro de Xaver al instante.
Y las preguntas vuelven. ¿Qué hace ese cuadro allí? ¿Por qué lo tenían esos hombres? ¿No había estado siempre ese cuadro en el Restaurante Bastion, “la casa del catalán”? La cabeza me explota.
Corro escaleras abajo buscando a Dorothea y blandiendo la foto como si me quemara en las manos. Ella reconoce a uno de ellos al instante. Es Hermann Balan. Fue alcalde de Sighisoara en los años 50, dice.
¿Hermann Balan? El nombre me suena terriblemente. ¿Dónde he oído yo antes ese nombre? Y de repente veo la luz.
¿Os acordáis de estos tuits?
Pues parece que al final Hermann nosequé sí que va a pintar algo en esta historia.
Hermann fue amigo de Emil en el instituto. Y probablemente también de Xaver. Y por si os lo estáis preguntando, sí, su familia sigue viviendo en la ciudad.
“¿Quieres que les llame?”, pregunta Dorothea. Y no hace falta que responda. Ella ya tiene el teléfono en la mano.
Camino por las calles de Sighisoara guiado por Dorothea. No hablamos. Lo único que rompe el silencio de esa gélida mañana de sábado es el crepitar de nuestras pisadas sobre la nieve.
Nos dirigimos a la plaza principal de la ciudadela. Allí vive Alina Balan, nieta de Hermann Balan, el que fuera alcalde en los años 50 y compañero de instituto de #EmilyXaver antes de la Gran Guerra.
Dorothea se detiene delante de una de las mansiones y llama a la puerta. Enseguida aparece una oronda mujer de sesenta años de mejillas sonrosadas que parece salida de un cuento de los Hermanos Grimm.
Alina y Dorothea se ponen a charlar en rumano con esa complicidad que solo tienen las amigas de toda la vida. Adivino palabras sueltas: “casa catalanului”, “Emil”, “Xaver”, “prieteni”.
“Prieteni” significa “amigos”, ¿recordáis?
Alina me mira con una sonrisa de oreja a oreja y me hace pasar. No habla ni una palabra de inglés, pero no hace falta. Está claro que está feliz de ayudarme.
Recorremos los pasillos de la mansión, llenos de cuadros, iconos e imaginería religiosa. Dorothea me va traduciendo las explicaciones de su amiga: cuando su abuelo volvió de la guerra se aficionó a coleccionar arte.
Los primeros cuadros que obtuvo eran de artistas de la región. Y sí, entre ellos tenía un cuadro de Xaver Sumer. Por alguna razón, era el cuadro más querido por Hermann Balan. Y allí estaba. En un lugar privilegiado del lujoso salón.
De nuevo tenía delante el cuadro de la ventana de Emil. ¿Cómo era posible que hubiera dos cuadros iguales? Le comento a Alina que ayer vi uno igual en el Restaurante Bastion. Ella vuelve a adoptar la sonrisa de abuelita de Caperucita y dice: “no son iguales.”
Efectivamente, cuando me acerco a examinarlo me doy cuenta. Los colores del cuadro son distintos. Y en la ventana de Emil se adivina una silueta. Y no solo eso. La fecha del cuadro es de 1916.
1916. Tres años después del primer cuadro. Un año después de que Emil volviera del frente. El año en el que Emil murió.
No entiendo nada. ¿Por qué volvió a pintar el cuadro con Emil en la ventana? Y Alina responde que no solo pintó ese. Pintó muchos más, pero se han perdido.
Alina nos invita a sentarnos. La historia que se dispone a contarnos va a ser larga. Y va a estar llena de respuestas.
Efectivamente, #EmilyXaver se conocieron en el instituto. Los dos eran amigos íntimos de Hermann Balan. Los tres chicos eran inseparables. Pero la amistad de Emil y Xaver era especial. Así lo dice. Especial. Y lo dice con cierta ternura que agradezco.
Los chicos estaban a punto de terminar el instituto hacia 1912 y Hermann notaba que sus dos amigos se iban distanciando de él. El pobre no entendía por qué. Hasta que un día lo descubrió, lo contó a sus padres y la noticia no tardó en llegar a las familias de Emil y Xaver.
Así fue como Herr Muler decidió mandar a Emil a estudiar a Munich, mientras Xaver se quedó en Sighisoara pintando su ventana vacía.
Xaver juró a Hermann que jamás le perdonaría lo que le había hecho.
Pero entonces ocurrió algo que nadie esperaba. En verano de 1914 Gavilo Princip asesinaba al archiduque Franz Ferdinand y a su esposa en Sarajevo y estallaba la I Guerra Mundial.
Hermann, Emil y Xaver se fueron al frente y perdieron todo contacto… Hasta que Emil volvió herido en 1915. Alina me cuenta que su estado era delicado. Sus pulmones habían quedado afectados por el efecto de una bomba de cloro. Quedó postrado en la cama.
La noticia llegó a Xaver, que aún estaba en el frente. El chico hizo todo lo posible por volver a verle antes de que Emil muriera, pero no fue relevado hasta mediados de 1916.
Lo primero que hizo Xaver al poner los pies en Sighisoara fue plantarse en casa de Emil, pero sus padres no le permitieron verle. Ni ese día ni nunca más. Le ocultaron a su hijo que había vuelto…
Y por eso Xaver se plantó en la esquina bajo la ventana de Emil. Iba allí cada día y se pasaba horas con la esperanza de que Emil tuviera fuerzas para levantarse de la cama, mirar al exterior y verle.
Y para entretenerse, pintaba el mismo cuadro una y otra vez.
Alina detiene su relato. Se ha dado cuenta de que estoy llorando.
“Dígame que se vieron. Aunque solo fuera un día. Dígame que Emil supo que Xaver no le había olvidado.” Mis palabras suenan casi como una súplica.
Ella vuelve a sonreír, pero no dice nada. Se levanta y rebusca entre los volúmenes de la librería. Saca un álbum lleno de fotos y documentos. Y enseguida encuentra lo que busca: una carta.
Una carta a Emil Muler.
Escrita por Xaver Sumer (que aquí vuelve a firmar con su nombre catalán).
Días antes de la muerte de Emil.
“¿Quieres saber lo que dice?”, pregunta Dorothea. Yo te la puedo traducir.
Una carta de Xaver a Emil. Ni en mis sueños más locos habría imaginado encontrar un tesoro así. Pero no puedo evitar preguntarme por qué está en poder de Alina Balan. ¿Acaso no llegó a su destino?
“Mi abuelo la interceptó,” explica la anciana. Cuando Hermann volvió del frente y se encontró con Xaver plantado en la calle, se le rompió el corazón. Se dio cuenta de lo que había provocado con su confesión antes de la guerra.
Intentó disculparse, pero Xaver no quiso ni escucharle. Se pelearon en plena calle y Xaver le rompió la nariz de un puñetazo.
Hermann era consciente de que el dolor que sentía en la cara no tenía ni punto de comparación con el de sus viejos amigos. Se propuso enmendar su error y trató de interceder por ellos plantándose en casa de los Muler.
Les pidió que permitieran un último encuentro entre los chicos, pero ellos se negaron. Y no solo eso. Le enseñaron la carta de Xaver que acababan de recibir y le pidieron que se la devolviera, para que le quedara claro que sus palabras jamás llegarían a oídos de Emil.
Hermann no les hizo caso. Se guardó la carta y en cuanto tuvo ocasión pidió ver a Emil. En la habitación que ya conocemos, Hermann pidió perdón a su amigo del instituto y, junto a su lecho, le leyó la carta de Xaver en un susurro.
Y es en ese mismo susurro que Dorothea empieza a traducirme las palabras de Xaver:
"Querido Emil,
Tus padres no permiten que nos vemos.
Recurro a esta carta para escribir lo que jamás he sido capaz de decirte.
Quiero que sepas que te quiero.
Sí, Emil, te quiero.
Nos habían enseñado que lo nuestro no era amor, pero me he dado cuenta de que lo era."
"Lo que tú y yo hemos tenido es el amor más verdadero que he sentido jamás.
Por eso no quiero perderte sin decírtelo.
Te quiero desde el primer día que entramos en el instituto y nos escapamos al cementerio a fumar un cigarrillo."
"Te quiero desde el día que me calentaste las manos con tu aliento porque yo había perdido los guantes.
Te quiero desde ese beso en el establo de los Sander.
Te quiero tanto que la idea de volver a verte fue lo único que me mantuvo vivo en las trincheras serbias."
"Bastaría con mirarme a los ojos para que lo entendieras. Ojalá pudieras.
No harían falta palabras. Nos miraríamos y volveríamos a ser niños en los pasillos del instituto, antes de la muerte, antes de las bombas, antes de los viejos en los que nos ha convertido todo este odio."
"Por eso hace meses que estoy bajo tu ventana, para verte otra vez, aunque solo sea un instante.
Para que tu sonrisa vuelva a hacerme creer que nuestro amor lo significó todo y arrojó algo de luz en este siglo que ha nacido muerto."
"Te quiero y pase lo que pase, siempre estaré contigo.
Tuyo, Xavier."
Cuando Hermann acabó de leer la carta, los dos chavales estaban llorando. Emil, casi sin voz, le pidió que le ayudara a levantarse.
Emil estaba tan débil que parecía que no sería capaz ni de llegar hasta la ventana, pero lo consiguió. Descorrió las cortinas, miró al exterior y por primera vez en años de horror su rostro estalló en una sonrisa.
Porque ahí abajo en la calle estaba Xaver devolviéndole la mirada. Porque el hombre que amaba le había dicho te quiero por primera vez y él le estaba respondiendo, muy flojito, con su aliento empañando el cristal de la ventana.
Xaver nunca pudo oír el “ich liebe dich” de Emil, pero lo sintió en lo más profundo de su alma como una bendición. En ese momento Emil levantó el brazo a modo de saludo… Y así es como Xaver lo pintó en su último cuadro.
Esa misma noche, un 12 de diciembre de 1916, Emil Muler falleció.
Tenía 22 años.
El silencio cae en el salón de Alina Balan como una sentencia. La anciana lo rompe con su voz quebrada: “al menos tuvieron ese momento. Otros no tuvieron ni siquiera eso.”
Al día siguiente de su muerte, Emil fue enterrado en el panteón familiar y Xaver dejó de pintar. Sabemos que murió meses después, ¿pero qué fue de él en ese tiempo? Y lo más importante… ¿cómo acabaron enterrados juntos?
El puzzle aún estaba incompleto, pero la pieza que faltaba para completarlo no estaba lejos...
(La próxima entrega será la última de #EmilyXaver. ¡Estad atentas!)
Alina rebusca en el álbum y me enseña una foto de la tumba de Emil de 1916. Efectivamente fue enterrado solo.
Se me hace raro ver ese espacio vacío al lado de su nombre. Es como si Xaver estuviera destinado a ocuparlo en otra tumba del futuro. Le pregunto dónde puedo encontrar esa lápida, pero la anciana me dice que ya no existe y retoma su relato.
Media ciudad acudió al funeral de Emil. El pequeño de los Muler había muerto como un héroe e iba a ser enterrado con honores. El oficio tuvo lugar en la Iglesia de la Colina, al lado del instituto de los chicos y el cementerio.
Xaver se presentó a media ceremonia con el alma rota. El cura interrumpió su homilía al verle entrar y todos los asistentes contemplaron con asombro cómo se dirigía al ataúd para darle el último adiós al hombre que amaba.
Pero Xaver no pudo hacerlo. Herr Muler se plantó delante de él en el pasillo, lo agarró por las solapas y lo arrastró al exterior. Xaver suplicaba entre lágrimas que sólo quería despedirse. Por toda respuesta, el padre de Emil lo lanzó al suelo y le propinó varias patadas.
Hermann Balan lo contempló todo desde su banco lleno de rabia y culpa, pero no se atrevió a hacer nada. Nadie movió un dedo.
En la calle, la sangre y las lágrimas fundían la nieve bajo el cuerpo de Xaver Sumer. El chico se levantó como pudo y juró que jamás volvería a Sighisoara.
La ciudad estaba demasiado llena de recuerdos que no dejaban de acecharle y de vecinos que lo miraban con desprecio. Con Emil muerto, sentía que ese ya no era su lugar y que su vida carecía de todo sentido.
Y cuando la vida deja de tener sentido, lo único que te guía es la muerte. Por eso Xaver volvió a la guerra, que aún estaba lejos de terminar.
Pocos meses antes, Rumanía había entrado en la Gran Guerra como aliada de Francia y Rusia. Transilvania se había convertido en escenario de cruentas batallas, especialmente en la frontera con la actual Hungría.
En esas trincheras volvió a luchar Xaver durante meses… hasta que ocurrió lo inevitable.
Alina vuelve a rebuscar en su álbum y me enseña un documento en húngaro. Dorothea me lo traduce (y yo empiezo a sospechar que no hay idioma que esa mujer no conozca: parece un Google Translator con moño).
Es el certificado de defunción de Xaver Sumer.
En él puedo leer claramente su nombre, su fecha de nacimiento (descubro que fue el 9 de febrero de 1893), la fecha de su muerte (26 de septiembre de 1917) y en el apartado de “observaciones”, una palabra que no presagia nada bueno: “öngyilkosság”.
“Öngyilkosság” significa suicidio.
Xaver Sumer, incapaz de soportar el infierno en el que se había convertido su vida, rota su alma, vacío su futuro, se quitó la vida en una trinchera del frente húngaro.
Tenía 24 años.
Fue enterrado en un cementerio militar a las afueras de Oradea (hoy provincia rumana de Crisana) con una sencilla cruz blanca de madera.
Poco más de un año después, la I Guerra Mundial llegaría a su fin, dejando tras de sí 30 millones de muertos. Y dos de ellos, Emil Muler y Xaver Sumer, descansarían durante algunos años más a 300 kilómetros de distancia el uno del otro.
Dorothea consulta su reloj. Se está haciendo tarde. Ella tiene que volver al hotel y yo debo volver a Târgu Mures esta misma mañana. “¿Nos vamos?”, me pregunta.
¡No! ¡Aún falta lo más importante! ¡La primera pregunta que cruzó mi mente al ver la tumba de #EmilyXaver, la que todos queremos responder! ¿Cómo acabaron enterrados juntos?
Alina me mira sorprendida y se le escapa la risa: “¿Pero aún no lo sabes? Muchacho, la respuesta ha estado delante de ti todo este tiempo.”
Y sí, ya sé que ayer dije que esta sería la última entrega, pero me ha quedado más larga de lo que esperaba, así que os pido un poco más de paciencia. Mañana termino la historia. ¡Esta vez sí!
Buenos días a todas. Perdonad el retraso. He madrugado un montón para solucionar unos asuntos urgentes de curro y estar a punto a las 12 para contaros el desenlace de #EmilyXaver, pero como podéis comprobar, he calculado mal…
Pero ya estoy aquí. ¡Vamos a por ese desenlace!
Nos habíamos quedado en el salón de Alina. Dorothea me apremiaba para irnos ya. Ella tenía trabajo que hacer en el hotel que había sido el hogar de Emil y yo tenía que pillar un autobús. ¡Pero no podía irme sin la respuesta definitiva que todos estamos esperando!
Alina me dice que esa respuesta ha estado delante de mí todo el tiempo.
¿Delante de mí? ¿Cómo que la respuesta está delante de mí? WTF? ¿A qué se refiere?
Alina vuelve a sonreír. Me doy cuenta de que cada vez que sonríe algo muy pequeñito dentro de mí se calma un poco. Esa mujer es un bálsamo.
La anciana levanta la mirada y hace un ademán hacia la pared que tengo enfrente. En ella, un gran cuadro preside el salón. Es un gran retrato de su abuelo. Hermann Balan.
Hermann Balan, el amigo que descubrió la relación de Emil y Xaver en el instituto. Hermann Balan, el culpable de que Herr Muler mandara a su hijo a Munich para apartarlo para siempre de Xaver.
¿Pero qué tuvo que ver él con la tumba del memorial? ¿Qué papel jugó en esta historia realmente?
El amigo de la infancia de Emil y Xaver jamás se perdonó el dolor que había desencadenado con su indiscreción. El sentimiento de culpa por la inhumana muerte que ambos sufrieron lo acompañó toda la vida.
Pasaría una década antes de que pudiera empezar a redimirse. En 1928 Rumanía celebraba el décimo aniversario del armisticio y de la fundación del estado rumano con la anexión, entre otros territorios, de Transilvania (Sighisoara incluida).
Muchas ciudades decidieron construir memoriales para conmemorar la fecha y honrar a los soldados que perecieron en la contienda. El ayuntamiento de Sighisoara fue uno de ellos.
Y el encargado de planearlo fue un alto funcionario que acababa de entrar en el consistorio llamado Hermann Balan.
Ahora no os pongáis a gritar, que esto se veía venir desde hace cincuenta tuits. ¿O no?
Ese fue uno de los primeros trabajos de Hermann en el ayuntamiento de Sighisoara, del cual acabaría siendo alcalde tras la II Guerra Mundial (pero esa es otra historia, si queréis otro día os la cuento).
Lo primero que Hermann tuvo que hacer fue conseguir el permiso de las familias de los fallecidos para trasladar sus cuerpos al nuevo emplazamiento.
No le costó demasiado obtener el permiso de exhumación del padre de Emil. Para el viejo oficial era un gran honor que su hijo descansara en un monumento nacional a los caídos.
El 1 de diciembre, Día Nacional de Rumanía, se inauguró el memorial en una ceremonia civil. Media ciudad acudió para honrar a sus muertos de nuevo, con Herr Muler a la cabeza, ataviado para la ocasión con todas sus medallas.
Lo que nadie podía esperar, y él menos que nadie, es que su hijo no estaría solo en esa tumba.
Hermann había movido cielo y tierra para localizar el cuerpo de Xaver en Oradea (por eso conservaba su certificado de defunción en húngaro). Desde el primer momento quiso enterrarlo junto al hombre que amaba para que descansaran juntos por toda la eternidad.
Como es lógico, mantuvo su plan en secreto para que nadie pudiera detenerle. Y se salió con la suya.
Al verlo, Herr Muler entró en cólera y se enfrentó a Hermann a gritos delante de todo el mundo. ¿Cómo había sido capaz? ¿Cómo se atrevía a mancillar el honor de su familia de ese modo? El hombre estaba fuera de sí.
Por eso Hermann lo tumbó de un puñetazo, como Xaver había hecho con él mismo diez años antes.
Sí, está mal pegar a un señor mayor, pero no me digáis que no se lo merecía un poco.
“Hace quince años cometí un error imperdonable,” le escupió Hermann al viejo oficial.
“Yo maté a mis mejores amigos mucho antes de que lo hiciera esa horrible guerra.
Y usted fue cómplice de ello.
Todos lo fuisteis.”
Los vecinos de Sighisoara agacharon la cabeza avergonzados ante las palabras de Hermann:
“es hora de permitirles descansar en paz de una vez, juntos, como tendrían que haber vivido y como héroes de algo mucho más valioso que una guerra.”
Y así ha sido hasta hoy.
Dorothea está tan sorprendida como yo. Alina nunca le había contado ese episodio de su bisabuelo. Y su familia tampoco… Por primera vez la veo incluso alterada.
Y no es de extrañar. Herr Muler se fue del cementerio con el rabo entre las piernas y jamás se volvió a hablar de Emil en su casa. Metió todas las cosas de su hijo en una maleta y la encerró en un armario.
Esta maleta.
Herr Muler no pudo enterrar a su hijo donde quiso, pero intentó sepultar su recuerdo ante el mundo. Un recuerdo que hoy, por fin, sale a la luz, para su nieta, para mí y para todas vosotras.
El reloj del salón marca las doce. Es hora de irse. Me despido de Alina y ella me da un abrazo que huele a rosquillas y aguardiente. Espero de todo corazón que nos volvamos a ver algún día.
Ya en la calle, Dorothea se ofrece a acompañarme a la estación de autobuses, pero rechazo la invitación. Tengo algo importante que hacer antes. Y necesito hacerlo solo. Me despido de ella con un beso en la mejilla y ella se ruboriza.
Me dirijo decidido al túnel de escaleras que conduce a la Iglesia de la Colina. Subo los escalones de tres en tres.
Paso por delante del instituto y tengo la sensación de que un montón de fantasmas me observan desde sus ventanas.
No tardo en llegar al memorial.
Me planto delante de la tumba de Emil y Xaver de manera casi ceremonial. Se me hace difícil creer que estuve allí el día anterior. Parece que haya pasado un siglo.
Respiro profundamente.
Contemplo la lápida.
Leo sus nombres una y otra vez.
Emil y Xaver.
Xaver y Emil.
Miro a mi alrededor.
Nada ha cambiado, pero nada es lo mismo.
Estoy en silencio un buen rato.
Pero el silencio no es tal.
El viento de los siglos me susurra secretos al oído.
Y me parece escuchar las risas de dos chavales de 16 años que se han saltado una clase.
Que se esconden tras las lápidas del cementerio para fumarse un cigarrillo.
Que se calientan las manos con el aliento del otro.
Que se miran a los ojos para descubrir en ellos un estallido de esperanza.
Que se dan un primer beso.
Un beso que contiene toda la felicidad de la que están hechos los sueños compartidos.
Un beso que entrelaza sus almas para siempre.
Un beso lleno de un amor que, por un instante, les hace sentir inmortales.
En ese momento pongo la mano sobre la piedra helada.
Y con un hilo de voz, casi como en una plegaria, digo:
"Vuestra historia ha sido contada."
FIN ❤️❤️
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