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A raíz de la cobertura mediática que se viene haciendo últimamente de algunos sucesos relacionados con menores, voy a salir de mi temática habitual para contaros lo que me ocurrió hace unos 12 años cuando trabajaba para un programa de TV basura de una cadena nacional. ⤵️
El programa en cuestión está encuadrado dentro de ese tipo de programas dirigidos a “endulzar” durante un ratito la vida de gente con pocos recursos y poca formación que está inmersa en una desgracia. Concretamente nos dedicábamos a hacer cambios de imagen.
Yo era directora de grabación y, por lo tanto, responsable de exprimir al máximo las historias. Entiéndase por “exprimir” no solo sacar el máximo jugo, sino el jugo correcto: el morbo. Sin embargo, no fui consciente de mi cometido hasta ese día.
Llegamos a Redacción, nos dieron el caso, y pusimos rumbo a un pueblecito. Íbamos a sorprender a una chica de veintipocos años. Madre soltera, dependienta y con una niño de año y medio enfermo. Formaba parte de una familia desestructurada.
El padre les había abandonado. La madre, de cuarenta y muchos, estaba sumida en una depresión absoluta. La hermana y el hermano todavía iban al cole. El único sueldo que entraba en casa era el de esta chica y creo recordar que una ayuda social.
La historia era dramática: se había quedado embarazada de su jefe, quien rehusó hacerse cargo del hijo porque estaba casado. Ella se negó a abortar, tal y como él le propuso, y se hizo cargo del niño sola. Afortunadamente, no la despidió.
El niño, quedó ingresado por un problema cardiovascular nada más nacer. El ingreso hospitalario duró un año. Durante ese año, sufrió muchísimas complicaciones. Las más horribles y grotescas que podáis imaginar.
La madre tuvo que volver al trabajo tras la baja y durante el ingreso para poder sustentar económicamente a la familia. ¿Imagináis lo que puede ser eso: tener que dejar a tu bebé de cuatro meses ingresado porque no tienes más remedio que volver a trabajar?
Afortunadamente, cuando nosotros llegamos hacía semanas que el niño ya estaba en casa. Por lo que nuestra labor era “poner guapa” a la madre para darle una alegría (ya veis en qué lugar tan superficial colocamos a veces "una alegría”).
Llegamos con todos los aparejos: cámaras, sonido, estilistas, maquilladores, esteticistas… dispuestos a ir a su puesto de trabajo a darle una sorpresa, pero antes teníamos que entrevistar a la madre de ella, a la abuela. Tenía que contarnos el drama de su hija.
Esta era una mujer absolutamente sobrepasada. Inmersa en una depresión profunda, muy medicada y con problemas de alcohol. Gritaba sin control, lloraba… intentaba gestionar su desgracia. Para el Director del programa, que ese día nos acompañó porque intuía chicha, era un filón.
Así fue como me apartó y me dijo: “Te voy a dejar con el sonido y el cámara. Entrevístala hasta que llore”. Mi respuesta fue: “No, no voy a hacer eso”. Creía que tenía poder para hacerlo porque creí que podía acogerme a la cláusula de conciencia. ¡Ja!
Al principio, consciente él de que solo había un día de grabación, intentó "empatizar" conmigo diciéndome: “Lo sé, pero esto es como los médicos, al principio duele, pero tienes que acostumbrarte”. Cuando le repetí el no, fue más claro: “O lo haces, o te coges un taxi y al INEM”.
“Supongo que eres consciente de que si doy una patada a esa piedra salen 200 como tú dispuestas a hacer lo que yo diga. Tú eliges”. La elección era dura, pero fácil: necesitaba el dinero. En otra ocasión hubiera dicho que no, pero mis padres no podían ayudarme en esta ocasión.
Así que acepté y, con todo el dolor de mi corazón y haciendo un nudito a mis escrúpulos, me quedé a solas con el cámara y el sonido y la entrevisté hasta que le hice llorar. Por suerte y por desgracia estaba tan destrozada que el interrogatorio no duró mucho.
Ese día no dormí y tomé la decisión de dejar ese trabajo. Terminé mi compromiso con esa productora y me fui de becaria con un sueldo tres veces inferior. Eso hizo que también tuviera que cambiar de piso. No podía permitirme la habitación que tenía y hubo más cambios en mi vida.
Hace seis o siete años volví a ver a esa chica. Trabajaba en un puesto de chucherías. Estuve a punto de acercarme a pedirle perdón, pero no me atreví. A veces pienso que quizás tenía que haber tenido más valor para decir “No” a tiempo, pero tuve muchos miedos.
Hoy en día la cobertura y tratamiento de estas cuestiones en TV ha cambiado. Y la audiencia no solo se ha acostumbrado, sino que también se ha vuelto más exigente. Recordad una cosa: los medios jamás invierten en un producto que no es rentable.
Y eso sí, nos quejamos, los criticamos, pero los índices de audiencia están ahí. Las estadísticas de clics hablan por sí solas. Siempre digo lo mismo: en nuestra mano está decir no. No hacer clic. Cambiar de canal. Cambiar de emisora.
Pero no conseguiremos nada, si por un lado nos quejamos, mientras que por el otro leemos la noticia. Hacemos el seguimiento. Vemos con más morbo que pena el sufrimiento ajeno.
A veces los periodistas no tenemos más remedio que cumplir órdenes, como cualquiera en su trabajo. Podemos decir no, pero no siempre podemos permitírnoslo. Sin embargo, la opinión pública sí puede decir “No”. Y con un “No” rotundo y unánime, poco a poco cambiaremos las cosas.
Solo como nota: aquel programa fue tan duro que jamás llegó a emitirse. Hoy en día, 12 años después, su dureza es solo un aperitivo. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar?
PD. Ojalá ese niño mantenga la sonrisa que tenía cuando llegamos a su casa y haya recuperado su salud. Desde aquí le pido perdón a esa familia.
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