Buenas, buenas. Con permiso.

Me llamo Lino Corrales y lo mío era la cantada. En velorios y en fiestas, cuando había. Y en la cantina del pueblo, intercambiaba canciones por monedas y un traguito.

También compongo, cuando se ofrece.

Ya me presenté. Ahora voy a contarles:
Estaba cantando la canción de Juan Colorado cuando me sacaron dos municipales del Salón San Pancho. Afuera de la cantina me explicaron que el comisario quería verme y que llevara conmigo la guitarra.
Les pedí que me dejaran cobrar lo que llevaba cantado pero a empujones me apresuraron la marcha y caminamos por la calle que lleva a la comisaría. Pregunté que si yo pa' qué era bueno y les aseguré que deveritas yo no había hecho nada.
Nomás se burlaron con una risa gorda y seguimos caminando. Antes de cruzar el portón volví a insistir que me dijeran que ocurría y uno de ellos amablemente me invitó a pasar, haciendo con el brazo un movimiento de torero.
Chingada madre, pensé. Y apreté los dientes con la duda y la incertidumbre. Nunca estuve antes por el cuartelillo, ni para atestiguar nada.
Cuando entramos a la oficina, el comisario fumaba en hoja de maíz tabaco negro y a ese humo olía todo allí dentro. Y a oxidado. Revisaba unos papeles que parecía no entender.
Los oficiales se acomodaron en una esquina al fondo del cuarto y yo me quedé esperando. Tengo un trabajo para ti, dijo sin voltear a verme. Guardé silencio. Te tengo un trabajo, repitió y se acarició el bigote.
Esta vez me vio a los ojos. Permanecí parpadeando porque no entendía que podía necesitar de mí. Mi guitarra no figuraba en los festejos de gente de su rango. Muy apenas sonaba en la cantina, cuando le caía agua a la presa.
A veces en velorios, dos al mes cuando había suerte. Pero no a todos les gusta despedir a sus difuntos cantando, menos si hay que pagar unas monedas. Los de la clase del comisario, por ejemplo, son más pomposos con sus muertitos.
Desde que lo ponen en la caja, ya está sonando la orquesta. Se detienen sólo para darle otra vuelta al rosario. Morirse es una fiesta para los ricos de por aquí.
Se paró de golpe y lo miré hacia arriba. Me pidió que no me moviera y permanecí inmóvil. Caminó hacia una puerta trasera que no sé a donde lo llevaba. En ese silencio de la espera empecé a recapitular lo que sabía del comisario.
Era un hombre robustamente serio. Bebía. Se decía que bebía bacanora y nadie lo vio jamás borracho. Llegó con su mujer hace unos años, enviado por el mismo presidente de la república.
Su nombre era Fermín Durán. Y entre los malos y los más malos, era famoso por conceder el último deseo a los condenados a muerte.
Tardó unos minutos y cuando volvió me lo dijo sin preguntar mi opinión:

hay un nuevo sentenciado a muerte y su último deseo es que le escriban un corrido. Me dijeron que tú hacías canciones y ese es el encargo que te tengo. Se te va a pagar.
Lo matamos el viernes que viene al medio día. Ven mañana, necesitarás hablar con él para que te diga qué necesita. Puedes irte.
Los oficiales me sacaron a empujones otra vez del cuartel. No me dieron tiempo de averiguar nada más, ni la guitarra necesitaba. Me la eché al hombro y caminé. Me fui pensando en quién podría ser y qué crimen había cometido aquel hombre para ser sentenciado a muerte.
Cuando volví a la cantina, los borrachos para los que canté ya no estaban. Pero era sábado y estaba oscureciendo. Así que me senté a la barra a esperar que llegaran nuevos clientes para recuperar lo que había perdido por la encomienda del comisario.
Gabino el cantinero es muy amigo mío, así que le conté a prisa lo que acababa de vivir.
Las barras de las cantinas son almacenes de grandes secretos. Tienen la hechicería pagana de liberar las lenguas de los hombres más solitarios, en los oídos de cualquier desconocido aburrido que se deje querer en la cantina.
Y Gabino lo sabe. Y sabe cosas incluso que no quisiera saber.
Ser cantinero es un oficio peligroso. Se debe servir bien, atender bien, conversar bien. Pero hay que escuchar mal, olvidar pronto y tener cuidado con los secretos que se derraman en la barra. Eso decía Gabino.
Me preguntó que si qué querían los oficiales, mientras servía una cerveza. Le dije que iban a fusilar a uno el viernes que seguía y que de último deseo pidió que le escribieran un corrido y que el trabajito me lo encargaron a mí.
¿Quién podrá ser? Dijo y me puso la cerveza entre las manos. Le tomé un tragote de sed paseada y estaba fresquecita. Y le devolví la pregunta: ¿Tú no has oído nada?
—Nada.
—No seas cabrón, dime que sabes.
—Escuché a unos vaqueros, no más.
—¿Qué dijeron?
—Que agarraron al Negro Sinahuisa. Estaban festejando.
—¿Por qué?
—Porque los traía en la mira, por un problema añejo, al parecer.
—No, ¿por qué lo agarraron?
—Hacía mucho que no venía por acá. Lo buscaban en todo el terreno, pero se le veía poco. Dicen que bajaba al sur, atracaba y se amadrigueraba en el monte.
—No lo recuerdo mucho, pero de algo me suena su nombre.
—Tú estabas chico cuando se fue. Pero seguro lo viste algún día.
—¿Pero por qué lo agarraron esta vez? —insistí.
—Una ruca le puso el dedo. Lo agarraron cogiendo con la Rosa Cucha, en los cuartos.
—¿Y debía muchas?
—No sé. Tú le preguntas ¿no te pidió eso el comisario?

Nomás me quedé pensando.

Pos si... El corrido del Negro Sinahuisa…
Salí en altas horas del salón, con unas monedas en la bolsa y unos tragos en la panza. Cuando llegué a casa mi esposa ya estaba en cama. La quise despertar para contarle las nuevas, pero tan profundo dormía que mejor no le molesté y me recosté en el catre que tenía en el patio.
El sueño lo tenía espantado por el pendiente del Negro Sinahuisa. Ahí en lo oscuro me quedé dándole vuelta al asunto. No me dijeron ni cuánto me iban a pagar, si el corrido se cantaría el día que lo mataban o sólo quedaría escrito para darle gusto al Negro antes de despedirlo.
Y así se me fue la madrugada catoteando todo eso que me agarró de pronto. Esther me encontró de mañanita en el patio y me despertó.

—¿Qué estás haciendo afuera Lino? Otra vez llegaste ahogado.
—¿Ogado yo? Para nada, mujer. Tengo que ir a la comisaría, dame un taquito de algo.
—¿En qué andas metido, carajo?
—Agarraron al Negro Sinahuisa, lo van a matar el viernes, pidió de último deseo que le escribieran un corrido. Y el comisario me lo pidió a mí.
—Ese viejo es muy mentado. Cuando estábamos chiquitas, a mis hermanas y a mí nos asustaban con su nombre. Que si andábamos solas nos iba a llevar el Negro Sinahuisa.
—Ese mero es.
—Ten cuidado pues, no te vayan a dejar encerrado —me dijo y se echó una carcajada.
Desayuné y me fui para la comisaría. Cuando llegué estaban saliendo los buscapleitos todavía borrachos y desfajados, con la cara mantecosa. Se iban a mezclar en el camino con las señoras que iban a misa de domingo.
Pregunté por Fermín, pero no dije Fermín, sino el comisario y me dijo un oficial que esperara sentado. Me acomodé en una banca con las manos llenas de nervios.
La última vez que había escrito un corrido lo hice para una yegua. El Don que me lo encargó la quería más que a sus hijas. Era un mar de llanto el viejo cuando me estaba contando sobre su yegüita.
Me sigue contratando en el cumpleaños de la yegua, en el cumpleaños de él, en el aniversario luctuoso de la yegua y en ocasiones ha llegado a despertarme cayéndose de borracho, para llevarme a la tumba de la yegua.
Cántame otra vez el corrido de La Orgullosa —así se llamaba la yegua—, casi que me ruega el viejo. Como siempre paga bien, las veces que lo pida le canto. Es uno de los mejores negocios que he hecho.
Llegó el comisario recién bañado. De gala, como si fuera a ser padrino de boda: traje azul con blanco y sombrero nuevo. Vente, musiquito. Me dijo, y me hizo seguirlo por el pasillo dónde se metió el día anterior.
Caminamos hasta el fondo de una zona de celdas. En la última abrió la reja y me dijo que al rato iban por mí. Que conversáramos. Adentro estaba El Negro sentado en el suelo. Apestaba a sangre y meados todo el cuadro. El comisario se retiró.
Me presenté:

Buenos días, señor. Soy Lino Corrales, me dijeron que pidió un corrido.

Apenas levantó la cabeza y lo primero que salió de su boca, fue que esperaba que yo fuera más viejo y luego se presentó también:

Soy Lauro Rascón, El Negro de Sinahuisa.
Le dije que me daba gusto conocerlo y le pregunté que si yo pa qué era bueno. Las moscas le rondaban. Moscas verdes zumbando en su cara y su espalda. Le vi entonces la camisa roída y ensangrentada y estaban mis ojos en eso cuando me preguntó si yo había dormido bien.
Le dije que si, aunque no era cierto y luego le pregunté en chinga por qué estaba lleno de sangre.

—No es nada, jugaron a la piñata conmigo. Yo era la piñata. Y agarraron de garrote un sahuaro. ¿Qué desayunaste?

Le respondí que un taquito de huevo.
—¿Por qué le hicieron eso Don Lauro?
—Creen que tengo oro escondido. Pero no tengo. O ya se me olvidó donde lo escondí.
El Negro tenía una calma de saberse muerto. Tenía una cara bien grande y los ojos hundidos y pequeños. Barbilampiño. Y más que negro tenía un color de piel casi morado, prieto, oscuro.
Traía un sombrero ya muy viejo y agujereado y también tenía sangre. Evidentemente lo habían torturado pero no le pregunté más. Parecía que no le importaba tener hecha jirones la camisa y seguro debajo, estaba lleno aún de espinas de sahuaro.
Pero ni se quejaba, incluso su respiración era tan apaciguada que me generó en aquel momento una angustia terrible. Seguimos en lo nuestro y lo primero que pidió es que el corrido dijera que le encantaban las mujeres y sobre todo las morenas.
Le mencioné lo que Gabino me había dicho, que lo habían agarrado cogiendo en los cuartos. Y me lo confirmó sin pena y me dijo que escribiera que por una traición de una mujer, perdió su libertad y su vida.
Pero que no dijera nombres, ni santos, ni señas. En eso la salió una risa tosigosa.

Luego levantó uno de sus dedos en señal de que algo iba decir y así permaneció durante largos minutos y yo impaciente por su tardanza. Cerraba sus ojos concentrándose pero no le salía nada.
Escúchame bien, dijo entonces: quiero que digas que en lo largo y ancho del monte, dejé tesoros escondidos, pero sin decir tesoro. ¿Entiendes? hazme el favor de no hacer que te maten por un corrido.
Quiero que la gente tenga curiosidad del monte y que de vez en cuando pase por ahí con el albur de la posibilidad de encontrar una sorpresa enterrada que dejó el Negro Sinahuisa, el gran amigo, el buen hombre. Eso también pon en la canción.
En ese momento volvió a reír y más que una risa era mejor dicho un sonido de risa, porque su cara permanecía parca y seca. Le dije que lo había entendido todo.
Sentí una suerte de codicia, pero supe también que al pueblo le vendría bien algo de dudas y de qué conversar y en mi mente con lo ya dicho en la celda, el corrido empezaba a tomar forma.
Ya me lo imaginaba e incluso me adelanté en mi mente a verme cantándolo el día de la muerte inevitable de Lauro Rascón, el Negro Sinahuisa.
Le pregunté animado que si qué más deseaba para su corrido y agachado ya sin voltear a verme, levantó una mano y la agitó hacia los lados. Entendí la negativa y pensé un poco y volví a concentrarme en su camisa y también le vi el sombrero. Nunca antes tuve ese olor en la nariz.
Eso pasaba cuando el comisario se apareció como un ánima. No advirtieron los pasos de sus botas en el pasillo de celdas. Abrió la reja y aventó su cabeza encima de su hombro, indicándome que ya me fuera.
Le quise decir algo al Negro. Algo como que no se iba a arrepentir del corrido, o que iba a quedar bien bonito. Pero olía a muerte ya. Jamás sabría a qué sonaba su vida cantada en una guitarra. Salí de ahí.
Me fui directo a mi casa con mucha prisa en los pies. Agarré la guitarra y me senté en el catre otra vez y empecé a componer el corrido que me encargó el comisario.
Así pasé tres días acomodando la historia del heroico de Sinahuisa. Del enamorado de las morenas, del secreto del monte, de la traición y su tragedia.
𝐂𝐨𝐫𝐫𝐢𝐝𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝐍𝐞𝐠𝐫𝐨 𝐒𝐢𝐧𝐚𝐡𝐮𝐢𝐬𝐚

🎶🤠

El viernes me levanté bien temprano para acudir a la muerte del Negro. Lo iban a fusilar frente a la plaza, como era costumbre.
Me salí a la calle a ver el claro y una señora que venía caminando se me acercó con el mitote caliente en la boca:

No amaneció vivo el que iban a colgar a medio día ¿Ya supiste?

Ni le respondí a la viejita y me metí en chinga a decirle a Esther.
Pues arráncate a la comisaría, me dijo, no vaya a ser que no te paguen. Y así lo hice. Abrí la puerta y pregunté al primero que vi que si era cierto. Me dijo un oficial que el Negro traía una infección de hacía dos noches, mucha fiebre al parecer.
Luego de los pantalones se sacó diez monedas que había dejado el comisario y me dejó un agradecimiento también. Y que no me desapareciera mucho, por si hiciera falta otro corrido.
Me fui a la cantina y ya andaban varios clientes. Gabino ya sabía y me sacó la guitarra de la casa y me dijo: échatelo.

Y me lo eché.
(...)
𝙑𝙪𝙚𝙡𝙖 𝙫𝙪𝙚𝙡𝙖 𝙥𝙖𝙡𝙤𝙢𝙞𝙩𝙖
𝙫𝙪𝙚𝙡𝙖 𝙥𝙖𝙡𝙤𝙢𝙖 𝙮 𝙖𝙫𝙞𝙨𝙖
𝙦𝙪𝙚 𝙝𝙖𝙣 𝙢𝙖𝙩𝙖𝙙𝙤 𝙖 𝙪𝙣 𝙗𝙪𝙚𝙣 𝙝𝙤𝙢𝙗𝙧𝙚
𝙫𝙪𝙚𝙡𝙖 𝙮 𝙡𝙡𝙚𝙫𝙖 𝙡𝙖 𝙣𝙤𝙩𝙞𝙘𝙞𝙖
𝙦𝙪𝙚 𝙣𝙤 𝙨𝙚 𝙤𝙡𝙫𝙞𝙙𝙚 𝙨𝙪 𝙣𝙤𝙢𝙗𝙧𝙚
𝙚𝙧𝙖 𝙚𝙡 𝙉𝙚𝙜𝙧𝙤 𝙎𝙞𝙣𝙖𝙝𝙪𝙞𝙨𝙖.
Lo canté por primera vez ese viernes a las nueve pasadas de la mañana y para las tres de la tarde ya traía perdida la cuenta de las veces. Entre canción y canción se me acercaba la gente y me pagaba otra vez el corrido del Negro Sinahuisa.
Ya me pesaban las bolsas de monedas y me llegaban tragos de regalo. Cervezas y bacanora. No me daban ni tiempo de mear. Pintaba bien la cosa ese día y parecía que el corrido nuevo iba a ser un mejor negocio que la yegua amada del Don.
En un punto de la tarde, algunos parroquianos ya me hacían segunda en el corrido y hasta vi que Gabino se sabía unos versos y también me acompañaba cantando.
Unos hombres se pelearon porque a uno se le ocurrió decir que el Negro era un barbaján y que el corrido que yo estaba cantando era una total mentira. Pero brincó otro al quite alegando que él tenía amistad con Lauro hacía muchos años atrás y se armaron los chingadazos.
Eso me dio la oportunidad de orinar. Atravesé el lugar entre gritos, escupitajos y empujones hasta llegar al hoyo donde se meaba.

Cayó la tarde y la fiesta seguía en el Salón San Pancho. Estaba cantando otra vez la del Negro Sinahuisa cuando me sacaron dos municipales.
Afuera de la cantina me explicaron que el comisario quería verme. Pasé la noche en la última celda del pasillo. Cuando amanecí en la puerta de mi casa la mañana del sábado me despertó un grito de Esther.
Me preguntó que si por qué tenía yo tanta sangre en mi espalda. Le dije que no era nada. Que habían jugado nomás a la piñata conmigo. Y que yo era la piñata.
Se lo dije desde el suelo y con el único ojo que podía, vi correr a un niño por la calle de mi casa, rumbo al monte, con una pala en las manos.

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