Otoño de 1993

Palacio MalchaMahal de NuevaDelhi
La princesa india Wilayat se suicida ingiriendo la Bebida del silencio, un veneno elaborado con perlas pulverizadas.
Es la última de su dinastía, pero su historia sólo acaba de comenzar.
Una historia en la que nada es lo que parece
Esta es una historia trágica.
La historia de una familia, pero también la historia reciente de la India.
Es también un gran misterio.
Pero ya sabéis que las grandes historias hay que explicarlas desde el principio
Parte I: La familia real de Oudh

Estamos en la ciudad india de Lucknow, capital del estado de Uttar Pradesh, al norte de la India. Una gran ciudad, activa y multicultural, que antes de la colonización británica fue la capital del reino de Oudh.
Este reino, el de Oudh, también llamado de Awadh, fue anexionado de forma poco diplomática por los ingleses en 1856, y sus regentes invitados a aceptar unas rentas vitalicias de la reina Victoria, a cambio de un retiro silencioso.
Pues bien, a principios de los años 70 sucedió en Lucknow una cosa muy extraña:

De la nada apareció una mujer de mediana edad y porte aristocrático, acompañada de sus dos hijos pequeños, 7 sirvientes y 13 perros guardianes.
¿Lo sorprendente?

Declaró ser la princesa heredera de los reyes de Oudh, y reclamaba al Gobierno indio la restitución de sus posesiones. Todas. Palacios. Tierras. Joyas. Todo.
¿Su nombre?

Wilayat Mahal, con el título honorífico de Begum, que por simplificar traduzco como princesa. La acompañaban sus hijos Ciro y Sakina.

Descendientes del último rey de Oudh, Wazid Ali Shah.
La princesa tenía una petición más urgente que las otras: Un palacio donde poder residir. Según ella, tras la independencia de la India en 1947, el Primer Ministro Nerhu les había otorgado un palacio en Cachemira, en la convulsa región fronteriza con Pakistán.
Por lo visto este palacio se había quemado en un incendio, y no tenían a donde ir. La princesa había decidido volver a la capital del antiguo reino de su familia, con su familia y sirvientes, a reclamar lo que era suyo.
Parte II: Un palacio en la estación de tren

Las reclamaciones de la princesa Wilayat son ignoradas. El gobierno local no la escucha. Tan sólo los curiosos se acercan a mirar. No tiene donde ir.
Sin otra opción, se ve forzada a tomar una decisión inesperada…
Se instala en la estación de tren. Sus sirvientes cubren el suelo de tapices y alfombras. Los perros mantienen al gentío a distancia. Cuadros de sus antepasados en las paredes. Porcelana de china para servir el té.
La princesa Wilayat se muestra altiva, inaccesible para el público. Sólo accede a hablar con periodistas extranjeros, a los que explica su historia y filtra detalles de sus penurias con cuenta gotas.
Pero pasa el tiempo y no pasa nada.
Un año.
Dos años.
Nadie atiende a sus reclamaciones.

- “Quiero mis palacios y las propiedades de mi familia”
En 1975 toma una nueva decisión: Se traslada de nuevo. Esta vez a la capital de la India, Nueva Delhi.

Vuelve a instalarse en una estación de tren. Esta vez escoge mejor: La Sala de espera de 1era clase, construida por Lord Mountbatten, virrey de la India.
Desde allí continúa su lucha, enviando cartas a todo aquel dispuesto a escuchar sus reclamaciones: Desde la Reina de Inglaterra al Primer Ministro.
Aunque la princesa mantiene las distancias con el populacho, comienza a recibir visitas de peregrinos y mayor atención de la prensa internacional.

Con los peregrinos llegan algunas donaciones...
y con los periodistas, mayor preocupación del gobierno, que no sabe cómo lidiar con este tema. No es lo mismo ignorar las cartas de una que se proclama princesa, que las peticiones de información de corresponsales de medios internacionales, fascinados con la historia.
En 1976 el Gobierno le hace una primera propuesta a la Princesa: Una residencia moderna a cargo del Estado.

Wilayat la rechaza categóricamente. Ella reclama algo acorde a su estatus: Un palacio.
Pasa el tiempo. Estamos ya en 1984.
La princesa, su familia y su séquito siguen inamovibles en la estación.

A cada amenaza de expulsión de la estación, ella responde con la amenaza de suicidarse en público.
Indira Gandhi vuelve a ser Primer Ministro de la India, por tercera y última vez.
Movida por la compasión, o por la voluntad de matar el tema de una vez, Indira Gandhi visita en persona a la princesa.
No sabemos de qué hablaron Gandhi y Wilayat, pero a la salida Gandhi ordenó que le otorgaran un palacio, acorde a su condición.

Finalmente.

Un palacio.
Parte III: MalchaMahal

El MalchaMahal era un palacio, sí.
Pero no un palacio como uno se imagina.
Comenzado a construir en 1325 en las afueras de Delhi, había sido un pabellón de caza de los Sultanes...
... pero estaba básicamente en ruinas.
Sin agua corriente.
Ni electricidad.
En medio del bosque.
Los sirvientes tenían que traer agua de un pozo a dos kilómetros. No tenía puertas. Por la noche encendían fuegos para ahuyentar a los animales.
La momentánea satisfacción de la familia se convirtió de nuevo en queja y reproche al Gobierno indio.

Más de 10 años de acampada en una estación de tren para acabar así…
La princesa siguió enviando cartas, aunque cada vez con menos frecuencia.

La familia comenzó a desconectar del mundo exterior.

Se hizo el silencio.
-“¿Ya tenéis vuestro palacio, no? Ahora a callar.

Los pocos periodistas, siempre extranjeros, que accedían al palacio hablaban de una familia fantasma, que se movía como en sombras, entre los recuerdos del pasado… tapices y cuadros, alfombras y fotografías.
Las pocas entrevistas que dieron, y las escasas fotografías de la época, nos dejan ver a unas personas que viven en la miseria, pero que aún y así, conservan un porte y una entereza altiva. Tienen todavía algo mágico.
Parte IV: El final

Han pasado casi 10 años.
Como os decía al principio, la familia prepara una ceremonia ritual: Se pulverizan algunas joyas familiares, como perlas y diamantes, y se confecciona un veneno llamado “la Bebida del silencio”.
La Begum Wilayat Mahal se suicida en octubre de 1993, llevada por la tristeza.

Sus hijos, los prícipes Ciro y Sakina, siguen viviendo en el palacio, recluidos, aislados del mundo exterior. Cada vez con menos recursos y en condiciones más precarias.
Los hermanos declaran en entrevistas que el gobierno indio les ha “abandonado en la oscuridad, condenado a la aflicción”.

Sakina muere en 2013.
Su hermano, el príncipe Ciro, se queda sólo, en el palacio.

Todavía concede alguna entrevista, a los pocos periodistas que están dispuestos a escuchar.

En Septiembre de 2017 encuentran su cuerpo sin vida.
¿Creéis que la historia se acaba aquí?

Pues no.

Sólo ha hecho que comenzar.

No os vayáis, por que nada es lo que parece.
Parte V: El final sólo es el principio

El New York Times publicó en 2019 un largo artículo de investigación llamado “The Jungle Prince of Delhi”, fruto del trabajo de su corresponsal en India, @EllenBarryNYT (Hey there!).
Tuvo la oportunidad de entrevistar al príncipe Ciro en 2016, y durante los 15 meses que siguieron trabó amistad con él.
Fueron varias las ocasiones en que pudo conversar con él, de sus recuerdos, de su vida. Aunque lo cierto es que Ciro era reacio a hablar, como si le doliera revivir el pasado.
Las conversaciones destilaban pequeños detalles sobre su madre, sus orígenes y pretensiones reales…
...pero resultaba imposible extraer información anterior a 1971, previa a su llegada a la estación de Lucknow. ¿Quién era su padre? ¿Dónde había nacido?
El silencio.
La negativa a hablar.
A mediados de 2017 Hellen Barry regresó a Londres, a una nueva corresponsalía. Antes de partir, se despidió de Ciro por última vez.
Este murió a los 3 meses.
La noticia le llegó a Hellen en un aeropuerto. Suspiró profundamente, consciente de haber perdido una amistad, pero todavía consciente de tener un gran misterio ante sí.
Hellen Barry volvió a India, decidida a llegar hasta el final de una historia irrepetible.

El resultado de su investigación, el artículo que os mencionaba al principio, ganó el Premio Bertrand Russell en 2019 y fue finalista al Premio Pulitzer en 2020.
Parte VI: El desencanto

Hellen Barry no salía de su asombro. Había viajado hasta Lucknow para investigar los orígenes de la familia. Pero las respuestas que obtenía no eran las esperadas.
-“Era una impostora”
-“Todo era mentira”
-“Estaba loca”

Hellen Barry asistía atónita a lo que le decían los antiguos vecinos de la Princesa Wilayat en Lucknow.
Había incluso descendientes auténticos de los Reyes de Oudh, que desde los años 80 venían advirtiendo a las autoridades indias de que Wilayat no era quien decía ser.
Hellen Barry no entendía nada. Todo el mundo parecía saber que la historia de Wilayat era mentira.
Que ni Wilayat era princesa, ni Ciro, ni Sakina.

Pero entonces, ¿quiénes eran?
¿Por qué una mentira así?
Parte VII: Regreso al palacio

Como parte de su investigación, Hellen Barry regresó al MalchaNahal, como tantas otras veces a lo más profundo del bosque.
No sabía bien qué buscaba, ni que esperaba encontrar. Quizás un recuerdo del malogrado Ciro, quizás una pista sobre ese gran misterio familiar.
Habían pasado los meses, y la miseria del palacio sólo había empeorado. Visitantes sin escrúpulos habían revuelto todo, buscando quizás un tesoro inexistente. La porcelana era quizás el único vestigio de aquella decadente gloria.
Como buena periodista, Hellen no estaba interesada en tapices ni cuadros. Ella buscaba documentos, papeles que le revelaran algo más sobre Ciro y su familia.
Halló legajos de la correspondencia de la familia, con periodistas, con políticos. Recortes de prensa de cada artículo.
Pero halló algo más…

Una carpeta.
Una carpeta que lo cambiaría todo.
Que le traería todas las respuestas.
Una carpeta con resguardos de transferencias de Western Union.
Transferencias recibidas desde Inglaterra.
Muchas transferencias, décadas de ellas.
Todas firmadas for “Shahid, vuestro hermano”.
Pero había otra cosa.

Una carta.
Una carta reciente.
Una carta donde Shahid decía estar enfermo. Muy enfermo. Que necesitaba el dinero para curarse. Una carta donde les pedía que intentaran aguantar sin su ayuda y que se prepararan por si a él le sucedía lo peor.
Una carta donde pedía la ayuda de Dios, para que les protegiera a todos.

Una carta con una dirección:

En el pueblo de Bradford, en Yorkshire, Inglaterra.
Parte VIII: Una ballena blanca y un viaje a Bradford

Un buen periodista de investigación sabe cuando tiene ante sí una buena historia.
Los motivos son muchos: La intuición, los datos, los protagonistas… pero, sobre todo, sabe que tiene una buena historia cuando esta se convierte en una obsesión, en una ballena blanca. Recordad al capitán Ahab y su obsesión por la ballena Mobey Dick…
Pues bien, la historia de la Begum Wilayat, y sus hijos Ciro y Sakina, se convirtió en la ballena blanca personal de Hellen Barry.

Pero nada, absolutamente nada la había preparado para una historia como la que tenía ante sí.
Hellen Barry estaba en la sala de estar de una casita modesta en Bradford. Un pueblecito anónimo. Sofás de moqueta barata. Ante sí, un débil anciano, antiguo operario de una fábrica de acero. Salud muy mermada, en fase terminal de cáncer de pulmón.
Dispuesto a explicarle una larga historia antes de morir.

-“Sí, soy el hijo de Wilayat. Ciro y Sakina eran mis hermanos, aunque sus nombres auténticos eran Mickey y Farhad”

Hellen Barry puso en marcha la grabadora y se preparó para escuchar algo que parecía una confesión.
El final de una mentira quizás, o el principio de una gran historia.

Como os decía al principio, esta es una historia trágica.
Es la historia de una familia, pero también la historia reciente de la India.

Volvemos a nuestra historia.
Una historia que vuelve a empezar.
Parte IX: Historia de una familia india

Años 40. Lucknow.
Wilayat Butt era una mujer feliz. Casada con Inayatullah Butt, decano de la Universidad de Lucknow. Tenían una posición acomodada. Ambos musulmanes.
4 hijos: Salahuddin, el mayor, Shahid, Mickey (Ciro) y Farhad (Sakina)
Era además una mujer fuerte. Con opinión. Activa en política.
Los ingleses eran unos opresores, sí, pero bajo su mando se respiraba una cierta libertad de opinión, y eso, en Uttar Pradesh era importante.
El dominio británico aguantaba con alfileres la unidad de un país dividido por la religión. Estamos en la década de los 40, y la India es todavía una mezcla desorganizada de musulmanes e hindúes, con una convivencia cada vez más tensa.
Tampoco los musulmanes eran un colectivo homogéneo, con suníes y chiíes pugnando por la primacía.
El matrimonio Butt tenía ideas políticas. Como miembros de la buena sociedad, estaban bien relacionados, tenían conexiones y participaban del debate político. Todo el mundo daba por sentada la independencia de la India, y todo el mundo tenía una idea sobre cómo debía ser.
El 15 de Agosto de 1947 lo cambió todo: Los británicos se fueron de la India, que quedó dividida en 2 países, India y Pakistán. La partición de la India en dos mitades, una de mayoría hindú y la otra musulmana, fue un mal intento de solucionar un problema irresoluble.
Lo que siguió fue un caótico proceso de desplazamiento de entre 10 y 20 millones de personas, acompañado de estallidos de violencia en los que murieron aproximadamente 2 millones de personas.
Los Butt no fueron ajenos a esta crisis. Wilayat estaba decidida a quedarse en Lucknow, en India, a pesar de ser musulmanes y a pesar de la opinión de su marido. La élite universitaria musulmana de Lucknow estaba llamada a formar la nueva élite política pakistaní.
Se hablaba de grandes oportunidades si se iban; se hablaba de violencia si se quedaban. Pero no había manera. Wilayat no quería dejar el lyegar donde había sido tan feliz.
Un día que Inayatullah regresaba en bicicleta de la Universidad, un grupo de exaltados le asaltaron y apalearon con palos de hockey.

La familia Butt hizo rápido las maletas, cerró la casa y se marchó a Pakistán.
Sus conexiones políticas les ayudaron a hacerse un sitio en la capital, en Lahore. Le ofrecieron un cargo importante en la Administración a Inayatullah, director de la Agencia de Aviación Civil. Todo parecía que iba a ir bien.

Pero no.
Wilayat no era feliz. Añoraba desesperadamente Lucknow. Deseaba regresar. Pero sus propiedades habían sido requisadas por los indios. La violencia vivida y los sufrimientos habían hecho mella en su carácter, cada vez más volátil.
Cuando Inayatullah murió inesperadamente, Wilayat perdió a la persona que la ayudaba a mantenerse centrada, que le proporcionaba estabilidad. Su carácter, siempre determinado y firme, comienza a dar señales de alteración.
Lo siguiente que sabemos es que en 1954 acude a un mítin del Primer Ministro pakistaní, Mohammad Ali Bogra, y delante de todos los asistentes le recrimina su posición con respecto a Cachemira (en disputa con la India), y le abofetea.
Wilayat es internada en un sanatorio mental, más como castigo que como tratamiento médico. La someten a terapia de electroshocks durante 6 meses, y cuando la consideran más dócil, la dejan marchar.

Pero Wilayat no se ha vuelto dócil. Ni hablar.
Toma la decisión de marcharse con sus hijos de Pakistán y regresar a la India, cosa difícil, dadas las tensiones existentes entre los dos países.
Lo consigue en 1963, tras dos años de insistencia con la administración india. De hecho, se conservan las solicitudes de asilo, donde ella expresa el riesgo mortal de quedarse en Pakistán con su familia.
Aquí entra en escena un nuevo personaje, un viejo amigo de la familia, GM Sadiq. Este acoge a Wilayat y sus hijos en su casa de Cachemira… bueno, no a todos los hijos...
El mayor, Salahuddin, se queda en Pakistán, donde llega a ser un piloto militar célebre en la guerra contra India de 1965… pero bueno, esto es otra historia.
Con lo cual, tenemos a Wilayat viviendo en Cachemira con sus 3 hijos, bajo la protección del Sr Sadiq. Una Wilayat obsesionada con volver a la felicidad perdida en Lucknow, recuperándose de la violencia y de la muerte de su marido, la pérdida de un hijo, maltratada en Pakistán…
Wilayat es inestable. Su segundo hijo, Shahid, no puede más. La situación es además muy precaria.

Un día sale por la puerta y ya no vuelve. Como ya sabéis, acaba en un pueblecito inglés llamado Bradford.
GM Sadiq muere en 1971.
Wilayat se queda sin protección y sustento.

1200 kilómetros la separan de Lucknow.

Tan sólo 1200 kilómetros.
Coge sus cosas, toma la mano de sus hijos Mickey y Farhad, y sale por la puerta.

Por el camino, les explica la historia de los antiguos reyes de Oudh.
Los niños se extrañan cuando se madre les llama Ciro y Sakina.

Los ojos de Wilayat brillan de felicidad.
---- FIN ----
Como os decía, esta es una historia real, que @EllenBarryNYT explicó en su artículo "The jungle prince of Delhi", publicado en 2019 en el New York Times.

nytimes.com/2019/11/22/wor…
La directora de cine india @MiraPagliNair está trabajando en llevar esta historia a la gran pantalla.
Si os ha gustado, os agradecería que le diérais un Like o hiciérais RT.

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Por último, tengo una newsletter donde recupero mis mejores hilos antiguos.

Si el hilo tiene éxito, igual esta semana os pongo más información sobre esta trágica historia.

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