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No es tarea fácil abordar un tema con tantas caras y aristas. Naciones, gobiernos, políticos, autoridades civiles y militares, empresas, empresarios, organizaciones, espías… irrumpieron en la escena bélica española dando lugar a una espiral de trascendentales consecuencias.
Comúnmente, se hace referencia a las intervenciones de países como Alemania, Italia y la antigua Unión Soviética, con unos resultados que, a todas luces, influyeron en el desenlace de la Guerra Civil, pero se obviaban países como Francia, Estados Unidos, Portugal y Reino Unido.
La injerencia británica, tanto directa desde Gran Bretaña como a través de su colonia de Gibraltar, resultó determinante en la contienda española y el afianzamiento de Franco. Existía rechazo del Gobierno británico hacia la Segunda República española tras su proclamación en 1931.
La idea de que los postulados soviéticos se extendiesen crearon malestar en el Reino Unido, y más aún en España, donde los británicos contaban con el valioso enclave de Gibraltar. Si la injerencia británica no ha sido bien estudiada, menos lo ha sido el papel jugado por Gibraltar
La proclamación de la Segunda República en España generó en los británicos desconfianza. Durante 1934 se asistía en España a una progresiva radicalización que desencadenó la revolución de octubre y que hizo saltar todas las alarmas en la ya recelosa Gran Bretaña y en toda Europa.
El Foreign Office consideraba que la situación española era irreversible. La determinación de Franco para aplastar el conato de revolución fue considerada por los británicos como sumamente eficaz y, al mismo tiempo, albergaba la esperanza de poder contener el avance bolchevique.
Conjuntamente y por estas fechas, para Juan March, en su particular y abierta lucha por derribar el sistema republicano, la solución del país no pasaba por la regeneración de la República, que consideraba un sistema degenerado y convulso, ni tampoco por la restauración monárquica
March se acerca a Franco, al que considera el militar más capacitado para acabar con la Segunda República, y le ofrece apoyo apostando por un gobierno militar. De este modo, a los intereses británicos se une un sector del empresariado español con el propio Juan March a la cabeza.
El magnate mallorquín logra que la balanza se incline a su favor para que fuese aceptado, también en el ámbito internacional, un levantamiento dirigido por Franco, un militar sin convicciones políticas definidas y que ya había demostrado en Asturias su determinación.
Y, aunque elementos pro-monárquicos siguieron conspirando, la opción militar fue tomando mayor consideración. Franco, muy ambicioso en lo personal, despertaba, aún contando con respeto de sus compañeros, recelo porque nunca manifestó un posicionamiento político definido y claro.
Esta indecisión, que mantuvo hasta julio de 1936, no era debida a la incertidumbre en el éxito o fracaso del golpe, sino por el temor de que parte del Ejército, muy monárquico, no lo apoyase. Un Ejército que veía todavía en Sanjurjo su jefe “natural” y el militar más respetado.
Por otro lado, una de las mayores preocupaciones de Londres era Gibraltar. Esta plaza venía teniendo una mayor importancia desde finales del siglo XIX, debido al auge económico, al igual de por su ya probado valor geo-estratégico. Además de por su condición de puerto libre.
Los mayores impulsos de Gibraltar han coincidido siempre con periodos de crisis políticas y militares internacionales. Como instrumento del Reino Unido, Gibraltar ha reaccionado siempre de forma perfecta como un eslabón más dentro del engranaje del Imperio británico.
Gibraltar contaba con una colonia de españoles residentes. Los residentes conformaban un grupo compuesto por descendientes de aristócratas españoles y refugiados políticos. De hecho, gozaba de una gran tradición como refugio de discrepantes políticos españoles.
Las visitas oficiales y no oficiales de autoridades españolas a Gibraltar eran frecuentes. Cualquier acontecimiento, partidos de polo, carreras de caballos, paradas militares, fiestas en el palacio del Gobernador, etc., era la excusa para la asistencia de personalidades españolas
Por tanto, no tenía por qué ser sorprendente la presencia de militares y relevantes personajes españoles en la ciudad. Así, cuando se producen las estancias de 1935de Franco y de Martínez Barrio, y posteriormente de Sanjurjo y de Rico Avelló, pasan prácticamente desapercibidas.
Franco y Juan March en Gibraltar. Franco visitó Gibraltar el 8 de marzo de 1935 y se presentó no solo como la mejor opción para “arreglar” los problemas del país sino, también, como la solución que necesitaban los británicos para defender sus intereses en España.
Con firmeza y convicción, mostró que su intención ya no era regenerar el sistema republicano. Su postura representaba un viraje. No contemplaba una conspiración que condujese a un gobierno cívico-militar y así lo expuso ante los británicos. El golpe iba a ser, ante todo, militar.
Juan March, como agente al servicio del MI6, puso en contacto a los militares conspiradores españoles con las autoridades locales y británicas. Más tarde, durante la contienda civil, se convertirá en el principal interlocutor entre los británicos y el Gobierno de Burgos.
Es, con absoluta certeza, uno de los artífices de la conspiración para derribar la República y principal financiador del golpe. Contaba con recursos suficientes, que le sirvieron de aval para concesiones de capitales extranjeros y con la banca, en particular con el Kleinwort Bank
Juan March dejó claro en Gibraltar que su financiación al golpe se haría efectiva siempre y cuando Franco asumiese el mando y encabezase el levantamiento. Su apoyo estuvo siempre condicionado a su persona y no de forma genérica a los militares conspiradores contra la República.
La visita de Franco, pero, sobre todo, la reunión en el Rock Hotel, es importante porque, a partir de ese momento, quedaron atadas varias tramas, perfilándose cuestiones para alcanzar los objetivos de los conspiradores. Dentro de las prioridades, estaban las de tipo logístico.
Es decir, Franco necesitaba contar con Gibraltar, punto estratégico para controlar el paso del Estrecho, como base para operaciones de abastecimiento.
Se sabe que asistieron a la reunión Charles Harington, gobernador de Gibraltar; Alex Beattle, secretario colonial; el capitán del puerto, Arthur Steele, y, probablemente, el almirante Fisher, que estaba en esa fecha en la ciudad por las maniobras de la Royal Navy en el Estrecho.
Las autoridades gibraltareñas acogieron las propuestas presentadas por Franco siempre con apoyo de Juan March, y habían de seguir con rigor y disciplina, como posteriormente se pudo comprobar, las consignas dadas por el Gobierno británico acerca de cómo proceder sobre la cuestión
Se conjugaron los intereses en acabar con el régimen republicano español. No se completaron detalles de la colaboración británica como gibraltareña, pero la conspiración quedó diseñada: la ciudad se constituiría en un punto de conexión y gestión de ayudas materiales exteriores.
Destacadas personalidades británicas, algunas muy vinculadas con la colonia, respaldarán inicialmente y sin paliativos a los sublevados; otras lo irán haciendo después, influyendo en la evolución de la contienda española.
En la citada reunión se insistió en que los intereses británicos no solo no correrían peligro al desaparecer el régimen republicano, sino que se verían salvaguardados. March y Franco serían piezas claves en esa nueva situación, y así lo vieron en el Foreign Office.
Franco abandonó Gibraltar con su postura fortalecida. Pero el levantamiento no se efectuaría en 1935. Tanto Sanjurjo como Mola advirtieron no secundarían un golpe dirigido por Franco. Fue el momento en que la obediencia jerárquica militar pasó a ser para Franco circunstancial.
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Fue miembro de la Real Academia de la Historia y fundador de la editorial Compañía Iberoamericana de Publicaciones, que quebró en 1931, después del crack del 29. También tuvo un papel relevante en el seno de la comunidad judía de Madrid, la cual llegó a presidir durante décadas.
Ejerció como Cónsul general de Finlandia en Madrid y en 1923 fue elegido diputado a Cortes y concejal del Ayuntamiento de Madrid hasta la llegada de la Segunda República de la que renegó por su amistad con Alfonso XIII. Participó en la fundación del Congreso Judío Mundial en 1936
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