Uno de los textos más injustamente ignorados de Lenin es el breve panfleto titulado «¿Se puede intimidar a la clase obrera con el jacobinismo?», que lejos de ser una reivindicación huera de la experiencia francesa es, ante todo, una defensa del terror.
Estos últimos años se ha venido instaurando un ideal «dulcificado» de la Revolución Rusa, uno según el que los bolcheviques habrían contado con el absoluto apoyo de las masas, uno que ignora las serias dificultades que atravesó la Revolución y que evita hablar de los momentos en
que casi fue barrida del mapa. Cualquier proceso revolucionario fructífero conduce, al fin y al cabo, al conflicto armado, a la Guerra Civil. Y una guerra, camaradas, exige las medidas más drásticas, algo que Lenin, como el resto de los bolcheviques, comprendía perfectamente.
Esta posición moralista, que no se basa en el análisis estratégico erguido sobre los fundamentos y los principios revolucionarios, es del todo inaceptable y se emplea, las más de las veces, de forma selectiva. Hoy son «ídolos» aquellos que murieron pronto, porque ellos no fueron
capaces de llevar la lucha hasta sus últimas consecuencias. Este hilo, que no pretende ser un análisis de la mayor de las experiencias revolucionarias de la historia -cuestión sobre la que publicaremos gradualmente en los próximos meses- se se debe a esta crítica.
Ya hemos realizado alguna que otra aportación sobre el terror, la ética y los compromisos, pero con este hilo pretendemos dar algunos ejemplos de las medidas extremas que requiere aplastar militarmente a la reacción.
Por contra de lo que se suele pensar, las semanas inmediatamente posteriores a la toma del Palacio de Invierno no fueron especialmente violentas. El asalto a la antigua sede del poder de los zares, por ejemplo, concluyó con seis muertos -si bien las fuerzas blancas opusieron
una fuerte resistencia en Moscú-. Para noviembre de aquél año, el Partido Bolchevique contaba con unos 15.000 militantes, pero su estructura organizativa, su despliegue en centros estratégicos y su solvencia táctico-estratégica permitieron a los comunistas rusos
dar un golpe demoledor en un momento general en que los soviets -en los que los bolcheviques no eran la mayoría ni por asomo- estaban empezando a suplantar el poder del Gobierno Provisional. Pero los bolcheviques sabían que la contraofensiva reaccionaria era cuestión de tiempo,
así que se apresuraron a crear la Comisión Extraordinaria Panrusa para la lucha contra la Contrarrevolución y el Sabotaje -o CheKa, por sus siglas en ruso-, fundada el 20 de diciembre y encabezada por el inveterado Félix Dzerzhinsky.
Este órgano parapolicial y paramilitar servía, a todas luces, como el núcleo de fuerza del Partido, como el destacamento central para la represión de la reacción.
Son bien conocidos la ejecución de los zares rusos, la represión de los marineros de Kronstadt y el exterminio sistemático del anarquismo ucraniano. No creemos que este sea el caso de la orden de la orca y el tratamiento general al kulak
-el campesino rico, que no pequeño propietario-. Los bolcheviques ejecutaron sistemática y públicamente a cuantos de ellos entorpecían la requisa del grano.
Las ofensivas contra el campesinado alzadobajo la heterogénea bandera de los Social-revolucionarios de izquierda adquirieron unas dimensiones y una violencia inusitadas. Este es el conflicto central de «La semana», la magnífica novela de Libedinski publicada por @mne_mos_yne.
El Ejército Rojo y la CheKa, por su parte, no escatimaron en medios en lo tocante a reprimir las revueltas: desde bombardeos con gas hasta la tortura, el secuestro y la ejecución en masa: era preciso un uso inusitado de la violencia para segurar el exiguo suministro de pan.
Las primeras deportaciones arrancaron en 1919, con el llamado proceso de «de-cosaquización». Los cosacos, que difícilmente pueden ser tildados de «etnia», constituían una pueblo generalmente fiel al régimen del zar, siendo empleados, en términos generales, como policías.
En los primeros años de la operación fueron deportados cerca de 10.000 cosacos, siendo que la CheKa ejecutó a 8.000 en marzo de ese mismo año. Del tratado con la República de Weimar que asesinó a Luxemburgo y Liebknecht hablamos en este hilo,
y no son desconocidos tampoco el apoyo de Lenin a la monarquía afgana en contra de los pastún -inciertos aliados de los británicos- o al gobierno de Atatürk. En fin, camaradas, podríamos haber lanzado toda esta avalancha de datos -y otros cientos que no hemos mencionado-
con tal de atacar la Revolución de Octubre, de barrerla del mapa como experiencia que reivindicar y, sobre todo, de la que aprender. Pero no es el caso. La verdadera cuestión es que «una revolución no se puede hacer con guantes de seda». Es imprescindible que comprendamos esto.
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Camaradas, ponemos a vuestra disposición un artículo con el que nos proponemos esclarecer cuales son los rasgos generales del proletariado marroquí en España.
Y es que si hemos tratado esta cuestión de forma recurrente no es por fetichismo u obsesión, sino porque el odio al proletariado inmigrante es uno de los pilares sobre los que se erige el programa de masas del fascio actual.
En esta ocasión no hemos realizado ninguna división formal en el artículo. Sin embargo sí que podemos dividirlo en tres «momentos». En primera instancia, y tras la introducción, realizamos un breve repaso al tejido económico marroquí.
La reforma es algo más «astuta». No es que la jubilación se alargue a los 70, es que se introduce un incentivo que permite cobrar el sueldo y la jubilación del siguiente modo:
66 años: 45% de la jub.
68 años: 65% de la jub.
69 años: 80% de la jub.
70 años: 100% de la jub.
Ahora, y he aquí la trampa: el salario es el pago que el capitalista realiza a cambio de la fuerza de trabajo que ofrece el trabajador y cuya función básica es permitir que esta fuerza de trabajo se restaure. Lo que implica esta «recuperación» varía geográfica y temporalmente.
La pensión se deduce de las retenciones salariales del trabajador. Cuando paga la pensión el Estado actúa como un administrador que ahora devuelve el dinero al trabajador. La pensión es, entonces, una especie de salario «diferido».
La ley laboral soviética, tal y como queda tipificada en el código de 1920, no solo plantea una concepción del trabajo radicalmente diferente a aquella de la legalidad burguesa, sino que contiene artículos que el social-liberalismo tildaría de «inaplicables». Veámoslo.
Hemos de decir que este código del trabajo, que precedería y serviría como base para sus subsiguientes revisiones -a excepción de la implementada en 1956 con el VI Plan Quinquenal- se implementa en plena Guerra Civil, y sería «suavizado» en su reedición de 1922.
De entrada, el trabajo es derecho y deber [Captura I]. Esto es algo que queda tipificado en la Constitución de la R.S.F.S.R. de 1918 y en la reforma constitucional de 1936 [Captura II].
Camaradas, ponemos a vuestra disposición un artículo con el que intentaremos aportar algunas claves elementales para la resolución de la mal llamada «cuestión de la mujer/de género», ubicando el centro de la problemática en la familia.
Y es que las organizaciones autodenominadas revolucionarias tienen la necesidad ineludible de combatir el feminismo como ideología del nuevo orden burgués sin renunciar a la pugna por la «emancipación de género» como momento particular de la universalidad del proyecto comunista.
Un feminismo, por cierto, mucho más imbricado en el desarrollo de la práctica de multitud de comunistas, incluso de aquellos que dicen rechazarlo frontalmente.
La historiografía burguesa hace un énfasis histriónico en las particularidades de todos y cada uno de los señores de la guerra que se alzaron en China entre 1916 y 1949, tal vez en aras de reducir la participación de los comunistas chinos a otra «mera fracción» opositora más.
La realidad, sin embargo, es que tras la caída de la dinastía Qing existe una pugna por el poder en el bando de los revolucionarios del Tongmenghui, cuyas facciones se agrupan, a grandes rasgos, en dos polos. Por un lado, los caudillos militares, que se arremolinan en gran
medida alrededor de Yuan Shikai hasta su autoproclamación como emperador Hongxian en 1915. El poder militar busca la destrucción de la casa imperial en tanto que agente centralizador, mas no persiguen, ni consciente ni decididamente, un cambio esencial en la fisonomía del país.
Pero, ¿qué necesita el trabajador? ¿Más reformas? ¿Más «democracia»? ¿Menos inmigrantes -es decir, menos trabajadores-? No, lo que necesita el trabajador es un fusil, el conocimiento y la determinación para usarlo. Organización, formación y combate.
El discurso de la izquierda social-liberal puede ser más o menos inflamado, más o menos centrado en la «lucha salarial». El capitalismo es cíclico, y después de la guerra que se aproxima vendrá otra. Tras la siguiente crisis, vendrá otra más. El trabajador morirá a los sesenta o
a los ochenta, y dejará atrás una vida miserable pero más o menos soportable. ¿Qué significa eso de que «la izquierda haga bien su trabajo? Porque el PSOE hizo un trabajo ejemplar durante la transición. Ejemplar para los intereses de la burguesía, claro.