Hoy venimos a hablar de la vivienda en la Unión Soviética, un tema en boga del que se suele hablar sin conocimiento de causa. El hilo concluirá alrededor de 1945 e intentará ser breve, así que nos dejaremos muchas cosas en el tintero.
El 8 de noviembre de 1917, el IIº Congreso de Diputados, Obreros y Campesinos aprobó el «Decreto Sobre la Tierra». De este texto nos interesan los artículos 1, 2 y 4, que instituirán el marco legal de la propiedad sobre la tierra:
La vivienda, siendo una mercancía «adscrita a la tierra», seguirá una lógica similar. Es decir: la vivienda pertenece a la totalidad del pueblo soviético y el Estado Socialista, la dictadura del proletario organizado, será su gestor.
Hablando en términos más familiares en la actualidad, el Estado es el único propietario de la vivienda, y el «pueblo» accede a ella en tanto que usufructuario.
Concretando un poco más, en agosto de 1918, el Presidium del VTsIK publica el decreto «Sobre la abolición del derecho a la propiedad privada de los inmuebles en las ciudades». Este es el texto fundacional que demarcará los límites de la vivienda soviética, y dice así:
Este decreto sentará las bases de lo que terminará por ser la norma: la potestad del acceso a la vivienda será de las entidades locales –cooperativas, soviets municipales, plantas industriales, etc.–; y la gestión del edificio será de la comunidad de vecinos –domkon–.
También en 1918 se establecen los fundamentos que marcarán la vivienda soviética hasta la época de Jruschov: las kommunalka y el concepto de «compactación». Sobre el diseño y los principios rectores de la kommunalka recomendamos este hilo de @y_poch:
La compactación, por el otro lado, fue una nueva forma de comprender la distribución del espacio habitable. Las asignaciones se hacían por m2 y en base a las necesidades familiares, siendo los baños y la cocina territorio común de todas las unidades.
Estos dos conceptos parten de una nueva concepción revolucionaria de lo que debe ser la vivienda, que ahora no es «el reino privado» de la familia, sino el mismo centro desde el que se despliega la nueva vida comunal para la que no puede haber barreras privadas.
Pero también permiten una economización del espacio y los recursos. La producción masiva de viviendas en la Unión Soviética arrancará únicamente tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, y hasta ese momento era común la asignación «irregular».
Sintetizando, partimos de las siguientes premisas: (1) la vivienda era propiedad soviética, cosa que no eliminó la existencia de un –copioso– mercado negro, (2) tal cosa no significaba –inmediatamente– que fuera gratuita.
Entre 1921 y 1928, en la Unión Soviética reinaría la NEP, que restablecería la propiedad privada parcialmente. Podemos simplificar burdamente sus objetivos en: (1) contribuir al desarrollo gradual del campo, (2) desarrollar las fuerzas productivas de forma controlada,
(3) restituir la producción y el intercambio de bienes de consumo. En este periodo surgen dos «nuevas» clases sociales: los kulaki, campesinos enriquecidos con mano de obra contratada, y los nepmeni, pequeñoburgueses urbanos,
que entre otras cosas empezarán a construirsus propias viviendas en base a la constitución de cooperativas inmobiliarias –las ZhSKs–. Con la llegada del Primer Plan Quinquenal en 1928, el grueso de las mismas pasaría a engrosar el mercado ilegal de viviendas.
Este Primer Plan no contemplaba la construcción de suficientes viviendas para suplir las necesidades de la población, y esto sumado a la abolición del comercio es el caldo de cultivo perfecto para la explosión de la especulación y el mercado ilegal.
En la práctica, la Unión Soviética era un país devastado por una guerra mundial y una guerra civil. En 1918, el 80% de la población vivía en el campo. Entre 1926 y 1933, la población urbana se incrementó en 15 millones de personas –un 66%–,
y en solo seis años más –en 1939– se agregarían otros 16 millones de personas para llegar alrededor de los 54 millones de habitantes urbanos. Solamente la población de Leningrado se incrementó en un 163% entre 1928 y 1932.
A excepción de los niños –«Stalin’s Citizens», de Yekelchyk– los residentes acostumbraban a aborrecer las kommunalkas. Desde 1921 las dotaciones por individuo adulto eran de 9m2 sobre el papel, pero la realidad era la de una familia por habitación.
Las disputas entre familias por el baño y la cocina, las riñas entre borrachos, las denuncias políticas por razones banales y la insalubridad fueron comunes hasta bien entrada la segunda mitad de los años 30.
Los «elementos sociales ajenos» –antiguos burgueses, sacerdotes o militares zaristas así como sus familias– rara vez podían acceder a la vivienda mediante las dotaciones gubernamentales. Huelga decir que son sus penurias las que engordan la mayoría de relatos «historiográficos».
En el mismo periodo en que la alfabetización y la ingesta calórica se disparan –con excepción de los años de la hambruna de 1932-33– el ciudadano promedio vive hacinado en una habitación tal y como lo hacía en 1918.
No fue hasta 1936, con la aparición de las stalinkas, que la situación habitacional se empezó a normalizar. El Segundo Plan Quinquenal, a diferencia del primero, contemplaba la construcción de una mayor cantidad de viviendas.
La cifra seguía siendo insuficiente, pero, por ejemplo, unos 250.000 barraquistas – especialmente aquellos que residían en ciudades de nueva construcción, como Magnitogorsk– pudieron acceder a apartamentos relativamente «espaciosos» –unos 40 m2 –.
Así, la situación habitacional mejoró ostensiblemente hasta la Segunda Guerra Mundial. El nazi-fascismo redujo a cenizas 6 millones de viviendas y acabó con la vida de uno 25 millones de ciudadanos soviéticos. No sería hasta finales de la década de los años 50
que aparecería el concepto de «vivienda soviética» tal y como hoy se suele interpretar. Pero eso es harina de otro costal. En fin, camaradas, esperamos que esta breve contribución sea útil para despejar algunas de las dudas que podáis tener.
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Trabajo se abre a no hacer absolutamente nada. Para los sectores en los que la contabilización del tiempo es una broma -como la hostelería- este cambio no significa nada. Para el resto, la media es de unas 37 horas trabajadas semanalmente, y este cambio tampoco significará nada.
Aquí la tabla del INE. Y esta «generosa» reducción de la jornada será recompensada a la patronal. Tal y como lo leéis: el Gobierno pagará a la patronal con el dinero del contribuyente a cambio de absolutamente nada.
Y CCOO, UGT y demás alimañas, como buenos apéndices del Estado que son, promocionan esta farsa como un gran éxito. De su camarilla de faraones sindicales y a sus cuadros expertos en devorar marisco ya no se puede esperar ni una manifestación simbólica.
Si algo ha demostrado la Historia es que el Estado burgués es el mayor enemigo del comunismo. El rechazo visceral hacia los «comunistas» que ganan elecciones burguesas debería ser practicada sin dudar. Pero es que lo del Frente Popular de Liberación cingalés es fascismo.
El ascenso de Kumara y del FPL empieza en el 2004, momento en que movilizan a la clase trabajadora cingalesa a favor de la coalición de gobierno: la Alianza de la Unión de los Pueblos por la Libertad, encabezada por el ultraderechista Partido de la Libertad de Sri Lanka.
¿La razón? Hacer efectiva la «Unión nacional» en la guerra contra los Tigres de Liberación del Eelam Tamil, organización militar del pueblo Tamil. Desde la victoria en el 2009, el gobierno cingalés ha seguido con su limpieza étnica empleando armamento pesado contra civiles,
«Este es un festival de ideas y cada uno tiene que expresar las suyas» resume perfectamente el fetichismo intelectual de este grupúsculo estrechamente vinculado al socio-liberalismo europeo.
Mientras «expresa» su rechazo al genocidio palestino sigue siendo cómplice a través del apoyo al Estado de Israel a través de su participación en los gobiernos y su complicidad con la burguesía imperialista.
El cinismo de la intelectualidad pequeñoburguesa es tal que ante un desesperado intento de protesta en contra del genocidio solo les queda apelar a la «libre exposición de ideas».
Este –presunto– segundo intento de asesinato de Trump es otro peldaño más en la escalada de violencia política en los Estados Unidos, que roza los máximos históricos de las últimas décadas. Y una violencia que no se dirige únicamente contra el proletariado.
La sociedad estadounidense está «polarizada» en base a paradigmas nítidamente burgueses. Por un lado, el «progresismo» abanderado por el Partido Demócrata, por el otro, el reaccionarismo del Partido Republicano, sometido por el fascismo que Trump galvaniza.
Esto demuestra que el Estado estadounidense está perdiendo la capacidad de sostener su dominación «normal». No es de extrañar en un país con una desigualdad en la distribución de la riqueza por encima de la de la Francia pre-revolucionaria,
Como el señor Paco Arnau ha tenido a bien bloquearnos porque no le ha gustado nuestra aportación, volvemos a compartir este hilo con algunas consideraciones sobre la nueva esperanza «comunista» del socialfascismo patrio.
Veamos el «comunismo» de Wagenknecht: 1. Impuesto progresivo a las grandes fortunas para reforzar la industria estratégica del país, pero las herencias y el patrimonio inmueble no se tocan. 2. El Estado fuerte para frenar «los grandes monopolios extranjeros».
De los monopolios nacionales solo se dice que: «Allí donde los monopolios son inevitables, la actividad de los proveedores que no agregan valor deben ser delegadas. La industria alemana es la espina dorsal de nuestra prosperidad y debe ser preservada».
El «comunismo» de Wagenknecht: 1. Impuesto progresivo a las grandes fortunas para reforzar la industria estratégica del país, pero las herencias y el patrimonio inmueble no se tocan. 2. El Estado fuerte para frenar -y citamos el programa- «los grandes monopolios extranjeros-.
De los monopolios nacionales solo se dice que: «Allí donde los monopolios son inevitables, la actividad de los proveedores que no agregan valor deben ser delegadas. La industria alemana es la espina dorsal de nuestra prosperidad y debe ser preservada».
3. «Bien común nacional» y soberanismo. O, lo que es lo mismo, fortalecer a la clase nacional -la gran burguesía alemana- y a su herramienta de dominación, el Estado, con tal que Alemania -y volvemos a citar-: «el objetivo es una Europa independiente de democracias soberanas».