Aprovechando los debates cíclicos sobre la Semana Santa, y estando de acuerdo con que reducir al absurdo la festividad no es muy buena idea, queremos recordar que «la cuestión religiosa» no es una especie de tema separado del resto que merezca una solución concreta.
La misma Semana Santa, por ejemplo, tal y como existe a día de hoy, descansa sobre el osario de una revolución fallida. En la Andalucía y las Castillas de principios del siglo pasado los campesinos pobres acabaron siendo furibundamente anticlericales precisamente porque
entendían -correctamente- que la Iglesia era un pilar esencial del poder de los terratenientes, a su vez respaldado por la Guardia Civil, cuerpo paramilitar creado ad hoc para acabar con las revueltas agrarias que operaba casi como un ejército de ocupación.
El anticlericalismo virulento es indisociable de la tradición progresista española -que no siempre revolucionaria- porque la Iglesia fue un elemento indiscutible de taponamiento de cualquier reforma -no ya revolución- que alterara el orden de las cosas.
La fe particular de los individuos que componen una sociedad no emana de la nada, sino que lo hace del influjo ideológico que la religión es capaz de ejercer en tanto que parte del aparato reaccionario.
Porque sí, y esto es algo que ningún comunista debería discutir, la religión, el oscuro misticismo, nace y se desarrolla como punto de apoyo del orden de clases. Las piruetas y los sofismas no pueden opacar esta verdad,
y el cristianismo dejó de ser la «religión de los esclavos» hace ya más de milenio y medio. La cuestión es que hoy la Iglesia católica se presenta no ya como parte del orden estatal, sino de la vida común, del ocio y de la tradición festiva a priori inane.
De qué forma se acaba con la religión -porque este es uno de los objetivos indiscutibles de cualquier movimiento revolucionario- es algo que debe resolverse de forma concreta, y en este camino pueden haber avances y retrocesos.
Por ejemplo, en la Unión Soviética, durante los años 30 son demolidas, y/o convertidas cerca de 20.000 iglesias; y en el Asia Central y el Cáucaso se aplica el hujum. Luego, durante la Segunda Guerra Mundial, con tal de asegurarse el apoyo de un campesinado resentido,
la Iglesia Ortodoxa y el islam son parcialmente rehabilitados… para, una vez acabada la guerra, volver a ser purgados y sus sacerdotes devueltos a los campos de trabajo forzado.
Lo que queremos señalar es que la fe emana de una institución reaccionaria que en el caso del catolicismo a veces posa de reformista aprovechando la faceta «humanista» del cristianismo. Liquidar la institución, limitar su presencia en el espacio público,
suprimir sus exenciones fiscales, colectivizar buena parte de sus bienes, forzar la socialización en espacios laicos -y esto tiene especial sentido cuando hablamos del proletariado inmigrante-, prohibir cualquier tipo de enseñanza religiosa y aliviar las condiciones de vida
de los trabajadores son aproximaciones que han demostrado granjear magníficos resultados. Pero, al final, todo esto va de la mano de un proceso general, en el que la Iglesia -o cualquier otro credo- puede ser comprendido, esperamos se entienda la simplificación, como una empresa.
Ahora, no quisiéramos cerrar sin condenar esta extraña recuperación de una religiosidad «progresista» en un momento en el que la fe cristiana se presenta a la vez como una identidad reaccionaria, como un elemento reformista moderado, y como uno de los mayores bancos del mundo.
Es, desde luego, una muy extraña colina en la que morir.
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Aún así, la exención de aranceles en productos clave para la economía es algo que lleva sucediendo des de hace años. En 2020, por ejemplo, con motivo de un acuerdo comercial ya hubo una reducción arancelaria con China en este tipo de mercancías.
A la burguesía, una vez establecida la fase imperialista del capital, le es cada vez más difícil desprenderse de la red internacional de distribución del trabajo sin afectar drásticamente a su ciclo productivo y al consumo interno.
Si miramos más allá de la personalidad de Trump y su caótica candidatura en realidad lo que vemos son los intereses geopolíticos yankis manifestados en su persona y su cúpula de payasos.
La administración Trump sabe perfectamente que la subida de aranceles terminará por repercutir al precio de consumo de muchos productos en el corto plazo. Las empresas en territorio americano pueden subir sus precios tranquilamente pues su competencia debe costear los aranceles.
Pero la imposición de estas políticas proteccionistas tienen varias razones de ser:
Sobre la disolución de la URSS, es interesante ver el modo en que la estructura del Partido Comunista y la del Estado eran redundantes y contradictorias. Al minimizar el papel del Partido, Gorbachov crea el marco legal para la disolución en pequeñas repúblicas nacionales.
No entraremos en detalle, puesto que el tema es meritorio de un análisis profundo. Sin embargo, creemos que cuatro pinceladas pueden resultar útiles.
El poder soviético se plantea como un poder dictatorial transitorio en un sentido histórico; un poder que trabaja activamente para hacer desaparecer las condiciones que lo han engendrado y a sí mismo.
Imperio Alemán, abril de 1919. Baviera, uno de los estados históricamente más conservadores del Reich, y en coexistencia con la reacción generalizada y focalizada del SPD contra el levantamiento espartaquista, es una República Soviética.
Tal vez sea más correcto denominarla «República de Consejos». Por más que sean sinónimos, la efímera República Soviética de Baviera poco tiene que ver con el bolchevismo que lucha por su supervivencia a más de 2.000 kilómetros.
Y es que la R.S.B. es una recién nacida: apenas han transcurrido unos días desde el 7 de abril, día de su fundación. La República nace por obra de un golpe de Estado de la sección local del KPD, otro recién nacido.
Las bondades del gobierno de izquierdas: «ataca» a la patronal subiendo el SMI 50 míseros euros para luego saquear a los obreros que con suerte llegan a final de mes.
No es ningún secreto que la subida del SMI siempre por debajo de la del IPC es una forma de mantener el salario real a la baja.
Aumentar la tasa de explotación a la vez que aumenta el salario nominal es perfectamente posible y genera menos resistencia que una reducción vía decreto del salario mínimo.
Camaradas, ponemos a vuestra disposición «¡FORJEMOS UN PARTIDO BOLCHEVIQUE!», de Ósip Piátniski. Una obra que desarrolla de forma concreta la forma que adquirió el Partido Bolchevique desde sus orígenes hasta el triunfo de la Revolución.
Hace mucho tiempo que venimos leyendo más de una reflexión que nos parece errónea sobre la forma organizativa del Partido. La falsa contraposición entre vanguardia y masas, los debates sobre la clandestinidad, las excusas para eludir el trabajo en los centros de trabajo, etc.
Sabemos que este debate solo se aclarará en la práctica, cuando un modelo se imponga irremediablemente al otro. Sin embargo, y precisamente porque los comunistas han olvidado qué fue lo que proporcionó el triunfo a los bolcheviques,