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Seventy-two hours in, the shape of this is already familiar if you’ve spent any real time inside Venezuela. The Rodríguez network controls the Executive, the Legislative, and what remains of the economic circuitry, a form of power exercised through decrees, courts, contracts, and international interlocutors, and that is the narrow platform from which Delcy Rodríguez is attempting to govern. The problem she faces is not the opposition, which is largely neutralized for now, but the country itself, where authority has never flowed neatly from institutions and where governability is decided far from the Official Gazette.

That is the terrain Diosdado Cabello understands instinctively. His power has never depended on formal control of the state, but on control of the instruments that make the state work or fail. Henchmen, paramilitary structures, colectivos, the informal coercive layer that operates without legal cover and without apologies. When colectivos reappear in Caracas and intelligence actors begin moving outside visible chains of command, that is not spontaneous disorder or revolutionary enthusiasm, it is a deliberate strategy to deny governability. Diosdado does not need to overthrow Delcy to defeat her. He only needs to make it impossible for her to rule, because his leverage has always been the ability to veto outcomes rather than propose them.

That dynamic leaves one hinge, and it has always been the same one: Vladimir Padrino López. Padrino has never been loyal to personalities or factions, and anyone who still frames his role that way is misreading him. His loyalty is to arrangements that preserve the Armed Forces as the last functioning national structure and preserve his position as their arbiter. He tolerates civilian power as long as it does not hollow out the military by replacing it with militias, and he tolerates instability only until it begins to bypass him.

None of this is new if you read Venezuelan history without romanticism. After Marcos Pérez Jiménez fell in 1958, democracy did not arrive as a clean moral break. There was almost a year of provisional rule under Wolfgang Larrazábal, a figure drawn from the old order, precisely to absorb the shock and give the system time to recompose. Only after that buffer did Rómulo Betancourt take office, and even then his government operated under permanent threat and instability.

The through line is uncomfortable but consistent. Transitions are not moral moments but exercises in power management. Venezuela’s last successful one survived because it accepted ambiguity and continuity long enough to stabilize the system. Anyone expecting clean breaks, instant legitimacy, or orderly handovers in this country is not being hopeful. They are refusing to look at how it has actually worked before, in Venezuela and many other countries. Chile and Spain were an exception to the rule.

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Jan 1, 2024
El controvertido legado de Gustavo Cisneros

¿Fue Gustavo Cisneros realmente un empresario o, más bien, un lobbista de gran envergadura?

Por Francisco Poleo (publicado originalmente en El Español)

Gustavo Cisneros era, ni más ni menos, el representante de los Rockefeller en esa Venezuela que fue la Arabia Saudí latinoamericana.

Gustavo Cisneros, fallecido este 29 de diciembre en Nueva York a los 78 años, es reconocido mundialmente por ser la cabeza del grupo empresarial más exitoso de Venezuela, con intereses en todo el mundo. Amasó una fortuna de varios miles de millones de dólares.

Pero ¿era realmente un empresario o, más bien, un lobbista de gran envergadura?

Cisneros aprovechó su infinito don de gentes y su olfato político para expandirse más allá de las fronteras venezolanas.

En los años 50, el partido socialdemócrata Acción Democrática (AD) contaba entre sus militantes a un empresario que había hecho su capital gracias a una flota de autobuses. Cubano de nacimiento, Diego Cisneros acudía todos los miércoles a la seccional de AD en la capital, asegurándose de llegar con su talonario de bonos del partido totalmente vendido para recaudar fondos.

En esa Venezuela controlada por la dictadura militar, se hace íntimo amigo de Rómulo Betancourt, fundador del partido y padre de la democracia venezolana que arrancaría unos años después, en 1958.
Ya con Betancourt en el poder, le es otorgada a Diego Cisneros la concesión de una televisión en señal abierta. Es el origen de Venevisión, el canal que se volvió la piedra angular de los negocios familiares. El maná desde donde brotó todo lo demás.

Hasta el sol de hoy, los Cisneros, famosos por comprar y vender empresas, mantienen la propiedad del canal.

Venezuela vivió unos turbulentos años 60, marcados por una joven democracia que hizo frente a la guerrilla comunista promovida desde La Habana, recién controlada por Fidel Castro.

Tras esa década, Venezuela entró en plenitud. La llegada al poder de Carlos Andrés Pérez significó la nacionalización del petróleo y la creación de Petróleos de Venezuela SA (PDVSA), la estatal que llegó a ser la tercera petrolera más grande del mundo.

El joven Gustavo rondaba entonces la treintena, pero ya llevaba un tiempo ayudando a su padre en los negocios. En esos años, gracias a la introducción del legendario banquero venezolano Pedro Tinoco, se convierte en el representante del Chase Manhattan en Venezuela.

Es decir, en el hombre de los Rockefeller.

Ese movimiento marcó su vida. No sólo por las relaciones y las líneas de financiamiento que se le abrieron en Estados Unidos, sino porque sustituyó en ese rol a los Vollmer. Esta familia, conservadora y oligárquica desde tiempos coloniales, representaba todo lo contrario a los socialdemócratas Cisneros.

Fue el origen de un conflicto que dio al traste con la operación que más cerca estuvo de desmontar al chavismo. Pero de eso hablaremos más adelante.

Volvamos a los 70. Venezuela despega impulsada por el auge petrolero. Es la meca de América Latina. El desarrollo se le sale por los poros. El partido mayoritario es Acción Democrática y el grupo empresarial consentido es la Organización Cisneros. Gustavo, ese espectacular cabildero, se volvió íntimo del presidente Pérez.

En ese entonces, uno de los principales soportes del PSOE que se enfrentaba al franquismo era Acción Democrática. La unión era tal que Felipe González regresó a España como polizón del avión presidencial venezolano en el que viajaba Pérez.

El olfato de Cisneros lo llevó a darse cuenta de que en España vendría un boom tras la caída de la dictadura militar, como estaba ocurriendo en Venezuela. Gracias al presidente Pérez conoce a González, con quien cultivó una amistad que les llevó a cerrar grandes negocios. Como la compra, en 1986, de las Galerías Preciados.
En esa operación, la Organización Cisneros aplicó la receta marca de la casa: el relacionista Gustavo conseguía el negocio, el grupo ponía el dinero y la gerencia para optimizarlo, y luego Gustavo conseguía a quién vender el negocio repotenciado.

Mientras tanto, Venezuela empezaba a entrar en barrena. En 1989, un estallido popular conocido como 'el Caracazo' se convirtió en la primera estocada al segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez. En 1992, la misma administración sufre un golpe de Estado encabezada por el teniente coronel Hugo Chávez, que terminaría llegando al poder, por la vía democrática, en 1998.

La campaña electoral de Hugo Chávez prometía "freír las cabezas de los adecos". Por supuesto, esto fue aprovechado por el conservadurismo tradicional. Que, en buena parte, financió la campaña del militar golpista que llegó al poder prometiendo arrasar con todo.

Pero las bases de la democracia resistían los embates autoritarios. En 2002, el ánimo en Venezuela estaba en ebullición. Con los partidos políticos todavía tratando de rearmarse tras la debacle de 1998, las protestas eran lideradas por el gremio empresarial y la central sindical. Insólitamente, ambos bloques se habían unido.

Chávez todavía mantenía apoyo popular, sobre todo por el uso indiscriminado de la petrochequera del Estado. Sin embargo, había perdido a la clase media. Y a la alta, la que le financió la llegada al poder. Se habían dado cuenta de que al teniente coronel no lo iban a poder controlar.

Es aquí donde entra en acción Cisneros.

Cisneros fue el gran coordinador de un movimiento que puso a los poderes fácticos en contra de Chávez. Medios de comunicación. Empresarios. Sindicalistas. Militares. Y hasta poderosas figuras fundamentales del chavismo. El 11 de abril, una marcha es canalizada hacia el presidencial Palacio de Miraflores. Un millón de personas se manifestaban cuando pistoleros afectos al partido de gobierno les tirotearon.

Los militares, entonces, eran todavía mayoritariamente constitucionalistas. El ministro de la Defensa, Lucas Rincón, le pidió a Chávez la renuncia. El funcionario, en mensaje televisado, informó al país que el presidente había aceptado la renuncia.

La Constitución dicta que, en esos casos, asume el cargo el presidente de la Asamblea Nacional, cargo que ocupaba un entonces dócil e inexperto Diosdado Cabello, quien terminó juramentándose como presidente de la República luego de ser sacado de su escondite y aceptar llamar a elecciones en treinta días, como estaba establecido constitucionalmente.

Visto que la operación parecía legal desde el punto de vista constitucional, Estados Unidos la respaldó inmediatamente.

Mientras tanto, los principales líderes políticos, empresariales, militares y hasta religiosos del país estaban reunidos en la sede de Venevisión, en una enorme mesa en cuya punta estaba sentado Gustavo Cisneros.
Suena el teléfono de uno de los presentes (Rafael Poleo, dueño del periódico El Nuevo País y la revista Zeta) y le informan que el presidente de la central empresarial, Pedro Carmona Estanga, quien había abandonado esa misma reunión poco antes, estaba en la sede del ministerio de la Defensa formando gobierno.
Poleo informa a los presentes. Cisneros, ideólogo de toda la operación, se levanta de la mesa, dice "ya los jodieron" y se va.

Poco después, Carmona, rodeado de algunos militares, se autojuramenta presidente de Venezuela, aboliendo la Constitución con un decreto.

La central empresarial presidida por el individuo de marras, Fedecámaras, estaba controlada por la poderosa familia Vollmer, como lo sigue estando hoy en día.

La venganza por la representación de los Rockefeller había sido consumada.

El hecho es que el 'carmonazo' no llegó a ningún lado. Como dijimos, la mayoría de los militares eran entonces, ante todo, constitucionalistas. En ese desorden, desapareció mágicamente la carta de renuncia firmada por Chávez, quien ahora decía que él nunca había abandonado voluntariamente el poder.

Ante eso, fue restituido en Miraflores dos días después, el 13 de abril.

Cisneros no perdió tiempo. Sabía que, tras esto, Chávez aprovecharía para profundizar rápidamente en su proyecto dictatorial, derribando definitivamente cualquier vestigio de institucionalidad democrática. En vez de unirse a las fuerzas que luchaban por la democracia, como hizo su padre en los 50, se puso una corbata roja, se presentó en Miraflores y llegó a un acuerdo de convivencia con Chávez.

Gustavo, a diferencia de Diego, tenía mucho que perder.
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Mar 17, 2019
HILO

Libertad de Venezuela: ¿Más cerca o más lejos?

¿Se desinfla la posibilidad de que se logre la salida del poder por parte de Nicolás Maduro?
El apagón masivo dejó al venezolano agotado, desanimado y preguntándose si todo vale la pena, pero no solo quedó así el opositor al régimen sino el cada vez más escaso hincha madurista. La pregunta, entonces, debe ser qué sector perdió más capital político tras la oscurana.
El régimen cuenta con asistencia full-time de su casa matriz. Aparte de rodear a Maduro de sus gorilas, La Habana difunde extraoficialmente que ellos apagan y prenden la luz a los venezolanos cuando quieren. No es así, y la dirigencia venezolana legítima no ha pisado el peine.
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