Lejos de lo que se suele pensar, las décadas de 1960 y 1970 fueron una época convulsa en Japón, un periodo marcado por la conflictividad obrera, los disturbios y las grandes huelgas. Veámoslo.
La temática de este hilo, como la de todos los hilos históricos, ha sido escogida en nuestro grupo de Telegram. Como es costumbre ya, os recomendamos las siguientes lecturas para ampliar lo que trataremos aquí.
Hasta 1869, Japón había sido un país feudal. No hablamos aquí de remanentes feudales, sino de feudalismo pleno y en su sentido más explícito. Japón se aisló del resto del mundo durante 300 años, limitando enormemente la entrada de mercancías e influencia extranjera en el país.
Esto fue así hasta 1853, con la llegada del comodoro Matthew C. Perry y su flota de «barcos negros». La demostración del poderío naval occidental fue suficiente para que el shogunato abriera las puertas al comercio con el Tratado de Kanagawa de 1854.
Viendo la debilidad del país, y habiendo probado el poderío militar occidental, los clanes reformistas (pero anti-extranjeros) iniciaron un movimiento para derrocar al shōgun –dictador militar feudal– amparándose en la figura del Emperador –líder espiritual y simbólico del país–.
Así empezó la Guerra Boshin, que concluyó con la victoria imperial, y la sucesiva Restauración Meiji. Japón se modernizó a marchas forzadas. Los daimyō vencedores, es decir, los señores feudales, se convirtieron en capitalistas creando grandes conglomerados: los zaibatsu.
El clan Satsuma se convirtió en Mitsubishi, el dominio de Tosa en Mitsui y los Chōshū en IHI Corporation. Y la dictadura capitalista abierta que impusieron se manifestó en forma de un país muy moderno económicamente, pero profundamente reaccionario y tradicional políticamente.
Es en este contexto, en la década de 1920, que el comunismo se populariza en Japón. El comunismo japonés de pre-guerra, como la mayoría de corrientes políticas obreras, fue duramente reprimido durante la década de 1920. Esto lastró su desarrollo y expansión entre las masas.
Paradójicamente, el comunismo en Japón tuvo una gran influencia en la academia. Es por su disociación con la práctica revolucionaria que existen hoy copiosas –e interesantísimas– disquisiciones teóricas marxistas en japonés que examinan las principales preocupaciones
de la intelectualidad de la época; a saber: el carácter nacional de Japón, el paso del feudalismo al capitalismo, etc. Sin embargo, este poso teórico, la práctica reformista, la escasa preparación de los líderes del Partido Comunista de Japón (PCJ),
y la represión existente entre 1925 y 1945 lisiaron enormemente su potencial. Es precisamente en el 45 que, con la derrota imperial y la ocupación estadounidense, el PCJ vuelve a ser legalizado: aunque su actividad durante las décadas de los 40 y 50
será errática. Pasarán de una ineficaz guerra de guerrillas a la maoísta al reformismo abierto so pretexto de acabar con los remanentes feudales del país amparados en las instrucciones de la Komintern de la década de 1930 y en la teoría de la Nueva Democracia de Mao.
Es aquí, a finales de 1950, que aparece la Shin Shayoku, la «Nueva Izquierda Japonesa» (NIJ), una amalgama de corrientes que rechazan el oficialismo del PCJ y abogan por la acción directa, el terrorismo individual –de forma minoritaria– y la movilización mediática.
Es imposible definir en unos pocos tuits todas las organizaciones, debates y posicionamientos de la NIJ, pero en lo esencial podemos decir que se trataba de un movimiento esencialmente estudiantil, escasamente vinculado con el proletariado,
e ideológicamente fue, y nos perdonaréis la inexactitud, una suerte de precedente de lo que sería el Mayo del 68 europeo. Mientras el PCJ y el Partido Socialista de Japón (PSJ) movilizaban al proletariado a la reformista, la NIJ movilizaba al estudiantado.
Las dos organizaciones preeminentes entre la NIJ fueron el Zengakuren, nacido en 1948 paralelamente a las juventudes del PCJ pero nutrido por las escisiones y el desencanto en las primeras, y el Zenkyōtō, que aunque nunca fue una organización formal
sí actuó como corriente radical en el seno del Zengakuren desde 1968. Así, a grandes rasgos, tenemos una panorámica extrañamente contemporánea: estudiantes radicalizados y altamente teóricos, por un lado; y obreros escasamente
ideologizados y encuadrados en organizaciones explícitamente reformistas y sindicatos, por el otro. Paralelamente, Japón se modernizó a marchas forzadas –otra vez–, solo que ahora de forma plenamente capitalista. La industria volvió a florecer,
y durante casi tres décadas –desde 1960 hasta finales de 1980–, Japón fue el segundo país del mundo por PIB nominal. Este desarrollo corrió a cuenta del proletariado, que fue sometido a unas brutales condiciones de trabajo y explotación,
sí, pero también fue de los primeros en ver el estallido de la industria de los bienes de consumo tal y como la conocemos. El pistoletazo de salida de esta época, llamada «década de oro del sindicalismo japonés», fue la huelga de trabajadores del acero
de Kawasaki, en 1958, organizada por el Sōhyō, el sindicato asociado al PSJ. Pero el verdadero cénit del movimiento obrero de posguerra fueron las protestas contra el ANPO de 1960, que también dan una muy buena muestra de su debilidad.
El ANPO es el acrónimo del Tratado de Seguridad entre E.E.U.U. y Japón. Renovado en ese año, el pacto implicaba el mantenimiento de la alianza militar entre ambos países y, a ojos de toda la izquierda japonesa, la pérdida de la soberanía del país.
Las protestas, que implicaron a absolutamente todas las organizaciones, duraron aproximadamente un año. Mientras el Zengakuren aglomeraba a los estudiantes y realizaba acciones de sabotaje y protestas violentas, el PSJ, el PCJ y los sindicatos
pretendían escalar la situación hacia la huelga general para forzar al gobierno del país, ya en manos del Partido Liberal-Democrático, a romper el tratado. Las tiranteces entre el movimiento estudiantil y el movimiento obrero condujeron al fracaso de las protestas
y a una década de reflujo. Esta década supuso la deriva reformista de una parte del Zengakuren –en parte porque los alumnos se convirtieron en profesores– y la estabilización y plena incorporación de los sindicatos mayoritarios al Estado.
Pero, en 1968, y como ya hemos señalado unos tuits más arriba, se produce un nuevo estallido de protestas, esta vez por una reforma universitaria que pretendía, por un lado, incrementar la cualidad de los cuadros técnicos para la industria y, por el otro,
sancionar abiertamente a los estudiantes universitarios implicados políticamente. El Zenkyōtō, fracción radical del Zengakuren, volvió a fracasar tras un año y medio de protestas, cosa que debilitó definitivamente a la segunda, que desaparecería a principios de 1970.
Lo que sigue, obviando a los grupos terroristas –de los que podríamos hablar otro día– es historia. Tras la década de 1970, Japón se estabilizó económica y socialmente, y el movimiento obrero/izquierdista se apagó lenta pero firmemente.
Este recorrido, que vaticinó la senda que siguió todo occidente pocos años después, dejó una profunda huella en la cultura pop, pues muchos de sus creadores participaron activamente en las protestas.
Esperamos que os haya resultado interesante camaradas. Nos hemos visto obligados a simplificar algunas cosas, estaremos encantados de responder cualquier duda que haya podido quedar. Recordad seguirnos en Telegram para votar los siguientes temas de los hilos ¡Saludos comunistas!
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Nos adentramos en el tercer día de la agresión de USA e Israel contra Irán, un conflicto que no solo no parece que se vaya a acabar pronto, sino que, llegados a este punto, creemos que solo puede encontrar su resolución –sea cual sea– con una invasión terrestre.
Recapitulemos los puntos más importantes. Como respuesta al ataque, Irán ha cerrado el Estrecho de Ormuz, por el que circula el 30% del crudo mundial –y el 40% del que consume China– y el 20% del gas licuado. En el momento en el que redactamos este hilo,
las 10:00 de la mañana, el precio del barril de crudo en Europa –índice Brent– se ha enfilado a los 79 dólares, y es previsible que siga escalando hasta los 100 dólares a lo largo de los próximos días. La principal afección de la subida del precio del petróleo se notará
Corea del Sur es conocida por sus artículos tecnológicos, sus bienes culturales y, en general, por ser un país «muy avanzado». Pero la realidad social capitalista coreana es distópica, y el país está dominado por un puñado de grandes empresas. Veámoslo.
Como con todos los hilos históricos, el tema de esta semana ha sido escogido en una encuesta en nuestro grupo de Telegram al que os invitamos a uniros. Y, como es costumbre ya, os dejamos aquí algunas lecturas para ampliar la temática del hilo.
Tras la Guerra de Corea (1950-1953), toda la península coreana quedó devastada. Las fuerzas capitalistas, con Estados Unidos a la cabeza, arrojaron 653.000 toneladas de explosivos sobre el país, un tonelaje por km2 superior al de la Segunda Guerra Mundial.
El 23 de febrero es la fecha escogida para conmemorar el nacimiento del Ejército Rojo de Obreros y Campesinos. Aunque, como veremos, la fecha es arbitraria, creemos que es una magnífica oportunidad para hablar sobre su creación.
Como siempre, dejamos algunas recomendaciones bibliográficas sobre la cuestión. Hoy nos centraremos en los aspectos técnicos y tácticos de la creación del Ejército Rojo. Esto significa que no abordaremos debates ideológicos que remiten al carácter general de la revolución armada.
Con esto nos referimos a la dicotomía entre la milicia popular y el ejército profesional. Sobre esto diremos que, como marxistas, sabemos que el criterio de la verdad es la práctica y, como veremos, los bolcheviques se vieron obligados a crear un ejército profesional permanente.
Esta es la enésima vez que la izquierda burguesa se «reinventa». Solo que, ahora, esta reinvención pasa por escorar a la derecha en absolutamente todas las problemáticas sociales reales o inventadas que están de moda; empezando por el caso del burka.
Huelga decir que nosotros somos comunistas y que por ello no solo aspiramos a la erradicación más rápida posible del burka, sino también del velo, del islam y de absolutamente todas las religiones. Quede esto por delante.
A partir de aquí ocurren una serie de cosas. La primera, tal vez la más evidente, es que el tema del «burka» es, en realidad, un tema de machismo y/o de religión. Estas dos cuestiones están vinculadas, a su vez, con una distribución sexual del trabajo firme motivada
Lo de la Batalla de Krasni Bor es una de las mayores falsedades propagandísticas jamás creadas por el fascismo español, una que sería alimentada durante la Guerra Fría con la connivencia de las potencias occidentales. Veamos el porqué.
Lo primero que hemos de entender es que la «Batalla de Krasni Bor» no fue más que una escaramuza que se inscribe en la Operación Estrella Polar, una ofensiva soviética destinada a romper con el cerco de Leningrado.
La 250ª División de Infantería de la Wehrmacht, es decir, la División Azul, estaba contribuyendo activamente a matar de hambre y frío a 3,2 millones de personas, 400.000 de las cuales eran niños. A lo largo del asedio morirían 1 millón de personas.
La guerra afgano-soviética, que empezó oficialmente el 25 de diciembre de 1979, es bien conocida. Sin embargo, no fue la primera vez que la Unión Soviética intervino militarmente en Afganistán.
Hoy trataremos brevemente la primera intervención soviética en el país: la de 1928-1929. Os recordamos que el tema del hilo ha sido escogido en nuestro grupo de Telegram, en el que os recomendamos seguirnos y, como siempre, os recomendamos también algunas lecturas sobre el tema:
La intervención soviética en Afganistán de 1929 requiere contexto, pues está íntimamente vinculada con la llegada del poder soviético en Asia Central. La región de Asia Central, como el Cáucaso, fue conquistada por el Imperio Ruso a lo largo del s. XIX.