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#CosasQuePasanEnLaGuardia #140. Bajo el pie derecho del colectivo a la vereda. Despego el izquierdo, lo avanzo en el aire y la máquina monstruosa arranca antes de que toque el suelo. Mi mano –prendida de la manija cromada– se suelta unos segundos tarde. (+)
(-) Caigo. En realidad, primero giro. Giro, caigo y aterrizo algo hacia atrás y para el costado. Mi mano izquierda salva al trasero blanco del ambo de terminar estampado contra el pavimento y sostiene a mi cuerpo –todavía dormido– casi medio minuto en el aire en un fino intento(+
(-) de equilibrio del que, tras una serie de movimientos intempestivos, logra retornar a su posición erguida. Miro la hora: siete y cincuenta y ocho de un sábado que ya quiero que sea domingo. Soplo la frutilla que se me hizo en la mano y apuro el paso.
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #139. El hombre del tajo en la cabeza que hasta hace unos segundos tarareaba a Luis Miguel, junta moco –probablemente espeso y verde o, como mínimo, amarillo virando hacia el marrón– primero en la garganta y luego en la boca.
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–Ni se le ocurra –lo prevengo mientras le subo, ayudándome con una gasa limpia para no ensuciarme los guantes estériles, el tapabocas de Racing que le decora el mentón.
Son las seis de la mañana. Hace más de media hora que estoy tratando de suturarlo y, entre las (+)
(-) protestas porque la anestesia le quema y el hilo le tira y sus sacudidas de torso y brazos compenetrados acompañando un súbito grito de “Suave, como me mata tu mirada. Suave”, recién voy por el tercer punto de los diez –mínimo– que necesita. “Última guardia”, pienso y (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #138. PRE-COVID. Once y doce de la noche. El chico de las empanadas me acaba de entregar los paquetes y su mano espera, palma arriba, la propina que debería suceder al pago cuantioso que acabo de depositarle. Recorro, bolsillo por bolsillo, y (+)
(-) recolecto un rejunte de monedas y billetes chicos que no provocan en su cara de ojos ansiosos la más mínima emoción positiva. Hago una nota mental para putear a mi compañero alto –que calculó cuánto era por cabeza– por no haber tenido en cuenta la propina.
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Le entrego al chico la suma –bastante miserable– que logré reunir y estoy a punto de pedirle que me espere unos minutos a que le busque algo más, cuando un auto tan oscuro como la noche de nubes amenazantes que nos sobrevuela –decorado con restos de barro, (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #137. Once y cuarenta y siete de la noche. Recién pudimos sentarnos a cenar. Dejamos sobrepobladas hasta las camillas del pasillo.
Calentamos la pizza –mitad napolitana, mitad cuatro quesos– al microondas –encimada a lo (+)
(-) torre– y ninguno se queja por lo blandengue que sale. La pediatra intenta robarse una porción y la pelirroja le golpea la mano con un “tremenda milanga te mandaste sin convidar”. La otra le escupe un “me hubieras pedido” y, tras un intercambio de miradas fruncidas, (+)
(-) liga medio triángulo.
Devoramos en silencio. El flacucho de aros negros circulares con ventanas en los lóbulos de las orejas que parece que terminó ayer la facultad –lo conseguimos de reemplazo a un buen rato de empezada la guardia; faltaron dos– mastica rápido (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #136. PRE-COVID. La puerta del consultorio resuena a puños de boxeador. Adentro el residente de cirugía con olor a chivo acumulado de dos días intenta revisarle la panza al paciente que recién le comenté: un chico con un retraso (+)
(-) madurativo –tiene casi veinte, en realidad; veinte menos cinco días– con sospecha de apendicitis que acaba de plegarse sobre sí mismo, enterrando la cabeza contra la panza raquítica de su madre a la cual abrazó cual garrapata. La sangre sube por la tubuladura de la vía (+)
(-) que la enfermera logró colocarle –tras unas cuantas sacudidas y con la ayuda de tres más– en el pliegue del codo. Cierro los ojos y ruego para que no se tape.
El residente acerca su mano de dedos eternos y huesudos por demás al abdomen contorneado (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #135. Nueve y media de la noche. Guardia de sábado. La meten por la entrada de ambulancias entre los tres. El de seguridad los deja pasar como si nada –alude a la gravedad del cuadro– y los guía hacia mi persona. Vienen uno a cada lado (+)
(-) y el otro, el distinto, atrás.
–Mi madre está muy mal, doctora. Tiene que ayudarla –pronuncia el de la derecha con tono paquete omitiendo el “buenas noches”.
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Tiene cuello corto y ancho y hombros haciendo juego; parece jugador de rugby, aunque la edad –cincuenta y pico– y la panza incipiente que le tironea los botones de la camisa a rayas celeste y blanca, conspiran contra mi hipótesis.
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #134. PRE-COVID. Tres y media de la tarde. Acabo de ubicar en la última camilla libre de las del pasillo –el último tercio compartido, en realidad, del pasillo y de la guardia– a un hombre de setenta y cortos con un ojo de vidrio, dos aritos (+)
(-) brillantes en la oreja derecha y un desmayo en la calle. Desparrama olor a pipa pese a sus tres stents y además tiene un solo riñón que le funciona más o menos.
Está algo pálido y con los músculos de la cara contraídos hacia el centro. Cuando le pregunto si le (+)
(-) duele el pecho, se lo aprieta con el talón de la mano sobre una camisa a rayas celestes demasiado holgada y tuerce la boca mientras pronuncia que “algo”. El cuello y los hombros se me vuelven de piedra por un instante hasta que me espabilo y corro a buscar el electro. (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #133. PRE-COVID. Viene en ambulancia y con la madre. Ni sé cómo la dejaron subir. Él dice que ya está bien y se trata de bajar de la camilla. La señora le pega en el brazo sano con una cartera con forma de sobre negro de charol con cadena de argollas (+)
(-)plateadas retorcidas sobre su eje y el hombre se deja caer de nuevo sobre el respaldo.
Las ruedas avanzan por la entrada de ambulancias con un ruido parecido al de los patines que usaba de chica. Por ese entonces estaba obsesionada con aprender patinaje artístico y hasta me(+
(-) imaginaba levantando una copa más grande que yo. Un día papá apareció con unos patines de ruedas naranjas –dos adelante y dos atrás– y botas blancas de algo que olía a cuero. Los amé, si mal no recuerdo, durante diecisiete días. Incluso dormía acariciándolos. Una muñeca (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #132. Apenas el orientador pronuncia el apellido en cuestión, con el Peti nos miramos, él con los ojos techados por unas cejas hechas montaña que apuntan al cielo en medio de una súplica profusa y yo con los míos propulsados hacia adelante, (+)
(-) un poco por ese presunto hipertiroidismo que todavía ni me hice ver, y otro tanto por una mezcla de incredulidad con algo de miedo; ambos pares de ojos repletos de un “no puede ser” a la enésima potencia. El ambiente se carga de un aroma entre ácido y asesino de la (+)
(-) transpiración que acaba de empaparnos –la nuca, las axilas y hasta el surco del traste– y que no deja de brotar.
–¿Seguro que no escuchaste mal? –le pregunta al chico, que no tiene idea del peso de lo que (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #131. La traen de la UFU en una silla de ruedas. El traqueteo hace juego con la guardia. Luce unos bucles pelirrojos que apenas rebasan los hombros de la campera negra arratonada que lleva abierta sobre un sweater de lana gruesa (+)
(-) celeste con manchas de algo que podría ser café. Huele a mandarina mezclada con el terror de los que vienen sabiendo que se van a quedar internados. Sobre su falda, un bolso negro confirma mi teoría. La veo avanzar hacia el consultorio número tres mientras me pregunto si (+)
(-) tendrá el covid ya diagnosticado o si seré yo quien tenga que darle la mala noticia, si habrá alguna cuestión que la vuelva de riesgo –por suerte no supera los treinta–, si su familia estará sana, como ella o peor y si la mandarina con el café no le dará más diarrea de la (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #130. PRE-COVID. Sigue anotada. Ahí. Primera. Primera con su apellido complejo y digo complejo por no decir terrible. Quise que fuera mentira, un chiste de mal gusto del orientador o de algún compañero. Fui con una sonrisa a lo del primero. (+)
(-) “Buena jugada”, le tiré y hasta le palmeé el hombro. Pero no, no era broma, y ahí el que se rió fue él.
–Lo tenés que pronunciar seco. Seria. Como si fuera un Pérez –me dijo con los labios para adentro y los ojos que le brillaban.
–¿No la querés llamar vos? –imploré.
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Adujo que esperaba un paquete, que encima tenía que anotar a los que llegaran –había dos en la fila–, que había mandado a tres a rayos y se los tenía que pasar al traumatólogo y yo qué sé qué más. Todo esto con las comisuras de la boca para arriba y los dientes demasiado (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #129. Sábado. Siete y cuarenta y cinco de la mañana. Llego y la fila ya es eterna. Gente separada por un metro y gracias, otros apilados, cada tanto alguno que se aleja casi el doble de lo necesario y se putea con todo el que se le (+)
(-) quiere meter en el buraco que deja. Charlan. Ladran por la espera. Tosen. Un par de bronquios rugen. Comen torta frita. Estornudan. Se paran solos contra la pared mirando el celular. Lo esconden cuando pasa una moto y vuelven a eso apenas desaparece. Un (+)
(-) chico se agarra la panza y pide un baño. El de seguridad lo guía y el pibe le ruega a la señora de atrás que le guarde el lugar. Ella hace que sí con la cabeza y charla con los que parecen ser sus hijos –dos adolescentes– que recitan “el que se fue a Sevilla” y se (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #128. Sábado con gusto a lunes. Once de la mañana. Me arrastro por el pasillo de los consultorios que huele a lavandina poco diluida. Estoy desde ayer que cubrí una suplencia porque faltaron tres –una con COVID y las otras dos (+)
(-) que durmieron con ella– y mis pies me recriminan –pesan, laten, se contraen de las puntadas y se expanden y desparraman adentro de los suecos de goma violeta que ya les resultan demasiado incómodos– que tengo que aprender a decir que no. Pienso en los (+)
(-) refuerzos que nos prometieron el año pasado y que todavía estamos esperando. Se me agarrotan el cuello, los hombros, la espalda y hasta el traste y me siento más idiota aún.
El jefe se me acerca y pregunta cuánto más vamos a tener a una ambulancia (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #127. Dos de la mañana. El de seguridad de la entrada de ambulancias abre con saña la puerta del estar médico al grito de que hay una paciente “descompensada” en un auto afuera. La pelirroja le pregunta qué sería descompensada y hace (+)
(-) fondo blanco con lo que le queda del café con leche que compramos acá enfrente hace algo más de veinte minutos y que recién nos sentamos a tomar. Yo hago lo mismo con mi café negro que, por un momento, me parece que huele a detergente.
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–Si usted no sabe… –contesta él emanando por encima del tapabocas un aliento a siesta larga tremendo.
–A ver… ¿Se está ahogando? ¿Está teniendo una convulsión? ¿Está inconsciente? –insiste mi compañera mientras busca un EPP.
(EPP = Equipo de Protección Personal que (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #126. PRE-COVID. Llega en ambulancia traído de la escuela. Jean claro, remera oscura, pelo negro grasoso tirado hacia atrás y unos cuantos granos nuevos entre los pozos que dejaron los que se fueron, típico adolescente. Viene en silla y se lo ve muy (+)
(-) entero, serio, compenetrado en morderse el labio de abajo hasta que una gota de sangre comienza a recorrerle el mentón. Estira la lengua y la lame. Sonríe un segundo y, apenas nota que lo miro, retrae las comisuras. La sangre brota de nuevo y cuando mueve la mano para (+)
(-) atajarla, una ola de perfume a chivo puro casi que me tumba. Saco gasas del bolsillo, abro el paquete y se las ofrezco. Las agarra sin agradecer y escribe en el celular. Pienso en que cuando yo tenía su edad, gracias si tenía teléfono fijo. Me acuerdo de cuando conocí al (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #125. Viene caminando en un trazo serpenteante –su pelo negro de mil resortes acompaña el movimiento– y termina entre estampada y recostada contra la pared del comienzo de las UFU. Tiene dos bolsas de tela en su mano derecha –una con dibujos (+)
(-) de flamencos y la otra con el logo de un supermercado– de las que rebalsan tres prendas de ropa –lo que parece ser un pañuelo verde, una manga de un saco blanco de hilo y una musculosa amarilla medio naranjona con flores sobre los breteles– y una botella de agua de litro y(+)
(-) medio en la izquierda. Respira hondo un par de veces, tose, se baja el tapabocas de flores naranjas y violetas, le da un trago largo a la botella –me hace acordar a una de mis amigas que se hacía la salvaje con su intento de fondo blanco de una cerveza berreta en vaso de (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #124. Sábado. Once y algo de la mañana. Estoy despachando a una mujer con una infección urinaria cuando el altoparlante pide Shock-room preparado. La mujer sale como si esas palabras no significaran nada y a mí se me retuerce todo, (+)
(-) más aún porque el tomógrafo está roto desde que entramos y todavía no lo arreglaron.
Voy volando para el Shock-room. El emergentólogo y los enfermeros esperan enfundados en camisolines, barbijos, máscaras y demás como con cada paciente que les llega. Yo me (+)
(-) cambio como ellos mientras el primero no para de protestar.
–Le dije que bloquee todo hasta que lo arreglen –lleva el índice y el tercer dedo de la mano derecha extendidos hacia el hombro contralateral y le da dos golpes secos con la yema de esos dedos, (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #123. PRE-COVID. Nueve de la noche. Me acerco a la lista y la mayoría de los anotados son dolores abdominales que necesito acostar para revisar. Las camillas de los distintos consultorios están ocupadas por uno o dos pacientes; una sola –la del (+)
(-) fondo del primero– tiene tres –dos varones, ambos con suero, y una mujer que espera para una tomografía por un vértigo que no mejora– sentaditos uno al lado del otro. Libre, ninguna. En el consultorio dos son todas mujeres: al fondo, una que ronda los noventa con una (+)
(-) fractura de cadera y en tratamiento por una infección urinaria resistente a los antibióticos orales –está acostada y duerme sin roncar– y dos de alrededor de sesenta años, la de la izquierda por una hiperglucemia considerable (azúcar alta en sangre), diabética que abandonó(+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #122. Golpean las puertas de los consultorios de forma repetitiva y cargada de furia. Se me tensan el cuello y los hombros y en mi cerebro se dibuja un “ahí va de nuevo”. Logran abrir la del fondo y se meten. Yo pispeo desde el (+)
(-) pasillo. El de seguridad –que justo andaba por ahí escribiendo en su telefonito– les informa que por ahí no se puede pasar y el más grande le tira una piña que no le emboca al pómulo por unos dos milímetros. El camillero rubio grandote vestido de astronauta (+)
(-) salta en su defensa y ataja al chico –alto, pero bastante menos enorme que él– del cogote. El que parece ser el hermano menor avanza, a punto de retomar la pelea; solo afloja cuando el camillero les miente que esa parte de la guardia está sobrepoblada de Covid. (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #121. PRE-COVID. Lo traen en ambulancia y grita que lo dejen bajar. Lucha contra las correas de la camilla hasta que mi compañera pelirroja se le para al lado con una jeringa –vacía, aunque el paciente no parece haberlo notado– con aguja larga y lo (+)
(-) amenaza con inyectarlo. De la camilla cae un hilo de sangre que se derrama del charco que parece haber brotado predominantemente de la cabeza del hombre. Él sigue protestando que quiere irse a su casa, ni enterado del bruto corte que debe tener.
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–Te cosemos y te vas en un rato –le prometo.
–¿Qué me querés coser vos? –retruca.
Agarro una gasa, la paso por su cabeza sangrante y se la muestro con un “tu cabeza”. Mira lo rojo con los ojos demasiado abiertos y enseguida sonríe exhibiendo las pocas piezas (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #120. Lo cargan entre dos por los costados y el tercero los escolta desde atrás. No parece llegar a los treinta. Está pálido y la piel se le nota brillosa de la transpiración. Sus ojos están cerrados y los párpados, temblorosos. Un par (+)
(-) de gotas frías me bajan desde la nuca por la espalda.
Lo miro desde lejos. No tengo ni el camisolín puesto. Su labio de abajo está entre partido y mordido y la sutura se hunde en el defecto. Luce otra en uno de los costados rapados de la cabeza, bastante más larga y (+)
(-) en semicírculo; ésa, al menos, la va a poder tapar con el pelo. Restos de sangre seca le decoran el cuello al igual que la remera de la que asoma sus antebrazos –de tatuajes apenas desteñidos– unidos adelante por las esposas. El pantalón tiene restos amarronados (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #119. La trae en brazos y ella, a su muñeca. Las tres tienen un tapabocas de Minnie que baila y larga corazones por los ojos. A la nena le queda más grande que a la muñeca. La madre la tiene envuelta a lo pulpo y ella se queja con un (+)
(-) “Ta muy fuerte” mientras intenta zafarse. Se ve que la mamá aprieta más, porque se resigna y apoya sobre el hombro materno su cabecita envuelta en un repasador teñido de ese rojo amarronado que hace que se me frunza todo. No llega a los cuatro años. (+)
(-) –Es urgente –grita la madre.
Bajo la cabeza mientras miro alrededor: está todo lleno. Busco a los pediatras, a ver si tienen lugar. El de los anteojos cuadrados me informa que su compañero está con un nene que no para de convulsivar y que tiene que preparar todo para (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #118. Once y cuarenta de la mañana. Vine de reemplazo y somos tres nomás para todo. Quedé sola en la UFU y ya tengo los hombros hechos piedra y la cabeza que me late. Con la suma de barbijos y la máscara no huelo nada, pero estoy segura de que (+)
(-)que mi desodorante ya fue reemplazado por un aroma a chivo potente. Acabo de llamar a un hombre de unos setenta con andador cuando se acercan. Ella tiene una mancha color vino tinto en la mejilla izquierda –le sobresale hacia arriba y hacia atrás del barbijo– y él un lunar (+)
(-) tirando a cuerno –del que salen unos cuantos pelos negros– en la frente. Se quejan porque hicieron cola adentro y el orientador los mandó para acá donde otra vez les toca ir a la fila.
–Ese mocoso no entiende que esto no es (+)
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#CosasQuePasanEnLaGuardia #117. PRE-COVID. Once y pico de la noche. Viene por sus propios medios dibujando un zig-zag en el piso con el barro de unas zapatillas de cuerina rajada que hace rato que dejaron de ser blancas. El de seguridad lo deja pasar por (+)
(-) la entrada de ambulancias y pide camillero. Yo estoy a metros de ahí con la señora diabética que lleva tres días con fiebre por una infección horripilante en el riñón derecho y que me ladra que no piensa quedarse internada, que ya suficiente tardamos en atenderla (+)
(-) y que ni de cenar le dimos, que ella se va a su casa y que más me vale que le mande un buen antibiótico si no quiero que me haga juicio. Intento explicarle que tiene indicación de quedarse, que con solo antibióticos por boca no va a andar la cosa, que además necesita (+)
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