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Basta un profesor -¡uno solo!- para salvarnos de nosotros mismos y hacernos olvidar a todos los demás. Daniel Pennac @ColectivoDIME

Feb 17, 2019, 16 tweets

He afirmado hace poco que, si los docentes pasásemos una semana como alumnos en la ESO, cambiarían muchas cosas. Algunos habéis dicho que ya fuimos alumnos y sobrevivimos, pero hay muchas diferencias. Va hilo ⬇️⬇️

Los docentes también hemos sido alumnos, sí, pero no somos comparables a los alumnos actuales. Hablo siempre de docentes que fueron estudiantes cuando no había Internet ni teléfonos móviles. Ese es para mí el hecho diferencial.

En la época anterior a Internet, fuera de la Escuela no había muchas alternativas para satisfacer la curiosidad, para alcanzar conocimientos específicos, ni para aprender habilidades de manera tutelada y organizada.

Sí, existían las bibliotecas, en mi barrio abiertas de 17 a 20 h (las mejores o las únicas horas para jugar con los amigos en el parque) y programas culturales de televisión (!!!). También había hogares con libros, no todos (recuerdo que mi casa era de las pocas que tenían).

Por ello, la Escuela, con sus carencias, servía para escuchar historias de un mundo que no conocíamos, para oír hablar de países que quizá no veríamos jamás, para realizar operaciones que no sabríamos hacer solos en casa. Apetecía ir a la Escuela para aprender y relacionarse

En la era de Internet, la facilidad de acceso a la información y la globalización han convertido la Escuela en un mal necesario. Un chaval que tenga interés por un tema particular, probablemente se haya documentado y sepa tanto como el docente.

Con doce o catorce años han accedido a más información que la que tenía cualquiera de nosotros al terminar BUP, información a menudo redundante, banal, irrelevante para lo que nosotros consideramos útil en su aprendizaje.

Víctimas de ese trasiego de información que son incapaces de categorizar y jerarquizar, en la Escuela les llega aun más contenido, dosis que se repiten curso a curso y que, a pesar de las promesas, nunca necesitan en sus vidas diarias (o eso creen ellos).

La Escuela, al final, les aburre porque consideran a los profes como una especie de locutores de la Wikipedia, administradores de información que ellos podrían obtener sin tanta pérdida de tiempo, sin tanta dedicación (no digo que lo seamos, digo que lo piensan).

Si necesitan saber algo concreto, lo buscan en Google al momento. Si quieren viajar, visitan virtualmente los lugares. Si les interesa algo artístico o tecnológico, miles de tutoriales les salen al paso. Si se les atasca un problema de clase, buscan un youtuber que lo solucione.

Para colmo, si nuestra Escuela era también un espacio fundamental en el que relacionarse con los amigos, ahora tienen tantos espacios virtuales para hacerlo que no necesitan esa convivencia en el mundo real.

En ese trance, los docentes creemos que ellos son parte del problema, porque no se esfuerzan lo suficiente, porque se entregan a las tecnologías sin atisbo de crítica, porque son consumidores de información efímera y de baja calidad, porque no son suficientemente "responsables".

Pensamos que nosotros fuimos alumnos y no caímos en ese error, cuando en realidad nosotros no vivimos jamás una situación igual ni parecida. Decimos que no teníamos problemas con las distracciones, pero tratemos de ponernos en su lugar en el día de hoy...

Miremos una sesión de evaluación, un claustro, una reunión de equipo docente… ¿cuántos docentes son capaces de aguantar toda una hora sin mirar el móvil? Vayamos a un curso de formación de DOS horas: ¿cuántos mantienen la atención y toman apuntes sin distraerse con el móvil?

No, ya no somos aquellos estudiantes. También somos ciudadanos digitales y vivimos bajo el ritmo de Internet. Por favor, pensad si, de verdad, seríais capaces de aguantar seis horas sin el móvil, atentos a explicaciones y tomando apuntes. Toda la escolarización obligatoria

Si la respuesta es afirmativa, pensad si un chaval de 12 o 14 años tiene vuestra fortaleza, si tiene tan claras sus metas como para sacrificar un estilo de vida que comparte ahora mismo el 80% de la población.

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