Hoy es Nuestra Señora de Czestochowa, la Virgen con cicatrices en la cara.
Se las hizo un hereje husita con una espada. No pudo clavársela por tercera vez, porque murió en el acto.
Estás "cicatrices" no han podido repararse nunca.
Muchas artistas lo intentaron y volvían a reaparecer.
Me gusta mirar a esta Virgen vulnerable.
Un sacerdote me dijo un día que el Amor con mayúsculas no se deja vencer, se deja herir, pero no vencer.
Porque ante el mal, en vez de desaparecer, se crece.
Dios ante nuestros pecados no deja de amarnos, al revés, nos ama aún más, no porque le agrade el pecado o lo quiera, sino porque a cada pecado que cometemos necesitamos aún más su misericordia.
La Virgen ama así. Nos ama tanto que no se aparta nunca.
Nos ama hasta dejarse herir por nuestra ingratitud, que llega a la burla y el desprecio.
En su rostro a veces podemos ver lágrimas, las que le causamos nosotros.
Pero en el caso de la Virgen de Czestochowa, nos deja ver hasta qué punto es capaz de sufrir por nosotros.
No podemos ver el rostro de María sin ver el daño que le causamos.
Pero no hay ni un ápice de rechazo en sus ojos.
Lo que hay es una súplica. Un gran amor suplicante. Ella es la Omnipotencia Suplicante.
Puede alcanzar cualquier gracia, pero, sin embargo, se hace vulnerable a nosotros.
Ama hasta que duela. Mirad sus cicatrices, miradlas bien y atended sus súplicas.
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