Septiembre siempre me hace recordar mis días escolares. Mi primera caja de lápices Alpino que cayó hecha virutas gracias al sacapuntas de manivela que, junto a aquellos, me regaló mi padre. Mi babero, con las iniciales bordadas por las monjitas, regalo de tía Adelita Va hilo. 👇
Y no sé si les pasa igual a ustedes, pero para mí son recuerdos felicísimos. La ilusión del primer día de clase. El bullicio del patio del colegio tan distinto de la tranquilidad de nuestro patio de geranios, cintas y aspidistras. De pronto, te adentras en un mundo desconocido
Siempre recordaré mi primer encuentro con Pancho en el patio de los Maristas. Era el primer día de clase. Me habían acompañado mis padres y mis abuelos hasta la puerta. Yo llegaba nervioso. Nervioso y emocionado. Tío Ramón me había contado lo divertido que podía ser el colegio.
Recuerdo la imagen de mi madre y mi abuela, elegantísimas, y despidiéndose de mí como si fueran la reina Isabel y la Reina Madre saludando a la multitud congregada en una visita a la Exposición Anual de Rosas de Pitiminí de Southampton. Sólo faltaba el Regimiento de la Guardia.
Luego supe que mientras tanto, mi padre se apostaba mil pesetas con mi abuelo a que me caía antes de entrar en clase. ¿La razón? Iba todo el rato saludando y mirando hacia atrás. Me contaron que la recta final fue emocionantísima. Sólo un instante antes, di un traspié y me caí.
En el recreo, un niño cabezón me empujó, me tiró al suelo y me llamó «pelirrojo, pecoso, gafitas cuatro ojos, capitán de los piojos». Desde el suelo, lo miré a la cara y vi su babero con el nombre escrito a bolígrafo en una cinta blanca pegada con sabe Dios qué: Pancho Perales.
Me levanté con la elegancia de los Fitz-Edwards, con esa gallardía de los fusileros del Rey que llevamos en la masa de la sangre y, con todo el desprecio de un lord, me fui de allí esperando mi momento. Ya en clase, vi que mi agresor se había quedado dormido. Me acerqué a él.
En un pispás, aprovechando su descuidado sueño, le introduje sendas canicas que me había regalado tío Ramón, en sus conductos nasales. Se despertó como en un estertor y medio asfixiado. Las dos canicas quedaron alojadas en aquella narizota ahora enrojecida. Y a la Cruz Roja.
Cuando me recogieron, mis padres fueron debidamente informados del incidente. Mi madre llamó preocupadísima a la de Pancho mientras mi padre se lo contaba a mi abuelo y a tío Ramón en la biblioteca que, aprovechando que estaban solos en la biblioteca, se partían de la risa.
Me castigaron sin postre. Menos mal que Otilia, aunque me llamó «zoquete, más que zoquete» y me regañó -«buena la has hecho y el primer día. ¿Para qué ibas a esperar?» se compadeció de mí y me subió de extranjis a mi dormitorio un plato de arroz con leche que le salía de miedo.
Al día siguiente me llevaron a verlo al hospital y a disculparme. «Nada, cosas de niños», dijo su padre. Yo, aleccionado por mi madre, le abracé y él aprovecho el momento. Me clavó un tenedor en salva sea la parte. Allí mismo me dieron los tres puntos que sellaron nuestra amistad
Desde entonces nos hicimos inseparables. Chimo se sumó a los pocos días. Como a él no le gustaba el salchichón, le cambié su bocadillo por el de Pancho que era de chorizo y se lo estaba cuidando. A mí, que me estaba comiendo el mío que era de jamón, no me importó el trueque.
A Pancho, sí. Pero cuando volvió del baño, yo había terminado el mío y Chimo estaba liquidando el último bocado del de chorizo, así que mientras Chimo y él se pegaban, yo me comí también el de salchichón. Pobre Pancho, qué hambre pasó aquella mañana. Aún nos lo recuerda.
A finales de septiembre empecé a sentirme mal. Muy mal. Llegaba a casa, merendaba, hacía mis deberes y cuando me retiraba a disfrutar del merecido descanso tras aquellos arduos días escolares, notaba mareos, la habitación me daba vueltas y sufría terribles dolores de cabeza.
Cada noche despertaba a mis padres llorando. Recuerdo a los dos, y también a mis abuelos, terriblemente preocupados junto a mi lecho, desvelados, intentando que me durmiera, lo que conseguía a duras penas tras tomarme una de aquellas aspirinas infantiles con sabor a fresa
y ponerme, alternativamente, paños de agua caliente y fría en mi pobre cabecita. Los dolores proseguían a diario. Mis padres, preocupados, recurrían a mi pediatra a quien yo, cariñosamente, me refería como el tito Rafael. Mi abuelo me hacía pajaritas de papel y mi abuela rezaba.
Una noche, a los pies de mi cama, el tito Rafael se confesó sobrepasado en sus conocimientos ante aquella dolencia y les recomendó que me hicieran reconocer por un especialista. Las aspirinas infantiles me endulzaban las dolorosas noches pero no calmaban la ansiedad de mis padres
Visitamos a varios oculistas que descartaron cualquier problema de visión, más allá de la miopía que ya había afianzado sus garras en mis ojitos verdes. Tío Ramón llamó a un viejo amigo de sus noches madrileñas, catedrático de la Complutense que les avanzó la terrible noticia.
Aquel niño encantador, aquel angelito del cielo -que hubiera cantado Juanito Valderrama- podría padecer un tumor cerebral. Y les adelantó que en España iba a ser difícil tratarlo con éxito. Quizá en el extranjero. Inglaterra, Francia, Alemania o los Estados Unidos. Allí, quizá sí
Imaginen el impacto en mis padres y mis abuelos. La noticia corrió como la pólvora entre los Ruiz de Almodóvar y dejó destrozada a toda mi extensa familia. Mis abuelos paternos venían a visitarme a diario. Las tardes en casa eran un bullir de gente cariacontecidaTodo me extrañaba
Tía Adelita redobló sus rezos. Ella y tita Carmen ayunaban por mi sanación. Encargaron misas en iglesias, monasterios, conventos y santuarios de toda España. Tía Cristina, que era la Madre Abadesa Sor Corazón de Jesús, tenía a todo su convento granadino en rezo permanente.
Mi abuela le puso tantas velas a San Cipriano, por lo de la cabeza, como antes le había encendido a Santa Otilia, Santa Lucía y Santa Clara cuando creyeron que podría ser alguna afección relacionada con la vista. San Rafael estaba en boca de toda la familia, de rezo en rezo.
Tío Eugenio se deshacía en lloros. Llamaba a diario y me enviaba caramelos de violeta. Siempre fue un alma noble y sensible. Tío Fernando, que entonces vivía en Inglaterra, buscó a los mejores especialistas para que me pudieran diagnosticar. Se preparó el viaje para noviembre.
Milagrosamente, el dolor, las náuseas y los mareos desaparecían durante las horas colegiales. Pero a eso de las nueve o nueve y media de la noche volvían. Volvían y me atenazaban la cabeza, vomitaba a veces toda la cena y mi pobre madre no paraba de llorar. Día tras día.
Hasta que un día finales de octubre y pocos días antes de emprender el viaje de mi curación a la tierra de mis ancestros paternos, Otilia me curó. Y lo hizo a su estilo. Me extirpó el supuesto tumor de un bofetón que hubiera levantado a una mula torda. Ella era así. Contundente.
Mi madre, que volvía a la cocina llevando una bandeja con el servicio de café de la merienda, sufrió un colapso al ver a Otilia estrellándome contra el frigorífico y levantándome un palmo del suelo cogiéndome de una oreja, mientras me gritaba «sinvergüenza, sinvergüenza».
El estrépito de la porcelana rota alertó a todos los que estaban en la casa. Mi madre yacía en el suelo y miraba epatada a Otilia que tiraba de mí gritando «menudo sinvergüenza el enfermito».
Tía Adelita lloraba desconsoladamente. Los demás, asombrados, no sabían qué hacer.
En ese momento, mi abuela María del Carmen la increpó:
-Otilia, por Dios bendito, deja a Jacobo ahora mismo que le vas a empeorar el tumor.
-Ni tumor, ni pamplinas, doña Carmen. El borrachuzo este se estaba trajinando el cubilete del barrilillo de vino que tengo para los guisos.
Mi padre me olió el aliento. -Pilarín, el niño huele como la bayeta de una taberna
-¿Qué? ¿Seguro?
-Lo que oyes Nene, -se volvió hacia mí- dime la verdad ¿esto lo haces todas las tardes?
-Sí. Todos los días antes de acostarme
-Pero, ¿porqué te bebes el vino del barrilito?
Porque dice tío Ramón que el vino anima la inteligencia. Y yo quiero sacar todo sobresaliente en el colegio. Quiero ser un hombre de provecho el día de mañana como quiere mamá.
Mi madre me dio una sonora colleja y se fue enfadadísima. Mi padre suspiró y se rió entre dientes.
Quitaron el barrilito de en medio y mi abuelo, por pura precaución, le puso dos candados a la puerta de la bodega.Y desaparecieron los dolores de cabeza y las nauseas que resultaron ser fruto de una resaca infantil y no de un tumor cerebral como mis pobres padres llegaron a creer
es diré que siempre que recordamos esta simpática anécdota mi padre se ríe, tita Carmen me llama «botarate» y madre se enfada muchísimo recordando lo mal que lo pasó aquel mes. Yo intento justificarme porque el fin que buscaba era noble, el sobresaliente.
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