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Marxista, mujer y escritora ☭ | Escribo sobre género, sexualidad y relaciones ♡

Sep 17, 2020, 13 tweets

Radiografía de la precariedad.

Vives en el sur de Madrid. No tienes estudios superiores, por lo que tus posibilidades de encontrar un “buen” empleo se reducen. Buscas durante meses. Encuentras algo en la capital, o quizá un poco más lejos. Todos los días tienes que desplazarte.

Tu trabajo, como era de esperar, no se puede hacer a distancia. Por lo que cada día tienes que coger el cercanías, montar en metro, usar el transporte público: un transporte hacinado, precario, caro e insuficiente que te hace viajar sin poder respetar las distancias adecuadas.

Día tras día cumples con tu jornada: a tiempo parcial y temporal, como la inmensa mayoría de contratos en la actualidad. Una media jornada que termina convirtiéndose en completa porque el tiempo que pasas esperando y cogiendo trenes, buses y metros son horas. Literalmente, horas.

Final de mes y por fin llega tu nómina. Apenas alcanza los 500€. Mientras caminas en dirección a la parada, escuchas en la radio que los jóvenes tendrían que destinar el 90% del sueldo al alquiler de un piso. Todavía vives con tus padres y en dos semanas se te acaba el contrato.

Poco a poco ves cómo tu salud va deteriorándose. No simplemente por el covid –que por descontado tus posibilidades de contagiarte son muy altas– sino por la falta de sueño, el estrés, la preocupación acerca del futuro, la incertidumbre, la frustración, la rabia y la tristeza.

La única certeza que tienes es que estás desperdiciando los mejores años de tu juventud en trabajos precarios en los que ni siquiera el sueldo compensa, porque no tienes otra opción. Porque esta es la realidad de clase de muchos trabajadores y trabajadoras: encadenar la miseria.

Los proyectos de vida no existen, porque rápidamente la realidad los disuelve. El deseo de formar una familia cada vez queda más lejos. Las expectativas se reducen a lo básico: a poder tener –al menos– un trabajo fijo y poco más: porque la situación no permite ir más lejos.

Empiezas a envidiar las generaciones anteriores a la tuya. Las cosas con las que tú sueñas eran lo cotidiano de los que te preceden: independencia, mayor calidad de vida –o por lo menos más autonomía personal y relacional. Tu rutina es solo aburrida, monótona, poco satisfactoria.

Apenas te da el sol porque cuando trabajas lo haces de la mañana a la noche, de casa al centro de trabajo y del centro de trabajo a casa. Además, tu vivienda carece de la iluminación suficiente. Las ciudades dormitorio no están hechas para tener más vida que producir y consumir.

Tu frase más repetida es no tengo tiempo. No tienes tiempo, ni para socializar ni descansar, porque tienes que seguir aumentando las ganancias del patrón –aunque no te guste tu trabajo, porque es tu única opción. Todo el lujo que te das es evadirte con una serie de Netflix.

Lo más probable es que bajo esta forma de vida –si así se le puede llamar– todo lo que se consiga es perder progresivamente el contacto con la realidad, procediendo a la desactivación de la persona, que no tiene más que hacer cuando llega a casa que acostarse y volver a dormir.

Y así, día tras día, con el cansancio acumulado –físico como psicológico– te preparas para cumplir una nueva jornada: madrugando para montar en un metro lleno, donde las aglomeraciones, empujones y prisas se suceden; para trabajar en contacto con el público o buscar uno nuevo.

Esta es la realidad de clase: barrios pobres, salarios bajos, transportes masificados, empleos precarios donde no existe la opción de teletrabajar. Monotonía, nulas posibilidades de ascender, renovar, mejorar condiciones de existencia: es lo que hay.

La pandemia es el capital.

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