Jacobo Fitz-Edwards ☘ Profile picture
Aristócrata. Liberal. Angloespañol. Católico y Marista. Monárquico. V.E.R.D.E. Del Atleti y Cordobés; de la tierra de Julio Romero...

Sep 18, 2020, 31 tweets

Hace unos días les conté que estamos haciendo mascarillas para las figuritas del Belén. A raíz de ello, nuestro amigo @tenisgon apuntó la posibilidad de que los Reyes Magos acabaran confinados y yo recordé lo que aconteció a mi ahijado Juanito son SS. MM. de Oriente. Va hilo.👇

De sobra saben que no soy yo de contar la vida de nadie y menos de mi familia o de mis amigos más cercanos. Juanito es hijo de Chimo y Anita. Pero como hubo quien, como don @Antonio60711397, se sumó al interés por conocer la anécdota, tendré una vez más que claudicar y contarla.

Pues imaginen la situación. Juanito fue el primer nieto, en el caso de la familia de Chimo porque él es hijo único y en el de Anita porque tocó. Y además, es mi primer ahijado de muchos. Y todo el mundo como loco con el niño que además, era y es muy simpático. Las cosas como son.

Tendría tres años porque fue antes de entrar al colegio y de la loca historia de mi madre y tita Carmen buscándole un pupitre para su dormitorio que ya les conté. Aquel día de Reyes nos invitaron a todos a ir a casa de Chimo para ver la reacción de Juanito y almorzar juntos.

Según me contó Chimo, a las ocho de la mañana llegaron sus padres. El niño dormía. Una hora después aparecieron sus suegros. El niño seguía dormido. Chimo se levantó a las diez a instancias de Anita que ya no sabía como entretener a los abuelos. Y el niño, insistía en dormir.

Serían las doce y media cuando llegué, acompañado de mis padres, que también estaban invitados. Y milagrosamente, fue escucharnos y saltar Juanito de la cama. Salió corriendo hacia el salón donde quedó epatado y paralizado ante aquella magna exposición de juguetes y regalos.

Mientras las abuelas comentaban con Anita y con mi madre lo guapo y espigado que estaba el niño, vi como mi padre recibía sendos billetes de cien euros de cada uno de los abuelos y otro de doscientos que le entregaba Chimo mientras decía: «con usted no hay quien pueda, don Luis».

-Papá, ¿has apostado algo respecto a mi ahijado?
-Que no se levantaba hasta pasadas las doce. Que lo de la ilusión está muy bien pero si eres hijo único no madrugas. Nadie te va a quitar los juguetes.
-¡Qué vergüenza, papá! ¿No te puedes contener con las apuestas y las porras?

-Este dinero es para las monjitas, Nene.
-¿Todo? ¿Los cuatrocientos euros?
-No, hombre, no seas fraticelli. El diezmo, como manda la Santa Madre Iglesia.
-Venga, Jacobo, no seas pelma -terció Chimo- no te dijimos nada porque lo mismo te ponías tiquismiquis.
-¿Por qué dices eso?

-Porque desde que eres padrino no hay quien te aguante con que si niño para arriba que si niño para abajo. Es usted es el más grande, don Luis. Levanto mi copa, maestro.
-El marcial lalanda de las porras, Chimo. Y te lo dice tu padre que le ha visto ganar unas cuantas.
Brindamos

Mientras tomábamos el aperitivo, Juanito iba de acá para allá. Un liliputiense entre gulliveres que mariposeaba alrededor de mi padre. Vi cómo le tiraba del faldón de la chaqueta y le decía:
-Elolís, Elolís... (abuelo Luis en «infañol» o español de infante que decía tío Ramón).

-Dime, Juanito.
-¿Lo he hecho bien?
-Perfectamente. Eres un artista del cuplé. Toma.
Y le da un paquete de gominolas que el niño se esconde bajo el pullover y sale feliz corriendo hacia su dormitorio, mientras las muestra y grita «son las gominolas mágicas de los Reyes Magos».

-Papá, te he visto. ¿Has sobornado a mi ahijado?
-Nene, repites lo de mi ahijado como si fueras la Pantoja en una verbena de extrarradio. Que estragante y qué pelma puedes llegar a ser. Eso es muy Ruiz de Almodóvar, lo sabes, ¿verdad?
-¿Cómo has llamado a las gominolas? ¿Mágicas?

-Así es, son mágicas. Te conceden deseos.
-¿Como ganar apuestas?
-Nene, hoy es día de Reyes, día de magia e ilusión. ¿Qué tiene de raro contarle a un tierno infante de poco más de tres añitos que estas gominolas mágicas se las traen los Reyes para que pueda cumplir sus deseos?

-Nada, lo mismo que si me dicen que hay tiernos infantes que en el día de Reyes esperan hasta las doce en la cama para levantarse.
-Es que si no, las mágicas gominolas reales no hacen ningún efecto, Nene.
Comprenderán que me dejara boquiabierto y tomamos asiento para el almuerzo.

Echamos una tarde muy divertida. Mi padre se vino arriba y empezó a contar anécdotas de los años en los que se vestía de rey Melchor en el Club. Los niños subían a un estrado donde estaban los tres reyes y leían sus cartas en voz alta buscado el aplauso unánime de los presentes.

Imaginen. Las había de todo tipo, las de los hipócritas que mentían diciendo que no querían nada y pedían a los Reyes que les llevaran sus regalos a los niños pobres como Angelito Rivadulla que era un pelma. Su abuela decía que sería papa pero al final se quedó en papafrita.

Pero la gran mayoría eran cartas normales en las que se pedían cosas de niños, juguetes y cosas así. También las había muy emotivas. Ya saben, del tipo «os pido que mi abuelito se ponga bueno pronto» y cosas así. Y luego, aquella que le dictó tío Ramón un año a mis primas.

Subió la mayor y leyó la carta de las tres hermanas. Mariloli era un poquito pava. Buena pero pavita. Así que cuando, con aquella vocecita de dibujo animado, leyó: «Mis hermanas y yo os pedimos una muñeca Nancy», el asunto fue enternecedor y hasta hubo madres que la aplaudieron.

Distinto fue al poco, cuando añadió: «Para mí, la Nancy Meretriz, para mi hermana Carmina, la Nancy Hetaira -se trabucó un poco pero se entendió perfectamente- y para Pilita, la Nancy Odalisca». Hubo caras de expectación, carcajadas y hasta algún amago de síncope entre las damas.

El final, también fue apoteósico: «Y queremos que nos las traigáis con todo lo necesario para jugar a los burdeles y cabaretes y…». Tío Estanis, más rojo que una bandera del pecé, le arrebató la carta de un manotazo y la cogió de un puñado. Mi padre se desternillaba en el trono.

Tía Lolita descargaba toda su furia en la espalda de tío Ramón que corría por el salón muerto de risa ante la cara avergonzada de mi abuela y mi madre, el gesto torcido de tía Adelita y tita Carmen y el habitual gesto hierático de mi abuelo tan aclimatado al ruizalmodovarismo.

Volviendo a Juanito, les diré que se lo pasó divinamente con todo el salón lleno de multitud de juguetes, muñecos y bagatelas que avanzada la tarde, después de merendar y ya solos, ayudé a Chimo a meter en sus cajas para guardarlos provisionalmente en el dormitorio de invitados.

A medianoche, me contó Chimo, les despertó el ruido de un continuo goteo de agua. Cuando Anita volvió de inspeccionar la casa, se levantó y la ayudó a sacar todas las cajas y juguetes del dormitorio de invitados. Una tubería rota amenazaba con mojarlo todo. Lo llevaron al salón.

Cuando Juanito se despertó, sus padres estaban hablando con el vecino de arriba y enseñándole el agujero que la gotera había provocado en el techo. Así que ni oyeron su ahogado grito de asombro, ni vieron su cara de ilusión al descubrir que los Reyes Magos habían vuelto de nuevo.

Llegó corriendo a donde estaban sus padres y Chimo entendió algo como «las gominolas de Elolís son supermágicas, papá», pero no le hizo mucho caso, según me confesó al contármelo. Aquel piso era pequeño, así que por la tarde, volvieron a guardar los regalos. Esta vez en la cocina

Día ocho. Domingo. Sacaron las cajas de la cocina y otra vez al salón. Y otra vez Juanito que las ve, se emociona, llora un poquito y grita a pleno pulmón -Anita si lo oyó, pero no le dio mayor importancia. Arreglar la gotera le resultaba más urgente- «Las gominolas de Elolís».

Día nueve. Lunes. Por fin viene los albañiles. La misma historia. Día diez. Por fin acaban los albañiles. Chimo y Anita, destrozados, guardan las cajas en el dormitorio de invitados. Día once. Juanito se levanta. Al llegar al salón lo ve vacío. Descubre lo que significa la nada.

Grita, llora y gimotea. Sus padres acuden presurosos. El niño se rebusca en los bolsillos de su pijamita azul. Va a su dormitorio. Busca y rebusca en la cama. En los cajones. Se sienta en el suelo entre llantos. Su madre lo abraza. Chimo no sabe qué hacer. Juanito llora y llora.

En medio de un ataque de histeria -me confiesa Chimo- sólo le entendíamos decir: «me he comido todas las gominolas mágicas de Elolís».
-Le diré al padrino que te compre. Como verán, Chimo es millonario porque no gasta.
-No valen, papi. Las de Elolís se las dieron los Reyes…

Una semana se tiró así. Llorando. Cuando se lo conté a mis padres, mi madre se emocionó.
-Pobrecito mi niña. Ay, Juanito, qué inocente.
¿Saben qué dijo mi padre?
-Nene, ¿has visto cómo eran mágicas, hombre de poca fe?
Se encendió la pipa y siguió leyendo el ABC.

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