Jacobo Fitz-Edwards ☘ Profile picture
Aristócrata. Liberal. Angloespañol. Católico y Marista. Monárquico. V.E.R.D.E. Del Atleti y Cordobés; de la tierra de Julio Romero...

Sep 21, 2020, 33 tweets

A raíz de mi comentario a un exquisito tuit de la elegantísima @Vani13C sobre el delirante atuendo con el que una bellísima actriz española se ha paseado por el Festival de San Sebastián, recordé la anécdota de tío Ramón y la esposa del agregado militar sueco en Lisboa. Va hilo👇

El atavío de la joven me recordaba al de quien sale huyendo de la alcoba de su amante saltando por la ventana porque la esposa viene al trote por el pasillo, armada con una carabina de caza y es campeona de España de tiro al plato. Sólo que con tío Ramón el cornudo era el marido.

Como les comenté en alguna ocasión, el advenimiento de la II República provocó una auténtica debacle en la familia de mi abuela María del Carmen. El bisabuelo Pepote falleció unos meses antes y la bisabuela Isabel decidió morirse al ver que aquello no parecía posible revertirlo.

Sin referentes paternos y en aquellas circunstancias, los tíos solteros abandonaron Córdoba. Unos a Madrid, como tío Ignacio que paseaba la Universidad, otros a conocer Europa, alguno a ver América y tío Ramón y tío Eugenio, a conquistar cada uno a su mitad favorita del mundo.

Y en estas que tío Ramón, huyendo del airado padre de una de sus conquistas madrileñas, acabó tomando el expreso de Lisboa y asentándose en la capital lusa en el verano de 1935. Poco tardó en aparecer tío Eugenio a quien le encantaba disfrutar de la compañía de su hermano menor.

Tío Ramón era un Errol Flynn. Basta ver sus fotos de entonces con su pelo engominado, el bigote recortado y la clase con la que vestía el esmoquin. Así que, entre la planta que lucía y la labia que gastaba, no tenía problema alguno para alternar con lo mejor de la alta sociedad.

Una de aquellas noches, maqueado como un artista de cine, se coló en el Hotel Metropole y acabó jugando al póker con los Alves, dos banqueros portugueses -padre e hijo- y un francés al que desplumó en media docena de manos. En las mesas no había más que un tema de conversación:

La impresionante y espectacular belleza de la jovencísima esposa del agregado militar sueco. Un coronel cincuentón llamado Sven Nilsson que acababa de incorporarse a la Embajada de Suecia en Lisboa proveniente de Budapest y a quien resultaba difícil encontrarle atractivo alguno.

Nadie entendía como un tipo anodino y cojo a causa de una caída del caballo -le pasaría como a San Pablo, pero al ver a su señora, exclamó tío Ramón- podía haber conquistado a esa imponente pelirroja de ojos verdes y escultural figura que llevaba un mes enamorando al todo Lisboa.

-Exageran caballeros, dijo el francés. Algo verá la joven en el coronel. Dicen que es un tipo encantador.
-Pero si podría ser su padre, Chambon
-A ver, Alves, el coronel es un caballero cultísimo, un gran experto en arte árabe desde que estuvo destinado en su embajada en Estambul

-Pero una joven así no se enamora de un ratón de biblioteca.
-También ha publica varios libros muy celebrados según me dicen.
-Igual no es tan guapa y sólo es la típica alumna enamoradiza. Exclamó tío Ramón.
-Es una diosa. Contestaron padre e hijo.
-Tendría que verla para opinar.

-Pues mañana -terció el padre-, estamos invitados a una magnífica fiesta en Cascais que da la embajada suiza y seguro que el coronel Nilsson asistirá. Véngase con nosotros y lo comprueba la belleza de la dama. Y si el sueco no viene, seguro que no sale descontento de la fiesta.

Tío Ramón hizo un cálculo rápido. Al francés le acababa de ganar como para pagarse un par de meses de lujo en Lisboa. Así que podría irse tranquilamente una semana a la costa. Así que aceptó. En la puerta de su hotel se encontró con tío Eugenio que volvía de su paseo nocturno.

-Me voy a Cascais. Me han invitado a una fiesta divina.
-Nos vamos, Ramón, que me han dicho que aquello es un paraíso
-Pues nos vamos
Y allí que se plantaron.Tomaron una suite y se prepararon para asistir a la fiesta que se celebraba en un magnífico palacete con vistas a la bahía

Llegaron como parte del séquito de los Alves. Ya en la maravillosa terraza, el joven João le señaló a un nutridísimo grupo de jóvenes.
-La dama está en el centro, mi querido amigo y aquel es su marido.
Ante el asombro de padre e hijo, tío Ramón se dirigió hacia el coronel Nilsson

-¿Coronel Nilsson? -tío Ramón hablaba un francés exquisito.
-Sí, dígame.
-Permítame que me presente. Soy un gran admirador de sus trabajos sobre el arte árabe que además, aquí mintió como un bellaco, he estudiado en mi ciudad. ¿Conoce Córdoba?
Al coronel se le iluminaron los ojos

-Aún no. Pero ahora que estoy cerca iré pronto.
Tío Ramón vio su oportunidad. Él había ido a misa a la Mezquita y poco más, pero con esa labia suya se explayó hablando de Córdoba la Sultana y el coronel, encantado con aquel joven «erudito» lo acabó invitando a su casa. Touché!

La señora era un bombón veinteañero. Pelirroja, con unos ojos verdes entreverados de azul que eran como un mar en calma, un cuerpo de infarto, unas piernas larguísimas de finos tobillos y unas pequitas estratégicamente situadas que cortaban la respiración de cualquier caballero.

Así que tío Ramon -recuerden que era un Errol Flynn- se presentó en casa del coronel hecho un pincel y con un libro bajo el brazo que acababa de sacar de la biblioteca municipal. Le recibió una doncella que lo acompañó al salón donde el coronel le presentó a su esposa Stefánia.

-Qué momento, Nene. Qué ojos, qué mirada, qué naricilla respingona, qué escorzo, qué cinturita, qué todo…
Tío Ramón lo revivía al contarlo, la verdad
Mientras el coronel, absorbido con aquellas láminas de la Mezquita, miraba con una lupa cada centímetro de la Puerta de la Leche,

tío Ramón cartografiaba el escote de la bella Stefánia con su mirada. Ahora lo condenarían a cadena perpetua por mera acumulación. Pero entonces, se podía mirar a las damas y a las damas les satisfacían las miradas según la percha del observador. Y la de tío Ramón era de cine.

En un descuido del coronel, Stefánia -que había caído en mis redes, Nene- le guardó un papelito en el bolsillo de la chaqueta. Una cita. A la tarde siguiente se vieron en un cafetito de la Baixa, mientras tío Eugenio hacía guardia en la Embajada con la excusa de pedir un visado.

El caso es que tío Eugenio fue más eficiente en la conquista. El secretario del coronel Nilsson era un vikingo que no cabía por la puerta pero con la sensibilidad de una novicia abandonada. Así que aquella noche acabaron paseando por la Alfama y visitando locales de fado.

Unos días después se celebraron unas maniobras militares a las que fue invitado, lógicamente, el coronel. Gracias a su íntimo y estrecho contacto en la Embajada sueca, tío Eugenio tenía todos los detalles del viaje, así que tío Ramón y la bella Stefánia pudieron consumar su amor.

El novio de tío Eugenio les proveía -sin saberlo, Nene, éramos como espías- de la agenda íntegra del coronel Nilsson. Cada acto oficial del agregado daba lugar a una fogosa tarde de amor entre aquellos dos jóvenes unidos por una loca pasión desenfrenada frente al Mar de la Paja.

Hasta que una tarde, tío Eugenio y su vikingo, que aprovechaban las ausencias del agregado para lo mismo que tío Ramón y la bella Stefánia, salieron de la embajada, arrebatados de pasión que apagarían en su nidito de amor en la Alfama, pero sin esperar a que lo hiciera el coronel

Fue el propio Nilsson quien recibió la llamada del Ministerio de la Guerra cancelando el homenaje a un general de estado mayor que se jubilaba porque había sufrido una indisposición. Así que decidió volver andando. Él resoplaba subiendo hacia Chiado y su esposa lo hacía en casa.

Iniciaba el coronel la maniobra de apertura de la puerta mientras tío Ramón y su dama finalizaban las suyas en el dormitorio principal. Stefánia suspiró:
-Sven.
-¿El coronel? Dijo tío Ramón.
-Vete, amor mío.
-Ipso facto, querida.
Cuando el coronel arribó al dormitorio sospechó.

Stefánia salía del baño y la cortina del dormitorio ondeaba al viento. El coronel se asomó pistola en mano. Sólo vio la Baixa Pombalina. Tío Ramón estaba sentado en la cornisa bajo la ventana. Unos niños lo miraban y le señalaban. El coronel, avergonzado, ocultó el arma y cerró.

Mientras pedía explicaciones a Stefánia, los niños reían y aplaudían en la calle. Lo que no pudo ver el coronel fue a tío Ramón medio vestido de Polichinela con un disfraz sacado del armario y saludando al público desde la ventana del piso inferior a la que se había descolgado.

Entró al salón, besó la mano a todas las ancianas damas que se encontraban merendando después de rezar el Rosario y salió de allí bailando y cantando: «Cata-catapun, catapun pon candela, arsa pa'rriba polichinela. Cata-catapun, catapun, catapun como los muñecos en el pim-pam-pum»

Al día siguiente acudió a casa del coronel a ver a unas láminas moriscas. El pobre hombre le confesó derrotado:
-Ayer dudé de Stefánia, mi querido Ramón.
-Coronel, su esposa es una dama íntegra. ¿Cómo pudo?
-No sé, una enajenación mental
-Ella no lo merece, dijo tío Ramón teatral

-¿Tiene usted un disfraz? No quiere ir conmigo al baile de disfraces del Club Hípico, pero sé que se divertiría. ¿Podría acompañarla mi querido amigo?
-Faltaría más, mi coronel.
Ni que decir tiene que aunque tío Ramón se vistió de Polichinela, no fueron al baile disfraces.

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