Muy agradecido a @Capitan_Swing
por enviarme su fantástica edición de “La cultura del narcisismo”, clásico de Christopher Lasch publicado en 1979, justo cuando Lyotard anunciaba la llegada de la posmodernidad.
Estamos ante un ensayo profético en varios aspectos👇.
Lasch analiza la irrupción del narcisismo, estructura social nacida del fracaso de las movilizaciones de los 60, del auge de la cosmovisión gerencial y del colapso de lo común. Con el narcisismo, lo privado engulle a lo público, el yo al nosotros y el psicologismo a lo político.
En la sociedad narcisista, todo gira alrededor del yo: un yo, en concreto, ensimismado, desconfiado y victimista, inmerso en las tecnologías de la imagen y el cuidado personal: ansioso por la autenticidad y el reconocimiento, por disfrutar ya mismo, ajeno a lo que no sea él.
El libro de Lasch trata un montón de temas. Personalmente, me resultaron muy útiles sus reflexiones sobre la temporalidad. De hecho, son una de las referencias que subyacen en mis trabajos sobre los imaginarios utópicos y distópicos del futuro.
Lasch examina (en sintonía con otros autores) cómo en la era del narcisismo el tiempo se reduce al puro presente. El pasado y el futuro, dice, generan rechazo, solo interesa el ahora, “vivir el momento” para uno mismo, “no para nuestros predecesores o para la posterioridad”.
Esto genera una “pérdida del sentido de la historicidad”, “en particular la erosión de cualquier preocupación seria por la posterioridad”, la tiranía de vivir al día, la soberanía del corto plazo, la renuncia a planificar el mañana. El narcisismo brota del abandono del futuro.
Nuestra actitud colaboracionista ante el cambio climático refleja la incapacidad narcisista y presentista de tener en cuenta el bienestar y los derechos de los que vendrán después de nosotros y actuar en consecuencia. La actitud general es: “ya se las arreglarán”.
Pero el futuro no queda, subraya Lasch, abandonado del todo: pervive en forma de pesadilla colectiva y horizonte de desesperanza: visión compartida por los poderes y la propia gente común. Ante tales expectativas, se impone la retirada al ámbito privado, el sálvese quién pueda.
Más que lúcidos son los comentarios de Lasch sobre la ancianidad, que podemos emplear para iluminar los proyectos transhumanistas de prolongación vital. En la era del narcisismo, la única utopía viable es la que promete a los yoes sanar el envejecimiento y curar la muerte.
Al narcisista le causa especial pavor envejecer y morir. Esos temores siempre han existido, pero hoy son más intensos porque se enfrentan en solitario, sin consuelos trascendentales: y porque afectan a sujetos que ya no piensan que vivirán a través de sus descendientes.
La idea de suplantación se ha vuelto intolerable: ya no queremos vivir a través de nuestros hijos, sino vivir nosotros eternamente. El yo narcisista no concibe que vaya a desaparecer algún día. Se aferra a su juventud y la alarga de forma ridícula todo lo que puede.
No quiere dejar espacio a las nuevas generaciones no al futuro. Quiere permanecer igual por siempre en un presente infinito. Mantener su atractivo y actividades, seguir cultivándose e invirtiendo en sí mismo. Las tecnoutopías de la inmortalidad vienen a su rescate.
“La cultura del narcisismo” es una obra inagotable. Se han producido cambios desde que se publicó. Hoy vivimos, por ejemplo, en un narcisismo del emprendimiento que retoma rasgos calvinistas. Pero para entender tales cambios, Lasch sigue siendo vital.
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