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Escribo hilos (a veces), poleo con la gente que es mala.

Jun 30, 2024, 13 tweets

¿Alguna vez habías visto a estas mujeres?

Aunque no lo creas, estas 4 mujeres son responsables de alrededor de 150 asesinatos de mujeres, hombres y niños, secuestros y prostitución.

Estas 4 hermanas, que operaban en los estados de Guanajuato y Jalisco son de las pocas “asesinas seriales” conocidas de la historia.

Hoy te contaré su historia, la historia de LAS POQUIANCHIS.

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Abro hilo🧵:

Las hermanas Delfina, María del Carmen, María Luisa y María de Jesús González Valenzuela, nacieron entre los años 1909 y 1924. Fueron hijas del matrimonio de Isidro Torres y Bernardina Valenzuela,​ oriundos de El Salto, Jalisco.

La familia González era una familia muy disfuncional, su padre trabajaba como policía para el gobierno porfirista con el cargo de alguacil y se mantuvo en el puesto aún después de la etapa más intensa de la Revolución mexicana, en el gobierno de Venustiano Carranza, e incluso estuvo encargado de ejecutar a prisioneros villistas. Era un hombre violento, prepotente y autoritario que con frecuencia golpeaba a su esposa e hijos.

Se cuenta que desde pequeñas obligaba a sus hijas a ver las ejecuciones de los presos. Por su parte su madre era una fanática religiosa.

Los maltratos en la casa llegaron a tal punto que en cierta ocasión Carmen González, siendo una adolescente, se fugó de casa con su novio, Luis Jasso, varios años mayor que ella.

Su padre la buscó y tras encontrarla la golpeó y encarceló por varios meses en la prisión municipal (sin ninguna causa u orden de aprehensión).

Ese mismo día Isidro Torres se convirtió en prófugo de la justicia al asesinar a un presunto delincuente, llamado Félix Ornelas; el finado era un hacendado sospechoso de diversos delitos, que murió durante el intento de arresto al recibir varios disparos por la espalda por parte de Isidro Torres.

Carmen salió de prisión gracias a un hombre de alrededor de cincuenta años, dueño de una tienda de abarrotes con quien había entablado una relación amorosa. Fruto de esta relación nació un hijo.

La familia Torres Valenzuela se vio forzada a cambiar su apellido por el de González para evitar posibles represalias y poder huir del pueblo. El padre se separó de su familia para vivir una vida de fugitivo.

En 1935, la familia vivía en un estado de pobreza lamentable. Las hermanas habían conseguido empleo en una fábrica textil, pero los salarios apenas les servían para subsistir.

En 1938, Carmen conoció a un hombre llamado Jesús Vargas "El Gato", con el que entabló una relación; ese mismo año se fueron a vivir juntos. Abrieron una pequeña cantina en El Salto. Vargas malgastó las ganancias del establecimiento hasta llevarlo a la ruina. Después de esto, Carmen lo abandonó y regresó a vivir con su familia.

Para ese momento los padres de las hermanas González habían muerto, dejándoles una modesta herencia.​ Con este capital, Delfina González abrió su primer burdel ubicado en El Salto, Jalisco. La prostitución era ilegal en Jalisco, pero la vigilancia para combatir esa práctica era pobre. El prostíbulo estuvo activo por mucho tiempo, hasta que una riña (en la que se rumora que murió el hijo de Carmen) suscitada en el lugar llamó la atención de las autoridades, que cerraron el establecimiento.

En 1954, Delfina mudó el establecimiento a Lagos de Moreno, Jalisco, al cual llamó “Guadalajara de Noche” durante las festividades de la feria anual celebrada en el pueblo. Para establecer el negocio, las mujeres contaron con el apoyo de varias autoridades corruptas. El propio alcalde concedió los permisos para que el negocio operara como bar a cambio de favores sexuales.

Las mujeres eran engañadas o compradas a tratantes. El sistema con el que operaba el burdel era semejante al peonaje empleado durante el Porfiriato: las cautivas estaban obligadas a comprarle a las madrotas suministros, como ropa y comida, a precios arbitrarios, acumulando así inmensas deudas. Entonces eran forzadas a prostituirse para poder pagarles.

Según el relato de las hermanas González Valenzuela, las técnicas que usaban para instalar un prostíbulo consistían primeramente en hacer amistad con las autoridades para estar protegidas. En muchas ocasiones se hicieron amantes y proporcionaron dinero a funcionarios locales para asegurar que su negocio no fuera cerrado.

Ya instaladas en sus cabarets, “Las Poquianchis” contrataban personas para que recorrieran la República en busca de adolescentes de entre 12 y 15 años de edad (rara vez un poco más grandes) y por medio del engaño y la extorsión las condujeran a sus negocios, donde una vez que entraban, eran mantenidas en cautiverio para prostituirlas.

La Secretaría de Salud y Asistencia Pública emitía tarjetas de control falsas, que “Las Poquianchis” utilizaban para presumir de que las muchachas estaban sanas. Estas tarjetas costaban mucho dinero, pero servían para que los clientes estuvieran tranquilos.

Por 10 años “Las Poquianchis” mantuvieron un exitoso negocio, pero no fue hasta 1964 que todo se les vino abajo:

En Guadalajara, una mujer llamada Petra Jiménez, se presentó ante el procurador de justicia estatal: denunciaba la desaparición de su hija María, de 13 años de edad.

Casi al mismo tiempo, en la ciudad de Guanajuato, el jefe de grupo de la Policía Judicial del estado, Miguel Ángel Mota, recibía dos denuncias muy similares. Apareció, harapienta, casi en los huesos, una muchacha, Catalina Ortega. En ella eran evidentes las huellas de violencia física. Se había escapado de un rancho en el municipio de San Francisco del Rincón, donde la tenían secuestrada.

Catalina había logrado salir por una abertura de la barda que circundaba el rancho, muerta de miedo: sabía que, las dueñas del rancho, propietarias también de los prostíbulos mal disfrazados de bares donde la obligaban a trabajar se daban cuenta de la fuga, la matarían a golpes.

Movida por el pánico, Catalina Ortega caminó durante horas, hasta que llegó a su hogar, del que había sido arrancada. Acompañada de su familia, fue a denunciar su historia en la jefatura de policía de la ciudad de León. Desfallecida, agotada física y emocionalmente, empezó a hablar. Su declaración fue crucial para reunir los hilos de su caso con los de las denuncias por la desaparición de muchachas muy jóvenes, no solo guanajuatenses; algunas de las víctimas de esa historia de explotación y violencia, provenían de Jalisco.

Así, las autoridades calcularon que la desaparición de María Jiménez estaba relacionada con los horrores vividos por Catalina Ortega, quien identificó a las mujeres que la explotaban a ella y a otras más, como las hermanas González Valenzuela. Pero a ellas, agregó, todos en San Francisco del Rincón las conocían como “Las Poquianchis”.

Los cuerpos policiacos de las capitales de Guanajuato y Jalisco empezaron a trabajar. La aportación de la policía de León fue definitiva para dirigir la investigación hacia San Francisco del Rincón.

El 12 de enero de 1964, la policía llegó a un rancho, el “Loma del Ángel”. Donde pudieron aprehender a dos de las hermanas, a Delfina y María de Jesús. Con ellas, estaban quince mujeres, igual de desnutridas y maltratadas que Catalina Ortega.

También encontraron a dos niños, en condiciones similares. Fue tal el escándalo, que a los 21 días, acosada, una tercera hermana se entregaría, y una cuarta, que afirmaba no tener relación alguna con los negocios criminales de sus hermanas, también fue aprehendida.

Parecía que, al cerrar el rancho y llevarse a las hermanas González Valenzuela se terminaba la historia. Pero una de las víctimas, cuando ya se disponían todos a abandonar el lugar, dijo que en uno de los patios del rancho estaban enterradas muchas mujeres que también habían sido secuestradas y explotadas por “Las Poquianchis”.

Las mujeres contaron a los judiciales cómo algunas de sus compañeras fueron golpeadas y torturadas por sus patronas, e incluso varias fueron asesinadas y enterradas dentro del mismo predio de la casa donde eran explotadas. Las víctimas relataron a las autoridades que nunca las dejaban salir de las casas de citas, y que cuando resultaban embarazadas les practicaban abortos y en caso de nacer los niños, estos eran asesinados con excepción de un niño, al que guardaron para vendérselo a un cliente que quería experimentar con él; mientras tanto se dedicaron a maltratarlo.

Según el relato de las rescatadas, “Las Poquianchis” también asesinaban a aquellas prostitutas que “ya no les servían” sepultándolas vivas en un panteón clandestino ubicado en el poblado de San Ángel, en Purísima del Rincón. Este “trabajo” era realizado por el capitán del Ejército, Hermenegildo Zúñiga Maldonado, conocido como “El Capitán Águila Negra”, quien fue amante de Delfina y su protector.

Delfina desarrolló un método de secuestro que dejaba mayores ganancias: acudían a rancherías o pueblos cercanos, donde buscaban a las niñas más bonitas. No importaba si tenían doce, trece o catorce años de edad; llevaban cómplices masculinos que, si las sorprendían solas, simplemente las secuestraban. O si estaban acompañadas de sus padres, generalmente campesinos, se les acercaban y les ofrecían darles trabajo a las hijas como sirvientas. Los padres accedían, “Las Poquianchis” se llevaban a las niñas y de inmediato empezaba su tormento.

Apenas llegaban al burdel, “Las Poquianchis” procedían a desnudar a las niñas por completo y examinarlas. Si consideraban que tenían “suficiente carne”, los ayudantes que habían contratado se encargaban de violarlas, uno tras otro, y si lloraban o se resistían, las golpeaban.

Después, “Las Poquianchis” las bañaban con cubetadas de agua helada, les daban vestidos y las sacaban por la noche a que comenzaran a atender a la clientela del bar, bajo amenazas de muerte. Los clientes se mostraban siempre encantados de encontrar niñas de tan corta edad, por lo que el negocio prosperó rápidamente. Las hermanas alimentaban a sus esclavas sexuales solamente con cinco tortillas duras y un plato de frijoles al día.

Cuando una de las mujeres llegaba a cumplir veinticinco años, “Las Poquianchis” ya la consideraban “vieja”. Procedían entonces a entregársela a José Facio Santos “El Verdugo”, quien la encerraba en uno de los cuartos del rancho, sin darle de comer ni beber por varios días; entraba constantemente para patearla y golpearla con una tabla de madera en cuyo extremo había un clavo afilado. Una vez que la mujer estaba tan débil que ya no podía ni siquiera intentar defenderse, “El Verdugo” la llevaba a la parte de afuera del rancho y, tras cavar una zanja profunda, la enterraba viva. A otras les aplicaban planchas calientes sobre la piel, las arrojaban desde la azotea para que murieran al caer, o les destrozaban la cabeza a golpes.

Cuando alguna de las niñas nuevas no quería ceder ante el capricho de algún cliente, Esther Muñoz “La Pico Chulo” otra de las empleadas de "Las Poquianchis" se encargaba de arrastrarla de los cabellos por todo el burdel, llevarla a un cuarto y darle de palazos hasta dejarla inconsciente. “La Pico Chulo” también gustaba de matar a palazos a las muchachas, destrozándoles la cara y el cráneo con una tranca de madera.

El caso de “Las Poquianchis” dejó de ser nota roja local. Era algo demasiado grande para que se quedara en los periódicos estatales, y mientras más hablaban las víctimas rescatadas, más monstruosa se hacía la red de operación de aquellas hermanas, y más evidente era que no habrían podido medrar sin la complicidad de las autoridades policiacas de San Francisco del Rincón.

Las 4 hermanas fueron trasladadas al Penal de Irapuato, después de varios meses que duró el proceso que consistió en careos e interrogatorios, finalmente Delfina, María del Carmen, María de Jesús y María Luisa González Valenzuela, fueron acusadas de lenocinio, secuestro y homicidio calificado y recibieron la pena de 40 años de prisión, sin embargo, dos de ellas murieron tras las rejas antes obtener su libertad.

María de Carmen, fue la primera en morir, en 1949 a consecuencia del cáncer que padecía.

Delfina, conocida como la “Poquianchis Mayor”, falleció el 17 de octubre de 1968 a los 56 años en la cárcel en Irapuato, de un hemorragia cerebral, luego de caerle sobre la cabeza una cubeta con cemento.

María Luisa, apodada “Eva, la Piernuda”, perdió la vida en su celda de la cárcel municipal de Irapuato en noviembre de 1984 por un cáncer hepático.

María de Jesús fue la única quien falleció en libertad a mediados de la década de los 90.

Ya llegamos al final de este hilo!
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