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Los Night Stalkers del 160 SOAR se están llevando todo el mérito por infiltrarse sin sufrir bajas en plena capital de un territorio hostil. Sin embargo, sin quitarles mérito, hubo unos de los que siempre nos olvidamos preparándoles el camino. ¡Tira del hilo!🧵👇
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Antes de que el primer rotor empiece a girar, la batalla ya se ha librado. En silencio. En el espectro electromagnético. No es vistosa, no sale en vídeos espectaculares… y suele decidir el resultado antes del primer disparo. Déjame que te presente a los Growlers.
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El espectro electromagnético es un campo de batalla único. Solo hay uno. Todo el mundo —militar y civil— lo utiliza. Quien no lo controla, combate, literalmente, a ciegas. Y los F18 modificados para guerra electrónica, despegando desde los portaviones, son los campeadores de estos escenarios.
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En una operación como la inserción de helicópteros en Venezuela, el objetivo inicial no es derribar las defensas, lo que ya daría pistas al enemigo, sino entenderlas. Saber qué radares hay, cómo funcionan, cuándo emiten y cómo reaccionan. Los vuelos de estas semanas y meses no eran para mostrar fuerza o provocar.
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Estaban usando las medidas de apoyo electrónico (ESM): escuchar sin emitir, interceptar sin delatarse. Orejas de radares, para entendernos, «cartografían» el entorno electromagnético.
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Cada radar tiene una firma: frecuencia, PRF, ancho de pulso, patrón de barrido. No es ruido: es información. Y bien procesada, permite saber qué sistema es, qué puede hacer y dónde está.
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Esta fase no es de aplicación táctica inmediata, sino que se mezcla con la inteligencia electrónica (ELINT). Se construyen bases de datos, se contrastan emisiones, se detectan rutinas. El enemigo cree que todo está tranquilo porque los aviones no disparan… ni siquiera se acercan.
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Pero cada vez que transmite un radar, está hablando. Y alguien está escuchando.
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Con esa información, se puede responder preguntas clave:
¿Dónde están las defensas aéreas? ¿Qué potencia tienen? ¿Siempre están transmitiendo? ¿Hay zonas sin cobertura? También se extrae información para poder atacarlas —electrónicamente— más adelante. Cegarlas o engañarlas.
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Sin quitarle mérito a los helicópteros del SOAR, si llegan sin ser detectados es porque alguien ha trabajado muy bien antes.
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Llegado el día del asalto, empieza la segunda fase: negar al enemigo el uso del espectro. Entra en juego el ataque electrónico: ECM (electronic counter measures). Engaño y perturbación.
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No se trata de “apagar” todo. Eso es burdo y fácilmente detectable. Se trata de inutilizar lo justo, cuando hace falta, de la forma adecuada.
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Un radar perturbado no es un radar destruido. Es peor: es un radar que sigue ahí… pero ya no es fiable.
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Sectores cegados, falsos ecos, contactos fantasma, seguimientos que se rompen. El operador empieza a dudar de su propia pantalla.
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Y en guerra antiaérea, la más rápida de todas, la duda mata.
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Por supuesto, los helicópteros avanzan a baja cota y utilizan otras tácticas para reducir su vulnerabilidad. Cuanto más bajo, menos radares los tendrán dentro de su horizonte.
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La guerra electrónica, a menudo, es más decisiva que el ataque cinético. No destruye sistemas porque no lo necesita. Las explosiones que vimos la noche del día 3 se dieron en los lugares que, por alguna razón, no se pudieron neutralizar con guerra electrónica.
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Además, no deja escombros ni cráteres. No hay bajas, algo ideal en una operación como esta. «No ha pasado nada», pero el control del espacio aéreo ha desaparecido durante horas críticas.
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Las defensas aéreas modernas dependen de sensores, enlaces de datos y automatismos. Si rompes esa cadena, el sistema entero colapsa. Es posible que no solo se atacaran radares, sino también centros de mando y control. Los ataques cinéticos apoyan a la guerra electrónica.
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La guerra electrónica exige preparación, doctrina y operadores bien adiestrados. No es magia. Es técnica, conocimiento y entrenamiento.
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Uno de sus problemas es que es extraordinariamente difícil de evaluar en tiempo de paz. No se puede simular un entorno electromagnético saturado o disputado. Por eso la solemos menospreciar… hasta que ya es tarde.
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La secuencia suele ser primero ESM, luego ECM. Primero entender, luego negar. Pero durante la ejecución también se usan las ESM para comprobar que todo marcha según lo previsto y para detectar algo que se pueda haber escapado.
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Las ESM habilitan engaños y perturbaciones eficaces. Sin inteligencia electrónica, solo podríamos meter ruido en frecuencias determinadas, algo fácil de evitar por el enemigo.
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Cuando la inserción termina y los helicópteros se han ido, el espectro vuelve poco a poco a la normalidad. Las pantallas “se arreglan”. Pero ya es tarde.
La operación ha tenido éxito no por la sorpresa, sino porque el enemigo nunca supo realmente qué estaba pasando. Hay quien dice que una parte del ejército venezolano los dejó pasar. Puede. Pero no todo. Esa es la magia de la guerra electrónica, que el que no la entiende no sabe lo que ha pasado.
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La guerra electrónica no busca espectáculo. Busca asimetría. Que uno vea y el otro no. Que uno entienda y el otro solo intuya.
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Si seguimos analizando la guerra solo desde misiles, aviones o blindados, estamos ignorando el verdadero campo de batalla del siglo XXI.
Todo esto, en detalle, lo expliqué en tres artículos de @REjercitos :
👉 revistaejercitos.com/2021/05/03/int…
👉 revistaejercitos.com/2021/09/06/int…
👉 revistaejercitos.com/2022/02/01/gue…
@REjercitos 29/30
También tengo un artículo en el blog donde cuento una de las primeras y más espectaculares aplicaciones de la guerra electrónica moderna: fsupervielle.com/post/guerra-el…
@REjercitos Quien domina el espectro electromagnético no solo combate mejor: decide cuándo y cómo se combate.
Todo sobre combate naval moderno y guerra electrónica en: fsupervielle.com/tactica-naval
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