En 1926, un tranvía atropelló a un anciano en Barcelona. Como vestía ropa vieja, nadie lo ayudó y los taxistas se negaron a llevarlo al hospital porque creían que era un mendigo. Aquel vagabundo que agonizó tirado en la calle resultó ser Antoni Gaudí. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
El 7 de junio de 1926, Antoni Gaudí terminó su jornada de trabajo en la Sagrada Familia. El arquitecto tenía 63 años y dirigía la construcción del templo desde hacía décadas, viviendo recluido en su interior.
Como cada tarde, caminó hacia la iglesia de San Felipe Neri para rezar y confesarse con su director espiritual. Su aspecto físico no reflejaba su estatus profesional, ya que había descuidado por completo su higiene personal.
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Gaudí vestía un traje viejo atado con imperdibles y unos zapatos desgastados. En sus bolsillos no llevaba dinero ni documentos de identidad, tan solo un libro del evangelio, un rosario y un puñado de frutos secos.
Al intentar cruzar la intersección entre la Gran Vía de las Cortes Catalanas y la calle Bailén ocurrió el accidente. El tranvía número 30 golpeó de lleno al anciano y lo lanzó con fuerza contra el asfalto.
El impacto le provocó un traumatismo craneal y varias costillas fracturadas y quedó tendido en el suelo, sangrando y sin conocimiento. Varios transeúntes se acercaron para comprobar qué había ocurrido.
Al observar su ropa, los ciudadanos asumieron que se trataba de un mendigo sin hogar. Los testigos intentaron parar a los taxis que circulaban por la zona para llevar al herido a un centro médico, pero se negaron a frenar.
Los taxistas alegaron que aquel vagabundo mancharía la tapicería de sus vehículos y que nadie les iba a pagar la carrera. El arquitecto permaneció tirado en la calzada durante varios minutos sin recibir atención médica.
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Un guardia civil que patrullaba por la zona intervino en la situación, obligó a un taxista a detener su marcha y ordenó que trasladaran al herido de urgencia a un dispensario situado en la Ronda de San Pedro.
Los médicos del dispensario comprobaron la gravedad de las heridas y decidieron derivarlo al Hospital de la Santa Cruz. Al no poder identificarlo, lo ingresaron en una de las salas destinadas a los pacientes de beneficencia.
Durante horas, la ciudad siguió su ritmo sin saber que el creador de la Sagrada Familia agonizaba en una cama de indigentes y el personal del hospital no le prestó atención especial al considerarlo un paciente anónimo más.
Al día siguiente, el capellán de la Sagrada Familia echó en falta al arquitecto y comenzó a buscarlo por la ciudad hasta que, tras recorrer varios centros médicos, llegó al Hospital de la Santa Cruz y reconoció a Gaudí.
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La noticia sacudió Barcelona. Las autoridades y sus amigos acudieron al hospital e intentaron trasladarlo a una clínica privada, pero Gaudí recuperó la consciencia un instante y se negó en rotundo a abandonar el lugar.
El creador del modernismo catalán afirmó que su sitio estaba allí, muriendo entre los pobres. Finalmente, tras varios días de agonía en aquella cama de beneficencia, Antoni Gaudí falleció la tarde del 10 de junio de 1926.
Dos días después, una multitud paralizó las calles de Barcelona para despedir su féretro. Hoy en día, los restos mortales del arquitecto descansan en el interior de la cripta de la Sagrada Familia, el templo que él mismo diseñó para el mundo.
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