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En 1775, el explorador español Juan Manuel de Ayala descubrió una pequeña y rocosa isla en la bahía de San Francisco. Estaba tan repleta de aves marinas que la bautizó rápidamente como la "Isla de los Alcatraces".
Nos vamos a la actual Turquía, a las cercanías del pueblo de Bogazkale. Allí descansan los inmensos restos de Hattusa, la que fue la imponente y poderosa capital del Imperio Hitita, una civilización de la Edad del Bronce que rivalizó y atemorizó al mismísimo Antiguo Egipto.
Si vas a la Biblia, notarás algo extraño: la vida de su protagonista se cuenta cuatro veces seguidas. Mateo, Marcos, Lucas y Juan. ¿Cuentan exactamente lo mismo? Sí y no. Son como cuatro testigos de un accidente de tráfico dando su propia versión de los hechos a la policía.
La poderosa Wehrmacht había conquistado media Europa con gran facilidad gracias a sus veloces y ligeros Panzer, basando toda su exitosa estrategia militar en la implacable guerra relámpago, pero la invasión de la Unión Soviética en la Operación Barbarroja lo cambió todo.
Todo comenzó en la década de 1860, cuando en el paraje albaceteño del Cerro de los Santos se empezaron a desenterrar decenas de enigmáticas estatuas de piedra. Eran los restos de la olvidada cultura íbera, una civilización milenaria que hasta entonces era un gran misterio.
Viajamos a la cuna de la civilización occidental, la Antigua Grecia, donde la educación era fundamental. Los jóvenes debían memorizar y recitar enormes poemas épicos de Homero, complejos discursos filosóficos, leyes y matemáticas y, por supuesto, no existía Google para buscarlos.
Para entender el nacimiento del islam, debemos viajar a la península arábiga del siglo VII. Aquello no era un imperio unificado, sino un duro desierto habitado por tribus beduinas nómadas constantemente en guerra.
A finales de la década de 1940, la resistencia armada contra Franco libraba una batalla agónica, clandestina y totalmente desigual en los montes de Galicia frente a las inmensas fuerzas de seguridad del Estado.
A principios del siglo XX, el auge del automóvil provocó un caos total. Cada ciudad y cada país pintaba las señales de tráfico a su antojo, por lo que si cruzabas una frontera, un cartel rojo podía significar peligro extremo o simplemente indicarte un restaurante cercano.
En el siglo XIII antes de nuestra era, el mundo antiguo estaba dominado por dos superpotencias implacables que chocaban constantemente: el esplendoroso Imperio Egipcio del faraón Ramsés II y el temible y militarizado Imperio Hitita, ubicado en la actual Turquía.
Estamos en el corazón de la antigua Mesopotamia, la cuna de la civilización. A mediados del siglo XIX, los arqueólogos desenterraron en las ruinas de Nínive miles de tablillas de arcilla escritas en cuneiforme que contenían las historias y mitos más antiguos de la humanidad.
La noche del 6 de enero de 1982, una brutal ventisca azotaba las Montañas Rocosas. Las temperaturas cayeron a 20 grados bajo cero y, durante ese infierno helado, el jefe de bomberos Dave Montoya recibió un inusual aviso de emergencia por radio desde un avión comercial.
A principios del siglo XX, los coches eran ataúdes con ruedas. No había cinturones de seguridad, ni airbags, ni columnas de dirección colapsables y los accidentes a apenas 40 km/h solían ser fatales porque el interior de los vehículos era de metal rígido e implacable.
El egiptólogo Pierre Tallet excavaba en la remota región de Wadi al-Jarf, en la inhóspita costa del Mar Rojo, buscando los restos de un antiguo puerto faraónico. Allí descubrió misteriosas galerías subterráneas que escondían el tesoro documental más fascinante de todo Egipto.
Durante la época victoriana y los primeros años de la medicina moderna, la comunidad científica abrazó ferozmente la teoría de los gérmenes y la esterilización, y el símbolo definitivo de esta nueva y purificada era médica era el color blanco absoluto en todos los hospitales.
Aunque los europeos lo descubrieron allí, los orígenes reales del surf nos llevan milenios atrás, hasta los pescadores de la antigua Polinesia y a las costas del Perú preincaico, donde utilizaban los caballitos de totora para cabalgar las olas de vuelta a la orilla.
Por orden directa del rey Felipe V, las tranquilas costas de Ferrol se llenaron de colosales astilleros y un enorme arsenal naval de vital importancia. En apenas unas décadas, la población se disparó descontroladamente hasta superar los 40.000 habitantes.

Hablamos del Panteón de los Hombres Ilustres de Madrid, un lugar donde descansa un impresionante monumento funerario coronado por una mujer de mármol con una corona de rayos solares y una toga. Es, a simple vista, la Estatua de la Libertad en miniatura.
En los siglos XVII y XVIII, la vida en alta mar era brutal, corta y llena de peligros constantes, por lo que los marineros desarrollaron sus propios códigos de supervivencia.
Todo en el universo se atrae, es la fuerza de la gravedad. Cuanto más grande es un objeto y más cerca está, más fuerte tira de ti. La Tierra tira de nosotros para no salir volando, pero resulta que nuestra compañera de baile cósmica, la Luna, también tiene algo que decir.
Robert Bilott era un abogado brillante, pero no defendía a granjeros ni a ecologistas. Era socio de un prestigioso bufete en Ohio y su trabajo consistía exactamente en lo contrario, defender a las grandes corporaciones químicas frente a las regulaciones medioambientales.