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Todo empezó en 1979 por pura casualidad. Un niño encontró una pepita de oro de 6 gramos en el río de una granja remota. La noticia corrió como la pólvora y, en cuestión de semanas, aquella colina de la selva amazónica fue invadida por una fiebre del oro digna del Lejano Oeste.
Si leemos las baladas más antiguas, como A Gest of Robyn Hode, del siglo XV, no encontramos a un conde de Loxley luchando por la justicia social, sino a un "yeoman" (un plebeyo libre) violento, irascible y con un odio visceral hacia el clero y el Sheriff.
La historia es perfecta para el cine. Una legión invencible se interna en las Highlands de Escocia alrededor del año 117 d.C. para aplastar a los bárbaros y desaparece sin dejar rastro. Nadie encuentra un cuerpo, ni un águila, ni un superviviente. Simplemente, se evaporan.
La explicación más extendida viene de Oriente. En la cultura china, las orejas grandes son el símbolo definitivo de la longevidad y la sabiduría, por lo que, si tienes orejas grandes, se asume que vivirás mucho y sabrás mucho.
Todo empezó con un reto de Napoleón Bonaparte. El emperador francés ofreció 12.000 francos a quien lograse conservar alimentos por largo tiempo. Un confitero llamado Nicolas Appert lo consiguió e inventó la conserva. El mundo nunca volvió a ser el mismo.
Venecia, 1548. Jacopo Robusti, alias "Tintoretto", recibe el encargo de pintar un lienzo gigante, más de 5 metros de ancho, para la iglesia de San Marcuola. El cuadro no estaba pensado para un museo, sino para una pared lateral específica del presbiterio.
Empecemos por el clásico aspirante, Lepanto, 7 de octubre de 1571. La Liga Santa contra el Imperio Otomano. El escenario fue el Golfo de Patras, en Grecia, y fue la última gran batalla de las galeras, barcos impulsados por el sudor de miles de remeros esclavos.
Para encontrar el verdadero origen de este icono nacional, tenemos que viajar miles de kilómetros al este, hasta la ciudad china de Cantón. Allí, los artesanos de la dinastía Qing llevaban siglos bordando sedas maravillosas con una técnica que en Europa ni soñábamos.
A mediados de los 70, el guionista Dan O'Bannon estaba arruinado y deprimido. Había escrito una comedia de ciencia ficción llamada Dark Star, pero sentía que había fallado y quería borrar las risas para hacer que el público vomitara de miedo en sus butacas.
Durante más de dos siglos, el océano Pacífico tuvo un apodo: "El Lago Español". Una masa de agua que cubre un tercio del planeta funcionó como una piscina privada donde otras potencias europeas no se atrevían (o no sabían) navegar.
Nació en Oxford en 1157, pero era hijo de la cultura de Aquitania. Su madre, la poderosa Leonor, lo crió para ser un guerrero culto, pero desde joven fue rebelde. A los 16 años ya lideraba su propio ejército contra su propio padre, el Rey Enrique II.
Pedro Murias Rodríguez nació en una Galicia gris y hambrienta. En 1840, en Ribadeo, la tierra apenas daba para comer y el futuro era negro, así que la única salida era el mar, por lo que hizo lo que miles de compatriotas: meter su vida en un baúl y buscar El Dorado en Cuba.
Era el Segundo Despertar. La frontera estadounidense ardía de fervor religioso y predicadores en cada esquina gritaban verdades distintas. Joseph, confundido, fue a una arboleda, donde contó que vio a Dios y a Jesús, quienes le dijeron que ninguna iglesia actual era la verdadera.
En el siglo I antes de Cristo, Barcelona no era una gran capital, era Barcino, una pequeña colonia de jubilados militares, pero como toda ciudad romana que se precie, necesitaba un Foro y un templo principal para adorar al Emperador.
La Dolabra no era un arma, sino una herramienta de trinchera. Era una mezcla de hacha por un lado y pico por el otro que pesaba unos 3 kilos. Mientras el gladius mataba enemigos, la dolabra mataba el mayor peligro de un ejército, la sorpresa y la intemperie.
La semilla de la idea nació años antes en la mente de Edward Neumeier, un joven ejecutivo que trabajaba en los estudios de Warner Bros. Una noche, paseando por el set de rodaje de Blade Runner, se hizo una pregunta que lo cambiaría todo: "¿Y si un robot fuera el protagonista?".
Platt trabajaba en Porton Down, en Inglaterra, una instalación de máxima seguridad donde manipulaba muestras de una "plaga" que estaba derritiendo gente en Zaire y Sudán. No tenía nombre oficial aún, pero pronto lo llamarían por un río cercano al brote: Ébola.
Johannes Gutenberg, orfebre de profesión, vivía en Estrasburgo en 1439. Tenía una idea de negocio "infalible": fabricar miles de pequeños espejos de metal. El plan era venderlos a los peregrinos que iban a la Gran Peregrinación de Aquisgrán.
Los llamaban Yakhchal (Pozo de Hielo). Mientras el resto del mundo bebía agua tibia, en la antigua Persia en el año 400 a.C., construían estructuras cónicas gigantes que funcionaban como neveras eternas en medio de la arena.
Jacob y Wilhelm Grimm nacieron en Alemania a finales del siglo XVIII. No eran unos abuelitos entrañables rodeados de niños junto a una chimenea, sino académicos, filólogos y bibliotecarios obsesivos que vivían en una época de caos absoluto: las Guerras Napoleónicas.