El Arca de Noé es uno de los relatos más conocidos del planeta, pero en 1872, un empleado del Museo Británico descubrió una tablilla de barro que contaba la misma historia 1.000 años antes que la Biblia. Y en la versión más antigua, el arca era redonda. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
El relato bíblico está en el Génesis. Dios, decepcionado con la maldad humana, decide borrar la vida de la Tierra con un diluvio, y avisa a Noé, un hombre justo, para que construya una embarcación enorme y salve a su familia y a los animales.
Las medidas están escritas. El arca debía medir 300 codos de largo, 50 de ancho y 30 de alto, unos 140 metros por 23 por 13. Tres cubiertas, una puerta lateral y madera recubierta de brea. Es la descripción de un cajón flotante gigantesco.
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Para el judaísmo, el cristianismo y el islam es un relato sagrado. El Corán también cuenta la historia, con Nuh como protagonista, aunque en su versión uno de los hijos del profeta se niega a subir al arca y muere ahogado en el diluvio.
Pero el 3 de diciembre de 1872 la historia dio un vuelco. Un grabador autodidacta llamado George Smith, empleado del Museo Británico, se presentó ante la Sociedad de Arqueología Bíblica de Londres para leer la traducción de una tablilla de barro.
Smith no era un académico. Había empezado grabando billetes y pasaba las horas muertas en el museo, fascinado por las tablillas cuneiformes traídas de Mesopotamia. Aprendió a leerlas por su cuenta hasta convertirse en uno de los mejores especialistas de Europa.
Lo que leyó aquella tarde dejó helada a la sala, con el primer ministro Gladstone entre el público. La tablilla, de unos 2.600 años, describía una inundación catastrófica, un barco construido para salvarse, animales a bordo y el envío de pájaros para buscar tierra firme.
El texto era la tablilla XI del Poema de Gilgamesh, la obra literaria larga más antigua que se conserva. En ella, un hombre llamado Utnapishtim recibe el aviso del dios Ea, construye un barco, embarca a su familia, a artesanos y a animales, y sobrevive al diluvio.
Los paralelismos son abrumadores. Un dios avisa a un hombre elegido, se construye una embarcación siguiendo instrucciones precisas, se salvan familia y animales, el barco encalla en una montaña, se sueltan aves para buscar tierra firme y, al final, se ofrece un sacrificio.
Y había versiones todavía más antiguas. El poema de Atrahasis, del siglo XVIII antes de Cristo, cuenta lo mismo con otro protagonista. Y en sumerio existe una versión aún anterior, la de Ziusudra, cuyo nombre significa el de vida larga.
Aun así, la conclusión de los especialistas es prudente. La mayoría no dice que la Biblia copiara a Gilgamesh sin más, sino que ambos textos beben de una tradición mesopotámica del diluvio muy anterior, que cada cultura adaptó a sus propias creencias.
Las diferencias son tan reveladoras como los parecidos. En Mesopotamia, los dioses mandan el diluvio porque los humanos hacen demasiado ruido y no les dejan dormir. En el Génesis, el diluvio es un juicio moral por la maldad de los hombres. Cambia el sentido entero.
El siguiente giro llegó en 2009. Irving Finkel, conservador del Museo Británico y especialista en escritura cuneiforme, recibió para su estudio una tablilla del tamaño de un teléfono móvil que un particular había heredado de su padre.
Aquella tablilla resultó ser un manual de construcción. Datada entre 1900 y 1700 antes de Cristo, sus sesenta líneas contienen las instrucciones que el dios Enki da a Atrahasis para construir el arca, con materiales, cantidades y medidas exactas.
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Pero lo que describe no es un barco, sino una coracle, la embarcación circular que se usaba en los ríos de Mesopotamia, hecha con cuerda de fibra de palma, madera y toneladas de betún. Según las cifras de la tablilla, tendría unos 3.600 metros cuadrados de superficie.
La tablilla incluye una frase muy conocida. En una de sus líneas dice que los animales entraron de dos en dos, la misma imagen que siglos después aparecería en el Génesis. Finkel construyó en 2014 una réplica a escala para comprobar si aquel diseño flotaba.
Y mientras la filología avanzaba, otros buscaban el arca sobre el terreno. El Génesis dice que encalló en los montes de Ararat, y ahí empieza el malentendido, porque el texto habla de una región entera, no de una cumbre. El monte Ararat turco se identificó mucho después.
El hallazgo más famoso está a 30 kilómetros de allí. Es la formación de Durupinar, una silueta alargada en el terreno con forma de casco de barco y unas dimensiones que muchos consideraron coincidentes con las del arca del Génesis.
La defendió con insistencia Ron Wyatt, un enfermero estadounidense aficionado a la arqueología bíblica. Los geólogos que han estudiado la formación sostienen que es una estructura natural, producida por el deslizamiento del terreno alrededor de un núcleo de roca dura.
En 2010 saltó otra noticia mundial. Un equipo evangélico chino y turco anunció haber encontrado restos de madera a 4.000 metros en el Ararat, y los dató en unos 4.800 años. Publicaron fotos de compartimentos de madera dentro del hielo.
El anuncio se desinfló rápido. Especialistas independientes señalaron que la madera podía haber sido llevada allí, cuestionaron las dataciones y algunos colaboradores del propio proyecto denunciaron que el hallazgo podía estar amañado. Nunca se validó científicamente.
La ciencia, mientras tanto, tiene un problema mayor con el relato. Un diluvio que cubriera todas las montañas del planeta exigiría una cantidad de agua que sencillamente no existe en la Tierra, ni sumando océanos, hielo polar y atmósfera.
La geología tampoco lo respalda. Un episodio así habría dejado una capa de sedimentos única y simultánea en todo el planeta, y esa capa no aparece en el registro geológico. Los estratos muestran millones de años de historia continuada, sin una inundación global.
Y está la logística. Meter parejas de todas las especies terrestres conocidas en una embarcación de madera, alimentarlas un año y hacer que después repoblaran continentes enteros choca con todo lo que sabemos de biología y de genética de poblaciones.
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Lo que sí hubo fueron inundaciones devastadoras. En 1929, el arqueólogo Leonard Woolley excavó en la ciudad de Ur, en el actual Irak, y encontró una capa de limo de más de dos metros que separaba dos épocas de ocupación humana. Era la huella de una riada gigantesca.
Hay otra hipótesis muy discutida. En 1997, dos geólogos propusieron que alrededor del 5600 antes de Cristo el Mediterráneo rompió el estrecho del Bósforo e inundó de golpe la cuenca del mar Negro, expulsando a las poblaciones de sus orillas. Otros estudios la cuestionan.
El Arca de Noé, tal y como la cuenta el Génesis, no ha aparecido nunca y la ciencia no encuentra rastro de un diluvio universal. Lo que sí existe, y está escrito en barro, es una historia que lleva 4.000 años pasando de un pueblo a otro sin dejar de contarse.
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