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Permíteme que hoy te abra mi corazón y te cuente mi vida. Voy a hablarte de un amigo, un muy buen amigo de la familia con quien no me he portado nada bien. Os contaré nuestra historia pero podría ser también la tuya... #HilodeMiCorazón
Nuestros padres tenían amistad, así que nos conocemos prácticamente de toda la vida.
En el colegio fuimos compañeros desde Primaria. Era un niño listo y obediente. Los profesores estaban encantados con él y estaba superintegrado en la clase. Todos querían ser sus amigos.
Pero en la adolescencia la cosa cambió. Muchos comenzaron a darle de lado porque, la verdad, era un poco friki. No se dejaba llevar por las modas ni se llevaba bien con los más populares y a veces se juntaba con lo peor del instituto.
Yo reconozco que también me alejé un poco de él porque, ya sabes lo que pasa a esas edades, si te ven con un rarito enseguida te tachan a ti también...
Fui un poco estúpido, porque él siempre se había portado muy bien conmigo.
Recuerdo aquel día que un grupo de matones me acorraló en el aparcamiento a la salida del colegio acusándome de haberles robado dinero y él apareció providencialmente, hablando con el profesor de matemáticas, de camino al coche de este.
Al verme en dificultad, me guiñó un ojo y, en vez de chivarse al profe, que habría sido al final peor para mí, se sacó una tiza del bolsillo y se puso a escribir una fórmula en el asfalto mientras le preguntaba una duda.
El de mates tomó la tiza y empezó a resolver el problema. Como la fórmula se alargaba, llegó hasta donde estábamos nosotros haciendo que los matones se olvidaran de mí y se marcharan. Nunca volvieron a molestarme.
Otro día, después de una fiesta de fin de curso, en la que yo acabé bastante mal, me recogió del suelo de la discoteca, me cargó sobre sí, me metió en su coche y me llevó hasta mi casa. Yo, por supuesto, no me acuerdo de aquello, me lo contaron después mis amigos.
Siempre me recuerda cómo le dejé el coche!!!😱😱
No sé cómo lo hacía, pero en los momentos en los que me metía en líos, aparecía de una u otra manera a rescatarme.
Él era bastante popular entre las chicas y yo lo tenía por un donjuán, pero nada más lejos. Las respetaba un montón. A veces me advertía cuando yo empezaba a tontear con alguna. Me decía: ¡ojo, no te pases con ella que es amiga mía!
Precisamente una de aquellas amigas suyas es actualmente mi mujer y fue ella la que volvió a unirnos un poco más, ya en la facultad, después de esa época de distanciamiento.
Hoy es el gran amigo de mi familia. Mis hijos lo adoran y lo llaman "el padrino".
Nos ha ayudado siempre: cuando nos casamos, fue él y un grupo de amigos que se buscó quien nos ayudó a arreglar nuestra casa.
Cuando necesitamos un coche nos prestó el suyo. Y en varias ocasiones en las que los hijos nos exigían algunos gastos extras, él siempre nos ha dejado el dinero: "No os preocupéis, ya me lo devolveréis, ¿cómo no me voy a fiar de vosotros?", nos decía.
Y él no es que nade en la abundancia, pero es capaz de quitarse de lo suyo para darlo a los demás...
Cuando tuvimos necesidad de una casa más grande, él fue quien nos la buscó, quien se pateó las inmobiliarias y las webs de compra-venta hasta encontrarla.
Hace unos años tuve una afección bastante grave en el corazón. Los médicos casi me desahuciaron. Mi mujer estaba echa polvo, mis hijos aún eran pequeños...
Tendríais que haberlo visto, a mi lado, en la habitación del hospital, noche tras noche.
No permitió que mi mujer se quedara ni una sola. "¡Vete a tu casa a dormir y a cuidar de tus hijos, que de tu marido me ocupo yo!", la obligaba.
No le preocupaba dejar sola a su madre que se había quedado viuda hacía poco. "Ella está bien, no te preocupes", me tranquilizaba.
Yo creo que logré salir de aquello gracias a él. A su compañía, a su oración...
En otra ocasión en la que el embarazo de uno de mis hijos se complicó bastante, él consiguió buscar al mejor médico para que lo ayudara a nacer. Nació sano y, tras él, y contra todo diagnóstico, varios hermanos más.
En algunos momentos, en los que mi matrimonio ha ido mal, él ha venido a buscarme al trabajo.
Me cantaba las cuarenta y me hacia ver no solo la mota en el ojo de mi mujer, sino la viga en el mío.
Su concepto de amistad no es el de seguirme la corriente si la cago, sino de ponerme en mi sitio si ve que lo estoy haciendo mal.
El día que murió mi padre estuvo también a mi lado. En cuanto se enteró de que estaba ya agonizando se presentó en casa y se quedó en un rincón, llorando, sin llamar la atención.
Ahora me veo de nuevo en una cama de hospital. Hace dos meses me detectaron un agravamiento de mi anomalía cardiaca que me llevará a la muerte si no aparece un donante compatible antes de una o dos semanas.
"Su corazón está a punto de estallar", así de gráficamente me lo explicaron los médicos.
¿Quién creéis que me ha acompañado este tiempo, quién ha hablado con todos los cardiólogos de la ciudad?
Así es.
Precisamente anoche me llamó desde Córdoba adonde ha ido a buscar al mejor especialista del tipo de transplante que yo necesito.
Perdonadme, os dejo, que han llegado un montón de médicos de repente.
–¿Cómo te encuentras esta mañana? ¿Has podido dormir algo? –Me pregunta con una sonrisa de oreja a oreja la más joven del equipo, la doctora Márquez–.
-Pues la verdad es que no, aquí estoy escribiendo mi diario en twitter, porque la cabeza no para de dar vueltas –contesto yo–
–Pues tenemos que darte una buena noticia. Ha aparecido un donante y estamos preparando el quirófano –me corta el doctor de la Peña, otro residente–.
–¿Y a que nos sabes quién viene también de camino? –continúa– La doctora Bermúdez, la mejor especialista en transplantes cardiacos del Reina Sofía de Córdoba. No sabemos cómo pero se ha ofrecido a hacértelo ella.
–Ehh, pero... –La verdad es que estoy sin palabras. Aunque estoy contento porque se abre la posibilidad de mi curación, enfrentarme al quirófano me da bastante miedo...–
–Tú no te preocupes por nada. Se ve que tienes buenos amigos que han luchado por tu vida, y encima has tenido la suerte de que apareciera un donante compatible –continúa de la Peña–.
Si todo va bien, mañana despertarás con un corazón nuevo y sano. Enseguida vendrán a prepararte.
Efectivamente, ha sido salir el equipo médico y entrar las enfermeras que, sin dilación, han empezado con el preoperatorio.
De camino al quirófano pienso en mi mujer, en mis hijos, en cómo será mi calidad de vida tras la operación, en si podré volver a tomar cerveza, en si podré volver a trabajar...
¡Ah, sí! Y en cómo se las había apañado mi amigo para que se interesara por mi caso toda una eminencia en transplantes.
Menos mal que la anestesia me ha quitado pronto las ganas de pensar en mis cosas, solo pienso en dormir...
en dormir...
...
...
Los recuerdos del postoperatorio en la UCI son muy confusos. Pero al primero que vi al despertar fue a mi amigo, sonriéndome y animándome como siempre, hablándome con señas llevándose el puño al pecho como diciéndome que me lleva en el corazón.
En los días posteriores recuerdo ver a mi mujer, a mi madre, a mis suegros...
En los días posteriores recuerdo a mi mujer, a mi madre, a mis suegros...
En la UCI tuve tiempo para pensar mucho, para reflexionar sobre mi vida y avergonzarme de muchas cosas.
Y es que yo no he sido buen amigo de mi mejor amigo, ni lo podré ser jamás.
¿Os acordáis de aquella vez que me salvó el pellejo en el parking del instituto?
Pues... efectivamente, yo le había robado a aquellos chicos. Y sé, me lo contó luego uno de ellos con el que coincidí en un encuentro de antiguos alumnos, que me dejaron ir porque él les dio el dinero que me reclamaban.
Aquella vez que me recogió borracho del suelo, le dije de todo. ¿Sabeis que los borrachos dicen lo que piensan? Pues yo lo insulté como al peor enemigo.
Le dije que era un friki, puse en duda su hombría por no enrollarse con las tías que se le ponían a tiro, creo que incluso le pegué...
Yo me aproveché de que, efectivamente, tengo lagunas mentales de lo que pasó esa noche, para hacer como si no hubiera pasado y él jamás me volvió a hacer la más mínima referencia al triste episodio.
A algunas de sus amigas las traté mal. He sido siempre un egoísta y me he aprovechado de quien he podido.
Cuando fue él el que enfermó (estuvo varios meses ingresado) fui a verlo apenas dos veces un ratito. Puse como excusa que tenía a los niños pequeños...
La misma excusa que puse cuando él se quedó en paro o tuvo que hacer su mudanza... "¡No te preocupes, tú atiende a tus hijos que son lo primero!", me dijo.
La única vez que hice algo por él fue cuando le pagué una fianza. Lo detuvieron por ayudar a unos inmigrantes que se encontró mientras hacía pesca deportiva en su pequeña barca. Naufragaron muy cerca de la playa y él los rescató.
Se la pagué porque me acababa de tocar un pequeño premio de la lotería que, por cierto, no le dije que me había tocado para que el gesto pareciera más generoso por mi parte.
Así de miserable soy. Y no había sido capaz de verme tal como era hasta entonces; y no había sido capaz de ver cuánto me había querido mi amigo hasta aquellos días.
Así que, cuando por fin me subieron a planta, por el primero que pregunté fue por él. "No, no ha podido venir, le ha salido un trabajo", me dijeron.
Los días siguientes, que tenía algo de tos y que temía tener el coronavirus y contagiarme.
La recuperación ha ido a buen ritmo y pronto me darán el alta. ¿Y sabéis qué? Tengo ganas de verlo y abrazarlo y agradecerle todo lo que ha hecho por mí toda mi vida y pedirle perdón por haber sido tan egoísta.
Algo ha cambiado dentro de mí. Esta dura experiencia me ha servido para valorar más la vida, la amistad, veo las cosas de otra manera, tengo más ganas de darme, de entregarme a los demás...
Parece que este nuevo corazón me ha insuflado mejores sentimientos, ver la vida y a los demás en toda su belleza...
Esta mañana me han hecho un electro y funciono de maravilla. "¡Pareces un chaval de 20 años!", me ha dicho Carmen, la enfermera.
Si todo va bien, hoy, después de la reunión del equipo médico, me darán el alta.
Estoy deseándolo, para poder ver a mis niños (aunque ya he hablado con ellos por Skype), pero sobre todo para ver a mi amigo del alma y contarle todo esto y decirle que lo echo de menos.
Ya están entrando. ¡Uy, viene toda la comitiva! Hasta la doctora Bermúdez ha venido desde Córdoba.
Es mi mujer la primera que se acerca y me dice:
–Cariño, hoy te van a dar el alta, pero antes de que nos vayamos de aquí, los doctores querían quedarse tranquilos de que tú ibas a estar bien del todo cuando te contara una cosa que no te he querido contar hasta asegurarme de que tu corazón estaba fuerte.
–No entiendo, ¿qué me tenéis que contar? No estoy curado, hay alguna dificultad con el transplante. ¡Yo me siento más fuerte que nunca! –contesto–
–No, no cariño, tú estás perfectamente, por eso sabemos que podemos decirte esto. Verás, está aquí la madre de tu donante.
–Ehh, ¿cómo? Pero eso no puede ser –respondo– hay unos protocolos de confidencialidad... Yo estoy muy agradecido pero...
–No, no, los protocolos se han seguido escrupulosamente. Pero a esta mujer la ibas a tener que ver más tarde o más temprano y hemos preferido que la veas aquí en el hospital... Pasa, adelante, entra –la invita mirando hacia la puerta de la habitación–
Tras la barrera del equipo médico aparece ella, con los ojos empapados en lágrimas pero con una gran sonrisa de alegría al verme. ¡Es la madre de mi amigo!
–Pero... es imposible. Él no puede haber muerto, lo vi en la UCI, al despertar ¡Lo vi! –grito–
–Las drogas que te pusimos para que estuvieras relajado tras la intervención son muy fuertes –contesta de la Peña– muchos pacientes tienen alucinaciones mientras están allí.
–El hecho de que fueras tú el receptor del corazón de mi hijo fue una casualidad –me explica la madre–. Porque él no me había contado que tú estabas esperando un transplante y tu mujer no se había enterado aún del accidente de mi hijo.
Fue luego, cuando ya te habían transplantado, cuando nos dimos cuenta de que había sido una bendita casualidad –concluye tiernamente–.
–Un accidente dice usted ¿y cómo fue? –le pregunto–
La doctora Bermúdez sale al quite:
–Él había venido a Córdoba a contarme tu caso porque teníamos un amigo común. A la vuelta, un conductor suicida invadió la autovía en sentido contrario.
Para evitar que chocara contra un autobús que iba en el carril de al lado, aceleró, y se adelantó a la colisión llevándose él el golpe frontal.
Llegó al hospital con muerte cerebral.
El conductor del autobús (era una excursión de un colegio, iba lleno de niños) nos lo contó todo. Dice que es un milagro que él se interpusiera, porque el coche iba directo hacia ellos. El conductor suicida también salió ileso.
Un hondo sentimiento de pena me acaba de invadir en ese instante. Mi amigo ha muerto salvando a muchos y, muriendo, me ha salvado a mí. ¡Cómo podré pagarle tanto amor, tanta entrega?
Quizá solo honrando el corazón que ahora bombea mi sangre.
Quizá solo siendo sus pies y sus manos, abandonando mi vida egoísta y miserable y convirtiéndola en una vida plena y generosa.
Ahora llevo yo ese corazón capaz de amar tanto. El corazón de un santo, de alguien capaz de dar la vida por sus amigos. Un corazón sagrado.
Por cierto, no he tenido aún oportunidad de decirte su nombre.
Se llamaba Jesús. Pero como su corazón sigue latiendo en mí, podemos decir que se sigue llamando Jesús.
Un corazón sagrado el suyo y ahora el mío. Es el Sagrado Corazón de Jesús. #SagradoCorazóndeJesús #FinDelHilo
P.D. Espero que os haya gustado este hilo de ficción, con el que he tratado de actualizar y profundizar en una advocación que a veces nos puede parecer lejana como es la del #SagradoCorazóndeJesús
Una advocación que nos habla de un hombre real, Jesús, cuyo amor y misericordia no tienen límites, que perdona nuestras faltas y desprecios sin límite y que continúa vivo en ti, y también en mí.
No es un Dios lejano el nuestro, sino que lo tienes al lado tantas veces sin darte cuenta. Repasa ahora el hilo poniendo tu historia en lugar de esta. Seguro que lo ves aparecer en cada momento.
P.D.2. Si quieres compartir este hilo con tus grupos de whatsapp, o gente que no tenga twitter, hazlo con este enlace: antonio-moreno.es/2020/06/19/hil…

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