Permitidme daros un consejo. Tened siempre en casa un pulsómetro de dedo como este. Tan necesario como el termómetro, incluso más con esta pesadilla. Me salvó de un susto mayor del que tuve. A pesar de no tener dificultades respiratorias, el bendito aparatito no dejaba de pitar.
(lo hace cuando la saturación de O2 en sangre baja del 90 %). Me lo había dejado mi suegro ya que era complicado hacerse con uno por aquel marzo maldito. Y como no dejaba de sonar al ponérmelo, me quejaba a mi mujer del regalito del pariente.
Cuando comprobé que el que estaba mal era yo y no el pequeño artilugio, mi ángel de la guarda (tiene nombre de mujer, concretamente de la mía) me apremió para ir al hospital donde cuidaron de mí y me sanaron.
Ya que el licenciado Simón no lo ha recomendado, ya lo hago yo por él.