Vamos a adentrarnos en una isla.
Una isla donde habita el silencio. Y las almas.
Esa barca va camino de la pasarela.
Se respira calma.
El barquero es Caronte, lleva un alma envuelta en un sudario. En la proa hay un ataúd adornado con flores.
Es el suyo.
Caronte es un genio del mundo infernal, su misión es pasar las almas por el Aqueronte hasta la orilla opuesta del río de los muertos previo pago de un óbolo.
Por eso se enterraba a los muertos con una moneda en la boca.
Custodian la pasarela unos acantilados con unas excavaciones que asemejan nichos.
Encima de esta especie de puerta hay unas iniciales, A. B; Arnold Böcklin, el autor de la pintura.
Y como no podía ser de otra manera, hay un espeso conjunto de cipreses, árboles relacionados con la muerte y el duelo.
El alma hace su último viaje. Quizá le espere otra vida, quién sabe.
La isla de los muertos, Arnold Böcklin.
El pintor no explicó el significado de la obra; la pintó en cinco ocasiones aunque se conservan solo cuatro.
Esta en concreto se encuentra en Berlín.
Es una de las obras más famosas de Böcklin y obsesión de muchos personajes como Lenin, Freud y hasta Hitler, que la adquirió.
Rajmáninov le puso banda sonora.
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Después de veinte años, por fin regresé a Ítaca.
Los feacios me llevaron mientras dormía y me dejaron en la orilla junto a todos los regalos que me habían hecho.
Cuando desperté, no reconocí mi propia tierra.
Creí que los feacios me habían engañado y me habían abandonado en otra tierra, pero no era así.
Atenea había cubierto Ítaca con una espesa niebla para que nadie supiera que había regresado y que ni siquiera yo pudiera reconocerla.
Mientras trataba de averiguar dónde me encontraba, se acercó un joven pastor. Le pregunté qué tierra era aquella y quiénes la habitaban, pero, fiel a mi costumbre, antes de confiar en él le conté una historia inventada sobre quién era y cómo había llegado hasta allí.
«Háblame, Musa, de aquel hombre de multiforme ingenio que, después de destruir la sagrada ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo... mientras navegaba por salvar su vida y la vuelta de sus compañeros».
Así comienza la Odisea.
Ítaca ya no es el hogar que Odiseo dejó al partir. Los pretendientes de Penélope se han adueñado del palacio y Telémaco aún no sabe cómo ocupar el lugar que ha dejado la ausencia de su padre.
Entonces aparece Atenea, pero no con su verdadera apariencia, se presenta como Mentes, un viejo amigo de Odiseo y rey de los tafios.
Bajo ese disfraz anima a Telémaco a convocar una asamblea, plantar cara a los pretendientes y buscar noticias de su padre.
La Odisea es, junto con la Ilíada, una de las dos grandes epopeyas de la literatura griega. Tradicionalmente se considera posterior a la Ilíada y su composición suele situarse a finales del siglo VIII a. C.
Ambas se atribuyen a Homero.
La Odisea es, ante todo, un nóstos, el regreso de un héroe a su hogar.
La vuelta desde la arrasada Troya a Ítaca que durará más de la cuenta y estará llena de aventuras para Odiseo (Ulises según la versión latina de su nombre).
Antes de conocer al cíclope, antes del canto de las sirenas, antes del caballo de Troya (que ni siquiera aparece en este poema), hay un hombre que solo quiere volver a casa.
La guerra de Troya ha terminado. Los grandes héroes que no murieron emprenden el regreso.
Estos martines pescadores fueron reyes antes de tener alas y pico afilado. De su historia nacieron los días alciones, la calma que los marineros esperaban del mar y los dioses.
Mi nombre es Alcíone y hoy os voy a contar nuestra historia.
Mi esposo Ceix y yo, éramos los reyes de Traquis.
Él quiso consultar el oráculo en Claros, ciudad de Jonia y, para ello, debía atravesar el mar, lo que llenaba mi corazón de miedo y tristeza.
El mar era peligroso, yo conocía bien los vientos, pues los veía a menudo en casa de mi padre (Eolo, dios del viento).
Si los vientos se adueñan del mar, nada les está prohibido quedando todo a su merced.
¡Llévame contigo, por favor!— supliqué a mi esposo en vano.
El Síndrome de Procusto no es un trastorno clínico en sí mismo sino un comportamiento psicológico; es el rechazo hacia las personas que sobresalen; a la incapacidad para aceptar las virtudes de otros.
Pero, ¿quién era Procusto?
Teseo y Procusto.
Procusto tenía una posada en el camino de Mégara a Atenas e invitaba a los viajeros a tumbarse en uno de los dos lechos que poseía.
A los altos en el corto y para adaptarlos a la cama les cortaba los pies; a los bajos en el largo y estiraba violentamente de ellos para alargarlos.
Teseo, en su camino hacia Atenas para conocer a su padre Egeo, optó por atravesar el itsmo de Corinto que estaba lleno de bandidos y queriéndose parecer a Heracles dio muerte a todos los que se encontraba a su paso, como a Procusto y Sinis entre otros.