Al día siguiente del concierto de Amaral en Sonorama me fui a dar un paseo por mi barrio. Al pasar frente a la iglesia, vi a gente entrar en misa y entré con ellos. Nunca entendí muy bien la simbología alrededor de la que se congregan cada domingo y quise averiguar algo más.
La verdad es que las misas no van conmigo. Quiero decir, me son indiferentes. No veo nada que me llame la atención de ellas. Aun así, sentí la necesidad de comunicárselo a la feligresa que se sentaba a mi lado: «A mí esto de rezar no me aporta nada».
Me miró raro.
«Es que, no sé», continué —susurrando, claro está; ante todo, respeto al prójimo—; «esto lleva siglos haciéndose, ¿por qué seguís viniendo a misa? Está más que visto».
La señora se levantó a comulgar y, al terminar, ocupó otro asiento.
Miré al frente: el cura repartía hostias, pero distinto a como lo hacía Yolanda Díaz con Teodoro García Egea en el Congreso. Subí la vista y ahí estaba: un señor semidesnudo colgado en la pared, marcando abdominales y en clara actitud provocativa.
«Encima es que hipersexualizáis a vuestro dios: medio desnudo, marcando músculo. Apenas le tapáis el pene, ¿no os da vergüenza pedirle cosas en ese estado? Parece un Onlyfans. Que no es que me importe, allá vosotros, pero tapadito también podríais rezarle, ¿no?».
Esto se lo dije a un señor que al ver cómo me acercaba a él se arrancó el sonotone de la oreja. Pero a mí, que en realidad me daba igual todo aquello, me apetecía explicar por qué no me importaba.
«Esto, en la época del Imperio Romano, tenía su porqué; entonces sí que era transgresor un cristiano siguiendo a un apóstol o arrodillándose ante Dios, pero ¿ahora? Ahora es algo que no impresiona a nadie. Que no es que me importe, ojo».
El señor del sonotone se alejó un poco más, pero yo, que no tenía ningún interés en aquello, sentí que aún me dejaba algo dentro:
—¿A que en Afganistán no os atrevéis a hacer una misa? —grité, al fin, y sentí un placer casi orgásmico que me extrañó un poco, dada mi indiferencia.
El grito me despertó de mi ensimismamiento. Todo el mundo, incluido el cura, me miró: decidí callarme y fingir respeto a partir de entonces.
Al terminar, salí por la puerta y sentí cómo alguien me agarraba por el hombro. Era un hombre más o menos de mi edad. Me dijo:
—Solo hubo un pasador en la historia del fútbol que daba pases sin mirar: Michael Laudrup. Bueno, dos, si incluimos a Beckham cuando a veces hizo de Laudrup.
—Disculpe, no le entiendo.
—Es fácil —me respondió—: usted no es Laudrup ni Beckham. No sabe dirigir una crítica eficaz fingiendo no importarle. A usted realmente le ofende una misa.
—No me puede dar más igual una misa —repliqué ofendida.
—De acuerdo. Tenga usted un buen domingo.
Salí a la calle y enfilé Eloy Gonzalo hacia abajo pensando en el cretino que, definitivamente, me había amargado el domingo.
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Esta historia la he contado muchas veces, pero acude a mi memoria cada vez que hay elecciones.
Va hilo sentimental y un poquito cargado de conciencia democrática.
Marzo de 2000. Yo vivía sola desde hacía ya unos cuantos años en Lavapiés. Ese día había elecciones. Ya entrada la tarde, mi madre me llamó por teléfono:
—Mira, acércate a casa del abuelo, que está teniendo problemas para ir a votar.
Contexto: justo un año antes mi abuela había fallecido. A partir de ese momento, mi abuelo comenzó a mostrar señales de demencia. Al principio, muy leves; para entonces, para aquella tarde de marzo, comenzaba a tener lagunas.
Mi serie favorita es 'The Wire'. No me fascina tanto por la temática, que se parece mucho a otras, como por cómo la enfoca. Tú empiezas la primera temporada sentada a ras del suelo y terminas subido a una grúa. Me explico y luego explico algo al hilo de esto.
La primera temporada te muestra el tráfico de droga en Baltimore: los chavales que menudean, las esquinas que eligen, los capos y sus financieros (hola, @idriselba, me encantas), las escuchas de la policía para descabezar al cártel.
La segunda temporada se centra en el puerto, por donde entran los insumos de la droga. Se ven los trapis en los muelles de descarga. La trama sigue avanzando, no se detiene, pero ahora los protagonistas son otros: sindicalistas, estibadores portuarios, más capos.
En ese eslogan para mentes enfermas que es «comunismo o libertad» se cuela la desregulación. Madrid se ha vendido en los últimos tiempos como uno de los lugares en los que hay menos trabas burocráticas para abrir una empresa. También se ha empoderado al sector hostelero.
Se lo ha empoderado permitiéndole todo. Y cuando digo todo es todo incluyendo que sea uno de los sectores con más economía sumergida y menos control de las horas trabajadas y del cumplimiento de los convenios. Eso no es en Madrid solo, me temo. Ocurre en todas partes.
El Madrid al que yo he vuelto es el Madrid de las copas y de los bares, el Madrid de los locales de ocio alcohólico que se apelotonan en zonas de clase media-alta con nombres como La Mamona, La Lianta o La Malcriada.
Me entero ahora de una presunta desigualdad salarial entre una pava que ha cobrado 15.000 euros por una tarde, que es lo que mucha gente gana en un año, y no soy capaz de explicar cuánto me suda una parte muy concreta de mi anatomía ese disgusto.
Hablar además de brecha salarial en ese caso concreto es un poco para coger a la susodicha y echarla al pilón, saes.
Brecha salarial no es solo cobrar menos que tus compañeros masculinos cada puto mes: es que seas tú quien se coja reducción de jornada para criar al bebé, quien renuncie a su curro para cuidar de sus padres, quien se joda con la mierda de pensión por número de horas cotizadas.