Se dice que Toledo tiene más muertos bajo las calles que vivos sobre ellas. Y es algo que se demuestra cada vez que se levantan los suelos del casco antiguo. Durante unas obras en la parroquia de San Andrés encontraron una cripta secreta que estaba llena de momias.
Foto real:
Siempre que se realiza algún tipo de obra arquitectónica en el casco histórico es necesario contar con un arqueólogo. Es común que al abrir el suelo o tirar los muros se encuentren restos de otras épocas. Y en ocasiones lo que se halla es digno de una película de terror.
Los suelos de muchas iglesias estaban completamente formados por lápidas de difuntos. Y cuando ya no quedaba espacio para más cuerpos, se sacaban antiguos huesos y se llevaban al osario. De ahí que Toledo tenga calles con nombres tan sugerentes como «Callejón de los Muertos».
A esto se le suma la enorme cantidad de historias sobre fantasmas, casas encantadas, demonios, alquimistas, brujas y magos negros que desde hace siglos impregnan la ciudad. Muchas de esas historias, como los libros de magia aquí traducidos, son tan reales como las propias calles.
Y las momias, aun estando ocultas en criptas o tras gruesos muros de piedra, no son más que la punta de un iceberg. Y este se remonta milenios atrás, hasta una época en la que no había iglesias ni callejones de los muertos, pero esa es ya otra historia...
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Pitágoras, el célebre filósofo del mundo antiguo, pasó a la historia como uno de los mayores matemáticos, cuyo teorema se sigue utilizando en la actualidad. Sin embargo, mucho menos conocida era la dimensión profundamente esotérica que tenía el pitagorismo.
Para los pitagóricos, el origen de todo, el arjé (ἀρχή), era el número. Y todo lo demás se articulaba en torno a este principio. De ahí que las matemáticas fuesen realmente el lenguaje del cosmos. Y junto a esta creencia también sostenían otras relacionadas con el alma.
Si atendemos a los testimonios antiguos, las doctrinas pitagóricas enseñaban que el alma era inmortal y que además podía reencarnarse en diferentes cuerpos tras la muerte. Pensaban que el tiempo es cíclico, no lineal. Y que al igual que cree el animismo, todo está dotado de vida.
En esta frase extraída de Sobre los dioses y el mundo" fundió Salustio toda la esencia de la mitología. Él decía que los mitos, al igual que los dioses que aparecen en ellos, son divinos.
Las esencias de los Dioses no han sido creadas, pues lo que siempre existe nunca ha sido creado. Y del mismo modo tampoco tienen cuerpo ni habitan un lugar físico. Es decir, que los Dioses no residen físicamente en el Monte Olimpo, o en los Cielos, o bajo colinas y túmulos.
¿Por qué entonces en los mitos se les concede un lugar físico a los Dioses? ¿Por qué se les concede un cuerpo físico similar al de los hombres? ¿Por qué se les atribuye un origen y un final? Porque lo importante del mito, como en los dioses, es la esencia divina que transmite.
Cuando los perros ladran a ese algo invisible que se esconde en los rincones de la casa, o a ese viento que agita las hojas secas durante la noche, en realidad ladran a Melínoe. A veces diosa, otras ninfa; oscura y luminosa a partes iguales pero siempre ligada a los fantasmas.
Cuentan los mitos que Melínoe era hija de Perséfone y de Zeus, quien se había disfrazado de Hades para seducir a su esposa. Por tanto, era descendiente tanto de los poderes celestes, como de las fuerzas ctónicas. Esto la convierte también en psicopompo, guía de los muertos.
También solían acompañarla los malos pensamientos, las pesadillas, las alucinaciones. A veces incluso aparece como un aspecto más de la diosa Hécate, quien presenta atributos similares a los de Melínoe. Y lo cierto es que esta diosa también está asociada a la magia.
Ahora, con el frío invernal sobre nosotros, comienza la época de las sombras. Es el momento de los monstruos, el tiempo de los locos. Es ahora cuando los fantasmas y los pecados caminan libremente, porque este y no otro es su momento. El tiempo de las mascaradas.
Pero el tiempo de la máscara no es únicamente tiempo ordinario, por eso es corto y largo al mismo tiempo. Tiene lugar los días mágicos que van desde Navidad a la Epifanía, pero trasciende los límites del reloj y el calendario. Las doce noches mágicas llegan incluso hasta junio.
Todo comienza en Navidad, durante el Solsticio de Invierno, el gran umbral. Monstruos cornudos recorren las montañas, Santa Klaus viaja por los cielos como un brujo del mundo antiguo, y los hombres lobo descienden a los infiernos para combatir a las fuerzas del mal.
La Navidad es uno de los momentos más entrañables del año; una festividad vinculada al cristianismo y llena de personajes luminosos, como Santa Claus o los Reyes Magos. Sin embargo, también en este periodo podemos encontrar criaturas más oscuras, como el 𝑱𝒐𝒖𝒍𝒖𝒑𝒖𝒌𝒌𝒊.
El Joulupukki, literalmente 𝘭𝘢 𝘤𝘢𝘣𝘳𝘢 𝘥𝘦 𝘺𝘶𝘭𝘦, es la versión finesa de Santa Claus. Un personaje que trae regalos a los niños. Pero todas las leyendas tienen un origen y muchos de esos orígenes son más oscuros de lo que pensamos. La esencia del Joulupukki es pagana.
Y no sólo eso, sino que en su naturaleza podemos encontrar rasgos que lo vincularían con las brujas y los aquelarres. No habría que hacer demasiado esfuerzo para ver la forma del macho cabrío de la brujería en la representación del espíritu finés de la Navidad.
La sirena es una de las criaturas mitológicas más conocidas que existen. Esa figura con cuerpo de mujer y cola de pez que adornó mascarones de proa y protagonizó La Sirenita. Sin embargo, en los antiguos mitos griegos las sirenas no tenían cola de pez, sino de ave rapaz.
En la antigüedad las sirenas no vivían bajo el mar sino que tenían alas. En épocas posteriores, seguramente a partir de la Edad Media, estas criaturas de la mitología clásica se mezclaron con criaturas legendarias de otras partes de Europa, convirtiéndose en mujeres pez.
En La Odisea de Homero su protagonista, el propio Odiseo, es atacado por sirenas. Esas criaturas que asaltan su barco y seducen a los marineros con su canto tienen cabeza de mujer y cuerpo de ave rapaz. Y así lo muestran también las representaciones artísticas.