Cuando el señor Wilson Patrick Daley quiso coger el bus desde su casa en Waterloo para ir a su trabajo en la City, se encontró con la parada llena de londinenses indignados: la BBC acababa de anunciar que los autobuses dejaban de circular hoy por culpa de la niebla.
Es cierto que había una niebla espesa pero nada que asustase a la gente de Londres. Otro día de "sopa de guisantes".
Seguramente se la llevaría la lluvia por la tarde.
Pero no hubo lluvia.
Daley llegó a la City en un metro abarrotado porque era el único transporte público que permanecía abierto.
Cuando salió del trabajo a las 18:00h, la niebla convertía a la ciudad en un escenario fantasmagórico.
Los escaparates brillaban con un fulgor entumecido, aunque estuviesen a unos metros de distancia, los coches circulaban a la velocidad de un peatón, las farolas de bombillas incandescentes no podían traspasar la niebla y ni siquiera se veía el poste donde estaban colocadas.
Wilson Daley tosió. Tosió una vez.
Otra.
Otra vez.
Al llegar a su casa, casi no podía controlar la tos. Esa niebla no era normal.
Encendió la radio. Las noticias solo hablaban de la capa negra que cubría la ciudad.
Anegaba las calles y las plazas y hasta se colaba en los interiores de las casas.
Los cines, los teatros y los conciertos suspendieron sus espectáculos porque desde la platea no se veía la pantalla ni el escenario. La liga de fútbol y la de cricket pararon los partidos porque los jugadores no veían a más de un metro de distancia.
Daley seguía tosiendo.
A medianoche, la tos se hizo insoportable y llamó a una ambulancia, pero las ambulancias también habían paralizado el servicio.
Despertó a su esposa, Jane, y la hizo conducir a poco más de 15 km/h hasta el hospital de Santo Tomás.
Las urgencias estaban abarrotadas de niños y de personas mayores tosiendo. Los esputos se acumulaban en el suelo en manchas de una masa viscosa y negruzca.
Tras más dedos horas de espera, a Wilson Daley le hicieron una placa de tórax que arrojo el mismo resultado que prácticamente todas las que habían hecho ese día: neumonía bilateral por inhalación de partículas de monóxido de carbono y dióxido de azufre.
¿Qué había pasado?
¿Qué era esa niebla que cubrió Londres a principios de diciembre del 52?
Para entenderlo, hablemos de la gente que dice que "antes se vivía mejor".
Quizá haya gente que antes vivía mejor pero, ¿sabéis lo que no era mejor antes? Las ciudades.
Cuando yo pienso en cómo eran las ciudades en los 80, recuerdo sobre todo una cosa: el olor.
Las ciudades de los 80 olían mal. Las alcantarillas no filtraban tan bien como las de ahora, la basura no se recogía tan bien como se hace ahora y, sobre todo, los coches y las fábricas no soltaban el humo casi invisible que sueltan ahora.
Y una ciudad en plena reconstrucción de posguerra como el Londres de los 50 estaba llena de contaminación. Sobre todo de contaminación por el monóxido de carbono y el dióxido de azufre de la quema de carbón.
Porque, en el Londres de los 50, las plantas eléctricas eran de carbón, las calefacciones eran de carbón y las cocinas y los hornos eran de carbón.
En realidad, la calidad del aire de Londres siempre había sido bastante mala, pero se confiaba a un clima benigno para despejarla. Es decir, como en Londres llueve mucho y hay viento, las nubes de contaminación se despejan con rapidez.
Pero esos días no hubo lluvias ni viento. De hecho, lo que sucedió entre el 5 y el 9 de diciembre de 1952 fue, sencillamente, la tormenta perfecta.
Un periodo de temperaturas anormalmente bajas hizo que los londinenses quemasen más carbón del habitual, unido a la sustitución de los tranvías eléctricos por autobuses diésel, convirtieron al cielo de Londres en un puré de partículas contaminantes.
Solo fue necesario un anticiclón para que ese puré se volviese irrespirable. Que es justo lo que se situó sobre la ciudad del 5 al 9 de diciembre.
Por eso, lo que hubo allí no fue fog (niebla) sino smog: smoke+fog (niebla+humo).
Y por eso se le llamó el Gran Smog de Londres.
Las autoridades sanitarias calcularon que el Gran Smog había matado a unas 4.000 personas y había dejado secuelas a más de 100.000.
Entonces, ¿por qué dije en el primer tuit que el smog salvaría decenas de miles de vidas?
Aquí viene el plot twist.
Esta tabla representa los suicidios en Inglaterra y Gales desde 1956 hasta 1975.
Como se ve, las cifras son más o menos consistentes hasta 1963, pero entonces se aprecia una bajada MUY ACUSADA.
¿Por qué y qué tiene esto que ver con el Gran Smog?
El Gran Smog supuso una conmoción general en UK y colocó a los británicos frente a la importancia de la calidad del aire. Hasta tal punto que propició la promulgación del Clean Air Act de 1956, que obligaba a la descarbonización de los hogares y las plantas eléctricas.
La moratoria duraba hasta 1963, a partir de la cual se produjo la paulatina sustitución del carbón por otros combustibles menos contaminantes.
Solo esta decisión ya salvaría la vida de muchísimas personas por la mejora del aire, pero es una cifra incuantificable.
En cambio, los suicidios sí son cuantificables.
¿Qué ocurrió? Pues que los hornos y las cocinas de carbón se sustituyeron por gas y electricidad. Y eso supuso que en las viviendas desaparecieran de facto las fuentes de monóxido de carbono.
El suicidio es un fenómeno muy complejo pero, en general, hay dos tipos de suicidas: los meditados y los impulsivos.
Para los meditados es muy difícil evitar el suicidio. En cambio, los suicidios impulsivos se reducen significativamente anulando el medio de suicidio.
¿Y cuál era uno de los medios de suicidio más empleado en los hogares del Reino Unido?
Lo habéis adivinado: la intoxicación por monóxido de carbono procedente de cocinas y hornos de carbón.
Hay muchos estudios que relacionan el anómalo descenso en los suicidios con la promulgación del Clean Air Act del 56.
Y, aunque no se pueden saber las cifras con total seguridad, con que haya evitado 500 suicidios cada año hasta hoy, ya hablaríamos de 35.000 vidas salvadas.
Porque las ciudades no son solo los edificios y las calles y las plazas y los parques. Las ciudades también son el aire que respiramos.
Y ese aire puede cambiar drásticamente nuestra vida, o lo que hacemos con ella.
Si os ha molado el hilo de hoy, no olvidéis hacer RT al primer tuit (aquí abajo 👇)
Y si os gustan de verdad mis historias, os va a encantar La Tormenta De Cristal, mi primera novela.
Si hay algo a la altura delirante de Dubái es la arquitectura de Dubái.
O como digo yo: obras diseñadas por críos de 7 años a los que dijeron dibuja el edificio más guay que se te ocurra y en vez de poner el dibujo en la nevera, lo construyeron.
Os cuento en #LaBrasaTorrijos ⤵️
Si Dubái como en concepto es ya dudoso, cuando entramos en su arquitectura el asunto se vuelve directamente paródico. Porque Dubái no tiene un estilo arquitectónico, tiene todos los estilos arquitectónicos a la vez y ninguno al mismo tiempo.
La arquitectura de Dubái es un catálogo de caprichos a escala colosal.
Un hotel con forma de vela: el Burj Al Arab, de Tom Wright para Atkins, 321 metros sobre su propia isla artificial frente a la playa de Jumeirah, inaugurado en 1999, el edificio que arrancó toda esta locura.
En la 2ª Guerra Mundial, el gobierno británico quiso acabar con TODAS las vacas de Alemania. Pero tenía que probar que su operación funcionaría, así que antes ARRASÓ CON ÁNTRAX una de sus propias islas.
Esta es la historia y os la cuento en #LaBrasaTorrijos
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En 1981, el Glasgow Herald recibió una carta que decía:
"Cuando lean esto, la operación ya habrá empezado. Hemos enviado una libra de tierra de la isla Gruinard a Porton Down. Solo tenemos una petición: limpien la isla.
Firmado: Comando Dark Harvest".
En efecto, poco antes de recibir la carta, un pequeño contenedor de máxima seguridad había llegado al centro secreto de investigación biológica militar de Porton Down en Wiltshire, Inglaterra.
Una joya transparente y revolucionaria que cambió el mundo. TAN revolucionaria y tan transparente su dueña llevó a juicio al arquitecto porque no se podía vivir dentro.
En #LaBrasaTorrijos, el culebrón de Mies y la señora Farnsworth.
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Chicago, 1945. En una fiesta de la aristocracia intelectual de la ciudad se conocen Edith Farnsworth, una nefróloga adinerada, y Ludwig Mies Van der Rohe, uno de los mejores arquitectos de la historia, aunque lleva 15 años sin construir y es esencialmente profesor universitario
Nada más conocerse, la una queda prendada del carisma del otro y el otro queda prendado del vuelo intelectual de la otra.
En esa primera conversación, Farnsworth desliza su intención de construirse una futura casa donde retirarse. Obviamente, eso le levanta las orejas Mies.
En 1990, unas inundaciones asolaron Japón. Murieron 14 personas.
El país no podía arriesgarse a que se repitiesen en una zona urbana tan poblada como Tokio, así que construyeron una maravilla: La Catedral de las Tormentas.
Os cuento su historia en #LaBrasaTorrijos.
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Como habréis podido comprobar, llevamos un mes largo con varios episodios de lluvias. Lo "bueno" es que las lluvias de invierno suelen ser sostenidas y no torrenciales.
Como desgraciadamente sabemos, las jodidas son las torrenciales, las que descargan mucho en poco tiempo.
Idealmente, la mejor solución para absorber este tipo de inundaciones sería tener unas ciudades más porosas. Que permitiesen un drenaje más eficaz y más natural.
Pues en la Irlanda del XIX hubo un casero TAN CHUNGO que su apellido se convirtió en un verbo que significa "Impedir o entorpecer la realización de un acto como medio de presión para conseguir algo".
Os lo cuento en #LaBrasaTorrijos
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En 1854, un joven inglés llamado Charles Cunningham se trasladó a la isla de Achill, al oeste de Irlanda. Hijo de familia pudiente, salía de una carrera militar fallida y llegaba a las verdes tierras de Éire dispuesto a ser un hombre rico y de provecho.
En esa época, Irlanda vivía una situación bastante peluda: acababa de salir de la Gran Hambruna del 45, que había diezmado a la población, bien llevándola a los camposantos, bien obligándola a emigrar.
Por tanto, las verdes tierras de cultivo eran un bien muy preciado.
El Helicoide de Caracas es un resumen construido de la historia de Venezuela.
Un centro comercial nacido para un futuro motorizado y voraz, que se recorrería en coche —sin bajarse de él— pero acabó convertido en prisión.
Os cuento su historia en #LaBrasaTorrijos 🧵⤵️
Hay edificios que nacen con vocación de sistema. Aspiran a ser algo más que contenedores de actividad humana y se comportan como diagramas del mundo, como máquinas ideológicas disfrazadas de hormigón.
El Helicoide nació con esa aspiración.
Venezuela, años 50. Con el dictador Pérez Jiménez al mando, el país rebosaba gasolina, dólares, silencio cívico y la sudorosa sensación de que todo iba a durar para siempre.
Un laboratorio del petróleo que parecía querer ahogar el miedo pisando el acelerador. Literalmente.