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La expedición de Magallanes y Elcano había demostrado que la llegada a Asia por occidente era posible. Pero eso no bastaba. El gran problema era el tornaviaje, o sea, regresar desde Filipinas a América sin usar la ruta portuguesa por África, imposible dada la rivalidad imperial.
No es una leyenda, fueron 337 días de asedio real. Un asedio marcado por el hambre, las enfermedades, combates y un aislamiento total. Por eso son conocidos como los últimos de Baler o de Filipinas. Pero su historia no es sólo la historia de un final, es una resistencia épica. 
Y es que, como pasa en tantas cosas, la expedición geodésica al Virreinato del Perú (1735–1744) en ocasiones se presenta como una hazaña francesa en tierras lejanas. Pero esa imagen es engañosa. Fue mucho más que eso. Y España tuvo un papel decisivo que a menudo se oculta.
Los textos jurídicos islámicos clásicos no dejan lugar a dudas. En el Bidayat al-Mujtahid, en el Libro del Yihad, el filósofo y jurista Averroes expone la yihad como una obligación colectiva: combatir a quienes no aceptan la autoridad del islam. No es una metáfora. Es una norma. 
Cada vez que financiamos a Marruecos en su supuesta lucha contra la inmigración nos dicen que para financiar la cooperación estratégica. Pero esa supuesta colaboración es aparente. En la práctica, España reacciona y Marruecos marca los tiempos. Y si marcan los tiempos, mandan. 
A menudo se ha imaginado a los presidios como pequeñas fortalezas perdidas en medio del territorio. Puntos defensivos sin conexión entre sí. Pero esa imagen es profundamente engañosa y no permite entender lo que realmente fueron: la móvil frontera norte del Imperio español. 
Nos referimos a la llamada «polémica de auxiliis», una controversia que supuso el enfrentamiento entre dos sistemas destinados a resolver una contradicción central. ¿Puede el hombre ser libre si Dios lo sabe todo y lo causa todo? Ahí se juega toda una concepción del mundo.
Porque si la conquista dependiera de un único hombre, su marcha habría supuesto el colapso. Pero no ocurrió. Al contrario, el proceso de conquista y pacificación siguió avanzando durante años. La pregunta que hay que hacerse entonces es: ¿quién sostenía realmente esa expansión?
Antes de 1492 el Atlántico no era un espacio integrado. Era una frontera incierta, un océano sólo muy parcialmente conocido. Pero tras los viajes de Cristóbal Colón y la posterior expansión, se convirtió en un eje estable de navegación, comercio y conocimiento científico.
No hablamos tanto de un control absoluto de todos los estrechos del planeta, aunque sí en buena parte, cuanto del dominio de los flujos reales de riqueza, especialmente la plata, que vertebraba el comercio global. Y como vemos hoy, quien controla los flujos, controla el sistema. 

Y es que la Expedición Botánica a Nueva España no fue una excursión de ociosos ni una colección de curiosidades. Fue una empresa científica para conocer, clasificar y aprovechar mejor el territorio, sus producciones naturales y sus aplicaciones médicas, agrícolas y económicas.
Lo primero: esto no va de fachas y rojos ni de demonizar nada. Va de analizar cómo funcionan las rutas, quién las controla y qué efectos reales tienen en España. Porque si no se entiende este sistema perverso, se termina defendiendo sin saberlo, o no, lo que se dice combatir.
Y es que el wolframio no es un metal cualquiera, ya que es esencial para el armamento, la industria avanzada y la tecnología. Sin él, desde los proyectiles hasta los microcomponentes fallan. Por eso su control tiene consecuencias globales. Y todo empieza en el siglo XVIII… 
El problema era claro: el Caribe y el golfo de Méjico eran un punto bastante vulnerable del sistema. Porque por ahí circulaban las riquezas que conectaban América con España. Y por ahí, a pesar de su baja eficacia, atacaban piratas, corsarios y las múltiples potencias enemigas. 
Entre los siglos XVI y XIX funcionará la llamada «Carrera de Indias». Se trataba de un sistema regular de navegación entre la actual España y los territorios americanos. En esos siglos miles de barcos cruzaron el Atlántico transportando personas, mercancías y metales preciosos. 
En el siglo XVIII no tenían GPS, y navegar no era simplemente cuestión de brújulas. Para saber dónde estaba un barco y su ruta en medio del océano había que resolver un problema científico complejo: calcular la posición usando observaciones astronómicas y trigonometría. 
Suárez nació en Granada, en 1548, e ingresaría en la Compañía de Jesús. Enseñó en algunos de los centros más prestigiosos de su tiempo: Salamanca, Valladolid, Alcalá, Roma y Coimbra. Una carrera que refleja la potencia universitaria del mundo hispánico en los siglos XVI y XVII. 
Fueron unas obras muy necesarias. Y la clave está en la geografía. México se asentaba en una cuenca cerrada, sin salida natural al mar, rodeada de lagos como Texcoco, Xochimilco, Chalco o Zumpango. Cuando llovía mucho, el agua se acumulaba. El riesgo de inundación era constante.
Se suele afirmar que España entra en decadencia desde el siglo XVII. Pero esto es un error conceptual: se imagina al Estado como un organismo que nace, crece y envejece. Los Estados no funcionan así, sino que cambian su posición relativa dentro de la dialéctica entre potencias.
Y es que la Casa de Contratación de Sevilla, fundada en 1503 por orden de los Reyes Católicos, fue durante casi tres siglos un auténtico centro científico y tecnológico de navegación global. Su misión era organizar el tráfico con América, pero pronto se convirtió en algo más. 