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El problema era claro: el Caribe y el golfo de Méjico eran un punto bastante vulnerable del sistema. Porque por ahí circulaban las riquezas que conectaban América con España. Y por ahí, a pesar de su baja eficacia, atacaban piratas, corsarios y las múltiples potencias enemigas. 
Entre los siglos XVI y XIX funcionará la llamada «Carrera de Indias». Se trataba de un sistema regular de navegación entre la actual España y los territorios americanos. En esos siglos miles de barcos cruzaron el Atlántico transportando personas, mercancías y metales preciosos. 
En el siglo XVIII no tenían GPS, y navegar no era simplemente cuestión de brújulas. Para saber dónde estaba un barco y su ruta en medio del océano había que resolver un problema científico complejo: calcular la posición usando observaciones astronómicas y trigonometría. 
Suárez nació en Granada, en 1548, e ingresaría en la Compañía de Jesús. Enseñó en algunos de los centros más prestigiosos de su tiempo: Salamanca, Valladolid, Alcalá, Roma y Coimbra. Una carrera que refleja la potencia universitaria del mundo hispánico en los siglos XVI y XVII. 
Fueron unas obras muy necesarias. Y la clave está en la geografía. México se asentaba en una cuenca cerrada, sin salida natural al mar, rodeada de lagos como Texcoco, Xochimilco, Chalco o Zumpango. Cuando llovía mucho, el agua se acumulaba. El riesgo de inundación era constante.
Se suele afirmar que España entra en decadencia desde el siglo XVII. Pero esto es un error conceptual: se imagina al Estado como un organismo que nace, crece y envejece. Los Estados no funcionan así, sino que cambian su posición relativa dentro de la dialéctica entre potencias.
Y es que la Casa de Contratación de Sevilla, fundada en 1503 por orden de los Reyes Católicos, fue durante casi tres siglos un auténtico centro científico y tecnológico de navegación global. Su misión era organizar el tráfico con América, pero pronto se convirtió en algo más. 
Cuando hablamos de Ayanz no hablamos de «genio incomprendido», aunque hoy no es muy conocido. Hablamos de algo más incómodo: que en la España imperial existía tecnología, mediciones e instituciones capaces de dar lugar a invenciones clave mucho antes de la Revolución Industrial.
Esta trascendental controversia no fue un debate sentimental ni una escenificación piadosa. Fue una discusión jurídica y filosófica sobre lo que se denomina como «justos títulos» del dominio español en América: ¿tenía la Corona derecho a gobernar sobre pueblos ya organizados?
Antes de hablar de España hay que hablar del método. Las grandes potencias no siempre disparan, sino que orientan, infiltran, financian, presionan o simplemente dejan hacer a otros actores internos. Porque a veces la intervención indirecta es mucho más eficaz que la directa.
Esta distinción no mide intenciones, conciencias ni almas colectivas. No absuelve ni condena a los individuos. No juzga crueldades mayores o menores. Sirve para analizar imperios como realidades históricas y políticas, no como relatos edificantes o acusatorios.
Azara nació en Barbastro en 1742, y se formó como ingeniero militar, no como un «científico de gabinete». Y ese dato no es menor, porque tanto en el siglo XVIII como hoy, ciencias, técnicas y Estado forman un circuito interconectado al servicio de fines muy concretos.
Una regulación masiva como esta no tiene nada de humanitario ni ético, es una operación política para convertir la inmigración ilegal en un derecho administrativo por acumulación. Si basta con aguantar unos meses y acreditarlo el mensaje es claro: entra, resiste y te legalizan.
Cabeza de Vaca nació en 1490 en Jerez de la Frontera. Fue un hidalgo veterano de guerras, un hombre típico del imperio en esos momentos. En 1527 se unirá a la expedición de Pánfilo de Narváez a Florida: 600 hombres, barcos y caballos con el objetivo poblar y asegurar territorio. 
Antes que nada es precisa una aclaración: esto no va de religiones, identidades ni manidas acusaciones de antisemitismo. Se trata de hablar de Estados realmente existentes, de intereses y de geopolítica. Y los Estados no tienen amigos, sino prioridades geoestratégicas.
Y es que las ciudades del Imperio español no surgen por crecimiento espontáneo. Las cientos de ciudades que se construyeron nacieron siempre de un acto fundacional solemne, jurídico y político. Antes que el comercio o la vivienda, en el modelo español se instituye la autoridad.

El régimen del 78 no es una Constitución ni un supuesto «consenso» idílico que queda bien para la propaganda. Es una estructura material de poderes. Una maquinaria que reparte cargos, sueldos, prestigio y carreras. Y mientras siga repartiendo, se defenderá con uñas y dientes.
Regiones empobrecidas como el Rif producen desde hace décadas hachís a gran escala. Pero no son cultivos marginales, sino una economía a gran escala imposible de sostener sin tolerancia estatal. Cuando algo así persiste en el tiempo no es un fallo, es una estrategia económica. 

No tiene nada de extraño que ante episodios de violencia y degradación urbana se plantee el debate sobre la inmigración ilegal. Pero el foco sigue mal puesto. El problema central no es el sólo inmigrante, sino la industria subvencionada que vive de su llegada.
Primero es necesaria una aclaración básica: la «propaganda» no es un invento del siglo XX. El término viene del latín propagare, que significa extender, propagar, hacer crecer algo vivo. Es decir, no significa manipular, como hoy, sino difundir una verdad considerada objetiva. 