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Como ya he comentado otros años, esta noche es una de las pesadillas de los/las frágiles. La noche de escuchar "Para cuándo los niños", la noche de fingir sonrisas amables, la noche -probablemente- de encerrar un amor (viejo o nuevo) en el dobladillo de la servilleta.
En primer lugar, hay que entender la película como una invitación explícita a la mirada. Es una obra que se plantea, en primer lugar, cómo miramos a esos cuerpos excéntricos que nos problematizan (la loca, el que sufre, la que menstrua, la que aborta). De ahí su apertura. 
La pieza arranca con un gesto en leve contrapicado. Una protagonista (todavía sin rostro) se recoge el pelo. Se intuye un espejo, pero la cámara no deja verlo porque debe generarse una cierta tensión. Lo importante es retratar el ademán, que además se intuye cotidiano.

Siempre con Lynch, la misma cuestión: lo que está al otro lado del lenguaje -su personaje en la serie tiene problemas de audición-, lo que configura un sonido que ya no puede ser humano, lo que se quiere transmitir pero se agrieta.
Aquí tienen ustedes una planificación clásica, ¿verdad? Plano, contraplano, plano de conjunto. Sabemos de lo que va la cosa. 

"La colmena" (film) se sabe traidora de la novela, y por eso se arranca irónicamente en este plano de conjunto. Es una composición inevitablemente pictórica, como de un barroco pobre, in media res. Camus no arranca con planos de contexto (Madrid) ni un general: todo se juega ahí.
Es una película que siempre me ha representado íntimamente porque demuestra cómo el punto de vista (narrativo) puede ser implacable: no sé si es vuestra experiencia, pero cada vez que la veo tengo la sensación de que hay algo de mí en todos los personajes a la vez.
Por un lado, la película explora la dificultad que tenemos para hablar, para poner en palabras (propias) la constelación de nuestros afectos, nuestros miedos. La protagonista se presenta a través de una puerta cerrada. Tiene la "habitación propia", pero no un mundo propio