Una de las cimas del Renacimiento no está en Italia. Está en la provincia de Jaén.
Un palacio que nos pertenece a todos y donde hay una de las ventanas más formidables de la historia de la arquitectura.
En #LaBrasaTorrijos de hoy, el Parador de Úbeda y el hueco infinito
HILO 👇
(Se recomienda la lectura del episodio de hoy acompañada de la siguiente banda sonora. Hasta el final).
En 1916, a la edad de 18 años, un joven universitario granadino fue de viaje de estudios a las ciudades de Baeza y Úbeda.
Se llamaba Federico García Lorca.
Allí conoció al poeta Antonio Machado y también paseó por lugares únicos que, pese a estar a apenas cien kilómetros de Granada, le eran casi desconocidos.
Dos conjuntos que son joyas del Renacimiento.
Sabemos, porque así lo diría, que la amistad que surgió con Machado como la visita a Baeza y Úbeda marcaron el futuro de Lorca decantándole por la literatura y, al fin, por la poesía.
Es fácil imaginarle paseando por el patio de la Universidad de Baeza.
O levantando la vista al Palacio Vela de los Cobos o a las Casas Consistoriales, en Úbeda.
Pero seguro que detuvo su paseo unos minutos, con un brote de aire, cuando llegó a un espacio de proporciones delicadas y precisas. Delimitado por siglos de piedra y métrica.
La plaza Vázquez de los Cobos; para mí, uno de los entornos urbanos más bellos que existen.
Y siendo como era Lorca un joven curioso y sensible, es probable que, en ese atardecer de Úbeda, prestase atención, a la izquierda, a una ventana muy especial.
A una ventana que parece no pertenecer al tiempo pero que es uno de los artefactos más maravillosos del Renacimiento.
(Pero, ¿qué es el Renacimiento?)
odos sabemos que el término «Renacimiento» "se utilizó reivindicando ciertos elementos de la cultura clásica griega y romana, y se aplicó originariamente como una vuelta a los valores de la cultura grecolatina y a la contemplación bla bla bla zzzzZZZzzz".
Sí, todo eso es cierto y, en arquitectura, se definió como una vuelta a la métrica ordenada y a los órdenes clásicos.
Pero, en realidad, eso no es el legado más importante de la arquitectura renacentista.
El legado, y el reflejo, más importante del Renacimiento es la arquitectura civil. El palacio.
Ya existían los castillos, claro, pero eso era más bien construcción.
El Renacimiento entiende que no es arquitectura solo la arquitectura religiosa. Que los edificios civiles también son dignos de ser comprendidos como objetos arquitectónicos y, en el fondo, artísticos.
A mediados del siglo XVI, Francisco de los Cobos, a la sazón Secretario de Estado y mano derecha de Carlos V ordenó construir una casa para el Deán de la Sacra Capilla del Salvador, cuya construcción estaba finalizando.
El encargo del Palacio del Deán Ortega recayó en el arquitecto de la corte Luis de la Vega y en un arquitecto de posible origen flamenco (aunque esto no tiene por qué ser cierto, y lo dejaremos para otro hilo).
Se llamaba Andrés de Vandelvira.
Vandelvira es, sencillamente, uno de los mejores arquitectos del Renacimiento español. Y si me apuráis, del Renacimiento mundial.
Es el artífice de la formidable Catedral de Jaén...
Y también, entre otras muchas, de la mencionada Sacra Capilla del Salvador de Úbeda.
Su mano se nota especialmente en la complejísima esquina de acceso a la Sacristía. Un prodigio de cirugía escultórica y arquitectónica.
Algo casi (casi) barroco.
En el Palacio del Deán Ortega, Vendelvira fue más sobrio. Más ordenado. Más pulcro.
Tan pulcro, ordenado y sobrio, tan canónicamente renacentista que, contemplando la fachada, se diría que uno está en Florencia.
Pero no, claro. Estamos en España y, de hecho, en Andalucía.
Y en el interior, las columnas del patio, esbeltas como junquillos recuerdan tanto a Italia como a las columnas nazaríes de Granada.
Porque la arquitectura española, también la del Renacimiento, siempre ha sido híbrida, compleja y mestiza.
Y el Palacio del Deán, actual Parador de Úbeda, es un símbolo renacentista, pero también tiene columnillas y fuentes y celosías que filtran el mundo...
Y huecos que dejan que el cielo se interne como de puntillas dentro de ellos...
Y una ventana que desafía al tiempo.
Un hueco infinito.
(La ventana. La ventana que miró Federico García Lorca).
El hueco suroeste del Parador de Úbeda no es solo un ejemplo precioso de uno de los artefactos del renacimiento español más característicos que existen: la ventana en esquina.
Lo que distingue a este hueco es que Vandelvira produjo tal sofisticación que, ni siquiera pertenece al Renacimiento.
El aire entra y sale y, en medio, una columna. Pero una columna de mármol blanco que nos está diciendo que esa fracción de aire es OTRA COSA.
Que no es fachada.
Esa distinción tan radical entre fachada y estructura es tan renacentista como barroca.
Pero es que, en realidad, la columna de mármol blanco seguramente ni siquiera sostiene carga.
Es posible que solo sea decorativa.
Esto es abrumador.
Pero es que, mirada desde el acceso a la plaza, mirada desde donde la miró Lorca, mirada desde DONDE SE TIENE QUE MIRAR, el hueco entra y sale y distingue la fachada de piedra de la fachada privada de enfoscado.
Esta distinción de lo que es fachada de lo que es *solo* cerramiento. Y el hecho de que nos lo enseñe DIRECTAMENTE anticipa conceptos que llegarían tres siglos y medio después.
Conceptualmente es arquitectura moderna.
Es un hueco fuera del tiempo.
(Y el tiempo. Tres siglos y medio de tiempo).
En 1929, más de tres siglos y medio después de su construcción el Palacio del Deán Ortega pasó a manos del Estado.
Fue inaugurado como Parador de Turismo el 10 de diciembre de 1930.
Pasaba a ser propiedad de todos.
Es el tercer Parador más antiguo de la cadena y, al principio, solo tenía 15 habitaciones y solo 7 con baño.
Y en realidad, era un hotel reservado a gente muy pudiente.
Hasta los años 60, con la ampliación general, no fue un establecimiento más popular.
(Aunque en los 60, el recién nacido veraneante popular prefería más la playa que un palacio renacentista).
No fue hasta el 86, ya en plena democracia, que el Parador de Úbeda se reformó de forma integral incorporando aire acondicionado (y baño, claro) a todas ellas.
A fecha de hoy, el Parador de Úbeda, antiguo Palacio del Deán Ortega, cuenta con 36 habitaciones.
Algunas tienen 4 metros de altura libre y desde su balcón casi se puede tocara fachada del Salvador.
(La foto está tomada desde allí).
Y en otras te puedes asomar a un hueco infinito para escuchar a los mil gorriones que, como un altavoz del universo, se posan cada noche en el ciprés que hay enfrente, para dormir.
Y con estas cuatro fotos que resumen muy bien el episodio de hoy, vamos a despedirnos del Palacio del Deán Ortega, del Parador de Úbeda, de los gorriones y de #LaBrasaTorrijos de hoy.
Si os ha gustado, hacedme RTs, FAVs, follows o leedme un poema de Lorca!
El episodio de #LaBrasaTorrijos de hoy es una colaboración con @paradores y, lo vuelvo a decir, ha sido un placer y un orgullo.
Porque, para mí, Paradores es una empresa fundamental para el patrimonio arquitectónico de España.
Y es una empresa fundamental porque hace lo mejor que se puede hacer para conservar el patrimonio: darle un uso.
Y el Parador de Úbeda no es solo Bien de Interés Cultural, es que forma parte del conjunto de Úbeda y Baeza declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2003.
Y es una de las escasos lugares donde uno tiene la oportunidad de dormir en un edificio que es Patrimonio de la Humanidad.
La ermita de San Adrián de Sasabe estuvo mil años enterrada. Cuando la destaparon, allí apareció un misterioso símbolo. Un símbolo por el que los nazis cruzaron a España.
El símbolo del objeto más valioso de la Cristiandad.
Veníos al Pirineo Aragonés con #LaBrasaTorrijos.
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@aragonturismo Cuando el ayuntamiento de Borau, al norte de Huesca, pidió a la Dirección General de Montes que les ayudase a desenterrar su vieja iglesia, no sabían que iban a destapar una leyenda.
@aragonturismo Al llegar junto al río Lubierre, los operarios se encontraron con una pequeñísima ermita que apenas sobresalía un par de metros del suelo, un edificio al que, aparentemente, se entraba por la ventana.
Era el verano de 1957 y, por suerte, el terreno estaba seco.
En un esquina de Roma hay una iglesia muy pequeña que solo se ve en escorzo, que parece de piedra pero está construida con Tiempo.
Y la construyó un perdedor que no la vio terminada.
En #LaBrasaTorrijos, San Carlo alle Quattro Fontane y la matemática de Dios.
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El 30 de julio de 1667, Francesco Borromini quemó todos sus dibujos y escritos. Tres días después, se arrojó contra su propia espada.
Fue el final.
Borromini, nacido Francesco Castelli, procedía de una familia no especialmente acomodada del cantón de Ticino. Su padre, aunque interesado en las artes, solo era un cantero más o menos humilde.
Por eso, quiso enseguida que el niño Francesco fuese más que él.
Esta es la historia de un edificio-trampa. Un lugar sin ventanas cuyo interior te hipnotiza hasta que no sabes cómo salir.
Un edificio cuyo arquitecto se arrepintió de haber creado.
Y todos hemos estado allí.
En #LaBrasaTorrijos, los centros comerciales y el Efecto Gruen.
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¿Sabéis eso de que entras a un centro comercial con la idea de comprar una cosa, pero dos horas después, no sabes ni lo que ha pasado pero llevas cinco bolsas distintas y ni te acuerdas de lo que habías venido a comprar ni dónde dejaste el coche?
Pues eso se llama Efecto Gruen.
En 1938, un arquitecto judío-austriaco llamado Viktor Grünbaum emigró de una Austria recién anexionada a la Alemania nazi porque, bueno, era judío.
¿Os habéis fijado en que todos los centros de las grandes ciudades son iguales? Todos se han convertido en un gigantesco anuncio.
¿Y si os dijese que la culpa es de Walt Disney y de uno de los mafiosos más sanguinarios de la historia?
Veámoslo en #LaBrasaTorrijos.
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Es 26 de diciembre de 1946 y diez mil bombillas crepitan y chisporrotean por primera vez en un estilizadísimo letrero a un costado del South Las Vegas Boulevard.
Es el comienzo de una era.
Benjamin «Bugsy» Siegel acaba de inaugurar "The Flamingo Hotel & Casino" en el Strip, el primer casino de Las Vegas y, tal vez sin saberlo, también acaba de dar forma al futuro de las ciudades.
Voy a aprovechar el hilo de ayer para hablar muy brevemente sobre un edificio que la gente menos versada se extraña cuando les digo que es uno de los mejores edificios del mundo: la Biblioteca Beinecke de Yale.
Para entender por qué el edificio es TAN distinto de exterior a interior (y por qué es uno de los mejores edificios del mundo), hay que saber qué es exactamente la Beinecke.
Yo no califico a menudo un edificio como "feo" o "bonito"; suelo distinguirlos en edificios buenos y edificios malos.
¿Pero cómo saber la diferencia?
Veámoslo con estos dos ejemplos muy similares y, a la vez, muy distintos.
Os cuento en #LaBrasaTorrijos.
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Vale, lo primero es entender que para saber distinguir la buena de la mala arquitectura requiere de un proceso bastante largo que permita formar un criterio. E incluso los criterios puede diferir (aunque no demasiado).
Por eso, para esta explicación voy a usar dos casos que ejemplifican muy bien la diferencia: la torre del BBVA y las torres KIO.
Ambos son edificios de función y tipología similar, ambos se proyectaron por arquitectos e ingenieros de primer orden y ambos se levantan muy cerca.