En una plataforma en el Mar del Norte está el país más pequeño del mundo. Solo vive una persona pero tiene miles de nobles. Y una historia con piratas, asaltos, secuestros y un James Bond de marca blanca.
El 19 de agosto de 1978, dos lanchas rápidas se aproximaron a una plataforma marina situada en el Mar del Norte, a unas 7 millas al este de la costa británica, a la altura de Suffolk.
Dentro iban un abogado alemán y varios mercenarios armados.
Empleando cuerdas y garfios extensibles, el abogado y los mercenarios irrumpieron en la plataforma y tomaron como rehenes a las tres personas que allí había: dos civiles y un príncipe.
Porque la plataforma no era solo una instalación naval, era un país: el Principado de Sealand.
La historia de Sealand se remonta a 1942, cuando el ejército británico instaló una serie de torres armadas en medio de los estuarios del Támesis y el Mersey para ayudar a defender la isla y, específicamente, Londres, de los ataques de la Luftwaffe.
Se llamaron fuertes Maunsell en honor a su diseñador, el ingeniero Guy Maunsell.
Algunos estaban operados por el Ejército de Tierra y, con su silueta de acero corroído, parecían monstruos de una novela steampunk.
Otros fuertes pertenecían a la Royal Navy y su aspecto era más bien el de un buque de guerra apoyado en dos enormes patas cilíndricas de hormigón que se clavaban en el lecho marino, unos cuantos metros bajo el agua.
A finales de los 50, tras usarlos como campo de ejercicios militares, los fuertes Maunsell fueron abandonados y algunos desmantelados.
Pero no todos.
Y hay uno, de los de la Navy, cuya extensión (razonablemente grande) y posición geográfica (en aguas internacionales) suponía un reclamo muy suculento para la epidemia de emisoras pirata que se extendió por las grandes ciudades británicas en los años 60: el H. M. Roughs.
Durante casi 10 años, el fuerte vivió una serie de abordajes, contraabordajes y ocupaciones por parte de piratas radiofónicos hasta que llegó septiembre de 1967.
Concretamente el 2 de septiembre de 1967.
Ese día, el excomandante de la Marina de su majestad, el señor Patrick "Paddy" Roy Bates, abordó el fuerte antiaéreo, en ese momento ocupado de manera alegal por unos piratas.
Una vez allí, Bates expulsó a los ocupantes para ser él mismo quien usase el fuerte. Con dos huevos.
Su idea era establecer ahí una emisora radiofónica pirata. Tenía el nombre –Radio Essex– y todo el equipo necesario para lanzar sus transmisiones al mundo pero, sorprendentemente, nunca lo hizo.
Apoyándose en una interpretación del derecho internacional tan cuidadosa como pizpireta, Bates y su mujer Joan declararon la independencia del fuerte y se autoproclamaron regentes de la nueva nación, a la que llamaron Principado de Sealand.
Acababa de nacer el país más pequeño del mundo.
Al declarar la fundación del nuevo país, Bates terminó con el trasiego pirata de una vez por todas, porque las aguas cercanas a la torreta se convertían en aguas jurisdiccionales del país y los intentos de internarse en ellas suponían un acto de hostilidad.
Y podían responder.
Más allá de la foto sonriente junto a un cañón de artillería, todo parecería un asunto poco serio, una pantomima británica, pero el caso es que, en 1975, tras algún escarceo con la justicia británica, los Bates redactaron una Constitución.
Y además de la carta magna, introdujeron su propia moneda, el dólar de Sealand, cuyo cambio oficial siempre es el dólar estadounidense. También diseñaron una bandera, compusieron un himno y comenzaron a editar su propio pasaporte.
Todo ello bajo un escudo de armas que rezaba el siguiente lema: “E Mare Libertas” (Libertad desde el mar).
Esto no era solo de cachondeo; tras todo este despliegue de oficialidad, estaba la idea de que Sealand fuese reconocido como Estado soberano por alguna nación del mundo.
Los Bates vivían entregados a la causa pero sin resultado porque, bueno, porque el resto del mundo sí se tomaba su país a cachondeo.
Y eso que tenían aeropuerto propio (bueno, helipuerto propio).
El caso que sus anhelos de reconocimiento internacional estuvieron a punto de hacerse realidad en 1978, y no precisamente gracias al himno ni a la bandera.
El abogado alemán que tomó la plataforma se llamaba Alexander Achenbach y se autodenominaba Primer Ministro de Sealand, pese a que lo único que poseía era uno de los folclóricos pasaportes que expedían los Bates como souvenir.
Este hombre.
(Y ahora —¿¡ahora!?— es cuando comienza la acción).
Como un James Bond de marca blanca, Michael Bates, hijo de Paddy y Joan y heredero del Principado, se deshizo de sus captores gracias a unas cuantas ametralladoras Sten que tenía escondidas en la plataforma.
Tras varios forcejeos, el hijo de los Bates retomó Sealand, capturó a Achenbach y le acusó formalmente de alta traición.
Mientras, los mercenarios se largaron a toda prisa porque no les pagaban lo suficiente para tanta tontería.
Tras la captura de Achenbach, Michael (izquierda) y sus dos amigos posaron con el prisionero (abajo) y unas escopetas porque la posesión de ametralladoras militares era una cosa bastante prohibida.
Con esa pinta y las patillas, más que intrépidos guerreros parecen Los Chichos.
Y una vez regresaron los príncipes Paddy y Joan, volvieron a posar, algo más relajados. (Bueno, el rubio parece seguir a tope de adrenalina y dispuesto a repeler cualquier otro ataque, que ya podía haber estado así de preparao cuando llegó el alemán).
El caso es que el asalto abrió una puerta al reconocimiento internacional del país. Y me explico: como en Sealand no había departamento de justicia, el abogado permaneció detenido allí bajo fianza de 75.000 marcos alemanes (unos 35.000 dólares de la época).
Aquí la historia se puso peliaguda porque, por supuesto, Alemania no estaba dispuesta a aguantar que un ciudadano de su país permaneciese, a todos los efectos, secuestrado. Así que enviaron a un diplomático desde la Embajada en Londres para negociar la liberación de Achenbach.
Al final, Paddy accedió a liberar al reo, pero no como acto de derrota sino más bien al contrario; declaró que la visita de un diplomático alemán a suelo soberano del Principado de Sealand constituía el reconocimiento de su país por parte de la República Federal Alemana.
Pero Alemania dijo que de eso nada, tíos, esto que tenéis montado ahí es una mandanga y no se lo cree nadie.
*sad trombone*
Desafortunadamente para los Bates, el reconocimiento de Sealand nunca se produciría porque, en 1987, el Reino Unido amplió su franja marina hasta las 12 millas náuticas de la costa absorbiendo a Sealand dentro del territorio inglés.
*otro sad trombone*
Pero Sealand, se alguna u otra manera, sigue allí. Desafiante.
Ha sufrido incendios que tuvo que pagar la marina británica.
Se ha visto envuelto en entramados de tráfico de drogas (orquestados de nuevo por el abogado alemán de marras).
Se ha intentado vender a casas de apuestas para operar como casino.
Incluso cuando detuvieron al asesino de Gianni Versace, portaba uno de los pasaportes del país.
Y toda esa historia (con la parte de verdad y la parte, ejem, exagerada) la cuenta Michael, nuestro James Bond de Hacendado en un libro donde glosa las aventuras y desventuras del país que "regenta".
Y entrecomillo "regenta" no solo porque todo sea un poco folclórico, que lo es, también porque Michael Bates no vive allí. Vive en Suffolk y aparentemente ha abandonado las actividades de agente especial para dedicarse a la venta de artículos de pesca.
En Sealand solo viven tres cuidadores que se rotan en turnos. Uno de ellos es Jop Hill, que afirma tener allí todo lo que necesita, aunque a veces se siente un poco solo.
Además, como Hill es un hombre cristiano, también puede rezar en Sealand porque, pese a que el país solo cuenta con 500 m2 de superficie, en una de sus patas cilíndricas hay un capilla que lleva ahí desde la 2ª Guerra Mundial.
Sí. En serio.
A día de hoy, Sealand sigue siendo el país más pequeño del mundo. Tras la muerte de Paddy y Joan, Michael sigue vendiendo sus pasaportes, sus monedas y sus banderas, más como souvenirs que otra cosa. También organizan visitas a la plataforma, aunque son difíciles de comprar.
En cambio, lo que si se sigue vendiendo son los souvenirs. Michael afirma que cada día le llegan a su página web centenares de solicitudes de pasaportes, banderas y monedas, pero que los artículos más solicitados son los títulos nobiliarios.
En efecto, se puede ser un noble de Sealand, Lord, Lady, Barón o Baronesa sin necesidad de demostrar ninguna alcurnia ni abolengo.
Basta con pedirlo por internet. Y solo cuesta 36.99 €.
Y con estas cuatro imágenes que resumen muy bien el hilo de hoy, vamos a despedirnos de Sealand, de Paddy y Joan, de los abogados alemanes, de Austin Powers Bofill y de #LaBrasaTorrijos de esta semana
Si os ha gustado, hacedme RT al hilo, FAVs, follows o compradme un smoking e invitadme a un Martini agitado, no removido!
Si os gustan las historias como esta, me he guardado las mejores para TERRITORIOS IMPROBABLES, el libro de #LaBrasaTorrijos.
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Y ya vamos por la 7ª EDICIÓN!
⚡️Y si pensáis hacer un viaje a Nueva York esta Semana Santa, veníos conmigo para que os cuente un montón de historias chulísimas, Y EN DIRECTO (pero tendréis las tardes libres, eso sí 😁)
Si hay algo a la altura delirante de Dubái es la arquitectura de Dubái.
O como digo yo: obras diseñadas por críos de 7 años a los que dijeron dibuja el edificio más guay que se te ocurra y en vez de poner el dibujo en la nevera, lo construyeron.
Os cuento en #LaBrasaTorrijos ⤵️
Si Dubái como en concepto es ya dudoso, cuando entramos en su arquitectura el asunto se vuelve directamente paródico. Porque Dubái no tiene un estilo arquitectónico, tiene todos los estilos arquitectónicos a la vez y ninguno al mismo tiempo.
La arquitectura de Dubái es un catálogo de caprichos a escala colosal.
Un hotel con forma de vela: el Burj Al Arab, de Tom Wright para Atkins, 321 metros sobre su propia isla artificial frente a la playa de Jumeirah, inaugurado en 1999, el edificio que arrancó toda esta locura.
En la 2ª Guerra Mundial, el gobierno británico quiso acabar con TODAS las vacas de Alemania. Pero tenía que probar que su operación funcionaría, así que antes ARRASÓ CON ÁNTRAX una de sus propias islas.
Esta es la historia y os la cuento en #LaBrasaTorrijos
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En 1981, el Glasgow Herald recibió una carta que decía:
"Cuando lean esto, la operación ya habrá empezado. Hemos enviado una libra de tierra de la isla Gruinard a Porton Down. Solo tenemos una petición: limpien la isla.
Firmado: Comando Dark Harvest".
En efecto, poco antes de recibir la carta, un pequeño contenedor de máxima seguridad había llegado al centro secreto de investigación biológica militar de Porton Down en Wiltshire, Inglaterra.
Una joya transparente y revolucionaria que cambió el mundo. TAN revolucionaria y tan transparente su dueña llevó a juicio al arquitecto porque no se podía vivir dentro.
En #LaBrasaTorrijos, el culebrón de Mies y la señora Farnsworth.
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Chicago, 1945. En una fiesta de la aristocracia intelectual de la ciudad se conocen Edith Farnsworth, una nefróloga adinerada, y Ludwig Mies Van der Rohe, uno de los mejores arquitectos de la historia, aunque lleva 15 años sin construir y es esencialmente profesor universitario
Nada más conocerse, la una queda prendada del carisma del otro y el otro queda prendado del vuelo intelectual de la otra.
En esa primera conversación, Farnsworth desliza su intención de construirse una futura casa donde retirarse. Obviamente, eso le levanta las orejas Mies.
En 1990, unas inundaciones asolaron Japón. Murieron 14 personas.
El país no podía arriesgarse a que se repitiesen en una zona urbana tan poblada como Tokio, así que construyeron una maravilla: La Catedral de las Tormentas.
Os cuento su historia en #LaBrasaTorrijos.
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Como habréis podido comprobar, llevamos un mes largo con varios episodios de lluvias. Lo "bueno" es que las lluvias de invierno suelen ser sostenidas y no torrenciales.
Como desgraciadamente sabemos, las jodidas son las torrenciales, las que descargan mucho en poco tiempo.
Idealmente, la mejor solución para absorber este tipo de inundaciones sería tener unas ciudades más porosas. Que permitiesen un drenaje más eficaz y más natural.
Pues en la Irlanda del XIX hubo un casero TAN CHUNGO que su apellido se convirtió en un verbo que significa "Impedir o entorpecer la realización de un acto como medio de presión para conseguir algo".
Os lo cuento en #LaBrasaTorrijos
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En 1854, un joven inglés llamado Charles Cunningham se trasladó a la isla de Achill, al oeste de Irlanda. Hijo de familia pudiente, salía de una carrera militar fallida y llegaba a las verdes tierras de Éire dispuesto a ser un hombre rico y de provecho.
En esa época, Irlanda vivía una situación bastante peluda: acababa de salir de la Gran Hambruna del 45, que había diezmado a la población, bien llevándola a los camposantos, bien obligándola a emigrar.
Por tanto, las verdes tierras de cultivo eran un bien muy preciado.
El Helicoide de Caracas es un resumen construido de la historia de Venezuela.
Un centro comercial nacido para un futuro motorizado y voraz, que se recorrería en coche —sin bajarse de él— pero acabó convertido en prisión.
Os cuento su historia en #LaBrasaTorrijos 🧵⤵️
Hay edificios que nacen con vocación de sistema. Aspiran a ser algo más que contenedores de actividad humana y se comportan como diagramas del mundo, como máquinas ideológicas disfrazadas de hormigón.
El Helicoide nació con esa aspiración.
Venezuela, años 50. Con el dictador Pérez Jiménez al mando, el país rebosaba gasolina, dólares, silencio cívico y la sudorosa sensación de que todo iba a durar para siempre.
Un laboratorio del petróleo que parecía querer ahogar el miedo pisando el acelerador. Literalmente.