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May 19, 2022 38 tweets 14 min read Read on X
En medio del Prater de Viena hay una esfera de madera de 8 metros de diámetro. No es una casa ni un pabellón; es un país. El más pequeño del mundo.

Y también fue un ardid para no pagar licencias de obra (salió mal).

En #LaBrasaTorrijos de hoy: La República de Kugelmugel.

🧵 👇
(Se recomienda la lectura del episodio de hoy acompañada de la siguiente banda sonora).

open.spotify.com/track/4x3RvT7x…
Ah, el Prater. El pulmón de Viena. Uno de los parques más famosos del mundo, con sus árboles, su récord de maratón y su noria desde donde Harry Lime nos comparaba a todos con hormigas.

El Prater es un lugar lleno de historia. Y de historias.
Una de estas historias, quizá la más bizarra se esconde detrás de una de las vías principales que atraviesan el parque. Debajo de unos árboles y detrás de una alambrada de espino.

Es una esfera de madera.
Delante de la esfera está la placa que indica la dirección: "2., Antifaschismusplatz".

Plaza del antifascismo, distrito segundo de Viena.
Pero claro, en realidad no hay ningún edificio más en esa Antifaschismusplatz, y ni siquiera es una plaza.

Y esta historia ni siquiera empezó en Viena.
Una mañana de 1971, el artista Edwin Lipburger y su hijo Nikolaus salieron a un prado que tenían a las afueras del pueblo de Katzelsdorf, en la Baja Austria, y comenzaron a excavar un agujero y colocaron un grueso pilar de madera en el centro.
La idea era construir un taller para pintar y hacer sus cosas de artista pero, aparentemente, no le valía con una cabaña como la de Jackson Pollock y Lee Krasner en Long Island, no.

Lipburger era un artista de verdad y quiso hacer un taller verdaderamente artístico: una bola.
Efectivamente, el taller de Lipburger era una esfera de 7.68 m. de diámetro construida sin apoyo exterior. Solo un gran pilar central hasta la mitad, que sujetaba el forjado, y una serie de cuadernas para conformar la esfera.

Como era un artista, le puso nombre: SPHAERA 2000
Una vez terminada la estructura, incluyendo un puente levadizo para el acceso y varias ventanas radiales, Lipburger forró el exterior de la esfera con chapas de zinc para protegerla de la intemperie y se dispuso a, bueno, a pintar y a hacer el arte.
En realidad, lo de hacer edificios con formas, ejem, pelotudas, no es una cosa exclusivamente de artistas. Bernard Judge ya había construido su Dome House en Los Ángeles en 1962...
...Matti Suuronen había diseñado las casas Futuro en el 70...
...y en el 84, en la localidad holandesa de Den Bosch, se construiría un barrio entero de casas-bola: Bolwoningen.
Pero había una diferencia con la esfera austriaca del Lipburger. Todos estos edificios tenían licencia de obra, en cambio, la SPHAERA 2000 se había construido bastante a la mecagüen.
El caso es que, al poco de terminarla, se presentaron por allí un par de técnicos municipales que le dijeron a Lipburger que a ver, los papeles. A lo que el tipo les dijo que él era un artista y el arte no conoce de licencias y soy un ser libre y solo me juzga la posteridad.
Los técnicos debían de ser de los de "eso lo hace mi hijo de 4 años" porque lo del arte se la sudaba bastante y no solo le dijeron que aquí hay que pagar, sino que, además, en Austria no estaban permitidas las construcciones esféricas y que tenía que tirar su chalet-bola.
—¿Cómo, que en Austria no se pueden hacer edificios esféricos? Pues sabéis lo que digo, que me voy de Austria!

Pero no se fue a otro país con la bola de marras. Decidió que la esfera SERÍA OTRO PÁIS.

Lo llamó Kugelmugel (algo así como "Montebola")
No, en serio, junto a varios colegas plantaron unos cuantos carteles (al loro al bañador fardahuevos de la época) y se declararon, primero como el décimo estado de Austria y después, directamente, como República Independiente.
En realidad, todo no era más que una performance artística de Lipburger. Y de hecho, para demostrar que todo era un poco de coña, llegó a construir una garita aduanera y un paso fronterizo de pega.
Salvo que, de pega-de pega tampoco lo era, porque cuando los de Hacienda fueron a casa de Lipburger a decirle que qué pasaba con los impuestos del 72 y el 73, el artista dijo que él no era austriaco, era ciudadano de la República de Kugelmugel y allí no había impuestos.
Hombre, a ver, usted no es un artista, usted es un jeta y o paga o le haremos pagar. Pero el tío dijo que pasando de impuestos y pasando de Austria, que eran unos fascistas.

Y estuvo sin pagar 8 años, ojo.
En el 79, al gobierno austriaco se le hincharon definitivamente las, ejem, esferas, y le condenaron a medio año de cárcel. Pero no por no pagar, sino porque Lipburger había puesto señales en la carretera muy parecidos a los oficiales y confundían a los conductores.

En serio.
En vista de que para allá fueron guardias armados y perros y toda la pesca en su busca, Lipburger dijo que vale, que todo era una bromi, que pagaríaJA JA, QUÉ VÁ!

El menda era un artista de verdad y era un martir de su arte y de la República de Kugelmugel.

Y FUE AL TRULLO.
Y se montaron campañas y protestas pidiendo su liberación que salieron en todos los periódicos.

Y, como un efecto Streissand a lo centroeuropeo, Kugelmugel se ganó un buen montón de fans y de gente que pedía la ciudadanía.
Tras pasar 10 semanas en prisión, y en vista de que la cosa se estaba yendo de madre, el canciller Kirchschläger le indultó.

Pero el indulto tenía una condición: Lipburger debía ceder el control y la propiedad de Kugelmugel al estado.
Se ve que lo de la performance artística no compensaba tanto a Lipburger como para querer pasar más tiempo entre rejas, así que dijo que sí, que vale, pa vosotros la perra gorda, pero que por favor, le dejasen seguir usando la esfera como instalación artística.
Y Austria accedió. Y en 1980 transportaron Kugelmugel al Prater de Viena, donde dejaron a Lipburger y a su hijo que siguiesen la performance.
Y en qué ha consistido la performance? Pues en que alrededor de Kugelmugel hay una alambrada de espino y una garita aduanera y, como despecho, la dirección oficial de la bola no es el Prater sino, ya sabéis, 2., Antifaschismusplatz.
Es más, se siguen considerando República con su bandera y sus súbditos.

Bandera que por cierto, es la inversa de la austriaca con un escudo bastante autoexplicativo: Lipburger amordazado.
Y también tienen embajada "oficial" en Austria y consulado de cultura, suya sede compartida, haciendo honor a lo ebrio de todo este asunto, es un bar.
Edwin Lipbuger murió en 2015, pero su legado no solo continuó en su hijo Nikolaus sino en unos cuantos de los 600 ciudadanos con los que cuenta el país que se inventó

A día de hoy, Kugelmugel es una pequeña sala de exposiciones en el Prater, que se puede visitar.
No sé si este era el destino que soñó Lipburger para su creación, pero es uno (otro) de los numerosísimos atractivos turísticos de Viena. Y quizá su historia más extraña.

La historia de un país con forma de bola que mide menos de 25m2.

Un país que cabe dentro de una casa.
Y con estas cuatro imágenes que resumen muy bien el hilo de hoy, vamos a irnos despidiendo de los Lipburger, del Prater, de las casas-bola, de la República de Kugelmugel y de #LaBrasaTorrijos de esta semana.
Si os ha gustado, hacedme RT al hilo, FAVs, follows o invitadme a una piscina de bolas (guiño)!

Si os gustan las historias como esta, TERRITORIOS IMPROBABLES es el libro de #LaBrasaTorrijos, y allí me he guardado las mejores.

Lo podéis pedir en todas las librerías y en todos los sitios online habituales: tap.bio/pedrotorrijos

Y ya van más de 10.000 ejemplares vendidos!
❤️Ah, y también podéis pasaros por mi IG, donde estoy contando historias chulas en otro formato: instagram.com/p/CdqJHc6oAEu/
Las imágenes del capítulo de hoy son de:

Douglas Sprott, MiGowa, Sebastian Bartoschek, kugelmugel [at] at, wien [at] info, Peter Gugerell, Martin Abegglen, Thomas Ledl, Kuratorium Kugelmugel, Rosa Menkman, dierk schaefer, Gili Merin y Google.
#LaBrasaTorrijos se escribe en directo todos los jueves desde el soleado barrio de Villaverde.

(Fin del HILO 🇦🇹🔮💸🖼️)

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Feb 1
En 1990, unas inundaciones asolaron Japón. Murieron 14 personas.

El país no podía arriesgarse a que se repitiesen en una zona urbana tan poblada como Tokio, así que construyeron una maravilla: La Catedral de las Tormentas.

Os cuento su historia en #LaBrasaTorrijos.

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Como habréis podido comprobar, llevamos un mes largo con varios episodios de lluvias. Lo "bueno" es que las lluvias de invierno suelen ser sostenidas y no torrenciales.

Como desgraciadamente sabemos, las jodidas son las torrenciales, las que descargan mucho en poco tiempo.
Idealmente, la mejor solución para absorber este tipo de inundaciones sería tener unas ciudades más porosas. Que permitiesen un drenaje más eficaz y más natural.
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Jan 16
¿Creéis que vuestro casero es chungo?

Pues en la Irlanda del XIX hubo un casero TAN CHUNGO que su apellido se convirtió en un verbo que significa "Impedir o entorpecer la realización de un acto como medio de presión para conseguir algo".

Os lo cuento en #LaBrasaTorrijos
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En 1854, un joven inglés llamado Charles Cunningham se trasladó a la isla de Achill, al oeste de Irlanda. Hijo de familia pudiente, salía de una carrera militar fallida y llegaba a las verdes tierras de Éire dispuesto a ser un hombre rico y de provecho. Image
En esa época, Irlanda vivía una situación bastante peluda: acababa de salir de la Gran Hambruna del 45, que había diezmado a la población, bien llevándola a los camposantos, bien obligándola a emigrar.

Por tanto, las verdes tierras de cultivo eran un bien muy preciado. Image
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Jan 9
El Helicoide de Caracas es un resumen construido de la historia de Venezuela.
Un centro comercial nacido para un futuro motorizado y voraz, que se recorrería en coche —sin bajarse de él— pero acabó convertido en prisión.

Os cuento su historia en #LaBrasaTorrijos 🧵⤵️ Image
Hay edificios que nacen con vocación de sistema. Aspiran a ser algo más que contenedores de actividad humana y se comportan como diagramas del mundo, como máquinas ideológicas disfrazadas de hormigón.

El Helicoide nació con esa aspiración.
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Dec 7, 2025
El Cementerio de los Ingleses es un pequeño recinto tapiado frente a los acantilados de Camariñas, en A Coruña.

Pero ¿y si allí estuviese enterrado Jack el Destripador? (Y no, no es descabellado).

Esta es una historia de naufragios y patrimonio, en #LaBrasaTorrijos
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Plymouth, 8 de noviembre de 1890. Un hombre sube al "HMS Serpent" como quien acepta una sentencia cuyo contenido desconoce pero cuyo peso reconoce al instante. Image
@DACTurismo El nombre que dio —Arthur, James, William, el que fuese— quedó casi disuelto en la humedad del muelle porque lo pronunció demasiado bajo, evitando el cruce de miradas con el oficial que anotaba en un registro ya curvado por la lluvia. Image
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Dec 1, 2025
Lo de que las estaciones del metro de Estocolmo son preciosas es algo digno de comprobarse in situ.

Pero también esconden una historia. Una historia de amor por los servicios públicos, por las infraestructuras públicas, por la gente que las construye y por la gente que las usa cada día:

La historia empieza, como empiezan casi todas las historias buenas de ciudades nórdicas, en la roca. Ni en el hormigón ni en el hormigón revestido de hormigón —que es la tentación internacional—, sino en la roca viva, la roca madre, el granito glacial que hace de Estocolmo una ciudad con vértebras de hielo fósil.

Cuando a mediados del siglo XX decidieron construir su red de metro, optaron por la solución más directa, casi geológica: excavar, dinamitar, abrir la montaña e insertar trenes. Y en algún momento de esa operación de ingeniería a mano armada surgió una pregunta casi infantil, tan evidente y, a la vez, tan peculiar que era muy raro que alguien se la preguntase: ¿y si dejamos la roca vista?

La respuesta tiene que ver con estética, sí, pero también con política y con época. Tras la Segunda Guerra Mundial, Suecia —como buena parte del norte de Europa— estaba articulando un nuevo pacto social: bienestar público, accesibilidad, democracia cotidiana.

Uno de los engranajes de ese pacto era la convicción tranquila, pero tenaz, de que el arte no debía ser un lujo sino un derecho. Así que, si el metro iba a convertirse en el gran espacio público donde cientos de miles de personas bajarían cada día, ¿por qué no convertirlo también en un lugar donde el arte descendiese con ellas? Un soporte para democratizar la belleza, para hacer país desde el subsuelo.

Esa respuesta convirtió al metro de Estocolmo en la frase con la que lo definen: la galería de arte más larga del mundo. Algo que va más allá del eslogan turístico; es una decisión conceptual. Si vas a perforar la ciudad, abraza sus entrañas. Si vas a mover a tanta gente bajo la tierra, ofréceles algo más que azulejos blancos y tubos fluorescentes.

Haz país. Haz estética. Haz política blanda —que es la mejor política—.Image
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La línea azul es el ejemplo más evidente. Basta bajar desde T-Centralen para entenderlo: la bóveda, pintada de azul profundo, conserva la piel rugosa de la roca. Tiene algo de caverna prehistórica, pero intervenida con brochazos gigantes. Parece la obra de un pintor expresionista que hubiera vivido aquí encerrado con un cubo de acrílico y demasiadas horas de invierno.

Además, en esa bóveda aparecen siluetas de obreros: un homenaje directo a los trabajadores que construyeron la red hace 75 años y que la mantienen cada día.

Tres cuartos de siglo de ciudad subterránea.
Sigue uno bajando por la línea y llegas a Solna Centrum, la estación más fotografiada de Suecia (y probablemente una de las más fotografiadas del mundo). Un túnel rojo, intensamente rojo, un rojo que no te abraza sino que te engulle.

Parece una bajada al infierno, sí, pero es un infierno con una intención: el mural, pintado en 1975, denuncia la deforestación sueca. El rojo del cielo frente al verde de los bosques como un aviso urgente en un país que hoy presume de sostenibilidad, pero que lleva décadas pensando en estas cosas.

Estando allí me pregunté si hoy ese mural se lee de otra manera. Si ya no habla solo de árboles sino del planeta entero.
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Nov 27, 2025
Estoy en Estocolmo, moviendo las manos porque hace tres grados bajo cero, y esto que tengo detrás es el ayuntamiento, el Stadshuset.

Visto así, con su ladrillo rojo, su torre alta y esta logia abierta al agua, parece un edificio medieval, casi un híbrido entre castillo nórdico y palacio veneciano. Podría colar como gótico italiano, o como algo que te encontrarías entrando en la plaza de San Marcos por la puerta equivocada.

Pero la gracia es precisamente que no es medieval en absoluto.
Es un edificio del siglo XX: se construye entre 1911 y 1923, lo diseña el arquitecto Ragnar Östberg y es uno de los grandes ejemplos del Romanticismo Nacional sueco, una arquitectura que mezcla referencias históricas con una idea muy moderna de lo que debe ser un edificio público.

Por eso está aquí, pegado al agua. Si esto fuera de verdad un ayuntamiento medieval, lo lógico es que estuviese bien adentro del casco antiguo, protegido por murallas, alejado de cualquier ataque por mar. Pero, en los años veinte, Suecia ya no está pensando en cañones y asedios: está pensando en democracia, administración y ciudad abierta.

El Stadshuset se coloca en la punta de Kungsholmen, justo donde el lago Mälaren se abre hacia el archipiélago que conecta con el Báltico. Es un gesto urbano clarísimo: el poder municipal se asoma al agua porque el agua es lo que organiza Estocolmo.
El patio donde estoy tiene ese aire muy veneciano: arcos de medio punto abajo y esa sensación de plaza porticada que se abre directamente al embarcadero. Te giras y podrías estar esperando que aparezca una góndola, pero lo que llega son ferris y hielo.

La torre, además, está claramente emparentada con el campanile de San Marcos, solo que coronada por las Tres Coronas doradas de Suecia, para que no haya dudas de quién firma el skyline.

Y luego está la obsesión material. El ayuntamiento está construido con unos ocho millones de ladrillos rojos, de los cuales cerca de un millón se hicieron a mano, precisamente para conseguir esta textura vibrante, nada uniforme, que ves en fachada: el típico ladrillo de monasterio nórdico, colocado alternando testas y tizones para que el muro nunca sea del todo plano ni del todo predecible.

Ragnar Östberg era bastante maniático con la textura: quería que el edificio, visto de cerca, tuviera una piel casi viva, con pequeñas variaciones en cada pieza.
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