En San Juan el Divino hay un relieve de las Torres Gemelas arrasadas por el mar. Una catedral que se construyó 70 años antes de que existieran las Torres.
Y no, no es una anomalía.
En #LaBrasaTorrijos de hoy, Darth Vader, las gárgolas y el Athletic de Bilbao.
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(Se recomienda la lectura del episodio de hoy acompañada de la siguiente banda sonora).
En al norte de Manhattan, casi ya en Harlem, se levanta la Catedral de St. John the Divine, San Juan el Divino.
Es un edificio neogótico comenzado en 1899 y consagrado en 1911.
En mi opinión, el edificio es un poco de plastiquete porque, bueno, las imitaciones del gótico siempre son un poco de plastiquete, más aún cuando en la Edad Media no existía ni la ciudad de Nueva York ni los Estados Unidos.
Pero el caso es que a la gente le gusta.
Y como a la gente le gusta, la catedral recibe muchísimos visitantes cada año.
Curiosamente, unos cuantos de esos visitantes no llegan a entrar, sino que se quedan en la portada mirando un muy peculiar relieve: La Torres Gemelas en medio del Apocalipsis.
Y no solo eso, también aparecen coches, el puente de Brooklyn, el edificio Chrysler y otros cuantos hitos arquitectónicos neoyorquinos sucumbiendo a un desastre nuclear, a un tsunami y a todo tipo de desastres naturales.
¿Pero cómo demonios va a haber un relieve de las Torres Gemelas en un edificio 70 años anterior a que se levantasen las Torres Gemelas?
¿Qué tipo de anomalía es esta?
Bueno, pues lo que desde luego no es, es una anomalía.
Y no es una anomalía, entre otras cosas, porque este tipo de esculturas, gárgolas y quimeras anacrónicas, las hay por todo el mundo.
Por ejemplo, en la Catedral Nacional de Washington DC, que es otro edificio neogótico de principios del XX, que tiene este exterior...
...pues en la fachada nos encontramos con gárgolas y quimeras con forma de robot, de perrete y hasta de Darth Vader.
(La de Vader es una de las fotos que mas hacen los visitantes cuando van a Washington, en serio).
Unos que molan mucho son los pináculos de la Capilla de Belén en Saint-Jean-de-Boiseau, cerca de Nantes. Un edificio del siglo XIV.
Y molan porque, claro, no te esperas que en esa capillita aparezca el Xenomorfo de Alien, Mogway, un Gremlin y el robot Grendizer (de la saga de Mazinger Z)
En serio.
En España tenemos también unas cuantos de estos anacronismos.
El más famoso sin duda es el astronauta de la Catedral Nueva de Salamanca.
En La Catedral de Calahorra hay un bajorrelieve de un teléfono móvil.
Aparentemente se trata de un Nokia, que ya sabemos que eran muy resistentes, pero no sé yo si tanto como para estar hechos de piedra.
Y mi favorito de todos: en uno de los capiteles de la esquina superior del campanario de la iglesia de Santa María la Mayor de Trujillo, obra tardorrománica del siglo XIII, hay un escudo del Athletic Club de Bilbao.
(Aunque pone Atlético de Bilbao).
Como muchos sabéis (o suponéis), obviamente aquí no hay viajes en el tiempo ni tampoco hubo un cantero del año 1250 dispuesto a sacar la gabarra si ganaba el Athletic.
(Si bien, algún conspiranoico de los "alienigenas ancestrales" dijo algo sobre el astronauta de Salamanca)
Todos estos supuestos anacronismos son restauraciones y rehabilitaciones hechas por escultores y canteros que decidieron dejar cierto sello o bien propio (Aúpa Athletic) o bien de la época en la que habían hecho las obras de restauración.
Que entonces dices, ¿esos canteros no podían haber hecho la restauración imitando a las gárgolas genuinamente medievales? ¿A esas tan bonitas que adornan la Catedral de Notre Dame de París?
Todo sería mucho más auténtico, ¿no?
Pues tengo una mala noticia: las gárgolas de Notre Dame de París no tienen NADA de medievales.
(¿What?)
Nop, las gárgolas de Notre Dame son un invento de Victor Hugo y de nuestro nunca lo demasiado bien ponderado (ejem, ejem, ejem) Viollet-le-Duc.
Dos señores del siglo XIX.
La historia es que, si bien Notre Dame sí es un edificio auténticamente medieval (se construyó desde 1163 hasta 1345), los siglos la habían deteriorado bastante.
Lógicamente, los elementos más deteriorados eran los exteriores. Entre ellos, las gárgolas.
Recordemos que una gárgola solo es el caño que desagua el agua de lluvia al exterior, protegiendo la fachada.
Para proteger ese caño (que es lo verdaderamente necesario), se esculpieron figuras a su alrededor.
Pero claro, estando tan expuestas, esas figuras estaban totalmente destruidas por la lluvia y la erosión.
El caso es que, en pleno revival medievalista del XIX, el señor Victor Hugo escribió "Nuestra Señora de París", o sea, el Jorobado de Notre Dame.
La novela fue un éxito total y le devolvió el interés por Notre Dame a la sociedad francesa.
El problema es que la Catedral estaba un poco chuchurría, así que llegó Viollet-le-Duc y dijo que esto no podía ser, que la catedral tenía que ser más gótica, mucho más gótica.
Y aparte de añadirle una nueva aguja, que se sacó de donde quiso, también mandó esculpir 56 quimeras monstruosas que adornasen las cornisas del edificio. 56 esculturas que se inventó de la nada.
Sí, estas que aparecen en TODAS las fotos de Notre Dame.
Así que tenemos asociada una imagen de las gárgolas y las quimeras medievales a algo que no era medieval en absoluto y que se ha venido replicando hasta nuestros días sin que (casi) nadie lo aclarase.
Ya sabéis...
Yo no voy a decir que las gárgolas y las quimeras de Notre Dame sean feas. A mí me molan mucho, pero, en realidad, son tan anacrónicas como el astronauta, Darth Vader o el Nokia.
Y hablando de Vader (y aquí viene el pequeño plot twist), resulta que ni Vader ni las Torres Gemelas son restauraciones.
En realidad, son obras originales que se hicieron en su momento.
Lo que pasa es que su momento no fue principios de siglo.
Tanto la Catedral de San Juan el Divino de Manhattan como la Catedral Nacional de Washington DC comenzaron a comenzaron a construirse a finales del XIX pero no terminaron sus obras hasta finales del XX.
(En Barcelona hay otra iglesia muy famosa que sabe de qué va esto...)
En realidad, el relieve de las Torres Gemelas se esculpió a mediados de los 80, cuando las Torres ya llevaban 15 años en pie.
Y ese motivo apocalíptico no era ninguna profecía del 11-S, solo era una visión moderna del Apocalípsis. La Nueva Babilonia en el fin de los tiempos).
De hecho, el edificio no se finalizó hasta 1997. Un poco antes, en 1988, se terminó la Catedral Nacional de Washington, así que la famosa cabeza de Darth Vader tampoco fue una restauración.
De hecho, fue "obra" de un niño de 13 años.
En el 82 se convocó un concurso nacional para la decoración de la Catedral de Washington. Uno de los ganadores fue un chaval de Nebraska de 13 años que dibujó una cara de Darth Vader como "encarnación moderna del mal supremo".
Y ganó.
De hecho, tiene todo el sentido que ganase porque "El Imperio Contraataca" es de 1980 y, ya sabéis...
Sé que hay algunos historiadores a los que no les gusta mucho mantener esta tradición de esculpir motivos contemporáneos en obras antiguas, más que nada porque se convierten en anécdotas y, como en el caso de Salamanca, la gente va más a ver el astronauta que a ver la Catedral.
Probablemente tienen razón pero, en mi opinión, es más honesto cuando se hace así. Y, en el fondo, es más honesto que lo de Manhattan o Washington, porque lo verdaderamente auténtico de la Catedral de San Juan el Divino o la de Washington no es el edificio, SON LAS ESCULTURAS.
Un relieve del 85 que representa a la Torres Gemelas o una escultura de Darth Vader del 83 es más propia de su tiempo y su lugar (los Estados Unidos) que una imitación de una iglesia como las que se construían en otro continente siete siglos antes.
Así que, en realidad, San Juan el Divino de Nueva York no es una iglesia a la que le han pegado una escultura rara y anacrónica.
Es una escultura de su tiempo a la que le han pegado una catedral gigantesca y anacrónica (y un poco de plastiquete).
(Y por cierto, además de las Torres Gemelas, también aparece el edificio de Citicorp siendo destruido quién sabe si por el viento, guiño, guiño, codazo).
Y con estas cuatro imágenes que resumen muy bien el hilo de hoy, vamos a irnos despidiendo de los Gremlins, del Athletic Club de Bilbao, de las gárgolas, de Viollet-le-Duc y de #LaBrasaTorrijos de esta semana.
Si os ha gustado, hacedme RT al hilo, FAVs, follows o invitadme a ver "El jorobado de Notre Dame", que no la he visto!
Si os gustan las historias como esta, TERRITORIOS IMPROBABLES es el libro de #LaBrasaTorrijos, y allí me he guardado las mejores.
Lo podéis pedir en todas las librerías y en los sitios online habituales: tap.bio/pedrotorrijos
Y es el libro perfecto para el verano!
❤️Ah, y también podéis pasaros por mi IG, donde estoy contando historias chulas en otro formato: instagram.com/p/CeyPplctSSF/
Las imágenes del capítulo de hoy son de:
Susan Xu, Scott Lynch, Elías Rovielo, ehpien, Franco Folini, Bobby Bradley, Vebest, Loute, ollografik, Rafael Jiménez, Jamie McCaffrey, Roquic, Ralf Roletschek, vic9000, Laura, Hans Hillewaert, filadendron, PHILIPPE DESMAZES / AFP...
... Walt Disney Company , Selbymay, Discasto, Zarateman y C messier.
#LaBrasaTorrijos se escribe en directo todos los jueves desde el soleado barrio de Villaverde.
(Fin del HILO 🗿⛪️⏰)
(Y en el episodio del próximo jueves vamos a conocer una casa muy especial vista desde el punto de vista de una persona aún más especial)
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En 1990, unas inundaciones asolaron Japón. Murieron 14 personas.
El país no podía arriesgarse a que se repitiesen en una zona urbana tan poblada como Tokio, así que construyeron una maravilla: La Catedral de las Tormentas.
Os cuento su historia en #LaBrasaTorrijos.
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Como habréis podido comprobar, llevamos un mes largo con varios episodios de lluvias. Lo "bueno" es que las lluvias de invierno suelen ser sostenidas y no torrenciales.
Como desgraciadamente sabemos, las jodidas son las torrenciales, las que descargan mucho en poco tiempo.
Idealmente, la mejor solución para absorber este tipo de inundaciones sería tener unas ciudades más porosas. Que permitiesen un drenaje más eficaz y más natural.
Pues en la Irlanda del XIX hubo un casero TAN CHUNGO que su apellido se convirtió en un verbo que significa "Impedir o entorpecer la realización de un acto como medio de presión para conseguir algo".
Os lo cuento en #LaBrasaTorrijos
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En 1854, un joven inglés llamado Charles Cunningham se trasladó a la isla de Achill, al oeste de Irlanda. Hijo de familia pudiente, salía de una carrera militar fallida y llegaba a las verdes tierras de Éire dispuesto a ser un hombre rico y de provecho.
En esa época, Irlanda vivía una situación bastante peluda: acababa de salir de la Gran Hambruna del 45, que había diezmado a la población, bien llevándola a los camposantos, bien obligándola a emigrar.
Por tanto, las verdes tierras de cultivo eran un bien muy preciado.
El Helicoide de Caracas es un resumen construido de la historia de Venezuela.
Un centro comercial nacido para un futuro motorizado y voraz, que se recorrería en coche —sin bajarse de él— pero acabó convertido en prisión.
Os cuento su historia en #LaBrasaTorrijos 🧵⤵️
Hay edificios que nacen con vocación de sistema. Aspiran a ser algo más que contenedores de actividad humana y se comportan como diagramas del mundo, como máquinas ideológicas disfrazadas de hormigón.
El Helicoide nació con esa aspiración.
Venezuela, años 50. Con el dictador Pérez Jiménez al mando, el país rebosaba gasolina, dólares, silencio cívico y la sudorosa sensación de que todo iba a durar para siempre.
Un laboratorio del petróleo que parecía querer ahogar el miedo pisando el acelerador. Literalmente.
El Cementerio de los Ingleses es un pequeño recinto tapiado frente a los acantilados de Camariñas, en A Coruña.
Pero ¿y si allí estuviese enterrado Jack el Destripador? (Y no, no es descabellado).
Esta es una historia de naufragios y patrimonio, en #LaBrasaTorrijos
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Plymouth, 8 de noviembre de 1890. Un hombre sube al "HMS Serpent" como quien acepta una sentencia cuyo contenido desconoce pero cuyo peso reconoce al instante.
@DACTurismo El nombre que dio —Arthur, James, William, el que fuese— quedó casi disuelto en la humedad del muelle porque lo pronunció demasiado bajo, evitando el cruce de miradas con el oficial que anotaba en un registro ya curvado por la lluvia.
Lo de que las estaciones del metro de Estocolmo son preciosas es algo digno de comprobarse in situ.
Pero también esconden una historia. Una historia de amor por los servicios públicos, por las infraestructuras públicas, por la gente que las construye y por la gente que las usa cada día:
La historia empieza, como empiezan casi todas las historias buenas de ciudades nórdicas, en la roca. Ni en el hormigón ni en el hormigón revestido de hormigón —que es la tentación internacional—, sino en la roca viva, la roca madre, el granito glacial que hace de Estocolmo una ciudad con vértebras de hielo fósil.
Cuando a mediados del siglo XX decidieron construir su red de metro, optaron por la solución más directa, casi geológica: excavar, dinamitar, abrir la montaña e insertar trenes. Y en algún momento de esa operación de ingeniería a mano armada surgió una pregunta casi infantil, tan evidente y, a la vez, tan peculiar que era muy raro que alguien se la preguntase: ¿y si dejamos la roca vista?
La respuesta tiene que ver con estética, sí, pero también con política y con época. Tras la Segunda Guerra Mundial, Suecia —como buena parte del norte de Europa— estaba articulando un nuevo pacto social: bienestar público, accesibilidad, democracia cotidiana.
Uno de los engranajes de ese pacto era la convicción tranquila, pero tenaz, de que el arte no debía ser un lujo sino un derecho. Así que, si el metro iba a convertirse en el gran espacio público donde cientos de miles de personas bajarían cada día, ¿por qué no convertirlo también en un lugar donde el arte descendiese con ellas? Un soporte para democratizar la belleza, para hacer país desde el subsuelo.
Esa respuesta convirtió al metro de Estocolmo en la frase con la que lo definen: la galería de arte más larga del mundo. Algo que va más allá del eslogan turístico; es una decisión conceptual. Si vas a perforar la ciudad, abraza sus entrañas. Si vas a mover a tanta gente bajo la tierra, ofréceles algo más que azulejos blancos y tubos fluorescentes.
Haz país. Haz estética. Haz política blanda —que es la mejor política—.
La línea azul es el ejemplo más evidente. Basta bajar desde T-Centralen para entenderlo: la bóveda, pintada de azul profundo, conserva la piel rugosa de la roca. Tiene algo de caverna prehistórica, pero intervenida con brochazos gigantes. Parece la obra de un pintor expresionista que hubiera vivido aquí encerrado con un cubo de acrílico y demasiadas horas de invierno.
Además, en esa bóveda aparecen siluetas de obreros: un homenaje directo a los trabajadores que construyeron la red hace 75 años y que la mantienen cada día.
Tres cuartos de siglo de ciudad subterránea.
Sigue uno bajando por la línea y llegas a Solna Centrum, la estación más fotografiada de Suecia (y probablemente una de las más fotografiadas del mundo). Un túnel rojo, intensamente rojo, un rojo que no te abraza sino que te engulle.
Parece una bajada al infierno, sí, pero es un infierno con una intención: el mural, pintado en 1975, denuncia la deforestación sueca. El rojo del cielo frente al verde de los bosques como un aviso urgente en un país que hoy presume de sostenibilidad, pero que lleva décadas pensando en estas cosas.
Estando allí me pregunté si hoy ese mural se lee de otra manera. Si ya no habla solo de árboles sino del planeta entero.
Estoy en Estocolmo, moviendo las manos porque hace tres grados bajo cero, y esto que tengo detrás es el ayuntamiento, el Stadshuset.
Visto así, con su ladrillo rojo, su torre alta y esta logia abierta al agua, parece un edificio medieval, casi un híbrido entre castillo nórdico y palacio veneciano. Podría colar como gótico italiano, o como algo que te encontrarías entrando en la plaza de San Marcos por la puerta equivocada.
Pero la gracia es precisamente que no es medieval en absoluto.
Es un edificio del siglo XX: se construye entre 1911 y 1923, lo diseña el arquitecto Ragnar Östberg y es uno de los grandes ejemplos del Romanticismo Nacional sueco, una arquitectura que mezcla referencias históricas con una idea muy moderna de lo que debe ser un edificio público.
Por eso está aquí, pegado al agua. Si esto fuera de verdad un ayuntamiento medieval, lo lógico es que estuviese bien adentro del casco antiguo, protegido por murallas, alejado de cualquier ataque por mar. Pero, en los años veinte, Suecia ya no está pensando en cañones y asedios: está pensando en democracia, administración y ciudad abierta.
El Stadshuset se coloca en la punta de Kungsholmen, justo donde el lago Mälaren se abre hacia el archipiélago que conecta con el Báltico. Es un gesto urbano clarísimo: el poder municipal se asoma al agua porque el agua es lo que organiza Estocolmo.
El patio donde estoy tiene ese aire muy veneciano: arcos de medio punto abajo y esa sensación de plaza porticada que se abre directamente al embarcadero. Te giras y podrías estar esperando que aparezca una góndola, pero lo que llega son ferris y hielo.
La torre, además, está claramente emparentada con el campanile de San Marcos, solo que coronada por las Tres Coronas doradas de Suecia, para que no haya dudas de quién firma el skyline.
Y luego está la obsesión material. El ayuntamiento está construido con unos ocho millones de ladrillos rojos, de los cuales cerca de un millón se hicieron a mano, precisamente para conseguir esta textura vibrante, nada uniforme, que ves en fachada: el típico ladrillo de monasterio nórdico, colocado alternando testas y tizones para que el muro nunca sea del todo plano ni del todo predecible.
Ragnar Östberg era bastante maniático con la textura: quería que el edificio, visto de cerca, tuviera una piel casi viva, con pequeñas variaciones en cada pieza.