En 1911, las autoridades británicas en la India decidieron cambiar la capital, de Calcuta a Delhi.
Y claro, para que la nueva capital fuese lo más lustrosa posible, se preocuparon muy mucho de limpiarla y adecentarla de arriba a abajo.
En los alrededores del Fuerte Rojo había una galería a cielo abierto que usaban como calabozo. El suelo de la galería estaba lleno de escombros, así que también decidieron quitarlos.
Toda la ciudad estaría reluciente. También sus cárceles.
Pero cuando empezaron a retirar los escombros, descubrieron que debajo había una escalera que bajaba y bajaba.
Cuando lo limpiaron todo, se encontraron con algo que solo podía nombrarse como maravilla.
El Agrasen Ki Baoli. La cisterna del Rey Agrasen.
Después de tantos siglos, quién sabe si después de más de un milenio cubierta por tierra y desperdicios, el legendario pozo del Rey Agrasen volvía a ver la luz.
Pero lo más increíble del hallazgo era que al fondo de esas escaleras, muy al fondo, el Templo del Rey Agrasen seguía teniendo agua.
Porque, en realidad, el templo no era un templo. Era, sencillamente, una cisterna.
Un gran pozo para recoger tanto el agua de la lluvia como el agua de filtración subterránea.
Estas cisternas escalonadas, llamadas baoris o baolis, no se excavaron solo en Delhi. Las hay por todo el territorio de la India, especialmente en Rajastán.
Y tiene sentido, pues precisamente Rajastán es de las regiones más áridas de la India.
Y digo que tiene sentido porque los baoris no son solo pozos, no son un agujero desde el que se saca agua con un cubo. Son artefactos arquitectónicos de primer orden y valiosos lugares de reunión para la comunidad.
No, no se saca agua de un cubo, se BAJA hasta el agua.
Y por eso, en un entorno árido como Rajastán, los baoris se comportan como plazas abiertas al cielo y en contacto con lo más sagrado que tienen: el agua.
Esencialmente hay dos tipos de baoris: los lineales, como el del Rey Agrasen o como el FORMIDABLE Rani Ki Vav en Patan.
El Pozo de la Reina.
Rani Ki Vav es un pozo entendido verdaderamente como un templo del agua.
Una escalera que desciende durante más de cien metros y baja 8 plantas atravesando pórticos y columnatas hasta llegar al reservorio circular del final.
Y verdaderamente parece un templo del agua de los del Zelda.
Un camino hacia las profundidades para encontrar el tesoro más preciado.
El agua.
El agua iluminada desde el cielo.
El agua desde lo profundo de la tierra hasta el confín del universo.
Pero claro, si lo que queremos es ver arquitecturas que parecen sacadas de un videojuego, tenemos que irnos al otro tipo de baori.
A los más famosos. Los baoris fractales.
La mayor parte de los baoris que mejor se conservan son del tipo plaza abierta porque, de algún modo, han seguido en uso durante siglos, tanto como pozo para agua potable como también como "piscina" o lugar de reunión, pues hay hasta 6 grados menos que en superficie.
Pero sin duda, el más famoso, el más extremo y también de los más antiguos es Chand Baori, en Abhaneri.
30 metros de profundidad. Literalmente diez plantas hacia abajo.
Diez plantas de delicadísimos fractales de escalinata que suben y bajan recubriendo los taludes como una enredadera de piedra.
Y esto es del año 800. Tiene más de un milenio de antigüedad.
Y cómo es posible que esto haya aguantado tan bien durante mil doscientos años?
Cómo es posible que el empuje del terreno no se haya llevado por delante esos muros de 30 metros?
Pues precisamente por esas escalinatas fractales.
Como se ve en la sección, el escalonado de la piedra es muy eficaz para sujetar el terreno natural.
Pero es que las propias escalinatas funcionan como contrafuertes para ayudar a sujetar el talud principal y a desviar las cargas horizontales que empujan desde el terreno.
Es muy eficiente, muy ingenioso. Y es bellísimo.
Porque se han rehabilitado muchos baoris en el siglo XX y varios han sido declarados Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Pero en 1911, muchos estaban en desuso, y con la llegada de la canalización de agua, muchos se abandonaron y a veces acabaron convertidos en vertederos.
Y sin embargo, el agua seguía fluyendo. Porque aunque no llegase desde el cielo, los pozos recogían también el agua subterranea. Y las paredes seguían aguantando.
Y eso es lo que de verdad asombró a los británicos: que después de cuatro cinco, diez y hasta doce siglos, las cisternas escalonadas de la India siguiesen existiendo y siguiesen funcionando.
Siguiesen llevando a los hombres lo más sagrado que tenemos en el mundo: el agua.
Si os ha gustado el episodio de hoy, hacedme RT al hilo, FAVs, follows o invitadme a un beber una botella de agua (pero mineral, ojo)!
Y si os gustan las historias como esta, ATLAS DE LUGARES EXTRAORDINARIOS es mi segundo libro: un viaje por los sitios más curiosos del mundo para los exploradores pequeños que tengáis en casa.
Todas las imágenes del hilo de hoy están acreditadas en la descripción de la primera fotografía de cada tuit. Todas se han usado bajo su correspondiente licencia.
#LaBrasaTorrijos se escribe en directo todos los jueves desde el soleado barrio de Villaverde.
(Fin del HILO 🇮🇳🛕🌊)
(Y en el episodio de la semana que viene, vamos a saber cómo leches hicieron hace 100 años para girar un edificio de 10.000 toneladas (y en color!).
1. Una coda primera, ya que lo habeis preguntado varios.
Chand Baori es TAN fotogénico que ha servido de escenario en varias pelis. Por ejemplo, en The Dark Knight Rises (es donde Bane encierra a Batman).
Y también en la maravillosa The Fall, de Tarsem Singh.
2. Una foto aérea de Chand Baori, para apreciar no solo la escala, sino la absoluta extrañeza que supone este espacio.
• • •
Missing some Tweet in this thread? You can try to
force a refresh
Una joya transparente y revolucionaria que cambió el mundo. TAN revolucionaria y tan transparente su dueña llevó a juicio al arquitecto porque no se podía vivir dentro.
En #LaBrasaTorrijos, el culebrón de Mies y la señora Farnsworth.
🧵⤵️
Chicago, 1945. En una fiesta de la aristocracia intelectual de la ciudad se conocen Edith Farnsworth, una nefróloga adinerada, y Ludwig Mies Van der Rohe, uno de los mejores arquitectos de la historia, aunque lleva 15 años sin construir y es esencialmente profesor universitario
Nada más conocerse, la una queda prendada del carisma del otro y el otro queda prendado del vuelo intelectual de la otra.
En esa primera conversación, Farnsworth desliza su intención de construirse una futura casa donde retirarse. Obviamente, eso le levanta las orejas Mies.
En 1990, unas inundaciones asolaron Japón. Murieron 14 personas.
El país no podía arriesgarse a que se repitiesen en una zona urbana tan poblada como Tokio, así que construyeron una maravilla: La Catedral de las Tormentas.
Os cuento su historia en #LaBrasaTorrijos.
🧵⤵️
Como habréis podido comprobar, llevamos un mes largo con varios episodios de lluvias. Lo "bueno" es que las lluvias de invierno suelen ser sostenidas y no torrenciales.
Como desgraciadamente sabemos, las jodidas son las torrenciales, las que descargan mucho en poco tiempo.
Idealmente, la mejor solución para absorber este tipo de inundaciones sería tener unas ciudades más porosas. Que permitiesen un drenaje más eficaz y más natural.
Pues en la Irlanda del XIX hubo un casero TAN CHUNGO que su apellido se convirtió en un verbo que significa "Impedir o entorpecer la realización de un acto como medio de presión para conseguir algo".
Os lo cuento en #LaBrasaTorrijos
🧵⤵️
En 1854, un joven inglés llamado Charles Cunningham se trasladó a la isla de Achill, al oeste de Irlanda. Hijo de familia pudiente, salía de una carrera militar fallida y llegaba a las verdes tierras de Éire dispuesto a ser un hombre rico y de provecho.
En esa época, Irlanda vivía una situación bastante peluda: acababa de salir de la Gran Hambruna del 45, que había diezmado a la población, bien llevándola a los camposantos, bien obligándola a emigrar.
Por tanto, las verdes tierras de cultivo eran un bien muy preciado.
El Helicoide de Caracas es un resumen construido de la historia de Venezuela.
Un centro comercial nacido para un futuro motorizado y voraz, que se recorrería en coche —sin bajarse de él— pero acabó convertido en prisión.
Os cuento su historia en #LaBrasaTorrijos 🧵⤵️
Hay edificios que nacen con vocación de sistema. Aspiran a ser algo más que contenedores de actividad humana y se comportan como diagramas del mundo, como máquinas ideológicas disfrazadas de hormigón.
El Helicoide nació con esa aspiración.
Venezuela, años 50. Con el dictador Pérez Jiménez al mando, el país rebosaba gasolina, dólares, silencio cívico y la sudorosa sensación de que todo iba a durar para siempre.
Un laboratorio del petróleo que parecía querer ahogar el miedo pisando el acelerador. Literalmente.
El Cementerio de los Ingleses es un pequeño recinto tapiado frente a los acantilados de Camariñas, en A Coruña.
Pero ¿y si allí estuviese enterrado Jack el Destripador? (Y no, no es descabellado).
Esta es una historia de naufragios y patrimonio, en #LaBrasaTorrijos
🧵⤵️
Plymouth, 8 de noviembre de 1890. Un hombre sube al "HMS Serpent" como quien acepta una sentencia cuyo contenido desconoce pero cuyo peso reconoce al instante.
@DACTurismo El nombre que dio —Arthur, James, William, el que fuese— quedó casi disuelto en la humedad del muelle porque lo pronunció demasiado bajo, evitando el cruce de miradas con el oficial que anotaba en un registro ya curvado por la lluvia.
Lo de que las estaciones del metro de Estocolmo son preciosas es algo digno de comprobarse in situ.
Pero también esconden una historia. Una historia de amor por los servicios públicos, por las infraestructuras públicas, por la gente que las construye y por la gente que las usa cada día:
La historia empieza, como empiezan casi todas las historias buenas de ciudades nórdicas, en la roca. Ni en el hormigón ni en el hormigón revestido de hormigón —que es la tentación internacional—, sino en la roca viva, la roca madre, el granito glacial que hace de Estocolmo una ciudad con vértebras de hielo fósil.
Cuando a mediados del siglo XX decidieron construir su red de metro, optaron por la solución más directa, casi geológica: excavar, dinamitar, abrir la montaña e insertar trenes. Y en algún momento de esa operación de ingeniería a mano armada surgió una pregunta casi infantil, tan evidente y, a la vez, tan peculiar que era muy raro que alguien se la preguntase: ¿y si dejamos la roca vista?
La respuesta tiene que ver con estética, sí, pero también con política y con época. Tras la Segunda Guerra Mundial, Suecia —como buena parte del norte de Europa— estaba articulando un nuevo pacto social: bienestar público, accesibilidad, democracia cotidiana.
Uno de los engranajes de ese pacto era la convicción tranquila, pero tenaz, de que el arte no debía ser un lujo sino un derecho. Así que, si el metro iba a convertirse en el gran espacio público donde cientos de miles de personas bajarían cada día, ¿por qué no convertirlo también en un lugar donde el arte descendiese con ellas? Un soporte para democratizar la belleza, para hacer país desde el subsuelo.
Esa respuesta convirtió al metro de Estocolmo en la frase con la que lo definen: la galería de arte más larga del mundo. Algo que va más allá del eslogan turístico; es una decisión conceptual. Si vas a perforar la ciudad, abraza sus entrañas. Si vas a mover a tanta gente bajo la tierra, ofréceles algo más que azulejos blancos y tubos fluorescentes.
Haz país. Haz estética. Haz política blanda —que es la mejor política—.
La línea azul es el ejemplo más evidente. Basta bajar desde T-Centralen para entenderlo: la bóveda, pintada de azul profundo, conserva la piel rugosa de la roca. Tiene algo de caverna prehistórica, pero intervenida con brochazos gigantes. Parece la obra de un pintor expresionista que hubiera vivido aquí encerrado con un cubo de acrílico y demasiadas horas de invierno.
Además, en esa bóveda aparecen siluetas de obreros: un homenaje directo a los trabajadores que construyeron la red hace 75 años y que la mantienen cada día.
Tres cuartos de siglo de ciudad subterránea.
Sigue uno bajando por la línea y llegas a Solna Centrum, la estación más fotografiada de Suecia (y probablemente una de las más fotografiadas del mundo). Un túnel rojo, intensamente rojo, un rojo que no te abraza sino que te engulle.
Parece una bajada al infierno, sí, pero es un infierno con una intención: el mural, pintado en 1975, denuncia la deforestación sueca. El rojo del cielo frente al verde de los bosques como un aviso urgente en un país que hoy presume de sostenibilidad, pero que lleva décadas pensando en estas cosas.
Estando allí me pregunté si hoy ese mural se lee de otra manera. Si ya no habla solo de árboles sino del planeta entero.