Hoy es viernes de contar un cuento, un cuento de esos que se me ocurren en mis ratos de ocio, traído de las ficciones de la vida diaria. Dicen por ahí, además, que cuando se cuentan las cosas, no pasan...sería bueno.
Tiene que ver con una patética, horrenda e inescrupulosa costumbre, vieja como la humanidad misma, que ha encontrado en la virtualidad de las redes sociales un aliada tenebrosa: la manipulación a través de una falsa enfermedad.
Y, ¿qué bicho me pico a mí?, ¿qué me lleva a sacarme de los pelos esta historia? Pues que la moda ahora es simular enfermedades mentales, ¡mira tú! Y con víctimas de por medio, ¡qué horror!
Mi fuente es mi imaginación y tal vez, Arial 12. Cualquier parecido con la realidad, es casualidad. Los nombres y situaciones serán ligeramente cambiados porque, aunque los alucinatorios personajes en mi cabeza me autorizaron a escribir el cuento, así lo pidieron. Sirvan tinto.
Imagínese que un psiquiatra, ya no tan joven como cuando conoció a los soldados con VIH, descubrió hace unos años la red social del pajarraco azul. Allí, después de mucho trinar disparates, empezó a tener cierto número de seguidores que en unos meses superó las tres cifras.
Como sólo hablaba de salud y una que otra huevonada, pues lo seguía principalmente personal de salud. Allí conoció a Ana, de profesión algo cercana a su oficio, y producto del cruce de trinos entablaron una relación muy cordial.
Temas de salud mental, banalidades de esas necesarias para vivir, nada particularmente especial. Hasta que un día, Ana decidió consultar al psiquiatra por un achaque en su propia salud mental.
A partir de este punto, la historia tiene ingredientes mezclados de dos víctimas. Ana ahora es dos personas.
Resulta que ella, recorriendo los fangosos caminos de la red social, conoció a un personaje al que llamaremos “el puma cantante” (nada personal, José Luis, sin rencores. Nada que ver con usted, es sólo que me llegó así ese nombre a mi cabeza).
El puma, personaje trinador con buen reconocimiento, había entablado una relación cercana, bastante cercana, con Ana. Al principio, todo un encanto, un caballero, el propio quienpudiera.
Particularidades van, detalles vienen, en fin. La trama se complica cuando él, ante cualquier diferencia que apareciera con ella, empieza a argumentar que tiene una enfermedad mental que lo hace merecedor de un trato especial.
Y no cualquier trastorno del afecto, no, el puma recurrió a la vieja confiable de las últimas décadas, el gran cajón de sastre del que much@s han sacado deshonesto provecho: los trastornos del espectro autista.
Easter egg: Es tanta la falta de especificidad en este terreno, que aún colegas expertos suelen confundir autismos de alto rendimiento con trastornos de la personalidad. Está en revisión de criterios. En este río revuelto pescan los felinos.
“Recuerda que yo no puedo entender tus emociones”, “soy directo y no puedo tener filtro (patán y atravesado) porque percibo la realidad diferente”, “no logro entender el alcance de mis decisiones”, “mi humor (ofensas, claramente) es diferente y difícil de entender”.
“Perdóname si me obsesiono (celotipia y egoísmo) con temas”, "Soy un ser especial, tengo necesidades que tú no entenderías”, “no me contradigas (ojo con esto) porque eso me hace daño”. Subía el tono hasta llegar a los gritos y el maltrato, una y otra vez, cada vez más frecuente.
La lista es larga y dolorosa. Una espiral de comportamientos nocivos y manipulación, hasta líos monetarios, que terminó llevando a Ana a buscar ayuda, a terapia y antidepresivos, para no entrar en más detalles.
Al tiempo, ella, una mujer inteligente, se dio a la tarea de estudiar a profundidad el supuesto diagnóstico y hasta terminó volviéndolo el tema central de su tesis. Con ayuda del psiquiatra, concluyó que el puma sí estaba enfermo, pero era un trastorno de la personalidad quizás.
Easter egg: si minino tuviera lo que dice tener, difícilmente sería tan seguido aquí. La dinámica misma de esta red les cuesta a esos pacientes y no funcionarían sin un community manager. La dificultad con las emociones no es selectiva, no mientas.
Lo encaró, lo confrontó, y con mucho drama felino, lo sacó de su vida. ¿Final feliz?, para ella sí, pero en las vueltas de la vida, se enteró que otra mujer también había sido víctima del puma. Mismo modus operandi, calcado, mismo dolor, misma mierda.
Hace un par de semanas, en el marco del día mundial de la salud mental, el psiquiatra recibió un mensaje directo de una mujer buscando ayuda por unos síntomas depresivos con ideas suicidas. Adivinen...
El puma aún vaga en altiplano buscando presas y ella es la nueva. El psiquiatra identificó el patrón inmediatamente, confirmó al sujeto y actuó. La víctima fue enviada a ayuda profesional y a asesoría legal por si las moscas.
Sí identifican estos personajes (ya he rastreado a vari@s por aquí, más de los que creía), confróntelos, acorrálenlos y, de ser necesario, denúncielos. Cualquier duda a la orden.
No quiero decir con esto que un paciente tratado o en tratamiento no pueda volverse vocero o activista por la salud mental. Siempre he sido un convencido del valor de hacer, cómo me enseñó Alberto Fergusson, al paciente un experto en su enfermedad.
Sin embargo sospechen. Siempre hay un grado leve de estigma que nunca se va, desafortunadamente; sacar con increíble orgullo, sin un dejo de tristeza, el pecho por tener un trastorno, no es normal.
Easter egg: un paciente que realmente tenga el diagnóstico que dice tener el puma, rara vez logra sostener una relación de pareja exitosa. No logran coquetear. Guarden eso.
Si de diez palabras que dice el sujeto, seis tiene que ver con su enfermedad, sospechen si no es algo instrumentalizado. ¿Está obteniendo algo de eso?, seguramente. Un observador juicioso encuentra fácil la ganancia secundaria del diagnóstico. Ahí se ve.
La enfermedad mental es un drama, produce sufrimiento, no es una herramienta decorativa para hacer sufrir a los demás y obtener beneficios personales.
Estás avisado, felino. Están avisados tod@s los que tiene este estilito. Voy a hacer todo lo posible, en la medida en la que sus víctimas me lo permitan, por desenmascararlos.
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Claro, Petro se pasó diez cuadras con lo del COVID, de acuerdo. Pero, yo quisiera preguntar a los colegas, ¿ustedes sienten que ejercen con autonomía?
Y ojalá me respondan quiénes como yo a diario ven pacientes, a sus familias y lidian con todas las vicisitudes del ejercicio. Los que respetablemente ejercen en el papel, no van a tener los mismos elementos. Pero bienvenidos.
¿Cuántos de ustedes tienen un contrato laboral decente?, ¿a ustedes sus patrones se refieren como “colaboradores” y no “trabajadores”?, ¿Obedecen órdenes, cumplen horario pero les llaman “independientes”?
Actualmente trabajo en la unidad de salud mental más grande de Bogotá, más de trescientas camas y alta complejidad en servicios hospitalarios y ambulatorios. Un lugar con potencial ilimitado y gran talento humano.
Tenemos capacidad instalada para atender pacientes psiquiátricos y sus comorbilidades médicas básicas, un primer nivel en sentido estricto. Ante cualquier eventualidad que supere esa complejidad, remitimos.
Autorizados por habilitación, no tenemos laboratorio, no tenemos soporte para paciente entubado ni profesional capacitado en cuidado intensivo, no tenemos terapeutas respiratorios, no tenemos especialistas diferentes de los psiquiatras. Solo médicos generales 24 horas.
El caso tan sonado el día de hoy es perfecto para ilustrar la dura realidad que viven las víctimas de maltrato.
Muchos hablamos de empoderamiento pero desconocemos lo que necesita un ser humano para tener poder, peor aún, desconocemos que tan severa puede ser la destrucción del maltrato crónico.
Sin ninguna mala intención, claro está, motivamos compulsivamente a las víctimas a salir del círculo de maltrato sin saber con qué herramientas mentales cuenta.