Nací hace 67 años.
Aunque viví el última año y medio del 2º gobierno de Perón y los tres años de la Dictadura de Aramburu, no tengo ningún recuerdo de aquella época.
Apenas dos imágenes fijas, como fotos viejas en blanco y negro, que cambian cada vez que la rememoro.
Tengo recuerdos de la época de Frondizi, pero de su gobierno solo recuerdo que a un amigo de mi familia le pagaban el sueldo con unos bonos que había inventado el ministro Alsogaray y a todos les daba mucha pena que fuera así.
Y que la luz eléctrica se cortaba seguido.
El primer recuerdo explícitamente político que tengo es de 1963, al acompañar a mi mamá a votar en la elección nacional que ganó Illía (con menos del 25% del total de votos y el peronismo proscripto, pero eso no lo supe en el aquel entonces).
Como en mi casa compraban las revistas Tía Vicenta y Primera Plana yo sabía que el gobierno de Illía era muy criticado.
Los humoristas lo comparaban con una torturga y lo dibujaban como un pobre viejito que, en vez de gobernar, se iba la plaza a darle miguitas a las palomas.
El 28 de junio de 1966, en la estación de servicio de Av. Córdoba y Dorrego, por donde yo pasaba para ir a mi colegio primario (que estaba sobre Ravignani) escuché en la radio que había Golpe de Estado.
No me olvidé esa escena.
Illía, la tortuga, había sido derrocado.
Para mi familia (para las familias que nosotros frecuentábamos, de Palermo, San Isidro, Lomas de Zamora, donde teníamos familiares) la vida bajo el comienzo del gobierno de Onganía no era diferente que durante el de Illía.
Solo que gobernaba alguien que los medios aplaudían.
En 1967 ingresé al Secundario y como todos tenía alguna opinión política yo me expresé como conservador de derecha y católico (era terriblemente creyente en ese entonces, quería ser cura, mi obispo me había augurado que yo sería cardenal). En lo internacional, era anticastrista.
En octubre de 1967 el asesinato del Che en Bolivia me conmovió, como a todo el planeta.
No recuerdo un impacto semejante por la muerte de una persona.
Quizá el que hubo con JF Kennedy o, luego, con John Lennon (o el suicidio de Marilyn). Pero creo que lo del Che fue único.
Como a todo adolescente, la Dictadura del 66 (represión -en especial sobre los jóvenes- y moral pública puritana fanática) me fue corriendo a la izquierda.
Dejé de ver a la izquierda (y a Cuba) como demonios y comencé a leer a Marx a la vez que dejaba de ser creyente.
O eso creía
Cambié de creencia fanática: pasé de la derecha a la izquierda.
Ingresé sin saberlo al mundo del blanco o negro: todo o nada. El maniqueísmo total.
Por eso conozco (y aborrezco) tan profundamente el pensamiento maniqueo (de Lilita, por ejemplo).
De los 16 a los 22 fui de izquierda.
Pero desde los 20 ya estaba preso.
Dejar de pensarme como de izquierda fue fácil. Lo difícil fue dejar de pensar como la izquierda.
Porque la izquierda era la religión totalitaria de mi juventud. Ser ateo de la izquierda era casi imposible.
Dejar de ser de izquierda en 1976 era como si hoy alguien tuviera la fuerza, la inteligencia y el coraje de dejar de ser feminista.
No conozco a nadie que sea capaz de semejante salto en su mente.
Pero así fue: en 1976, encerrado en las celdas siempre aisladas de la prisión militar de Magdalena, me puse a leer: Platón, Derrida (nadie lo conocía entonces), Foucault (casi un desconocido; hasta el punto que Tomás habla de él en 1979 y se lo considera su descubridor) y Borges.
Lo bueno de Platón es que si lo leés completo y leés unos 250 o 300 libros importantes sobre su obra ya tenés todo el pensamiento occidental conocido, incluso lo que se va a pensar en el siglo XXIII.
Es brutal. Es algo que no puede creerse.
Una semana antes de que Alfonsín asumiera la presidencia (en diciembre de 1983) salí de la cárcel.
El mundo era muy distinto en 1983 al que yo había visto antes de ir preso diez años atrás.
Además yo tenía 30 años:
era como un bebé gigante, con tres décadas encima, miles de libros en la cabeza y ninguna experiencia en nada.
Durante cuatro o cinco años entré en una máquina centrifugadora: todo giraba a mil revoluciones por segundo y yo no me quería bajar.
Estuve en todas partes e hice de todo. Literalmente "de todo".
Hoy no entiendo cómo tuve fuerzas y energías para trabajar tanto, hacer tanto.
Además, conocí personalmente (a casi todos los frecuenté mucho, de algunos soy amigo) a todos los que importaba conocer: de Charly García a Piglia, de Los Redonditos de Ricota (estoy bien con los dos bandos actuales) a Juan José Saer, de Sarlo a Ludmer (que no se hablaban).
Hasta tuve mi 2ª charla con Borges, de casualidad y sin premeditarla (lo cuento en mi libro "Autoayuda para snobs", Paidós).
Conocí a Alfonsín. Fui 3 veces a la Casa Rosada, la 2ª fue el día en que la Conadep, con Sabato a la cabeza, entregó el informe sobre Desaparecidos.
Temí en 1988, cuando ganó la interna peronista, que Menem ganara las elecciones den 1989 porque yo lo había frecuentado en la cárcel y no me parecía que fuera el político capaz de dirigir la Argentina en medio de tremenda crisis.
Me equivoqué: Menem sí ganó, pero fue muy capaz.
Recordando los años 90 fue que me puse a pensar en todo lo que damos por "normal", como si fuera el mismo aire que respiramos, pero que en realidad no existió durante siglos y de golpe, por tales o cuales circunstancias ingresa a la vida social y ahí se queda durante décadas.
Para comenzar con una tontería:
antes de los 90 en la Argentina no se consumían frutas "tropicales". No había kiwi ni maracuyá.
Las mermeladas de arándanos o de otros frutos del bosque se importaban de Europa, eran caras e inhallables en los supermercados comunes.
Hasta la Dictadura de Videla, los almacenes argentinos eran muy parecidos a los de la Unión Soviética.
No faltaba comida para nadie (había menos de 5% de pobreza, por ejemplo), pero la diversidad de productos era mínima.
Dos yogures, tres dulces de leche. Y punto.
Creo que fue a los 12 o 13 años que descubrí que había ropa que tenía marca. La mayoría de la ropa que usábamos la hacía "la modista del barrio". Los sueters los tejían mi mamá (a veces, no le gustaba) o mis tías.
Se compraba en las tiendas del barrio ropa sin marca. Palermo 1965
Papá (murió cuando yo tenía 9 años) viajaba a Uruguay y traía cosas importadas de EEUU (nuestro 1º televisor, en 1954 -yo tenía casi un año y era rarísimo tener TV- vino de Uruguay: un Hallicrafter yanqui inmenso como un lavarropa).
Traía ropa de nylon. Juguetes que usaban pilas.
Todos los chicos del barrio nos envidiaban porque teníamos un autito a control remoto con pilas que había comprado papá en Uruguay.
Era algo nunca vista en varias cuadras a la redonda.
Acá solo había bicicletas, pelotas, el MilLadrillos, el Mecano, el Cerebro Mágico. Y nada más.
Solo la gente rica tomaba avión. La muy rica.
La clase media que viajaba a Europa iba en barco durante 15 días.
En 1970, no en el 1600.
Hasta mediados de los 60 no había vuelos directos a EEUU ni a Europa. Hacían escala en Panamá o en Dakar.
Antes de "La Revolución Sexual" de los 60 en el mundo (a la Argentina llegó en los 80 y enseguida se detuvo porque estalló el sida), la gente tenía más que muchos problemas para tener un encuentro sexual con otra persona.
Era realmente difícil.
Si eras gay era aún más complicado.
La actual falta de sexo no es solo hija de la moralización puritana que se ha impuesto en la vida social sino que es la hija renegada de los desbordes eróticos de tres décadas libertinas (1960-2000, y ahí se acabó).
Cuando uno no ha perdido el uso del cerebro y ha vivido muchas décadas (con usos, costumbres, acontecimientos y personajes muy distintos) puede comprender que nada es para siempre;
que todo lo que hoy existe es hijo de algo anterior y, a la vez, que es efímero: será pasado.
Ser joven es creer que nuestro presente será eterno
(y, a la vez, sospechar que no es así y por eso odiar a los viejos como solo los jóvenes logran hacerlo: porque ven allí -en esas arrugas profundas que ellos deploran- lo que les espera en unos años si no mueren jóvenes).
Pero nada de lo humano surge ex nihilo ni perdura para siempre (ni siquiera perdura mucho).
(Tuit al margen: debería hacer un hilo así sobre ser gay en la Argentina según las décadas;
los cambios en este aspecto fueron radicales, totales, profundos).
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Este es un buen ejemplo del sesgo de confirmación:
"detesto al gobierno y hablo con gente que lo detesta - entro en el sesgo del falso consenso-: 'confirmo' que TODOS lo detestan."
Al final se cree: "Perderá porque todos lo detestamos".
No hay razonamiento acá.
Solo sesgos.
Ojo: los sesgos los podemos sufrir todos. No son propios de una fuerza política, una ideología, una forma de ver el mundo.
Cualquiera cae en ellos.
La única forma de no caer es tener pensamiento crítico y dudar sobre nuestras creencias. Más aún cuando nos salen espontáneamente.
¿Sabían que la policía no existió siempre?
Surgió en las ciudades europeas a fines de la Edad Media, pero recién estuvo organizada de forma parecida a la actual en el siglo XVII.
Fue la forma final que tomó la organización urbana para controlar las pandemias de aquella época.
Entre el siglo XIV y XV las más importantes ciudades europeas (París, Venecia, Milán y Génova, entre otras) comenzaron a enfrentar las pandemias -las "pestes"- de manera organizada: se crearon las cuarentenas.
La medicina de la época no era científica.
En el mejor de los casos, los médicos conocían los tratados de la Antigüedad grecolatina y seguían realizando los mismos procedimientos. Pero pocos tenían esos conocimientos.
La mayoría era parecido a lo que hoy llamamos "curanderos".
La pobreza en un país crece principalmente cuando se produce menos y hay menos trabajo bien remunerado.
La pobreza en un país disminuye cuando se produce más y se genera más trabajo bien remunerado.
Comparen los países que tienen menos pobreza con los que tienen más y lo verán.
Japón, Australia, los decenas de países de la Unión Europea o Canadá tienen menos pobreza que Africa, los países asiáticos y América latina porque son países más ricos, con más inversión y con más generación de riqueza (a diferencia de los otros, que no generan riqueza).
Además, tienen países enormes, como China e India, que han comenzado hace décadas a transitar el camino de la generación de riquezas (partiendo de una realidad terrible de enorme miseria) y que en estos años sacaron de la pobreza a más de mil millones de personas.
Leo una nota sobre masculinidades (sí, soy masoquista, pero justamente leo todo lo que piensan aquellos que quieren transformarnos en gente "buena", imponiéndonos sus ideas "santas y liberadoras").
El ejemplo que toman para mostrar cómo se construye "la masculinidad heteronormativa típica (que siempre hace al varón un ser violento, agresivo, en busca del poder)" es la matanza de Baez por los rugbiers en Villa Gessell.
Es tan poco seria toda la argumentación (las conclusiones fueron sacadas antes de tener las premisas), que es como si tomáramos algunos de los muchos casos en que las madres matan a sus hijos y dijéramos que eso muestro cómo se construye la feminidad.
Voy a hacer un hilo sobre un tema del que mucha gente habla sin conocer lo más mínimo y que cuando uno trata de explicárselo no lo lee nadie.
Y así siguen siendo ignorantes.
Para qué existen los diccionarios y qué es la Real Academia Española de la lengua.
Hay una confusión sobre qué es, qué hace y para qué sirve y para qué no la Real Academia Española (y todas las academias latinoamericanas del castellano).
El desprecio comenzó en los años 50 por el apoyo de la RAE a Franco y por su política conservadora y anticientífica.
Así como España cambió mucho luego de la muerte de Franco, también la RAE actual es otra.
Desde hace al menos 40 años, la academia de la lengua se encarga esencialmente de investigar sobre nuestro idioma, hacer el diccionario, despejar dudas de uso y de comprensión.
El Profesor de Jurisprudencia de Princeton Robert George (lo siguen en Twitter Paul Graham y Jonathan Haidt entre mucha otra gente brillante) escribió sobre los movimientos totalitarios (muchos de los cuales se ven en público como defensores de los derechos de las minorías).
"Cuando los movimientos totalitarios adquieren suficiente poder político, económico o cultural, lo usan para eliminar la disidencia.
Su primer paso es usar formas formales e informales de castigar las críticas al movimiento o a su ideología.".
"Luego recurren a las amenazas explícitas o implícitas, a veces complementadas con incentivos positivos.
Tratan de que la gente vaya más allá de solo no criticarlos: quieren que acuerden públicamente con los puntos ideológicos clave del movimiento, incluso si no creen en ellos".