Cuando llegó a Ellis Island, Rafael Guastavino no era un inmigrante pobre como muchos de los hombres y mujeres que habían hecho el trayecto por el Atlántico en su mismo barco.
Él venía con dinero, con mucho dinero, de hecho.
Lo malo es que la procedencia de ese dinero era, por decirlo suavemente, dudosa: 40 000 dólares sacados de una complicada estafa con pagarés y que, una vez conocida su participación en la misma, le impedía volver a poner un pie en España.
Llegaba a Nueva York para siempre.
Valenciano de nacimiento y barcelonés de adopción, Guastavino tenía dos talentos muy acusados: un delicado de las posibilidades de la construcción con bóveda de ladrillo, y una desvergonzada propensión a meterse en problemas, especialmente si eran de índole extramatrimonial...
Por eso, su esposa, harta de él, se había largado a Argentina con sus tres hijos mayores y todos los ahorros familiares. Y también por eso, llegaba a Manhattan con su hijo menor, con su amante y madre del niño, con las hijas de ella y con todo ese dinero de procedencia ilegal.
Una vez pasado el control de inmigración, y pese a que no hablaba una palabra de inglés, el hombre se sintió por fin liberado.
Era 1881, Guastavino tenía 39 años y delante se le abría una vida nueva en el país de las oportunidades.
Y la primera oportunidad que encontró fue para corroborar su talento para meterse en líos. Para empezar, su amante, Paulina Roig, se volvió a España con las hijas de ella.
Y para terminar, el Pánico de Wall Street de 1884 se llevó por delante casi toda esa fortuna que traía.
Por suerte, aún le quedaba su primer talento, ese que había desarrollado estudiando y trabajando en Barcelona y que estaba decidido a importar a su nuevo país: la construcción con bóveda tabicada de ladrillo.
Pero Guastavino no se limitó a construir con bóveda tabicada, no. Hizo algo extraordinariamente inteligente y también extraordinariamente estadounidense: patentó el sistema.
Lo bautizó como "Tile Arch System" sistema de arco de tabicón.
E hizo algo extraordinariamente norteamericano porque, en realidad, Guastavino no "inventó" nada: perfeccionó la bóveda tradicional de la construcción vernácula del levante español.
Pero ahora, cada vez que alguien quisiera usarla, tendría que contratarle o pagar por hacerlo.
Enseguida, al sistema se le conoció como "Sistema Guastavino” o “Baldosa Guastavino” y claro, MUCHA gente quiso construir con ese método porque presentaba tres ventajas notables respecto a los forjados de madera e incluso a los novedosos métodos estructurales de acero...
1. Su ejecución era muy rápida, pues las bóvedas se conformaban con elementos de pequeño tamaño —los ladrillos planos—, que cualquiera sabía colocar siguiendo un par de reglas básicas.
2. La propia forma de la bóveda desviaba las cargas de manera enormemente eficaz, facilitando así la cubrición de grandes luces sin necesidad de grandes desembolsos presupuestarios.
Y 3 (y la más importante), como las bóvedas de Guastavino eran de un material cerámico, su comportamiento contra incendios era ideal.
Con esa premisa, el constructor fundó la Guastavino Fireproof Construction Company y vendió su sistema así: construcción a prueba de fuego.
Y
se
hizo
de
oro.
En las siguientes dos décadas, Guastavino llenó de bóvedas catalanas decenas de edificios representativos por toda la costa este y el centro del país. En Chicago, en Boston, en Filadelfia, en Washington. Bibliotecas, iglesias, parlamentos, museos...
Y, por supuesto, en Nueva York.
En la Gran Manzana, en solitario o ya junto a su hijo Rafael Guastavino Jr., construyó decenas de bóvedas. En la Grand Central Terminal, en el puente de Queensboro, en la Catedral de San Juan el Divino...
...e incluso la nueva terminal de Ellis Island, donde una vez desembarcó, fue cubierta por una formidable bóveda de la Guastavino Fireproof Construction Company.
Los delicados aparejos de baldosa contrapeada convertían los espacios donde se colocaban en monumentales despliegues de pericia constructiva y cariño por la arquitectura.
De algún modo, la versión americana de la bóveda catalana acabó siendo un símbolo de la arquitectura estadounidense del cambio de siglo. Todos la querían, todos la admiraban, y él la colocaba en todos lados.
También bajo tierra.
En 1900, los arquitectos Heins & LaFarge contrataron a Guastavino para construir en la City Hall Station, la primera estación de metro de Nueva York.
Y él diseñó un elegantísimo túnel el que sus bóvedas avanzaban por el espacio como los pasos de un bailarín.
Gráciles y livianas, alternaban los tramos cerámicos ciegos con lucernarios de vidrio entreverado en bastidores de hierro y plomo. Los neoyorquinos bajaban por primera vez al interior de sus calles y lo que se encontraban era un cielo más bello que el de Manhattan.
La City Hall station se inauguró en 1904 y, al principio era conocida como City Hall Loop por su particular trazado en bucle circular.
Durante cuarenta y un años fue la estación preferida por los ciudadanos de Nueva York, aunque nunca fuese la más transitada.
Además, su planta curva impedía que los convoyes más largos parasen allí, lo cual fue haciendo que la estación se volviese poco a poco un artefacto obsoleto, reduciendo cada vez más la frecuencia de los trenes hasta el punto de ser clausurada tras la Segunda Guerra Mundial.
El 31 de diciembre de 1945, los trenes pararon en City Hall station por última vez y desde entonces ha permanecido sin uso.
Estuvo abandonada más de treinta años, y en 1979, fue declarada oficialmente Hito de la Ciudad de Nueva York, aunque el público no tenía acceso a ella.
En 2004, justo cien años después de su inauguración, la estación de bóvedas catalanas que diseñó un valenciano mujeriego y cabeza loca fue inscrita en el Registro Nacional de Lugares Históricos, otorgándole así la máxima protección patrimonial de los Estados Unidos.
Es famosísima pero aún sigue oculta. En el acceso exterior se puede ver el pórtico de tesela blanca vitrificada, también bellísimo y también de Guastavino, pero el interior apenas se puede visitar, salvo en las ocasionales rutas guiadas que organiza el New York Transit Museum.
Al parecer, las autoridades de la capital del mundo aún no han sido capaces de darle un uso un monumento nacional que, además, es la estación de metro más bella de Nueva York.
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#LaBrasaTorrijos se escribe en directo todos los jueves desde el soleado barrio de Villaverde, aunque el episodio de hoy se ha escrito, también en directo, desde la lluviosa ciudad suiza de Zurich (donde también triunfó un arquitecto valenciano 🙃)
(Fin del HILO 🗽🧱🧱🧱)
La primera coda, que pa luego es tarde.
1. Yo uso varias veces el término "bóveda catalana" porque es como la estudié yo. Sin embargo, es literalmente imposible que ese término lo usase Guastavino esa denominación no nace hasta 1898
Aunque hay construcciones así desde el XVI en Cataluña y también en Valencia, los albañiles catalanes no usan el término "volta catalana" hasta el XX. Usan sobre todo "volta de rajol".
Por eso, el término más preciso en castellano es "bóveda tabicada" (que yo también uso).
Y, por cierto, quienes primero usan el término "bóveda catalana" son los arquitectos madrileños, tanto en 1898 como ya cuando lo popularizan en el congreso de 1904.
Ah, y una última cosa, aunque las construcciones de este tipo de bóveda son muy populares en Cataluña y Valencia, y el nombre "bóveda catalana" nace desde Madrid, los primeros en usarlo probablemente fueron los constructores árabes en Al-Ándalus.
2. La historia de los Guastavino se ha contado en muchas partes, sobre todo en las dos últimas décadas. Novelas, ensayos, artículos.
A mí me gusta mucho el Imprescindibles de La 2.
3. En este ecosistema tan chulo que hemos construido en Tuiter, David Calvo, que escribe hilos estupendos sobre arquitectura valenciana, ya escribió sobre Guastavino.
En 1990, unas inundaciones asolaron Japón. Murieron 14 personas.
El país no podía arriesgarse a que se repitiesen en una zona urbana tan poblada como Tokio, así que construyeron una maravilla: La Catedral de las Tormentas.
Os cuento su historia en #LaBrasaTorrijos.
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Como habréis podido comprobar, llevamos un mes largo con varios episodios de lluvias. Lo "bueno" es que las lluvias de invierno suelen ser sostenidas y no torrenciales.
Como desgraciadamente sabemos, las jodidas son las torrenciales, las que descargan mucho en poco tiempo.
Idealmente, la mejor solución para absorber este tipo de inundaciones sería tener unas ciudades más porosas. Que permitiesen un drenaje más eficaz y más natural.
Pues en la Irlanda del XIX hubo un casero TAN CHUNGO que su apellido se convirtió en un verbo que significa "Impedir o entorpecer la realización de un acto como medio de presión para conseguir algo".
Os lo cuento en #LaBrasaTorrijos
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En 1854, un joven inglés llamado Charles Cunningham se trasladó a la isla de Achill, al oeste de Irlanda. Hijo de familia pudiente, salía de una carrera militar fallida y llegaba a las verdes tierras de Éire dispuesto a ser un hombre rico y de provecho.
En esa época, Irlanda vivía una situación bastante peluda: acababa de salir de la Gran Hambruna del 45, que había diezmado a la población, bien llevándola a los camposantos, bien obligándola a emigrar.
Por tanto, las verdes tierras de cultivo eran un bien muy preciado.
El Helicoide de Caracas es un resumen construido de la historia de Venezuela.
Un centro comercial nacido para un futuro motorizado y voraz, que se recorrería en coche —sin bajarse de él— pero acabó convertido en prisión.
Os cuento su historia en #LaBrasaTorrijos 🧵⤵️
Hay edificios que nacen con vocación de sistema. Aspiran a ser algo más que contenedores de actividad humana y se comportan como diagramas del mundo, como máquinas ideológicas disfrazadas de hormigón.
El Helicoide nació con esa aspiración.
Venezuela, años 50. Con el dictador Pérez Jiménez al mando, el país rebosaba gasolina, dólares, silencio cívico y la sudorosa sensación de que todo iba a durar para siempre.
Un laboratorio del petróleo que parecía querer ahogar el miedo pisando el acelerador. Literalmente.
El Cementerio de los Ingleses es un pequeño recinto tapiado frente a los acantilados de Camariñas, en A Coruña.
Pero ¿y si allí estuviese enterrado Jack el Destripador? (Y no, no es descabellado).
Esta es una historia de naufragios y patrimonio, en #LaBrasaTorrijos
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Plymouth, 8 de noviembre de 1890. Un hombre sube al "HMS Serpent" como quien acepta una sentencia cuyo contenido desconoce pero cuyo peso reconoce al instante.
@DACTurismo El nombre que dio —Arthur, James, William, el que fuese— quedó casi disuelto en la humedad del muelle porque lo pronunció demasiado bajo, evitando el cruce de miradas con el oficial que anotaba en un registro ya curvado por la lluvia.
Lo de que las estaciones del metro de Estocolmo son preciosas es algo digno de comprobarse in situ.
Pero también esconden una historia. Una historia de amor por los servicios públicos, por las infraestructuras públicas, por la gente que las construye y por la gente que las usa cada día:
La historia empieza, como empiezan casi todas las historias buenas de ciudades nórdicas, en la roca. Ni en el hormigón ni en el hormigón revestido de hormigón —que es la tentación internacional—, sino en la roca viva, la roca madre, el granito glacial que hace de Estocolmo una ciudad con vértebras de hielo fósil.
Cuando a mediados del siglo XX decidieron construir su red de metro, optaron por la solución más directa, casi geológica: excavar, dinamitar, abrir la montaña e insertar trenes. Y en algún momento de esa operación de ingeniería a mano armada surgió una pregunta casi infantil, tan evidente y, a la vez, tan peculiar que era muy raro que alguien se la preguntase: ¿y si dejamos la roca vista?
La respuesta tiene que ver con estética, sí, pero también con política y con época. Tras la Segunda Guerra Mundial, Suecia —como buena parte del norte de Europa— estaba articulando un nuevo pacto social: bienestar público, accesibilidad, democracia cotidiana.
Uno de los engranajes de ese pacto era la convicción tranquila, pero tenaz, de que el arte no debía ser un lujo sino un derecho. Así que, si el metro iba a convertirse en el gran espacio público donde cientos de miles de personas bajarían cada día, ¿por qué no convertirlo también en un lugar donde el arte descendiese con ellas? Un soporte para democratizar la belleza, para hacer país desde el subsuelo.
Esa respuesta convirtió al metro de Estocolmo en la frase con la que lo definen: la galería de arte más larga del mundo. Algo que va más allá del eslogan turístico; es una decisión conceptual. Si vas a perforar la ciudad, abraza sus entrañas. Si vas a mover a tanta gente bajo la tierra, ofréceles algo más que azulejos blancos y tubos fluorescentes.
Haz país. Haz estética. Haz política blanda —que es la mejor política—.
La línea azul es el ejemplo más evidente. Basta bajar desde T-Centralen para entenderlo: la bóveda, pintada de azul profundo, conserva la piel rugosa de la roca. Tiene algo de caverna prehistórica, pero intervenida con brochazos gigantes. Parece la obra de un pintor expresionista que hubiera vivido aquí encerrado con un cubo de acrílico y demasiadas horas de invierno.
Además, en esa bóveda aparecen siluetas de obreros: un homenaje directo a los trabajadores que construyeron la red hace 75 años y que la mantienen cada día.
Tres cuartos de siglo de ciudad subterránea.
Sigue uno bajando por la línea y llegas a Solna Centrum, la estación más fotografiada de Suecia (y probablemente una de las más fotografiadas del mundo). Un túnel rojo, intensamente rojo, un rojo que no te abraza sino que te engulle.
Parece una bajada al infierno, sí, pero es un infierno con una intención: el mural, pintado en 1975, denuncia la deforestación sueca. El rojo del cielo frente al verde de los bosques como un aviso urgente en un país que hoy presume de sostenibilidad, pero que lleva décadas pensando en estas cosas.
Estando allí me pregunté si hoy ese mural se lee de otra manera. Si ya no habla solo de árboles sino del planeta entero.
Estoy en Estocolmo, moviendo las manos porque hace tres grados bajo cero, y esto que tengo detrás es el ayuntamiento, el Stadshuset.
Visto así, con su ladrillo rojo, su torre alta y esta logia abierta al agua, parece un edificio medieval, casi un híbrido entre castillo nórdico y palacio veneciano. Podría colar como gótico italiano, o como algo que te encontrarías entrando en la plaza de San Marcos por la puerta equivocada.
Pero la gracia es precisamente que no es medieval en absoluto.
Es un edificio del siglo XX: se construye entre 1911 y 1923, lo diseña el arquitecto Ragnar Östberg y es uno de los grandes ejemplos del Romanticismo Nacional sueco, una arquitectura que mezcla referencias históricas con una idea muy moderna de lo que debe ser un edificio público.
Por eso está aquí, pegado al agua. Si esto fuera de verdad un ayuntamiento medieval, lo lógico es que estuviese bien adentro del casco antiguo, protegido por murallas, alejado de cualquier ataque por mar. Pero, en los años veinte, Suecia ya no está pensando en cañones y asedios: está pensando en democracia, administración y ciudad abierta.
El Stadshuset se coloca en la punta de Kungsholmen, justo donde el lago Mälaren se abre hacia el archipiélago que conecta con el Báltico. Es un gesto urbano clarísimo: el poder municipal se asoma al agua porque el agua es lo que organiza Estocolmo.
El patio donde estoy tiene ese aire muy veneciano: arcos de medio punto abajo y esa sensación de plaza porticada que se abre directamente al embarcadero. Te giras y podrías estar esperando que aparezca una góndola, pero lo que llega son ferris y hielo.
La torre, además, está claramente emparentada con el campanile de San Marcos, solo que coronada por las Tres Coronas doradas de Suecia, para que no haya dudas de quién firma el skyline.
Y luego está la obsesión material. El ayuntamiento está construido con unos ocho millones de ladrillos rojos, de los cuales cerca de un millón se hicieron a mano, precisamente para conseguir esta textura vibrante, nada uniforme, que ves en fachada: el típico ladrillo de monasterio nórdico, colocado alternando testas y tizones para que el muro nunca sea del todo plano ni del todo predecible.
Ragnar Östberg era bastante maniático con la textura: quería que el edificio, visto de cerca, tuviera una piel casi viva, con pequeñas variaciones en cada pieza.