El 7 de noviembre de 1940, Leonard Coatsworth, reportero del Tacoma News Tribune, se dirigía desde Tacoma hasta Gig Harbor, en la península de Kitsap.
Llevaba en el coche a su perro Tubby, después de que el veterinario hubiera tenido que amputarle una pata.
Si el trayecto se hubiese realizado un año antes, habría tenido que dar un rodeo de más de cien kilómetros rodeando el estrecho de Puget pero, por suerte, ahora podía cruzar por el nuevo puente de Tacoma Narrows.
Aquí.
Además, el nuevo puente era una suerte de atracción local. Lo llamaban "Galloping Gertie", Gertie la Galopante.
Y lo llamaban así porque...bueno, porque *galopaba*.
El puente de Tacoma Narrows había sido una petición (y casi una necesidad) desde finales del XIX, precisamente para evitar el rodeo que suponía ir hasta la península de Kitsap.
Sin embargo, el proyecto no se inició hasta 1937 y las obras no comenzaron hasta el 38.
Bajo diseño del ingeniero neoyorquino Leon Moisseiff, el nuevo puente colgante cubría una luz de 850 metros en un tablero de solo 12 metros de ancho sujeto en dos vigas cajón de apenas 2.4 metros de canto.
Era delicado y elegantísimo.
Pero no solo era elegante, también era el 3er puente colgante que más luz cubría del mundo, solo detrás del Golden Gate en San Francisco y del George Washington en New Jersey.
La gente de Seattle y Tacoma estaba orgullosísima de su nuevo puente.
Y, de hecho, la inauguración, el 1 de julio de 1940, fue un acontecimiento local y estatal de primer orden.
Y sin embargo, desde el primer día, incluso desde que estaba en obra, el puente dio señales visibles de que el viento lo movía demasiado.
Pero como las autoridades decían que no había peligro, la gente pasaba por allí como quien iba a la montaña rusa. A divertirse. A "cabalgar".
Aunque los movimientos eran suaves, pues las autoridades estaban un pelín acojonadas con el asunto, así que encargaron al ingeniero Frederick Burt Farquharson, profesor en la Universidad de Washington, que recomendase soluciones.
Antes de habían colocado amortiguadores hidráulicos entre los pilones y el tablero y también se instalaron nuevos cables oblicuos para limitar la oscilación.
Pero ninguna de estas soluciones funcionó.
Así que el profesor Farquharson propuso otras dos soluciones:
1. Agujerear las vigas-cajón para que el viento pudiese atravesarlas y se comportase como una cercha igual a la de otros puentes colgantes.
2. Colocar al tablero unas piezas auxiliares para mejorar la aerodinámica.
Las autoridades descartaron lo de agujerear las vigas, pero aprobaron la segunda versión.
El problema es que la aprobaron el día 6 de noviembre...y la mañana del día 7, el puente de Tacoma Narrows comenzó a moverse como no lo había hecho hasta ese momento.
Comenzó a torsionar.
¿Qué estaba pasando?
Bueno, no voy a extenderme demasiado porque ni soy ingeniero ni esto es una aula, pero estaban pasando dos cosas a la vez:
Oscilación en resonancia y autoexcitación aeroelástica.
Este gráfico explica muy bien que las vigas-cajón, al no permitir el paso del aire, provocaron vórtices de Von Kármán que, a su vez, movieron los lados del tablero arriba y abajo.
En condiciones de menor viento, ese movimiento de torsión debería haberse ido parando hasta llegar al equilibrio, pero justo esa mañana soplaba un viento sostenido de 64 km/h que "empujaba" constantemente el tablero EN LA MISMA FRECUENCIA de la oscilación.
Si imagináis un columpio, un empujón lo mueve pero, al cabo de un par de balanceos, se para. Pues ese viento funcionaba como si alguien estuviese empujando el columpio contantemente.
En esa mañana del 7 de noviembre de 1940, muchos curiosos se habían reunido junto al puente porque se movía como un demonio. Tanto que la policía cortó el acceso rodado justo cuando el reportero Leonard Coatsworth se encontraba EN MEDIO del tablero central.
Lo único que pudo hacer fue bajarse del coche y huir de allí ante el colapso inminente.
Tuvo que ir a gatas y luego "escalar" el tablero, pero consiguió ponerse a salvo.
(Este video es acojonante)
En cambio, aunque el profesor Farquharson, que también estaba allí, intentó rescatar a Tubby en el último segundo, el pobre perro estaba tan asustado que le mordió la mano y se negó a salir del coche.
Fue la única víctima del colapso del puente de Tacoma Narrows.
Porque, efectivamente, a las 11:40 AM, tras más de una hora oscilando en torsión, el flamante puente, que no llevaba abierto ni 6 meses, colapsó.
Durante mucho tiempo, se consideró que fue la resonancia la que hizo colapsar el puente pero las últimas investigaciones dicen que, en realidad, fue otro fenómeno llamado autoexcitación aeroelástica.
Este video explica muy bien como se movió el puente.
Tras el colapso, no se volvió a construir otro puente hasta 1950 porque USA entró en la 2ª Guerra Mundial y no estaban para gastar en algo que no fuese el ejército.
Y como este del 50 se les quedó pequeño, en 2007 inauguraron otro nuevo puente colgante justo al lado.
Eso sí, ambos están sujetos por cerchas y no por vigas-cajón para evitar cualquier posibilidad de vórtice.
Del viejo puente de Tacoma Narrows solo quedan los restos del tablero, que descansan a 55 metros de profundidad formando un arrecife artificial.
Arrecife que, además de servir a la fauna marina, está incluido en el Registro de Lugares Históricos de los Estados Unidos.
Pero el verdadero legado del Puente de Tacoma Narrows no es tanto el arrecife (ni el memorial del pobre Tubby), sino que, al ser estudiado durante décadas, su colapso sirvió para desarrollar conceptos como la aeroelasticidad, que ahora es esencial en el diseño de estructuras.
Si os ha gustado el episodio de hoy, hacedme RT al hilo, FAVs, follows o llevadme a los columpios (pero no os paséis empujando)!
Y si os gustan las historias como esta, ATLAS DE LUGARES EXTRAORDINARIOS es mi segundo libro: un viaje por los sitios más curiosos del mundo para pequeños exploradores de 4 a 10 años.
YA ESTÁ EN TODAS LAS LIBRERIAS Y EN TODOS LOS SITIOS ONLINE: amzn.to/3UoozGv
❤️Ah, y también podéis pasaros por mi IG, donde también cuento historias muy chulas.
Hoy he contado la de los edificios que son más grandes por dentro que por fuera (en serio): instagram.com/p/CloE-qeM_LL/
Y si os molan los hilos de #LaBrasaTorrijos y no queréis perderos ninguno, suscribíos a mi newsletter, donde os avisaré cada vez que haya uno nuevo:
Todas las imágenes del hilo de hoy están acreditadas en la descripción de la primera fotografía de cada tuit. Todas se han usado bajo su correspondiente licencia.
Todos los videos son DP, salvo el de este tuit, cuyo autor es Itravell_CC BY-SA.
En 1990, unas inundaciones asolaron Japón. Murieron 14 personas.
El país no podía arriesgarse a que se repitiesen en una zona urbana tan poblada como Tokio, así que construyeron una maravilla: La Catedral de las Tormentas.
Os cuento su historia en #LaBrasaTorrijos.
🧵⤵️
Como habréis podido comprobar, llevamos un mes largo con varios episodios de lluvias. Lo "bueno" es que las lluvias de invierno suelen ser sostenidas y no torrenciales.
Como desgraciadamente sabemos, las jodidas son las torrenciales, las que descargan mucho en poco tiempo.
Idealmente, la mejor solución para absorber este tipo de inundaciones sería tener unas ciudades más porosas. Que permitiesen un drenaje más eficaz y más natural.
Pues en la Irlanda del XIX hubo un casero TAN CHUNGO que su apellido se convirtió en un verbo que significa "Impedir o entorpecer la realización de un acto como medio de presión para conseguir algo".
Os lo cuento en #LaBrasaTorrijos
🧵⤵️
En 1854, un joven inglés llamado Charles Cunningham se trasladó a la isla de Achill, al oeste de Irlanda. Hijo de familia pudiente, salía de una carrera militar fallida y llegaba a las verdes tierras de Éire dispuesto a ser un hombre rico y de provecho.
En esa época, Irlanda vivía una situación bastante peluda: acababa de salir de la Gran Hambruna del 45, que había diezmado a la población, bien llevándola a los camposantos, bien obligándola a emigrar.
Por tanto, las verdes tierras de cultivo eran un bien muy preciado.
El Helicoide de Caracas es un resumen construido de la historia de Venezuela.
Un centro comercial nacido para un futuro motorizado y voraz, que se recorrería en coche —sin bajarse de él— pero acabó convertido en prisión.
Os cuento su historia en #LaBrasaTorrijos 🧵⤵️
Hay edificios que nacen con vocación de sistema. Aspiran a ser algo más que contenedores de actividad humana y se comportan como diagramas del mundo, como máquinas ideológicas disfrazadas de hormigón.
El Helicoide nació con esa aspiración.
Venezuela, años 50. Con el dictador Pérez Jiménez al mando, el país rebosaba gasolina, dólares, silencio cívico y la sudorosa sensación de que todo iba a durar para siempre.
Un laboratorio del petróleo que parecía querer ahogar el miedo pisando el acelerador. Literalmente.
El Cementerio de los Ingleses es un pequeño recinto tapiado frente a los acantilados de Camariñas, en A Coruña.
Pero ¿y si allí estuviese enterrado Jack el Destripador? (Y no, no es descabellado).
Esta es una historia de naufragios y patrimonio, en #LaBrasaTorrijos
🧵⤵️
Plymouth, 8 de noviembre de 1890. Un hombre sube al "HMS Serpent" como quien acepta una sentencia cuyo contenido desconoce pero cuyo peso reconoce al instante.
@DACTurismo El nombre que dio —Arthur, James, William, el que fuese— quedó casi disuelto en la humedad del muelle porque lo pronunció demasiado bajo, evitando el cruce de miradas con el oficial que anotaba en un registro ya curvado por la lluvia.
Lo de que las estaciones del metro de Estocolmo son preciosas es algo digno de comprobarse in situ.
Pero también esconden una historia. Una historia de amor por los servicios públicos, por las infraestructuras públicas, por la gente que las construye y por la gente que las usa cada día:
La historia empieza, como empiezan casi todas las historias buenas de ciudades nórdicas, en la roca. Ni en el hormigón ni en el hormigón revestido de hormigón —que es la tentación internacional—, sino en la roca viva, la roca madre, el granito glacial que hace de Estocolmo una ciudad con vértebras de hielo fósil.
Cuando a mediados del siglo XX decidieron construir su red de metro, optaron por la solución más directa, casi geológica: excavar, dinamitar, abrir la montaña e insertar trenes. Y en algún momento de esa operación de ingeniería a mano armada surgió una pregunta casi infantil, tan evidente y, a la vez, tan peculiar que era muy raro que alguien se la preguntase: ¿y si dejamos la roca vista?
La respuesta tiene que ver con estética, sí, pero también con política y con época. Tras la Segunda Guerra Mundial, Suecia —como buena parte del norte de Europa— estaba articulando un nuevo pacto social: bienestar público, accesibilidad, democracia cotidiana.
Uno de los engranajes de ese pacto era la convicción tranquila, pero tenaz, de que el arte no debía ser un lujo sino un derecho. Así que, si el metro iba a convertirse en el gran espacio público donde cientos de miles de personas bajarían cada día, ¿por qué no convertirlo también en un lugar donde el arte descendiese con ellas? Un soporte para democratizar la belleza, para hacer país desde el subsuelo.
Esa respuesta convirtió al metro de Estocolmo en la frase con la que lo definen: la galería de arte más larga del mundo. Algo que va más allá del eslogan turístico; es una decisión conceptual. Si vas a perforar la ciudad, abraza sus entrañas. Si vas a mover a tanta gente bajo la tierra, ofréceles algo más que azulejos blancos y tubos fluorescentes.
Haz país. Haz estética. Haz política blanda —que es la mejor política—.
La línea azul es el ejemplo más evidente. Basta bajar desde T-Centralen para entenderlo: la bóveda, pintada de azul profundo, conserva la piel rugosa de la roca. Tiene algo de caverna prehistórica, pero intervenida con brochazos gigantes. Parece la obra de un pintor expresionista que hubiera vivido aquí encerrado con un cubo de acrílico y demasiadas horas de invierno.
Además, en esa bóveda aparecen siluetas de obreros: un homenaje directo a los trabajadores que construyeron la red hace 75 años y que la mantienen cada día.
Tres cuartos de siglo de ciudad subterránea.
Sigue uno bajando por la línea y llegas a Solna Centrum, la estación más fotografiada de Suecia (y probablemente una de las más fotografiadas del mundo). Un túnel rojo, intensamente rojo, un rojo que no te abraza sino que te engulle.
Parece una bajada al infierno, sí, pero es un infierno con una intención: el mural, pintado en 1975, denuncia la deforestación sueca. El rojo del cielo frente al verde de los bosques como un aviso urgente en un país que hoy presume de sostenibilidad, pero que lleva décadas pensando en estas cosas.
Estando allí me pregunté si hoy ese mural se lee de otra manera. Si ya no habla solo de árboles sino del planeta entero.
Estoy en Estocolmo, moviendo las manos porque hace tres grados bajo cero, y esto que tengo detrás es el ayuntamiento, el Stadshuset.
Visto así, con su ladrillo rojo, su torre alta y esta logia abierta al agua, parece un edificio medieval, casi un híbrido entre castillo nórdico y palacio veneciano. Podría colar como gótico italiano, o como algo que te encontrarías entrando en la plaza de San Marcos por la puerta equivocada.
Pero la gracia es precisamente que no es medieval en absoluto.
Es un edificio del siglo XX: se construye entre 1911 y 1923, lo diseña el arquitecto Ragnar Östberg y es uno de los grandes ejemplos del Romanticismo Nacional sueco, una arquitectura que mezcla referencias históricas con una idea muy moderna de lo que debe ser un edificio público.
Por eso está aquí, pegado al agua. Si esto fuera de verdad un ayuntamiento medieval, lo lógico es que estuviese bien adentro del casco antiguo, protegido por murallas, alejado de cualquier ataque por mar. Pero, en los años veinte, Suecia ya no está pensando en cañones y asedios: está pensando en democracia, administración y ciudad abierta.
El Stadshuset se coloca en la punta de Kungsholmen, justo donde el lago Mälaren se abre hacia el archipiélago que conecta con el Báltico. Es un gesto urbano clarísimo: el poder municipal se asoma al agua porque el agua es lo que organiza Estocolmo.
El patio donde estoy tiene ese aire muy veneciano: arcos de medio punto abajo y esa sensación de plaza porticada que se abre directamente al embarcadero. Te giras y podrías estar esperando que aparezca una góndola, pero lo que llega son ferris y hielo.
La torre, además, está claramente emparentada con el campanile de San Marcos, solo que coronada por las Tres Coronas doradas de Suecia, para que no haya dudas de quién firma el skyline.
Y luego está la obsesión material. El ayuntamiento está construido con unos ocho millones de ladrillos rojos, de los cuales cerca de un millón se hicieron a mano, precisamente para conseguir esta textura vibrante, nada uniforme, que ves en fachada: el típico ladrillo de monasterio nórdico, colocado alternando testas y tizones para que el muro nunca sea del todo plano ni del todo predecible.
Ragnar Östberg era bastante maniático con la textura: quería que el edificio, visto de cerca, tuviera una piel casi viva, con pequeñas variaciones en cada pieza.