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La niña que vivía en un bonsay.
Imagenes: 8 y 2
Para #veranoderelatos
Uno de cada tres fines de semana era el momento que tenía aquella reducida familia de tres miembros para visitar la casa de la abuela, y aquella niña de cabellos castaños y risueña sonrisa albergaba con impaciencia ese dulce momento. >>
Se presentaron en la casa sobre las doce y media de la mañana de un sábado cualquiera, la joven niña, que apenas levantaba dos palmos del suelo, vestía un jovial vestido de flores y unos leotardos morados que resaltaban unos divertidos zapatitos de charol que le había comprado >>
su abuela varios años antes, su pelo castaño estaba adornado con dos lazos amarillos que separaban sus cabellos a cada mitad de su cabeza. Aquellos verdes ojos, que iluminaban la sonrisa de su abuela, albergaban en su interior una sabiduría y una calma impropia de una niña de >>
su edad, pero esa divertida sonrisa y esos mofletes reflejaban una inquietud propia de un niño.
Al llegar a casa de su abuela, esta siempre mantenía el mismo ritual, sacaba galletas, bizcocho de yogurt y miles de juguetes para que la pequeña se entretuviese, pero había algo >>
que llamaba más la atención de la pequeña que esos viejos juguetes. Un bonsay.
Aquel diminuto bonsay de frondosa copa y robusto tronco, que descansaba sobre el aparador de casa de su abuelita desataba las pasiones de la pequeña. Parecía que la niña entrase en un estado de paz >>
mental al observar ese pequeño bonsay. Su oscuro tronco, que crecía enrollándose sobre sí mismo hasta dividirse en ramas, hacía volar la imaginación de la pequeña que lograba visualizar con total realismo a una diminuta joven de largos y castaños cabellos, de una tez tan >>
blanca y lisa que parecía poder reflejar la luz del sol. La veía trepar por los recovecos y salientes de aquel árbol en miniatura. Aquella joven vestía un fino vestido de gasa blanca que cubría su cuerpo sin dificultar sus movimientos, la pequeña nunca había imaginado desde >>
hacía cuanto la joven vivía allí, ni el porqué de su hogar, pero sabía que el árbol la hacía feliz y eso la hacía sentirse viva.
La niña miraba siempre como la joven recogía los frutos que aquel árbol dejaba caer al suelo, los apoyaba en la falda de su vestido y hacía un nudo >>
para mantenerlos seguros, e inmediatamente después volvía a subir por el tronco hasta lo más alto de aquel árbol, allí se sentaba y comía mientras observaba como bandadas de diminutos pájaros sobrevolaban la copa del árbol. La joven sonreía, estaba en paz. >>
Cuando acababa de comer jugaba saltando de rama en rama y perseguía a los pajarillos, era algo peligroso, ya que solo un paso en falso podía hacer que aquella hermosa mujer se precipitara al vacío. Le resultaba divertido perseguir a los pájaros, lo veía como un juego, aquellos >>
pájaros estaban acostumbrados a su presencia tanto que dejaban que la joven se acercase a los polluelos recién nacidos para darles de comer.
Aproximadamente a las siete y media de la tarde los padres de la pequeña, atónitos por lo que aquel bonsay provocaba en su hija, sacaban>>
a la niña de su ensoñación y volvían todos a casa, pero ella no dejaba de pensar en aquella joven que lo habitaba. Ese diminuto árbol la hacía feliz.
Pasó mucho tiempo hasta que esa niña volviera a reencontrarse con la abuela, y cuando la pequeña, que ya era una joven volvió>>
a ver ese bonsay descubrió que aquel árbol, al igual que ella, había cambiado, ya no albergaba pájaros, parte de su copa estaba seca y la joven ya no estaba allí, la buscó por todo el árbol, pero parecía que ese árbol ya no habitaba más vida que la que él suponía.
>>
La que había sido entonces una niña no quiso preguntar a la abuela sobre el bonsay, le pareció que todo había sido un juego de niños y no le dio más importancia. Habló con su abuela toda la tarde y le ofreció todo su cariño, volvió esa tarde a su casa con la cabeza llena >>
de pensamientos enmarañados. Todo había cambiado un poco. Pensó en la joven del bonsay. Pensó en qué suceso podría haberla hecho abandonar el árbol. Pensó en si era culpa suya, por no haberla visitado en estos años. Pero abandonó rápido esa idea al encontrarse de cara >>
al espejo, y se sorprendió de lo que vio, algo había cambiado aquel día, o a lo mejor no había cambiado nada, a lo mejor todo había sido siempre así, pero hoy esa pequeña niña lo había entendido. Era ella. Había crecido. Se había hecho mayor. Había abandonado el bonsay.
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