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El jueves me llamó mi padre para reclamarme la deuda acumulada por las diversas porras realizadas durante el #EstadodeAlarma y alguna otra que teníamos pendiente desde hacía algún tiempo. Recordarán la de su cumpleaños. «El que paga, descansa, Nene y el que cobra, más». Va hilo👇
Aprovechó para notificarme que el viernes iríamos a Sevilla a comprar panamás. Nunca me pregunta si puedo o no. Simplemente, me lo dice. La verdad es que me hace ilusión viajar con él aunque sólo sea para ir a tomarnos algo por ahí y charlar un rato. Sé que a veces, lo necesita.
-Nene, me hace falta salir. Esta casa está llena de mujeres a cuál más loca.
-¿Ha pasado algo?
-¿Algo? ¿Algo como qué, hijo mío?
-Algo fuera de lo normal.
-¿Normal? Esta casa repele a la normalidad, Jacobo. Es un gineceo frenopático en el que cumplo condena a reclusión perpetua.
-Tengo que reconocer que cuando aparece tu vena shakesperiana alcanzas cotas oratorias realmente sublimes, papá.
-Gracias, hijo. Aunque he echado de menos los aplausos.
-Ten en cuenta que necesito una mano para coger el teléfono.
-Bueno, mañana me invitas a almorzar y en paz.
Siempre consigue sacarme algo. Son ochenta y cuatro años de experiencia. Y se nota.
-Entonces, ¿a qué hora salimos?
-No sé, mira a ver el horario del AVE. El precio no importa. Lo que sea.
-Prefiero ir en coche.
-Entonces no podrás beber.
-Vamos en tren.
-Como quieras. Pagas tú.
Me callo. ¿Para qué chistar? Pago yo y en paz. Tampoco es ninguna novedad. Miro la web y compruebo que no podemos ir a otra provincia porque aún estamos en Fase 2.
-Papá, no podemos ir a…
Me interrumpe.
-Sí podemos, Nene. Tengo consulta médica urgente. La próstata.
-¿En Sevilla?
-Sí, con Paco Miranda, mi urólogo de siempre.
-¿De siempre?
-Sí. ¿No lo conoces? Excelente. De fama mundial. Es el yerno de don Alberto el farmacéutico.
-Papá…
-No preguntes. Tengo papeles y requiero acompañante dado mi estado de salud y mi avanzada edad…
Suspira teatralmente.
-Tú sabrás lo que haces… A ver, los horarios son…
-Antes de las doce, ni de broma. Ni que fuéramos a abrir la Giralda.
-¿A las dos?
-No, es la hora del aperitivo.
-¿A las cuatro menos cuarto?
-Estaremos con el café y la sobremesa.
-¿A las siete?
-Tardísimo.
-Entonces, ¿cuándo?
No, si al final va a ser culpa mía. ¿Soy yo quién organiza los horarios de la RENFE? Parece mentira, cuando mi abuelo trabajaba para los Ferrocarriles Andaluces no había tanto pego. Cogías el kilométrico, te montabas en el tren y a viajar. ¿Tú te acuerdas de mi abuelo, Nene?
-No lo conocí
-Es el de la foto del despacho. Uno con la barba de pico. Todo un caballero, Nene. ¿Tú conoces la historia de la familia de tu abuela Rosario, ¿no?
-Pues claro, papá.
-Si has dicho antes que no.
-He dicho que no me acordaba de tu abuelo.
-Los Chiaramonti y el tren.
La familia de mi abuela Rosario era de origen italiano. Su abuelo era un ingeniero lombardo que vino a España a construir ferrocarriles. Y se quedaron. Por eso a mi padre le gusta tanto el tren. Es más, él nunca ha conducido un coche ni tiene carné. A él le gusta viajar en tren.
-¿A qué hora tomamos el tren?
-Papá no podemos ir en AVE porque no te gusta ningún horario.
-Así que me va a obligar el gobierno a viajar contigo y en coche. Siempre te tienes que salir con la tuya, Nene. Ya está. Hay que ir en coche, ¿no? Pues, recógeme a las doce.
Cuelga.
Y allí que estaba yo a las doce menos cuarto. Saludé a mi madre y a tita Carmen. Mi madre me abrazó y gritó de emoción como si acabara de llegar de la Argentina y tita Carmen me preguntó que si me habían contratado para hacer de Buda en algún teatro o en el Carnaval. Ella es así.
A las doce en punto y con las mascarillas puestas, enfilamos la autovía. Yo, se lo confieso, iba algo nervioso, así que cuando cerca del aeropuerto de Sevilla vi a una dotación de la Guardia Civil me temí lo peor. Más aún cuando me ordenaron parar, lo que hice al instante.
-Buenos días, ¿Documentación?
-Aquí la tiene, agente.
-¿El señor? Señala a mi padre.
-Soy su padre. Vamos a Sevilla a una visita al urólogo y lo acompaño para que no vaya sólo. Es muy aprensivo. Me ha salido blandito. Ni siquiera hizo la mili. Aquí tiene la cita y el Certificado.
El guardia coge el documento y lo lee bisbiseando. «Por la presente, tatata, don Jacobo… -mira mi permiso de conducción, me mira- debe acudir a mi consulta para una – resopla, me mira, pone cara de circunstancias-… le devuelve a mi padre los papeles. Me aprieta el antebrazo…
-Sigan
-Gracias. Dice mi padre.
El guardia se da la vuelta, se asoma a la ventanilla, le da la mano a mi padre y oigo que murmura:
-Lo siento, parece un buen hombre.
-Lo es, agente, lo es…
El guardia saluda militarmente y nos da paso. Me quedo estupefacto. No sé si ríe o llora…
-Papá, ¿qué dice ese papel?
-Nada, tu cita del urólogo a las cuatro, Nene.
-¿Tú?
-Si, tú.
-¿Yo?
-No, tú.
-No me líes como cuando era un chavalillo, papá. ¿Qué pone ahí exactamente?
-Nada importante.
-Quiero verlo.
-No, que vas conduciendo y podemos tener un accidente, Nene.
Pura tensión. En la autovía y con mi padre en plan suyo… Ya en Sevilla, en un aparcamiento junto al río le pregunto
-Papá, el papel.
-¿Para qué lo quieres?
-Para leerlo.
-¿No te fías de tu padre?
-En absoluto. Contesto con firmeza.
-No te censuro. Toma. Fue idea de don Alberto…
No se lo imaginan. Lo que mi padre lleva en su cartapacio de piel -elegante lo es siempre- es un documento oficial firmado por el Doctor Miranda, Urólogo, en el que me cita para una intervención urgente y a vida o muerte en razón del agravamiento de mi elefantiasis escrotal. Ea.
-No me lo puedo creer, papá. Soy tu hijo.
-El guardia estaba riéndose. Y a él no le has dicho nada.
-Me callo.
-Ahora almorzamos y se pasa el enfado. Que eres muy niño. Nos sentamos en una terraza y tapeamos.
Pide él:
-Una botella de manzanilla y otra de agua. Y unas raciones.
-Yo no tengo ganas de comer, papá. Está feo lo que has hecho.
-Mira que eres tiquismiquis. Si es una broma. Además llevo otra carta para la vuelta. Dice que ya estás recuperado.
-No puedo contigo. ¿No te da vergüenza?
-Hombre, si el guardia te pide que te bajes los pantalones, sí
-¿Y qué habrías hecho?
-¿Gritar ¡milagro, milagro!? Y se parte de la risa.
-¿Y mi copa?
-Para ti he pedido agua que tienes que conducir. Pero es con gas que es mucho más excitante, como decía tía Adelita, Nene.
-¿Ya te lo has comido todo?
-Has dicho que no tenías hambre, ¿no?
Llama al camarero.
-Dos cafés solos, un brandy bien servido y … ¿Quieres un dulce? Tres dulces No, cuatro. Y la cuenta, joven.
-¿Papá, dónde lo echas?
-Si como como un pajarillo…
Llega el camarero.
-Paga y nos vamos, Nene, que son casi las cuatro.
-¿Tienen prisa, caballeros?
-Sí, mucha, lo operan de elefantiasis escrotal.
Lo dice elevando el tono, él se parte de risa y yo me sonrojo de vergüenza.
Nos ponemos las mascarillas y... ¿creen que vamos para la sombrerería? No, ha visto un sitio abierto, se sienta y se toma otro brandy. Yo, agua con gas.
Ya en la sombrerería nos atienden tan exquisitamente como siempre.
-¿Un panamá, entonces?
Yo contesto que sí y mi padre pone cara de disconformidad y aclara.
-Uno para cada uno, Nene, que tú tienes bastante más cabeza que yo. Le has salido a la familia de tu madre. No te ofendas.
Entonces, porque a él le parece bien, les cuenta que siendo yo pequeño, «tendría mi hijo tres o cuatro años cuando su abuela le quiso regalar una gorrita de jockey hecha a medida, de las que llevan un botoncito arriba. El sombrerero le dice que le tome las medidas al niño»
-¿Y? pregunta una chica encantadora que estaba por allí.-Pues que va mi suegra y le dice al sombrerero que el niño tiene cincuenta centímetros de radio y entonces, el buen hombre -que era un bastante sieso- le dice que mejor que compre un tapete de mesa de camilla y lo cubra.
Y todos, jiji y jaja y yo, allí, haciendo el don Tancredo.
-No ha llegado a tanto como mesa camilla pero para telefonera da, ¿no le parece querida?
Y ahora me sale el galán. Que día, Señor.
En fin, que pago los dos sombreros, nos despedimos y salimos camino del aparcamiento.
Paseamos por el centro de Sevilla. Huele a azahar y hace calorcito. Es ese agradable calor de mayo que acaricia y nos lleva de la mano hasta el ardoroso verano andaluz. Nos vamos cruzando con gente en pantalón corto, con camisetas, chanclas… Mi padre va muy callado. Yo también.
De pronto, necesitamos sentarnos en un banco. Ambos sentimos vértigo, confusión, temblor, palpitaciones y una cierta taquicardia. Es como una especie de síndrome de Stendhal inverso. Estos dos meses encerrados nos ha impedido aclimatarnos al cambio de armario de las muchedumbres.
De pronto, han caído los abrigos y de un día a otro ha surgido la España de chancla y camiseta. Respiramos hondo. Mi padre me mira fijamente, cabecea y me dice:
-Volvamos a la sombrerería. Vamos, sin pausa. Apresúrate.
Y sale a buen paso. Lo sigo con la lengua fuera. Llegamos
Le oigo pedir dos gorras. ¿Gorras? Mi padre no ha usado gorra en su vida. Las pago -él no lleva suelto- y salimos.-Nene, que me ha dado por pensar que manden los comunistas y ellos son muy de gorra. Mejor vamos ensayando no sea que tengamos un disgusto, que no estoy yo en edad…
Y así llegamos a su casa con dos panamás maravillosos y dos gorras de obrero eduardiano en tweed de algodón príncipe de gales una, y ojo de perdiz la otra, que no creo yo que nos hagan pasar por comunistas pero si a él le hace ilusión… Nos las pusimos para que nos vieran.
-Pero que guapo está mi Luis, dice mi madre. Eres un Lord inglés, cariño mío. ¿Y mi Jacobo, Carmencita, a quién te recuerda?
-Al barquillero gordo de cuando tío Ramón organizó “Agua, azucarillos y aguardiente” en el Orfanato de Montilla. Pero más repuesto.
Tendré que hacer dieta.
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