Hoy, 15 de febrero, se celebraban en la antigua Roma las lupercalia, una de las fiestas más interesantes, antiguas y extrañas del calendario romano.

Pero, en lugar de hablar yo, te invito a abrir una ventana al pasado para vivirlas con sus verdaderos protagonistas. #HiloRomano🧵
Lo que estás a punto de leer es un compendio de las diferentes fuentes que trataron la fiesta de las lupercalia en Roma, entre ellos: Dion Casio, Plutarco, Apiano, Varrón y algunos otros.

Todos lo que se cuenta es histórico.
Sólo el personaje principal y narrador son ficticios.
Para esta historia he rescatado del olvido una fuente imaginaria, muchos años perdida y ahora recuperada: las Historiae de Publius Octavius Aequimanus. Este personaje ficticio nos ayudará a descubrir los detalles de las lupercalia a través de sus propios pensamientos.
Mi nombre es Publius Octavius Aequimanus, hijo de Gaius, de la familia Octavia. Hace ya muchos años que fui testigo de una historia increíble que ahora dejo por escrito para que el tiempo la preserve y con ella viva por siempre mi recuerdo.
Quince días antes de las kalendas de marzo del año del quinto consulado del divino César y el primero de Antonio (15 de febrero del 44 a. C.) Por aquel entonces yo no era más que un joven de buena familia, llegada a tal estatus gracias a ti, divino Julio.
Pero en este día, el de las lupercalia, yo sería, por fin, protagonista -junto con mis compañeros-. No te sientas insultado, lector, si ya conoces los pormenores de esta fiesta, pues el objeto de mi obra es ser instructiva y por eso contaré esta historia con detalle.
Como cada año, en los días previos a la fiesta se había elegido a los integrantes de las dos grandes sodalitates (agrupaciones) de sagrados lupercos de entre los jóvenes de las familias más importantes del momento. Por un lado los luperci Quinctiani o por el otro los Fabiani.
Pero esta vez algo había cambiado. Hacía solo unos meses que César había añadido una tercera agrupación a la fiesta: los luperci iuliani, comandados por el propio cónsul Marco Antonio. !Quién me habría dicho a mi que yo sería parte de aquella nueva, y efímera, agrupación!
Aquella noche Morfeo no aceptó mis súplicas que le rogaban que me dejase dormir. Cuando llegó la hora en la que canta el gallo -gallicinium- mis ojos estaban tan abiertos como lo habían estado toda la noche.

Salí corriendo a la calle, todavía desierta, al amparo de la tenue luz.
Atravesé el Foro por la Via Sacra, la que horas más tarde sería escenario de las carreras rituales. Ya podía imaginar la multitud vitoreando al paso de los lupercos. ¡Qué honor formar parte de tan antigua tradición!
Con la salida del Sol -Solis ortus- llegué hasta el lugar indicado, donde algunos ya esperaban impacientes. Era el llamado Lupercal, la cueva donde Luperca os encontró a ti y a tu gemelo, ¡oh, gran Rómulo! y os amamantó como sabiendo que estabais predestinados a grandes hazañas.
Todo estaba dispuesto: Marco Antonio llegó para darnos las primeras indicaciones y recordarnos el extraño ritual que estábamos a punto de realizar. Por aquel entonces yo era un joven piadoso y temeroso de los dioses, pero aquello se salía de lo ordinario.
Una vez reunidos todos en la gruta, los tres -por primera y última vez- líderes lupercos comenzaron el sagrado ritual. Se inmolaron los perros y las cabras a ti, sagrado Luperco, que proteges los rebaños y purificas a los romanos.
Tras ofrecer -junto con las extrañas víctimas- la mola salsa, los cuchillos sacrificiales fueron frotados por las frentes de los líderes. La lana empapada en leche se usó para limpiar la sangre y todos, como marca la sagrada tradición, nos unimos en una sonora risotada.
Comenzó entonces el banquete en el que el vino era protagonista. Reconozco que me ayudó mucho a calmar los nervios ante lo que estaba por llegar. Antonio dio la orden y todos comenzamos a desnudarnos mientras otros ya habían comenzado a desollar las cabras sacrificadas.
Con su piel confeccionamos las rudimentarias vestiduras y los sagrados látigos que este ritual sustituían a los tradicionales elementos sagrados. El simpulum, el aspergilum… ninguno de ellos era el protagonista de las lupercalia. Todo estaba preparado para nuestra sagrada labor.
Al salir a la calle, bien entrada la mañana, noté todavía el frío, a pesar de que, como dicen los más sabios, la primavera ya llevaba una semana entre nosotros (¡dichoso nuevo calendario...!) Pronto, nada de eso importaría porque el calor se iba a apoderar de todo mi cuerpo.
Algunos ya se estaban untando de aceite, otros habían empezado a calentar los músculos como hacen los atletas en el estadio y yo todavía seguía soñando despierto pensando que aquel sería el mayor honor de mi vida. Gracias a ti, venerable Augusto, no lo ha sido.
Pero no me detendré ahora a contar las historias del resto de mi vida, pues ya habrá tiempo para ello en otro momento. A la orden de los líderes, los lupercos comenzamos a correr hacia nuestro destino, el Foro, de donde procedían los gritos de júbilo que resonaban por la ciudad.
Nuestra carrera, como se sigue haciendo hoy en día, debía rodear el monte Palatino, aquel sobre el que fue fundada Roma para que quedara, también purificado -lustratio-. Al fin y al cabo, ¿no es februarius el mes que dedicamos a la purificación de todas las cosas?
Rodeado el sagrado monte a toda velocidad, llegamos al Foro a través de la Via Sacra, la misma que yo había recorrido vacía al alba y que ahora estaba llena de romanos vitoreando y ofreciendo sus manos y espaldas a los látigos.
De pequeño siempre pensaba que los lupercos azotaban con todas sus fuerzas a la multitud, pues en mi estulticia escuchaba los gritos de aquellos que eran azotados. Ahora se que aquellos eran gritos de júbilo y que los lupercos solo azotan de forma ritual, sin intención de dañar.
Así, fui azotando a todos los que me encontré en mi camino, gritando y festejando en nombre de aquellos a los que mi látigo de piel de cabra había purificado.
En mi carrera intenté buscar especialmente las manos y espaldas de las mujeres que se ofrecían estando en cinta para beneficiar el parto o a las pobres desgraciadas que todavía pedían por su fertilidad. ¡Que el gran Júpiter se apiade de todas vosotras, madres de los romanos!
Y aunque hoy se sigue realizando todo esto, fuiste tú, feliz Augusto, quien nos devolvió a la moral y la rectitud, dejando atrás el salvaje vigor del pasado. Pude disfrutar de aquel momento en mi juventud, pero ahora se que no a todos los dioses se deleitan con aquellos ritos.
Si te está gustando el hilo, recuerda darle un RT al primer tuit para compartirlo con más amantes de la antigua Roma. Las lupercalia continuarán a lo largo de la mañana.
Antes de lo que podía imaginar, nuestro momento había terminado. Nos encontrábamos ante el comitium, el lugar más destacado del Foro. Sobre la tribuna, pude ver una regia silla de oro en la que descansaba Cayo Julio César, nombrado días atrás dictator perpetuus de la República.
Antonio, que había llegado después que yo hasta el comitium, subió a la tribuna de oradores -rostra- donde se encontraba César, con una corona regia en las manos. A su paso, la gente se apartaba entre asombrada y desconcertada. Nunca olvidaré haber vivido de cerca aquel momento.
Antonio se acercó a César y le colocó con solemnidad la corona que portaba. Ante tal gesto, solo se oyeron unos pocos aplausos entre el murmullo y el desconcierto general. "¿César quiere destruir la República?", se preguntaban algunos.
Entonces pude ver cómo César se levantaba y le devolvía la corona a Antonio con un estudiado gesto que hacía saber al pueblo que no era su intención volver a la malograda monarquía. Roma entera respondió a tal espectáculo con júbilo, aplausos y vítores.
Antonio lo volvió a intentar, esta vez diciendo: "El pueblo romano, a través de mi, te ofrece esto"; a lo que César, si mi memoria no me falla, respondió: "Solo Júpiter es el rey de los romanos". Y levantándose de nuevo, despreció la corona y ordenó que la llevaran al Capitolio.
Tras el magnánimo gesto de César, que incluso gritó ofreciendo su cuello a todo aquel que lo quisiera, pude ver por casualidad a Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino debatir y gesticular acaloradamente. En aquel momento no le di importancia; más me hubiera valido hacerlo.
Aunque nadie lo supo entonces, estaban conspirando contra la vida de César. Tan solo un mes después se consumaría su plan. Las funestas idus de marzo marcarían un antes y un después en mi vida y en la de todos los romanos. Aquel día yo me encontraba en...
Este es el fragmento que hemos conservado de esta fuente ficticia de las Historiae de Publius Octavius Aequimanus, escritas a comienzos del s. I d. C.

Espero su relato os haya transportado a la celebración de las lupercalia. Ahora, volvamos al presente.
Las lupercalia se siguieron celebrando a lo largo de los siglos en Roma. Era una fiesta tan popular que ni la oficialización del cristianismo en el año 380 como religión del Estado romano consiguió erradicarla.
No fue hasta el año 495 y tras acalorados debates entre la Iglesia y el Senado cuando finalmente el Papa Gelasio I logró prohibir la celebración de las lupercalia en Roma.
A pesar de que habrás leído muchas veces que el Papa Gelasio I sustituyó las lupercalia por la fiesta cristiana del amor -San Valentín-, no te dejes engañar. No fue así. San Valentín no tuvo nada que ver con el amor hasta, al menos, el siglo XIV.
Las lupercalia nunca tuvieron nada que ver con el amor. Era una fiesta dedicada a la purificación tanto de Roma como, sobre todo, de sus ciudadanos.

Era una de las festividades más arcaicas de la religión romana y estaba dentro del mes de febrero, dedicado a la purificación.
Aunque parece que durante la República la fiesta debía ser bastante salvaje y alocada, el contenido obsceno se suavizó mucho con la vuelta a la moral de Augusto. Fueron los cristianos los que posteriormente demonizaron su apariencia para que su eliminación resultara más sencilla.
En Constantinopla, por otra parte, las lupercalia se seguían celebrando incluso en el siglo X convertidas en carreras de carros en las que los aurigas debían desmontar y correr por la pista usando las riendas para entorpecerse unos a otros.
Y hasta aquí este nuevo #HiloRomano sobre la celebración de las lupercalia en la antigua Roma.

Y ya sabes, si te ha gustado deja tu ofrenda en forma de RT en el primer tuit para honrar a los dioses.

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Feb 14
¿Y si te digo que San Valentín no tiene absolutamente NADA QUE VER con las lupercalia, con el amor en la antigua Roma o con la Iglesia católica?

A ver si va a ser verdad que la fiesta del amor se la inventó El Corte Inglés... 😉

#HiloRomano sobre el origen de #SanValentin 🧵
El 14 de febrero del año 270 (año arriba, año abajo), según la tradición, fue martirizado y decapitado San Valentín por orden del emperador Claudio II el Gótico. Se supone que era un sacerdote que casaba parejas en secreto, por lo que fue apresado y ejecutado.
Pero, ¿por qué digo que "se supone" y "según la tradición cristiana"? Porque la realidad, reconocida incluso por la Iglesia católica, es muy diferente. Podríamos resumirlo diciendo que San Valentín no tiene nada que ver con la antigua Roma, pero queda mejor si lo explico...
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Feb 3
¿Sabías que las monedas romanas son capaces de chivarnos si un emperador fue o no bueno para las arcas del estado? ¿Y que nos permiten mirar a un pasado que creíamos perdido?

En este ReFluzo romano te cuento estas y otras curiosidades sobre el #FluzoDinero en la antigua Roma.
Los romanos tenían un sistema monetario que se basaba en tres metales diferentes. Contaban con monedas de bronce para el día a día, monedas de plata para pagos más elevados y finalmente otras de oro, de gran valor.
Como puedes imaginar, a lo largo de la historia de Roma el sistema monetario varió mucho, pero podemos decir que, a comienzos del periodo Imperial la unidad básica de bronce era el as, la de plata el denario y la de oro el áureo. 1 áureo = 25 denarios; 1 denario = 16 ases.
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Jan 27
Como hoy en #FluzoChapuzas hemos hablado de Bernini, Maderno y Borromini, he recordado que el trío está implicado también en otra chapuza desde el punto de vista histórico (y desde el estético también un poco😅)

Hablemos de las orejas de burro y demás "chapuzas" del Pantheon.
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Pero si ha llegado hasta nosotros es gracias a que, a lo largo de toda la historia sucesiva, ha sido restaurado numerosas veces. Y todo ello porque en el año 609 la estructura fue convertida en iglesia cristiana después de que el emperador Focas la entregara al Papa de Roma.
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Empieza #FluzoTraiciones en @la2_tve
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En esta ocasión viajamos a la Insula Occidentalis, la manzana más lujosa de Pompeya en el siglo I.
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